jueves, 21 de junio de 2018

OCULTO








Las estrellas, vigilantes de la noche, testigos mudos de mi aflicción.
Como asiento, el césped de la pradera  y de techo, el cielo.
Cerrando los ojos, me embarga la inquietud.

Fui una ignorante a conciencia.
Maldita ironía del destino.
Lo negro nunca es blanco.

Estaba en un laberinto sin salida.
Cabalgaba por las sombras y, a sabiendas, no soltaba las amarras.
Cruel  daño que me hacían, pobre ser indeciso.
Vida rota .Cristales en el alma.

 Sobrevivir y no olvidar:
"No permitas, que el mundo te haga daño,
 que las lágrimas corran por tus mejillas.
 Sonríe con el corazón hecho pedazos”.

                                                                                   SUSANA CARMONA

viernes, 15 de junio de 2018

PASAR EL LÍMITE (I)


PERSONAJES: Dª ANGUSTIAS, MERCEDES, JUANJO, SERGIO, MARGARITA, ANTONIA, MUNICIPAL, PERIODISTA.
   



ACTO 1º

Grupo de vecinas, en el jardín delantero de una casa, hablan entre ellas acaloradamente.

MERCEDES: Cada día hay más, esto no puede ser, no estoy dispuesta a aguantar  las manías de esa vieja loca.

MARGARITA: Ni yo tampoco, ¿pero que podemos hacer? No es la primera vez que denunciamos la situación y nadie nos hace caso.

ANTONIA: Esta vieja tozuda hace oídos sordos a todo lo que le decimos.

(JuanjO sale de su casa acercándose a ellas.)

JUANJO: ¿Otra vez en lo mismo, vecinas?

MARGARITA: Mientras tengamos problema, seguirá habiendo tema.

JUANJO: No hagáis de esto un drama, todo tiene solución. De buena manera  será mejor para todos. Bueno, os dejo.

( Juanjo se aleja del grupo de vecinas)

MERCEDES:  Este qué va a decir, mira tú, viviendo con ese tal Sergio, que todos sabemos lo que hay entre ellos… ¿O no?

ANTONIA: Pues claro, mujer. Estos ni tienen escrúpulos ni les molesta nada.


Acto 2º


Se ve una habitación; en ella una mesa camilla, varios sillones y una alfombra sobre la que juegan, con una bola de lana,  unos seis gatos. Angustias, una mujer muy mayor y de pelo blanco, mira por la ventana con disimulo. Vuelve con dificultad a su sillón y se sienta, al tiempo que un gato gris se sube a su regazo.

ANGUSTIAS: ( Hablándole al gato) ¿Has visto, Fígaro, cómo son las personas?  Quieren que os dé a la protectora de animales. ¿Que haría yo sin vosotros?  A ver dime, ¿con quién hablaría. Sois mis niños, yo os baño, os doy de comer, os cuido.
Y os tengo dicho que no hagáis pipi en la arena del patio. Para eso tenéis la vuestra

Se oyen unos golpes en la puerta

ANGUSTIAS: Y ahora ¿quien será?    Señor, si me acabo de sentar ( Se levanta con dificultad y abre la puerta)
MUNICIPAL:  Señora Angustias García, ¿es usted?
ANGUSTIAS: Si, joven, yo soy, qué quería?
MUNICIPAL: Etregarle una citación para que se presente en el juzgado.
ANGUSTIAS: ¿Huele usted a pipi de gato? Dígame, joven.
MUNICIPAL:  No he venido yo a eso precisamente, señora. Mi deber es entregarle una citación.
ANGUSTIAS: Ya estoy yo en el juzgado. ¿Pero no se da cuenta que apenas puedo andar, me cuesta trabajo salir por el pan,  ¿y voy a ir al juzgado? Pero qué poca conciencia  tienen, joven. ¿No podría venir el juez aquí?
MUNICIPAL: Señora, yo ya he cumplido con traerle a usted la carta. Ahora usted verá.

ANGUSTIAS: Pues ver… lo que se llama ver…tampoco veo mucho. ¿Podría usted leérmela, joven?

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PASAR EL LÍMITE (y II)


El municipal resopla y abre la carta

MUNICIPAL: “Por haberse así acordado en resolución dictada en el procedimiento arriba referenciado, deberá comparecer ante este órgano judicial el próximo día 24 de mayo de 2018. A las diez y 30 de la mañana. A fin de presentar declaración en calidad de denunciado…”.
ANGUSTIAS: Pare, pare joven. Demasiado para una vieja como yo.

Le quita la carta de las manos y le cierra la puerta en las narices. Vuelve a su sillón con mucho trabajo y queda en una actitud pensativa. Mientras, suelta la carta sobre un cenicero en el que ya hay lo menos tres cartas más, iguales que la que acaba de recibir.

ANGUSTIAS: (Hablándole al gato) A ver quién se cansa antes. Fígaro, no nos moverán.


3º ACTO


 Vuelven a llamar a la puerta

ANGUSTIAS: ¡Señor!, ¿ pero es que se han puesto de acuerdo para no dejarme descansar?  ¿Quién esss?
SERGIO: Sus vecinos, Juanjo y Sergio, abra, Angustias.

ANGUSTIAS: ( Con una sonrisa en la cara) Ahora mismo, hijos.  Menos mal que hay almas buenas también. Pasad, pasad.

Sergio y Juanjo se acomodan en los sillones como puede. Todo está ocupado de gatos.

JUANJO: Abuela, aquí tienes todo lo que nos pediste y la vuelta de tu dinero.
ANGUSTIAS: Gracias. ¿Sabéis? me han vuelto a traer otra carta. La misma que las anteriores. Las cartas que no recibí de joven las estoy recibiendo ahora.
SERGIO: No se lo tome a broma, que estos del juzgado son muy serios y con la de denuncias que llevan ya puestas contra usted, no tardarán en tomar medidas.
ANGUSTIAS: ¿Pero qué quieren? Si no me meto con nadie.              

Estando en la conversación, llaman a la puerta y va a abrir Sergio. Un  periodista, casi empujando, intenta entrar a hacer fotos de la casa de Angustias y de los gatos. Angustias y Juanjo miran sobresaltados la escena, mientras Sergio intenta que el periodista no pueda entrar.

PERIODISTA: Por favor, déjeme hacer unas fotos. Será un articulo que llamará mucho la curiosidad del lector.
SERGIO: Salga de aquí ahora mismo, respete la privacidad de esta anciana.


Por fin consigue cerrar la puerta. Los dos intentan tranquilizar a Angustias. Le preparan una tila y hacen que se la tome)

SERGIO: Tranquila, no volverá.
JUANJO: No te preocupes, abuela. Nos vamos para que descanses. Mañana temprano volveremos a verte.


4º ACTO.


Comienza a clarear el día. Cuatro vecinas curiosas, detrás de las persianas, ven como angustias atraviesa el jardín con una maleta, un gato en brazos y otros seis o siete que le siguen.

ANGUSTIAS: (Hablándole al gato) Nos han echado, Fígaro, pero no conseguirán separarnos. No lo conseguirán, te lo prometo.


TELÓN                                                             

FANY ACEDO


EL MAR


Inmenso,
descaradamente inmenso.
Azul,
profundamente azul.
Brillante,
con reflejos que hipnotizan.
Palpitante,
latiendo lleno de vida.
Cautivador, subyugante.


Majestuoso, solemne.
Acaricias suavemente
con el vaivén de tus olas,
o despiadadamente maltratas
con fuerza descomunal.
Me hechizas.
Me meces.
Me atrapas.
El mar.

                  MARÍA ROSARIO FERNÁNDEZ


miércoles, 13 de junio de 2018

EL JUGADOR DE AJEDREZ (I)

PERSONAJES: SAHÍMBRA, ANDRÉS E IRENE.

PRIMER ACTO

Una mesa con un tablero de ajedrez y las fichas colocadas. Un joven, moreno, de pelo corto y regordete, está sentado en la silla de la izquierda. Un hombre calvo, con una barba blanca, una túnica hindú y sandalias se le acerca.  Le hace una reverencia con las palmas de las manos juntas.

SAHÍMBRA.— Buenas tardes, caballero. ¿Espera a alguien para jugar?

Andrés mira a su interlocutor, mostrando sorpresa. Tras unos instantes, responde.

ANDRÉS.— No. Acabo de terminar una partida.
SAHÍMBRA.— ¿Puedo jugar con usted?

Andrés duda, antes de responder. Se fija en la barba larga y la túnica blanca del desconocido.

ANDRÉS.— Sí, por qué no.
SAHÍMBRA (sentándose).— Me llamo Sahímbra. Mucho gusto en conocerle.
ANDRÉS.— Yo, Andrés. Igualmente.

Echan a suertes el color de las piezas de cada oponente. Andrés jugará con las blancas. Empiezan la partida. Lentamente, Sahímbra va dominando el juego.


SAHÍMBRA.— Jaque mate, caballero.
ANDRÉS (mostrando admiración).— ¡Carajo! ¡Juega usted fenomenal! ¿Dónde aprendió?
SAHÍMBRA.— En la escuela. En mi país, los niños juegan asiduamente al ajedrez en la escuela.
ANDRÉS.— Aquí debería ser también así.
SAHÍMBRA.— Entre los adultos de mi legendaria tierra existe la costumbre ancestral, una especie de ley no escrita, que consiste en que el ganador siempre impone el cumplimiento de una prestación al vencido. Éste está obligado a cumplir ese mandato, como reconocimiento de la superioridad de su rival y como compensación por lo que haya aprendido de él.
ANDRÉS (irguiéndose en su silla).— ¿Una prestación?  ¿Qué yo tendría que hacer algo para usted? ¡Eso es absurdo!
SAHÍMBRA.— Tal como lo entendemos nosotros, en absoluto es absurdo.
ANDRÉS.— No dijo usted nada al empezar la partida.
SAHÍMBRA.— Si lo hubiese mencionado, no habría aceptado usted jugar conmigo.
ANDRÉS.— Bueno, ahora no estamos en su país.
SAHÍMBRA.— No. Pero es un asunto de justicia y de honor. Supongo que usted será un joven de honor. Además, se trata  de una prestación de  naturaleza espiritual.
ANDRÉS.— ¡Claro que soy una persona de honor! Los jóvenes no somos todos unos sinvergüenzas. Dice que es un asunto espiritual… Le aviso que no voy a firmar nada.
SAHÍMBRA.— Entre caballeros no hacen falta  documentos ni  firmas.
ANDRÉS (suspirando).— Bueno, dígame.
SAHÍMBRA (inclinándose hacia delante).— Debe suicidarse. Puede escoger el modo. Después, su alma tendrá que visitarme y decirme qué hay después de la muerte. Todo esto, claro está, si es que existe el alma y el más allá. Quiero liberarme de estas dudas para siempre.

Andrés se queda atónito.

ANDRÉS.— ¿He oído bien? ¿Que me suicide?
SAHÍMBRA.— Exacto.
ANDRÉS.— Qué sentido del humor más extraño tiene usted.
SAHÍMBRA.— En absoluto es una broma. Hablo en serio.
ANDRÉS.— Está usted para que le pongan la camisa de fuerza y lo internen de por vida.

Andrés se levanta bruscamente y se aleja, mostrando en su rostro incredulidad y desprecio. Sahímbra mira al frente, decepcionado y triste.


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EL JUGADOR DE AJEDREZ (y II)



SEGUNDO ACTO
En el mismo lugar, una muchacha está jugando al ajedrez con Saímbra. La partida está avanzada, por lo que hay pocas fichas sobre el tablero de juego y bastantes alrededor de él, encima de la mesa.

SAHÍMBRA.— Señorita, juega usted maravillosamente bien.
IRENE.— Gracias. En mi familia ha habido, desde hace varias generaciones, muy buenos ajedrecistas.
SAHÍMBRA.— Usted es un magnífico ejemplo de ello.

Tras una lucha inteligente,  irene derrota a su oponente.

IRENE.— Como este peón con mi alfil y le doy jaque mate.
SAHÍMBRA.— Efectivamente, así es. Un afamado ajedrecista de mi patria decía que las jugadoras son muy pocas en comparación con los hombres, pero de un nivel extraordinario. Doy buena fe de ello.
IRENE.— Es usted muy amable. En casa, he convivido con este maravilloso juego desde pequeña.
SAHÍMBRA.— Una ley no escrita en mi país ordena que el vencedor imponga una tarea  o la realización de un favor a quien pierde. El vencido está obligado moralmente a satisfacer la petición de su oponente. Expresa, de este modo, que reconoce la superioridad de su rival y que le está agradecido por lo que ha aprendido durante la partida. El favor o encargo tiene que ser de carácter espiritual, por supuesto.
IRENE (asombrada).— ¿Qué le exija a usted hacer algo? ¿La realización de un favor? ¡Qué barbaridad! La primera vez que oigo esto. ¿De dónde es usted?
SAHÍMBRA.— Eso no importa ahora. Dígame, por favor, qué debo hacer.
IRENE.— Absolutamente nada. Es absurdo, ridículo. Si lo hubiese dicho al empezar, no habría jugado con usted.
SAHÍMBRA.— Estaba convencido de ello. Por eso, sólo menciono esta especie de condición al finalizar las partidas.
IRENE.— ¿Habla en serio? ¡Es que no termino de creérmelo!
SAHÍMBRA.— Naturalmente que hablo en serio. Es un asunto de honor.
IRENE.— Pues, mire usted, con todo el respeto, yo no le voy a exigir ningún favor, ni espiritual ni de ninguna clase. Aunque… (se queda callada. Sonríe ligeramente). Mire, ya que se trata de un asunto tan importante para usted, le impongo la misma obligación que le exigió a su último rival, aceptase o no. Así, si consistió en algo beneficioso, como supongo que lo fue, será una alegría para usted; si se trató de algo perjudicial, lo que no creo en absoluto, probará usted de su propia medicina, como decimos por aquí. No hace falta que me explique de qué se trataba. ¿De acuerdo? 

Sahímbra, absolutamente inmóvil, mantiene la vista clavada en la muchacha.

SAHÍMBRA.— Completamente de acuerdo. Yo cumplo con las tradiciones de mi país y soy un hombre de honor.
IRENE(empezando a sentirse intranquila).— Bueno, le digo esto, porque veo que…

Sahímbra mira a su alrededor. Se levanta despacio. Se acerca a la escalera. Irene lo mira cada vez más inquieta.

IRENE.— Mire, señor. Yo no tengo ninguna  intención de…¿Qué hace? ¿Para qué se sube al pasamano? ¡Cuidado! ¡Que esto es un cuarto piso! ¡Nooo…! ¡Socorroooo…!


TELÓN

                                                                                                          Manuel Pedraza

sábado, 9 de junio de 2018

TRES ERAN TRES (I)


Personajes: SUSANA, ANA, ALFREDO Y CORAL


 ACTO PRIMERO

Cafetería elegante. SUSANA está sentada junto a un ventanal y mira con expresión nerviosa a la puerta. Entra ANA.

SUSANA: (Se pone  de pie y le extiende la mano)  Hola, soy Susi. (Nerviosa)
ANA: Yo,  Ana.
SUSANA;  Siéntese, por favor.
ANA: Gracias.
SUSANA: Ante todo quiero pedirle disculpas por la forma tan inusual en que me he dirigido a Vd. Pero… creo que lo entenderá cuando le explique. Aunque, no sé por dónde empezar.
ANA: Podríamos empezar por tutearnos. Creo que, aunque nuestras edades son muy diferentes, tenemos muchos puntos en común. O tal vez sólo uno: la alfreditis.
SUSANA: Gracias, Ana, creo que no va a ser tan difícil...
ANA: De nada, no te preocupes. Vamos al grano.
SUSANA; Verás, Ana, aunque te suene fuerte, tu  marido y yo mantenemos una relación desde hace aproximadamente un año. Pero no he sabido que estaba casado hasta hace unos 2 meses. Él no sabe que lo sé- Cuando lo conocí,  me dijo que era viudo y no tenía hijos,
ANA: (con tono de guasa.) Vaya por Dios y yo sin enterarme que estaba muerta. Mira, hija, y perdona, tengo hijos mayores que tú. No temas que te culpe de nada. Al contrario, me siento muy identificada contigo, casi colegas. Las dos somos víctimas del mismo mal.
SUSANA: Entonces, ¿no te ha molestado?
ANA: En absoluto. Si  soy sincera, hasta te admiro. No todas las chicas de tu generación,  yo le llamo la generación del “todo vale”, son tan valientes como tú y se atreven a coger el toro por los cuernos.
SUSANA: Entonces, ¿qué piensas de esta situación?
ANA: Pues, para serte sincera, ya ni pienso. Bueno sí, últimamente estoy pensando en pedirle el divorcio. Así que no será viudo, pero sí sortero, y podréis hacer lo que os venga en gana.
SUSANA: La cosa  es que ya no sé ni lo que me viene en gana. Estoy hecha un lio…
ANA: Ahí sí que ya no te puedo ayudar. Por si te sirve de consuelo, te diré que tú no has roto nada, nuestro matrimonio siempre ha sido un fraude. Yo  fui su primera víctima. Y ojala que tú no corras la misma suerte.
SUSANA: Gracias, Ana, de verdad que me has sorprendido muy agradablemente.

ANA mira el reloj.

ANA: Me tengo que marchar. Tengo hora en el dentista. Si necesitas algo mío, ya  sabes mi teléfono. Suerte.

Se despiden dándose un beso. Baja el telón

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