sábado, 10 de febrero de 2018

QUÉDATE ARRIBA (I)




       Las vicisitudes de su existencia habían convertido a Esperanza en una  anciana  valiente y decidida. Sin embargo, esa mañana estaba muy preocupada. No había dejado de llover  durante toda la semana y el río cercano se había desbordado, anegando  calles y plazas. Aquello parecía una versión actualizada del diluvio universal. La televisión había repetido que el temporal era de los más virulentos de las últimas décadas. Nada más terminar de desayunar su nieto Fonsito, la anciana bajó a la planta baja de la casita, que tanto esfuerzo le había costado pagar y amueblar, combinando sencillez y buen gusto. Quería asegurarse de que el sumidero del patio funcionaba bien. Debido a la artrosis  de sus articulaciones y al temblor de las manos, muy evidente al agarrar el pasamano y la muleta, tardó varios minutos en llegar al piso inferior, completamente encharcado. Cogió un paraguas, abrió la puerta y salió al patio bajo la incesante lluvia.
        “El desagüe no está atascado, pero el agua ha cubierto todo el patio y la planta baja. Me llega ya hasta los tobillos. Como se ha desbordado el río, el nivel no parará de subir. ¡Y Fonsito está aquí! ¡Dios mío, si le pasara algo! ¡Antes moriría yo mil veces! Voy a llamar a… No. Lo mejor será que vayamos al piso de arriba, por si tienen que recogernos  y,  una vez allí,  ya veremos”, se dijo a sí misma Esperanza. Se giró despacio y, bajo su paraguas y apoyándose en la muleta, entró en la casa. Allí estaba Fonsito con Toby en sus brazos.
       —Toby está muy asustado, abuela. Lo he cogido para que no siga gimiendo.
       —Muy bien  —le contestó Esperanza—. “Yo también estoy muy asustada. Nunca he visto llover así. Pero no quiero que se asuste. Tengo que mantener siempre la calma”, pensó, mientras cerraba el paraguas con dificultad—.  Anda, tesoro, cógelo. ¿Estás bien abrigado? A ver, el jersey es grueso y…  
       —Sí, abuela.  No tengo frío.
       —Bien. De todos modos, ahora  al subir coges el anorak.  Vamos para arriba, hijo, a la terraza.
       —En el ascensor, abuela. Es mucho mejor. Y más rápido.
       Esperanza se paró, indecisa. Estaba un poco nerviosa y no había pensado en esa posibilidad. Hacía pocos días que lo habían instalado. Sus tres hijos insistieron y consiguieron  su propósito.  Pensaban que su madre se merecía sobradamente una vejez lo más cómoda posible. Había  criado a sus  hijos. Había trabajado en un supermercado,  haciendo un sinfín de horas extras y había cuidado solícitamente al marido amado, víctima relativamente joven de una enfermedad degenerativa, hasta su doloroso y trágico final.
       —El ascensor…,  bueno, pero… tenemos que salir al patio, con la que está cayendo… No, Fonsito, el ascensor, no. Es un aparato con electricidad. Vaya a que con el agua nos electrocutemos. Me da mucho susto. No, subiremos por las escaleras. Es más seguro. Cuando estemos en la terraza, llamaremos a papá  o a los titos. Si la lluvia sigue, vendrán a buscarnos en lanchas. O como sea. Ya verás. No nos va a ocurrir nada. Cuando pase el temporal, limpiaremos todo lo que haya que limpiar y muy pronto  habremos olvidado esta pesadilla.
       —Vale.  
       El agua cubría ya el primer escalón. Esperanza se agarró al pasamano y empezó a subir. Aunque le temblaba mucho la mano, lograba ayudarse con la muleta. Fonsito, con el cachorro entre su brazo y el pecho, y el paraguas en la otra mano, subía delante de ella. Llegó a la primera planta en unos instantes. Buscó el anorak en su dormitorio. Dejó el paraguas en el suelo, a Toby encima de la cama, se puso la prenda de abrigo, cogió el cachorrito y el paraguas y subió el segundo tramo de escaleras. Ahí se paró, en espera de que llegase su abuela. La anciana, todavía en el primer tramo, superaba los escalones despacio. Le dolían las articulaciones por la artrosis, le faltaban las fuerzas y, al poco, la respiración. Tuvo que pararse casi a mitad de la subida.
       —¡Vamos, abuela, vamos, que ya estamos arriba! —gritó Fonsito,  acariciando a Toby.
       Esperanza miró hacia abajo. El agua, oscura como la noche, cubría ya unos cuantos escalones. El nivel subía a un ritmo de vértigo. Sintió mucho miedo. Temió por su vida, pero, sobre todo, por su nieto.
       —Fonsito, ¿estás ya en la terraza? —gritó, haciendo un esfuerzo.
       —¡Estoy en la segunda planta, abuela! ¡Te estoy esperando!
        La abuela reanudó el ascenso. Se apoyaba en la muleta, adelantaba el brazo cogido al pasamano, ponía la pierna menos afectada por la enfermedad en el escalón siguiente y se impulsaba hacia arriba. Sólo faltaban ya unos peldaños para llegar a la planta. Un hilo acuoso oscuro, sinuoso igual que una serpiente, bajaba pasando junto a sus pies. “¿Cómo era posible?”, se dijo. En el primer piso se había formado un charco de agua, que bajaba por la escalera desde la planta superior y, en parte, desaguaba por donde ella subía.
        —“Mucha agua abajo y mucha arriba, precisamente a donde nos dirigimos. Mmm…, esto está muy feo, está mucho peor de lo que imaginé. Quizá no venga nadie a socorrernos”,  pensó con inquietud. Reunió sus escasas energías para acelerar en lo posible el ascenso. Al hacer fuerza con la pierna delantera para salvar otro escalón,  resbaló y cayó de rodillas. Aunque la mano en el pasamano amortiguó algo la caída, gritó del fuerte dolor. Se quedó unos instantes inmóvil sobre los escalones. La muleta yacía a pocos centímetros de ella. 
       
—¡Abuela!, ¿qué te pasa? ¿Qué te pasa, abuelita?

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QUÉDATE ARRIBA (II)

       Esperanza sintió que no le respondían las piernas y creyó que no podría volver a ponerse en pie.
       —¡Baja a ayudarme! ¡Me he caído en las escaleras! ¡Baja a…! —se calló. Por nada del mundo debía bajar su nieto—. ¡No! —gritó—, ¡no se te ocurra bajar! ¡Quédate ahí arriba! “Voy a levantarme y a seguir”, se dijo.
       Esperanza respiró fuerte. Sin dejar de estar arrodillada, consiguió agarrarse al pasamano con las dos manos. Puso su pierna buena en el escalón inferior y, haciendo un esfuerzo que le pareció supremo, pudo ponerse de pie. Sin soltarse, se agachó y recuperó la muleta. A pesar de dolerle todo el cuerpo, aquello le infundió valor y energía.  Se sintió capaz de subir hasta arriba y volvió a creer que vendrían por ellos. A un ritmo lento pero constante,  pudo salvar los pocos escalones que le faltaban para llegar a la planta primera, que se hallaba completamente encharcada. Ya había hecho más o menos la mitad del recorrido que la llevaría a la salvación. Se acercó al segundo tramo de escalones. Titubeó. Estaba muy cansada y dolorida. Fonsito estaba  arriba a salvo. Quizá el nivel del agua dejase de subir. Podía intentar descansar unos instantes, normalizar la respiración. Entonces, le pareció escuchar un ruido  entre el fragor de la lluvia.
       —¡Abuela, es el móvil! ¡A lo mejor es papá!
       Ella no sabía dónde estaba el suyo. Tenía uno que le habían regalado sus hijos.
        —Tengo teléfono de pared. ¿Para qué quiero yo un aparato de esos, que, además, no sé manejar? —había objetado convencida.
       —Aprende a manejarlo, mamá. Sólo lo básico. Llamar y atender llamadas. Es muy fácil y te puede hacer falta —le habían repetido machaconamente. Pero, en aquel momento, el móvil que sonaba era el de su nieto. Un regalo de los padres, que ella nunca comprendió ni le gustó.
       —¿A qué esperas? ¡Contesta, Fonsito!
       —¡Es papá! —gritó—. Dice… dice que no puede venir. No lo deja la policía. Dice que nos pongamos en un balcón de arriba o en la terraza.  Que nos quedemos allí. Que nos abriguemos. Que nos quedemos en un balcón o la terraza. Dice… que vendrán los bomberos y…,  bomberos y policía por nosotros.
       —Dile  que eso hacemos y que estamos bien. ¿Has cogido el anorak? Bien. Tú, quédate ahí.
       “Fonsito está arriba. Y van a venir a recogernos. Los daños serán importantes, pero a él no le va a pasar nada.  A mí, tampoco. Pronto habrá pasado todo y esto sólo será un mal recuerdo. Ya he descansado. Tengo que subir y reunirme con mi nieto”. —pensó Esperanza animada. La pobre no sospechaba  lo que le esperaba.
       Respiró con fuerza y empezó a subir los escalones que le separaban de su nieto querido y de su salvación. Ascendía despacio, pero sin detenerse. El agua oscura y sucia que bajaba iba paulatinamente aumentando. Entonces, empezó a faltarle el aire. Paró unos instantes para tomar aliento y recuperar en lo posible la respiración, pero aumentó el ahogo. Esperanza conocía perfectamente esos síntomas y sintió pavor: era la  eterna  asma, que atacaba después de unos cuantos días de tregua. ¿Podía haber un momento peor? Metió la mano temblorosa en el bolsillo y cogió el aerosol que siempre llevaba consigo. Se lo llevó a la boca abierta y apretó. Solo pudo hacer una inhalación porque estaba prácticamente vacío. Sabía que, dada la situación, no podía bajar a la primera planta a buscar uno. Tenía que llegar arriba como fuese, pero carecía de energía suficiente para culminar la subida de la escalera.
       “Nunca llegaré a la terraza. Esperaré en estos escalones a que cese la lluvia. O aquí me ahogaré. No puedo hacer más”, dijo para sí.
       —¡Abuela, por qué no subes?
       Esperanza no respondió.
       —¿Qué te pasa? ¿Por qué no subes?
       La anciana intentó contestar, pero le faltó capacidad pulmonar para dar a sus palabras la intensidad necesaria.
       —¡Voy por ti! —gritó Fonsito.
       —¡No, no, mi niño, tú quédate ahí arriba! — gimió Esperanza—. Se apoyó en el pasamano. Tenía que respirar lo mejor posible y dominar la ansiedad y el pánico que la consumían por dentro. La crisis asmática no remitía, pero afortunadamente no iba a más.
       Fonsito dejó a Toby sobre una silla y soltó el paraguas. Encontró a su abuela un poco encorvada, con la boca abierta y haciéndole gestos con una mano.
       —Te he dicho —jadeó— que te quedes arriba.  Ve a la terraza y quédate allí.
       —¿Qué me vaya a la terraza? Sin ti no, abuela. ¿Otra vez tienes el asma esa? Espera, que te busco un “areosol”.
       —¡No, no bajes! —dijo la anciana como pudo, agarrando del brazo a su nieto—. Sube, hijo, hazme caso.
       —Vale, abuela, para arriba. Pero contigo.
       Fonsito, dejando la muleta sobre los escalones, cogió a su abuela por un brazo y tiró de ella. Pero la anciana apenas se movió. Entonces, el pequeño comprendió que tenía que ayudarla  de otro modo.  El fin de semana anterior había visto en el cine a un soldado del séptimo de caballería llevando a un herido lejos del alcance de las flechas indias. Ya no dudó. Pegó su cuerpo al de su abuela. Se echó por encima de sus hombros un brazo de la anciana, mientras  él, con el derecho, la rodeaba por la cintura.       —¡Venga, abuela, para arriba! ¡Vamos, vamos!

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QUÉDATE ARRIBA (y III)

       Esperanza se irguió cuanto pudo. Le dolía horrores una rodilla, sus manos temblaban igual que ramas azotadas por el viento, sobre todo la que le colgaba por delante del pecho de su nieto. Pero puso todo su empeño, toda la energía que le quedaba, en subir. La fuerza y habilidad inauditas que desplegó el pequeño, unidas a la postrera colaboración de la anciana, permitieron a los dos infortunados culminar el ascenso de su Himalaya particular.
       —¡Ya estamos arriba, abuelita, ahora a la terraza! —exclamó Fonsito fatigadamente.
       —Yo no puedo más, hijo. Déjame en esa silla y vete a la terraza.
       —Eso no, abuela. Te llevo conmigo.
       Esperanza no protestó. Ya no tenía fuerzas para nada. Se limitó a apoyarse en su nieto y conservar la verticalidad. Al verlos más cerca, Toby ladró.
       —Ahora voy por ti, cachorrín —le habló Fonsito, convencido de que el perrito le comprendía.
       Cojeando la anciana y dando ambos pasos desiguales, llegaron a la terraza. La lluvia entraba sin parar por debajo de la puerta. Fonsito la abrió. La balsa de agua que tenía delante  empezó a desaguar entre sus pies.
       —¡Ya hemos llegado, abuela! ¡Lo conseguimos! Ahora vendrán por nosotros. Tú, tranquila. Vamos hasta la barandilla de la pared y  te coges. ¡Jolín, cómo llueve! Te agarras a la barandilla y voy por el paraguas. Venga, que ya no falta nada.
       —No, déjame en el suelo —consiguió gemir Esperanza.
       —¿En el suelo? ¿Con tanta agua?
       Pero la anciana se desplomó sobre el charco  que pisaba. Su cuerpo no aguantaba más de pie.
       —Voy a buscar el paraguas, abuelita. Te podrás tapar la cabeza, por lo menos.
       —No…,   no…,  ve a la baranda. Cuando veas…, veas policías o bomberos…,  llámalos, grítales. En cuanto… lleguen te…te subes a la barca.
       —¡Toby, se me ha olvidado Toby! —exclamó el niño. Entró en la casa y lo recogió de la silla donde lo había dejado. Lo acarició y volvió junto a su abuela. Entonces se fijó en su aspecto. Estaba sentada en el suelo anegado, apoyada sobre un brazo. Temblaba tanto que parecía que  iba a derrumbarse por completo de un momento a otro. Respiraba a estertores con la boca completamente abierta, mientras se quitaba con la mano como podía el agua que le chorreaba por la cara. Al niño se le encogió el corazón de pena y congoja.
       —Abuela, ¿qué te pasa? Ya mismo vendrán por nosotros. ¡Oigo voces! ¡Ya vienen por nosotros, abuela! ¡Voy a llamarlos!
       Apretó a Toby contra su pecho. Se acercó a la barandilla que marcaba el límite de la terraza. El espectáculo que se desplegaba delante de él era sobrecogedor. La calle, muy llana, era un brazo de agua oscura y cenagosa que cubría el primer piso de las viviendas. Los vecinos estaban en los balcones de las habitaciones superiores, en las terrazas e incluso encaramados a los tejados. Fonsito centró su atención en el curso de agua. No veía ninguna balsa portadora de alguna clase de socorro. Sólo vio los objetos más variados y, para su espanto, algunos cadáveres que flotaban en la superficie. El pequeño sintió un miedo atroz. Agachó la cabeza y subió el brazo que cobijaba a Toby hasta que su mejilla tocó el cálido cuerpo del cachorrito.
       —Esto es… esto es acojonante, Toby, para cagarse del susto. No sé qué hacer. No sé… —Fonsito sintió unas ganas imparables de llorar. Pero se contuvo.  “No quiero que mi abuela me vea llorar. Eso nunca. Voy con ella”,  se dijo.
       Esperanza no dejaba de estremecerse. El agotamiento, la pesadumbre  y el frío se cebaban encarnizadamente sobre ella. Pensó en su marido, el único y gran amor de su vida. Ella, igual que antes él, iba a morir de un modo trágico. Apenas tenía recuerdos de su padre,  pero revivió en su mente algunas escenas y situaciones con su madre. También imaginó una mesa grande a la que estaban sentados sus hijos, sus nietos y su marido a su lado. Esbozó una sonrisa tierna. En ese momento, se dio cuenta de que Fonsito se acercaba. Hizo un último esfuerzo para articular algunas palabras:
       —Mi niño…, hazme caso…, ve a la baranda, agárrate…,  agárrate bien y cuando llegue una… una…una balsa te subes… cuanto antes.
       El brazo que la sustentaba se dobló. La cabeza de la anciana cayó sumergiéndose en el agua.
       —¡Abuelaaa! —aulló de susto, pánico y dolor Fonsito. Se arrodilló junto a ella y le sostuvo la cabeza en alto. Toby cayó al agua. Nadó, como le indicaba su instinto, para intentar mantenerse cerca de sus queridos dueños, pero pronto el cansancio se fue apoderando de él. La ligera corriente lo alejó de la familia, acercándolo a una mesa volcada. Consiguió agarrarse con la  boca a una de las patas de plástico.   Mordió con desesperación canina aquel objeto, mientras no dejaba de nadar para mantenerse a flote y combatir el frío.
       —¿Por qué no dices nada? Di, ¿por qué no dices nada, abuela? ¿Estás dormida? Claro, jolín. Estás muy cansada. Por eso tienes los ojos cerrados. No te preocupes de nada. Yo te sostengo. Yo estoy contigo. ¡Uyyy, qué frío hace! No te preocupes, abuela. Ahora me quito el anorak y te lo pongo por encima. Eso es, ya está. ¡Sííí, hace frío!  Te abrazo y así no pasamos frío, ¿vale? ¿Me oyes, abuela?
       Una barca neumática con dos soldados del ejército, que había recogido a unos vecinos, llegó hasta la fachada del edificio. Gritaron para averiguar si había alguien en la parte superior de la casa. Sólo obtuvieron el silencio como respuesta. Pero debido a la indicación de los vecinos rescatados, que habían visto a Esperanza y su nieto en la terraza, uno de los militares subió al edificio con la ayuda de unas cuerdas con garfio. Toby, medio encaramado en una pata de una mesa, lo llamó con un ladrido lastimero. Pero el soldado se dirigió hacia un bulto que yacía en el suelo. Fonsito, de rodillas y con los ojos semicerrados, se estremecía de frío bajo la lluvia abrazado a su abuela. Ella tenía los ojos cerrados sin que su cabeza ni brazos, lánguidos, temblasen. A pesar de la abnegación de su nieto, su cuerpo se había enfriado y había dejado de sentir para siempre.


                                                                                         Manuel Pedraza

viernes, 9 de febrero de 2018

NO TE SUELTES (I)

Isabel apremiaba a su hija:
-Recógelo todo, Elena, papá pasará por nosotras en veinte minutos y se enfadará si no tenemos las maletas hechas.
            -Mamá,  ya lo tengo, solo queda recoger a Muffy .
            Corrió a su habitación y volvió con un pequeño oso del que no se separaba nunca.
Los padres de Elena asistirían al congreso de ginecología, que se celebraba en Barcelona los días 22, 23 y 24 de febrero. A Elena la dejarían con la abuela, que vivía en una casa de campo a las afueras de Maro. Estaba muy contenta,  pues le encantaba la idea de ir a visitar a su tata, como ella la llamaba cariñosamente.

La llave sonó en la puerta y apareció Andrés. Era alto, guapo y vestía muy elegante.
            -¿Dónde están mis chicas? - gritó con euforia-  Ya estoy aquí.  ¿lo tenéis todo preparado?
            -Sí, papá -contestó Elena lanzándose literalmente hacia su padre, que la levantó al vuelo abrazándola. Isabel se acercó a los dos sonriendo. Cogieron las maletas y,  tras mirar que lo dejaban todo en orden,  bajaron al garaje, donde colocaron el equipaje en el maletero del coche.
Apenas 20 kilómetros los separaban de casa de la abuela. Llegaron  cayendo la tarde. Ella les esperaba en el porche impaciente y miraba al horizonte. Le preocupaba el cambio que se había apreciado en el cielo en pocos momentos. El repentino viento arrastraba las nubes,  cambiando la tarde despejada en una tarde oscura.  Se notaba humedad en el ambiente,  se avecinaba agua.
Al ver llegar el coche, cambió sus pensamientos, acercándose a ellos y saludándolos cariñosamente.
-Isabel, hija -dijo la abuela- no entreteneros, la tarde se presenta lluviosa y tenéis un largo camino.
Elena y su abuela vieron alejarse el coche y seguidamente entraron en la casa. La habitación que le había destinado su tata le encantaba. Por la gran ventana podía ver como los pájaros volaban buscando refugio. Se hacia de noche.
Mientras la abuela colocaba la ropa de Elena en el armario, ella se entretenía con una antigua caja de música en la que sonaba una agradable melodía.  “Para Elisa” se llamaba, era de Beethoven. Una bailarina con traje de tul, amarillento por el tiempo, daba vueltas sin parar.  Podía pasar horas escuchándola. Su tata  le contaba que fue un regalo del abuelo cuando eran novios.
            -Vamos a la cocina, cariño -dijo la abuela-  preparemos algo para la cena.
Al salir del dormitorio tenían que pasar por un gran salón, señoreado por una estupenda chimenea, en la que ardían rojas brasas que mantenían la casa caliente.    Sobre ella, como presidiendo el hogar, colgaba un cuadro con la imagen del abuelo.  Junto al fuego, un perro de pelaje rubio dormía tranquilamente.
            -Tata, -gritó Elena, al mirar el cuadro del abuelo, hoy no sonríe, está triste.
            -¿Qué  dices, cariño?
            -Que el abuelo esta triste   -repitió la niña.
-No seas tontica, cariño, vamos a la cocina.
La abuela se dispuso a preparar unos sándwiches. Desde la ventana podía ver pasar las nubes oscuras, la noche estaba fea, muy fea. Una bandada de patos surcaba el cielo con su peculiar algarabía.
-Qué extraño -comentó la abuela en voz alta-, no es tiempo de retorno de las aves.
Se sentía incómoda, presentía algo que, sin saber qué  era, la ponía muy nerviosa. El viento arreciaba por momentos, moviendo las palmeras que rodeaban la casa, y la fuerte lluvia golpeaba con fuerza los cristales de la ventana. Tobo, el perro, entró a la cocina gimiendo e inquieto. Aún no habían terminado de comer y unos fuertes golpes se escucharon en la puerta.
            -¡Señora Josefa, abra por favor!
Enseguida reconoció la voz de su vecino más cercano y abrió la puerta rápidamente, intentando trasmitir seguridad a Elena.
-¿Qué sucede, Sebastián? Pase, no se quede ahí.
-Tenemos alerta meteorológica, Protección  Civil pasará para evacuar  a los vecinos más cercanos a la playa. La marea está subiendo de una forma impresionante. Coja lo más imprescindible. voy donde ellos para indicarles el camino.

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NO TE SUELTES (y II)

Sebastián salió y a duras penas pudo llegar al coche. El camino era de tierra y la fuerte lluvia lo había convertido en un barrizal en el que el vehículo patinaba, y no  conseguía avanzar. Una de las ruedas quedó atascada  y no había fuerza que la sacara de allí. Sebastián bajó del coche, intentó poner su jersey bajo la rueda para hacer agarre y poder salir. En aquel instante, el enorme y viejo nogal que estaba al borde del camino y que llevaba tiempo amenazando con caerse, rasgó su mayor rama y cayó sobre Sebastián, provocándole una brecha en la cabeza que le hizo perder el conocimiento.
¿Qué pasaría ahora? Ese hombre era la esperanza de la abuela y de Elena. ¿Quién les indicaría el camino  hacia la casa?
Elena, abrazada a la abuela y a su osito Muffy, escuchaba las palabras de consuelo  con las que  su tata intentaba quitarle el miedo.
-Elena, cariño, tranquila, pronto volverá Sebastián con ayuda.
Tobo, que no se separaba de ellas ni de la chimenea, saltó de repente como si algo le hubiese asustado. Josefa comprobó con miedo, que el suelo se cubría de agua. Miró al cuadro de su marido y recordó las palabras de Elena. Un escalofrió recorrió todo su cuerpo. En ese mismo instante, la caja de música comenzó a tocar su melodía.  Un movimiento sísmico agitó toda la casa. La única luz que tenían era la de la chimenea.  El tendido eléctrico había quedado destruido. Josefa pensó que la casa ya no era un lugar seguro. Abrigó a Elena todo lo que pudo y, abrazándola a su cuerpo, sacó fuerzas de donde no las había y se dispuso a salir a la calle, dirigiendo una última mirada al cuadro de su marido.
  -Elena, no te sueltes de mí por nada del mundo.
            -No, no te suelto, ni a Muffy. ¿Y Tobo, tata?
            -No te preocupes, va con nosotras.
Josefa se dio cuenta que la marea lo inundaba todo. Su intención era subir el pequeño montículo y refugiarse en el cobertizo donde guardaba las herramientas del jardín; Hasta allí no subiría el agua.
- Pronto estaremos a salvo, Elena, no te sueltes de mí.
El  fuerte viento les impedía andar y el agua les empapaba hasta los huesos.
            -Ya queda menos, cariño, aguanta un poco más.
Consiguieron llegar arriba y, una vez dentro del cobertizo, Josefa abrigó a Elena con una de las mantas que andaban olvidadas en aquel lugar.
-Tranquila, cariño, pronto vendrá Sebastián y nos sacarán de aquí.
En aquél instante, Sebastián recuperaba el conocimiento. Se llevó la mano a la cabeza y notó como brotaba la sangre. Arrancó un trozo de su camisa y lo apretó fuerte sobre la herida. Los faros de un coche lo deslumbraron, era Protección Civil.
-¡Por favor, ayuda! -gritó Sebastián.
Dos hombres bajaron  y le ayudaron a subir al auto. Hicieron ademán de llevarlo al pueblo.
            -No, por favor, hay que recoger a Josefa y a su pequeña nieta.
-Muéstranos el camino, rápido.
El coche no pudo llegar hasta la casa. La puerta estaba abierta. El agua había subido mucho. El ladrido de Tobo les condujo al cobertizo. Un tremendo ruido les hizo mirar al océano. Ya era tarde, el agua lo cubrió completamente todo.
Nada más llegar al hotel, Isabel y Andrés, tuvieron noticias de la catástrofe que había asolado   parte de la provincia de Málaga. Su nerviosismo fue evidente. En la misma recepción le hicieron la reserva del primer vuelo que salía para allá.
En Maro, todo era desolación. El mar había retrocedido, dejando a su paso trozos de árboles, enseres de las viviendas arrasadas, animales muertos y muchas personas desaparecidas. Los caminos eran intransitables. Con un gran esfuerzo consiguieron llegar frente a la casa. Isabel y Andrés lloraban desesperados, intentando ver algo que les diera una esperanza de encontrarlas vivas. La patrulla de rescate removía el fango, sacando restos y fragmentos de la vivienda. En uno de esos intentos, Isabel encontró a Muffy, el querido osito de Elena, y cayó de rodillas sin hallar consuelo.
                                                                                            FANY  ACEDO

jueves, 8 de febrero de 2018

ROJO (I)

        Hoy al levantarme y mirar por la ventana descubrí que el cielo tenía color de tormenta. Sus nubes revueltas, grises, amenazadoras, sobre un azul turbio a punto de estallar. El viento agitaba las ramas de los árboles y creaba pequeños tornados de papeles, hojas y basura por las calles. Angustiada y vibrante, la lluvia empezó a desplomarse contra el suelo. Andar por la calle era casi imposible, con el viento en contra, las gotas impidiendo la visibilidad, la luz fantasmal, y el ruido casi eco de la tormenta.
         Mi marido colocó dos terrones de azúcar sobre una cuchara suspendida sobre el fino borde de la taza. Toda su atención estaba centrada en el proceso de servir el té. Las arrugas de su rostro se transformaron en una sonrisa y, al ver cómo se fundían y entrelazaban las formas en el líquido, se le escapó una risilla de placer observando  los últimos restos de la dulce sustancia, que desaparecieron bajo el oscuro brebaje.
         Todos acudimos puntuales a nuestra cita en el instituto. Al llegar, y después del cordial saludo que nos brindamos, entramos en la estancia que esperaba nuestro  reencuentro de amigos y compañeros después cincuenta años  que nos graduamos en el instituto, había merecido la pena y nuestras emociones estaban a flor de piel. Por más que pusiera todo mi empeño, jamás lograba recordar las caras de algunos compañeros del instituto.
          La compañía era agradable y amena. Ya no recordaba la última vez que compartimos una cena con algunos de ellos. Me alegro de habernos reunido como en los viejos tiempos.
         La lluvia caía sobre los cristales con lento compas. El tiempo había enfriado mucho, pero dentro de casa, hacía un calor agradable. Entre cómicas anécdotas y grandes carcajadas, percibo un sonido de fondo. Se parece a un vacío lejano, profundo, grave. Intento obviarlo. Sin embargo, el ruido se eleva sobre nuestras voces. Observo a los demás, pero nadie repara en él.
         Me levanto sin decir nada y me dirijo hacia las escaleras que conducen a la terraza. Una vez arriba, contemplo los campos de trigo, las casas vecinas desperdigadas, los caminos de tierra, la ciudad a lo lejos y, hasta donde apenas alcanza mi vista, el polígono industrial. Mis ojos se detienen un momento en ellas. Intensas luces rojas parpadean por toda  la fábrica. Por un instante dudo si las he visto antes.
          De repente,  el impacto de una brizna de luz tenue de un relámpago hace que fije la mirada un poco más abajo. Visualizo una nube de polvo color rojo, avanzando con rapidez. Siento escalofríos en la nuca cuando caigo en la cuenta de que no se trata de polvo, sino de una terrorífica ola roja de enormes dimensiones, que se aproxima engullendo todo a su paso.
         Quiero gritar, pero los sonidos se atascan en mi garganta. Veo cómo van desapareciendo los campos, las casetas y caminos bajo ese infierno rojo. Viene por nosotros. Pronto nos atrapará.
         Intento subir a la parte más alta de la casa, con la rapidez que me permiten mis ancianas piernas, aferrándome con todas mis fuerzas a la chimenea. Siento mi cuerpo temblar y mi corazón estallar de pánico. Las sirenas comienzan a sonar.  El rugido de su llegada alertó a las gentes que se asomaban  a la oscuridad de la noche, mirando y escuchando a lo lejos un ruido ensordecedor. Parecía que un tren invisible se les acercaba. Todo era gritar y correr. Pero ya era demasiado tarde. Observé  cómo los  arrastraba la embravecida ola. Escuché a lo lejos el llanto de la gente y el aullar de los perros. La cerca se inclina ante el monstruo encarnado. Los árboles del jardín se desgarran. El pequeño almacén de herramientas se deshace cual mantequilla al sol. 

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ROJO (y II)

      Me siento mareada. Cierro los ojos y me sujeto con fuerza, abrazándome a la chimenea de ladrillos rojizos. Puedo escuchar su rugido. Es aterrador, oscuro y diabólico.
         Deseo la muerte. La deseo que venga con rapidez. Rezo por no sentir el dolor y la agonía. Espero hasta que el ruido se calma. Ahora únicamente escucho mi propia respiración ahogada. Abro los ojos y contemplo el paisaje desolador. Escombros, trozos de madera, ramas de árboles, chatarra.  Y ellos, mis amigos del instituto, ya no están.
         Bajo del tejado con torpeza. Me tiemblan las piernas y todo me da vueltas. Vomito apoyada en la barandilla de la terraza. A través de los barrotes advierto una rama moviéndose y siento la mayor de las alegrías cuando descubro que debajo de ella está él: mi marido. Se levanta despacio. Dolorido y desorientado. Grito su nombre. La alegría me inunda al verlo vivo. Quiero abrazarlo con fuerza. Bajo las escaleras y me acerco a él. Pero  en ese instante me clava la mirada y mi cuerpo se paraliza. Algo no va bien. Sus ojos. Sus ojos no son los de antes. Los amables y tiernos ojos color miel, ahora presentan un color bien distinto. Ahora son endiabladamente rojos. No muestra ninguna emoción. Me miran, pero no me ven.
         Le pregunto si está bien. Le repito su nombre. Le digo que soy yo, que le quiero. Pero no articula palabra. Su mano derecha sostiene un hacha. Le aseguro que no tiene nada que temer. Que está a salvo. ¡Tonta, la que no está a salvo soy yo! En aquel instante se abalanza sobre mí y clava  su arma en mi espalda. Ni siquiera me ha dado tiempo a correr.
         Al despertarme, siento un sudor frio, noto que la almohada está empapada, y las sábanas revueltas. Tardo unos segundos en calmarme y comprobar, con alivio, que todo ha sido una macabra pesadilla.
         Me levanto de la cama para ir al baño y lavarme la cara con agua fría, pero lo hago con cuidado para no despertarle. Al encaminarme de nuevo al dormitorio, adivino una sombra que permanece de pie, inmóvil. Sobresaltada, tropiezo con la mesilla de noche, mientras lanzo un grito desgarrador. El despertador y la lámpara de hierro caen al suelo. Cuando recupero el aliento, compruebo que es él.
–¡Por Dios, cariño! ¡Qué susto me has dado!
         Mi corazón se detiene en el momento en el que me mira con sus ojos color rojo. Espeluznante, aterrador, espantoso. El miedo se apodera de mí: ¡Va a matarme!
         El pánico me envuelve de nuevo. Antes de que se abalance sobre mí,  cojo la lámpara del suelo y salto hacia él, hundiendo la base de hierro en su cráneo. Golpeo una, dos, tres veces.
         Su sangre me ha salpicado y él permanece tendido en el suelo. Ya no puede hacerme daño. Exhausta, suelto la lámpara.
         La lluvia ya apenas repiquetea sobre los cristales del dormitorio. Ya no se oyen los truenos. Permanezco sentada en el suelo, junto a la sangre derramada.  Miro el punto rojo de su mirada que aún permanece grabado en la pared, en el mismo lugar. Entonces observo  detrás de mí. Allí está, en el suelo, el despertador con su proyector color rojo enfocado hacia la pared.
         Hacia esa pared manchada de rojo.
         Después, un silencio mortal, solo acompañado por la sinfonía de la lluvia, en una noche de olor a tierra mojada.
                                                                                                             
                                                                               Mª CARMEN BECERRA


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