lunes, 21 de mayo de 2018

HISTORIA CASI IMPOSIBLE DE UN ABUELO CASI MUERTO CUANDO ESTABA CASI SOLO (I)


Despertó cuando el cielo tenía el tono rosado de las 7:09. Había dormido únicamente 5 horas y 38 minutos, pero tras despertar 5 veces durante las 8 horas y 41 minutos que había estado en la cama, comprendió que no iba a ser posible dormir más.
Seguía teniendo aquella sensación. Al principio pensaba que sería algo pasajero, pero la sentía cada vez con más fuerza desde hacía 17 días y 3 horas. 
Una taza de su café habitual incrementaba sus pulsaciones entre 5 y 8 por minuto, 30 minutos después de la ingesta; acelerar el ritmo al caminar a 75 pasos por minuto las incrementaba entre 10 y 12 pulsaciones por minuto… Pero, desde entonces, su corazón permanecía a un ritmo estable: nada parecía ser capaz de alterarlo.
Resignado podía enorgullecerse de haber desempeñado de manera muy digna el papel que le había tocado. Se había dedicado al transporte de mercancías de forma intachable durante 45 años, se casó a los 25 con la que había sido su pareja desde los 17, y a los 2 años de matrimonio (1 les habría dejado sin aire para que el matrimonio floreciera, y a los 3 les habrían faltado proyectos) tuvieron a su primera hija, Eficiencia. Con 3 años de diferencia (2 era un tiempo demasiado pequeño para permitirles disfrutar óptimamente de la relación natural entre una hermana mayor y uno pequeño, y 4 habría supuesto una distancia demasiado grande para que se sintieran lo suficientemente cercanos), nació Remilgado, su hijo pequeño.

Así, a los 65 años, con un trabajo conservado durante toda la vida, 2 hijos con estudios universitarios y debidamente posicionados, habiendo cambiado 3 veces de coche y habiendo tenido durante 12 años un perro llamado Toby, que mordía el cable de la tele 2 veces a la semana, comenzó su andadura hacia la tercera edad.

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HISTORIA CASI IMPOSIBLE DE UN ABUELO CASI MUERTO CUANDO ESTABA CASI SOLO (II)

Y ahora, su cuerpo sufría una alteración inexplicable. Cumplía con su rutina diaria de la misma forma en la que lo había hecho los últimos 15 años y 2 meses: salía a caminar al parque cercano a su casa a las 9:30, durante 20 minutos; lunes y miércoles aceleraba el paso los últimos 10, martes y jueves los últimos 5. Compraba el periódico local y el pan. Volvía a casa y preparaba la comida. Luego encendía la televisión: miércoles y jueves veía su programa favorito, y lunes y viernes se quejaba de que no había nada interesante.
A las 18:15 llegaba Eficiencia, miércoles con Responsilia y sábados con Mediocre, sus nietos. Y viernes y domingos, a las 18:30, iba a visitarle Remilgado y tomaba descafeinado con leche templada y media cucharada de azúcar blanco en taza mediana.
Y desde hacía 17 días, sin ninguna razón aparente, los latidos de su corazón habían dejado de seguir sus órdenes.
Adelantándose a su cita, a las 18:14, Eficiencia llegó a casa. Responsilia era delegada de clase y tenía que organizar las tareas del mes: cuántas amonestaciones tendría Ruidoso, cuántos sobresalientes obtendría Inteligencia (tenía que compensar los 3 del mes anterior)  y cuántas veces dejaría Olvidadiza el desayuno en casa (tendría que evitar los días 10 y 23, o de lo contrario Olvidadiza sufriría 2 semanas de un déficit nutricional que, aunque leve, afectaría a su rendimiento).
Así que, estando Responsilia ocupada, Resignado decidió compartir su problema con Eficiencia:
–¿Casi muerto? (pon vaso y medio cuarto de agua papá, hay que compensar la cantidad que se queda en la cafetera). Ya sabes que a tu edad las pulsaciones se aceleran de forma normal entre 2 y 4 por minuto… Puede ser que por eso no notes cambios…
–Eficiencia, hay un desorden, mi corazón empieza a fallar, se ha saltado la rutina de los últimos 362 meses. Y…es una sensación, lo sé.
–Pero, papá, no se puede estar casi muerto….¿Qué sensación?, ¿tienes un nudo en el pecho, en el estómago?, ¿déficit de transporte del oxígeno sanguíneo?
–No sé… –no encontraba las palabras–, es…una sensación.
–Papá, hablas muy raro… Ya sabes que, con la edad, a veces se producen desajustes biológicos… Esta noche, en el intermedio del tiempo, pediré cita para el médico. Y son y 27, tengo que ir a casa a vigilar que Mediocre no repase el examen de Historia, está empezando a destacar. Te veo el sábado.
Sabía que Eficiencia no iba a entenderlo. Él tampoco lo entendía y Resignado nunca había sido aficionado a discutir; quizá había preocupado a Eficiencia absurdamente y se había arriesgado a que Indiscreto hubiese escuchado aquella conversación que podría comprometerle. Pero quería dejar de sentir aquella sensación y, de forma inexplicable, se planteaba sacarla de sí de forma activa. Vivía solo y, hasta el viernes que no esperaba la visita de Remilgado, sólo pasaría el repartidor de la pizzería en su equivocación del tercer jueves del mes.
Se había planteado una posible solución a su problema desde hacía varios días y se le había ocurrido una que cada vez estaba más convencido de querer probar.

Recordaba su juventud con cierto cariño. No había hecho grandes cosas, pero el camino que le estaba propuesto seguir le resultaba agradable. La juventud era la época en la que estaba permitida la música más rotunda. Una vez cumplidos los 40, y como correspondía a un hombre respetable, Resignado solo escuchaba programas informativos y una cadena clásica de vez en cuando. Pero desde hacía unos días recordaba especialmente cuánto le había gustado la voz del señor Mercury y cómo esquivaba los tiempos reservados a escuchar a Queen a escondidas de sus padres. Y recordó cómo se le aceleraba el corazón con Don’t stop me now. Una y otra vez, no importaba las veces que la escuchara; a veces, incluso sobrepasando las 120 pulsaciones por minuto, saludables para muchachos de su edad en momentos de excitación.

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HISTORIA CASI IMPOSIBLE DE UN ABUELO CASI MUERTO CUANDO ESTABA CASI SOLO (y III)


En las clases de gimnasia para mayores, la profesora les había recomendado una página de vídeos por internet que utilizaba para buscar los ejercicios de rodilla. Entre los vídeos recomendados, aparecían señoras en ropa de deporte y señores con bata recomendando la alimentación más adecuada para la época de invierno.
Después de cerrar las ventanas y asegurarse de que el volumen no era demasiado alto para que el sonido se filtrara por sus paredes y cristales, se dispuso a buscar la canción. Recordaba perfectamente el título, había aprendido incluso lo que significaba en castellano, de las clases de inglés a las que asistió cuando Remilgado empezó la universidad (por los beneficios de hacer algunas actividades fuera de la rutina de trabajo; pero sólo durante 1 año, más habría sido demasiado pretencioso para un transportista).
El rostro de gesto enérgico de Mercury apareció en la pantalla. Una sonrisa suave se abrió en los labios de Resignado: llevaba tantos años sin escuchar aquella voz... Tras volver a asegurarse con una mirada de que las ventanas estaban perfectamente cerradas, puso la canción en marcha. Los primeros acordes del piano se posaron sobre la piel de sus brazos y pudo sentir cómo la suave sonrisa le tensaba ahora la cara. Poco después del medio minuto, cuando empezaron los coros, la música se paró de repente.
Sus latidos le resonaban en los oídos: el ritmo de su corazón había respondido obediente a los golpes de la percusión.
Volvió a poner la canción desde el inicio. Necesitaba asegurarse. Esta vez su ritmo cardíaco aumentó de manera uniformemente acelerada: la voz inconfundible de Freddie Mercury puso su corazón 5 latidos por encima de la media de un miércoles a esa hora; y las voces acompañantes dispararon los latidos a unas 110 pulsaciones y 2 ó 3 cuartos…
Resignado continuó escuchando a Queen durante horas: las canciones se sucedían y el volumen no dejaba de subir. Y su corazón terminó exhausto: demostrando que funcionaba con la precisión de un reloj suizo, que se atrasa 2 segundos cada 3 horas los días impares.
Esa noche, Resignado durmió 4 horas y poco. Al despertarse, conectó unos auriculares a su móvil y pasó algo más de 2 horas en la cama, escuchando a Freddie a todo volumen.
Se levantó cuando el cielo tenía aún un tono suavemente rosado y la temperatura era agradablemente fresca. Salió al balcón y contempló en calzoncillos cómo la ciudad empezaba a despertarse.
Freddie tomó de nuevo el timón de las ondas sonoras de su casa. Resignado desayunó esa mañana un chocolate caliente y un trozo de pizza. Fue al baño y se afeitó, dejando sobre su labio superior un bigote que en un par de semanas sería como el de Freddie. Su corazón danzaba divertido, cambiaba de ritmo acompañando sus intentos de entonar, se ralentizaba poco a poco cuando terminaba cada canción y casi se para cuando se cayó del sofá bailando, en un intento por combinar la música de Freddie con los golpes de cadera de Elvis.
En el almuerzo mezcló hidratos de carbono con proteínas y no abrió la puerta cuando oyó a Presidencia tocar el timbre y gritar, a través de la madera, que la música superaba los no sé cuantos decibelios permitidos a esa hora.
Aquella sensación se había ido. Los latidos de su corazón obedecían, más obedientes que nunca, el devenir de la vida. Había tenido que recibir aquellos avisos de su pecho para darse cuenta de que había vivido en un desfiladero de casis, disfrazados de correcta precisión. Se preguntó cuántas veces habría ignorado señales tan desesperadas antes de casi sentirse morir.
Esa tarde, envió un par de mensajes a sus nietos: dedicó un sentido “Estudia mucho, cariño” al pequeño Mediocre; y un cómplice “Sal a jugar esta tarde, mi vida, te lo has ganado” a Responsilia.

Vio una película de dibujos, se puso calcetines de distinto color y se fue a la cama con una expresión divertida en su nuevo bigote: mañana era viernes y había roto todas las tazas medianas tocando la guitarra con la escoba.
                                                                                                              GEMA FERNÁNDEZ

jueves, 17 de mayo de 2018

LA IMAGEN DEL ESPEJO


PERSONAJES: Catalina, Martina (la doncella), Padre de Catalina.



En su dormitorio coma Catalina se está mirando al espejo de su tocador. Es una mujer joven coma con sus virtudes y sus defectos. La habitación tiene un balcón, este está medio abierto. Es de noche y la luz de la luna ilumina parte de su cama. Las cortinas ondean un poco. Corre aire.

Catalina: ¿Por qué me miras, muchacha del espejo? ¿Eres tú otra o es mi otro yo que me observa?

(Viento: ohm, ohm…)

(Perro Niki: guau, guau)

Se cambia de vestido, de zapatos, de pulseras, etc. Se suelta el pelo y se lo recoge. Se pone un sombrero. Se contempla y no se gusta.

Catalina: ¡Tú sí que eres bella! Si, tú, la que me clava su mirada.

(Niki, acercándose a su ama: Guau, guau…)

Martina: Señorita, está usted muy bella. Le queda muy bien lo que se pone. Es tan alta y tan delgada... Tiene un pelo tan largo, brillante y rubio... Señorita, la envidio, soy todo lo contrario a usted.

Catalina: Nada importa. Me veo fea. Tengo una nariz y unas orejas muy grandes, que no sé cómo  disimular. La imagen que me contempla es perfecta en todo. ¡Quiero ser ella! (gritando)

Se ve a Niki dando vueltas por la habitación. Olisqueando todo. El balcón está de par en par. Las cortinas ondean con mucha frecuencia. El sonido del viento es muy fuerte y el aire va entrando en el cuarto, cada vez con más intensidad.

Catalina: ¡Martina, Martina, dame la mano!!Se me lleva, se me lleva¡¡Socorro, cógeme, no me dejes!

Martina: Señorita, agárrese al palo de la fregona. Yo tiraré y Niki también.

Los esfuerzos de la mascota y MARTINA resultan ser inútiles. El espejo y el viento han logrado el deseo de CATALINA. Los padres de la joven, al oír un fuerte crak, suben las escaleras.

Padre: ¿Qué ha ocurrido? Martina, ¿dónde está Catalina? ¿Qué ha pasado con el espejo? Está todo quebrado.

Martina:(con miedo) Señores voy a recoger todo este desastre, pues… por si…vuelve su hija. Váyanse a tomar una tila. (en tono de monólogo) ¿Qué es lo que veo? ¡Dios mío son los ojos, la boca de la señorita en estos trozos de cristal! ¡En ese otro se ve su mano! ¡En aquel una pierna! ¡Ay, ay!  "Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Vela por Catalina donde quiera que esté". (dirigiéndose al público) Nuestra pequeña nunca será encontrada.

SUSANA CARMONA

NO HAY DOS SIN TRES (I)


Personajes: Rosa, Juan José, Clotilde



PRIMER ACTO

Entrada de un gran centro comercial. Es de noche. Hace buen tiempo. Una muchacha está de pie, junto a las puertas, con el móvil en la mano. Mira alternativamente el teléfono y a la gente. Dos jóvenes, abrazados por la cintura y sonrientes, están a punto de entrar. La joven del móvil los ve y se les acerca. Les llama, levantando la voz.


CLOTILDE: ¡Juanjo, Rosa!

La pareja de jóvenes se detiene. El muchacho sonríe. Ella parece contrariada.

JUAN JOSÉ: Hola, Cloti. ¡Carajo, qué casualidad!
CLOTILDE: Sí. Pero… ¡vaya, qué entusiasmados os veo otra vez! Qué bonito es reconciliarse. Me alegro un montón.
ROSA: Lo que pasó ya está olvidado.  Borrón y cuenta nueva. Hemos prometido no volver a discutir.

Rosa da un beso sonoro a Juan José en la mejilla. El muchacho sonríe, sin dejar de mirar a  CLOTILDE.


ROSA: No nos vamos a pelear nunca más. Cuando no estemos de acuerdo, buscaremos una solución que nos guste a los dos. Y si no la encontramos, pues echamos a suerte lo que vamos a hacer y listo, joder.
JUAN JOSÉ: Eso.
CLOTILDE: ¡Qué bien! ¡Me alegro un porrón! Bueno, bueno… Oye, estoy pensando que…, ya que estamos aquí, ¿por qué no vemos una peli guay los tres? Como hacíamos antes. Si no os molesta que os acompañe. No miraré, si oigo besos y las manos…
ROSA: Pues no sé…
JUAN JOSÉ: Sin problema. Vamos a ver los tres una peli.
ROSA: Pero es que…
CLOTILDE: Venga, Rosi, que tenéis toda la noche para enrollaros. Como antes con la pandilla.
JUAN JOSÉ: Eso. Vamos a ver una buena peli.

Clotilde sonríe. Rosa, seria, mira al suelo.



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NO HAY TRES SIN DOS (y II)


SEGUNDO ACTO

La pareja y la amiga están en la entrada del cine. Miran la cartelera.

CLOTILDE: Esa es una pasada. Es de terror. De las que te gustan, Juanjo. Vas a flipar.
JUAN JOSÉ: Vamos a sacar las entradas.
ROSA: Pero es que…, es que a mí las pelis de terror… ¡Que me cago viva! Acordaos de lo mal que lo pasé el año pasado, cuando vimos  aquella de animales zombis que atacaban de noche y se comían poco a poco…  ¡Uff, se me pone mal cuerpo sólo de pensarlo! Fui la única de la pandilla que se salió.
CLOTILDE: No me acuerdo. Pero ésta es genial. Eso dicen los que la han visto.  Vas a flipar, Juanjo. Y tú, no seas una cría, joder.
ROSA: Es que me machaca el estómago. Y me impresiona ver a alguien sufrir. Todo es mentira, pero…
CLOTILDE: Es buenísima, tía. No nos la podemos perder. ¿Vamos, Juanjo?
JUAN JOSÉ: Mmm…yo quiero verla, pero…

Juan José mira a Rosa fijamente.

ROSA: Está bien. Alguna vez tendré que acostumbrarme.
CLOTILDE: Vamos a comprar las entradas, que ya va a empezar.

Clotilde compra las entradas. Juan José y Rosa le abonan el precio de las suyas.  Juan José está contento. Clotilde sonríe. Rosa parece preocupada y triste.
                                              
                                                                      

TERCER ACTO

Los tres salen de la sala de cine. Juan José y Clotilde gesticulan con las manos y comentan animadamente aspectos de la película. Están alegres. Rosa camina detrás de ellos. Está seria y pálida. Se paran.


CLOTILDE: Ahora, después de una buena peli, toca comer algo.
JUAN JOSÉ: Vale. Los bares están ahí mismo.
ROSA: ¡Comer ahora! Yo no puedo tragar nada. Tengo el estómago encogido. Lo vomitaría todo.
CLOTILDE: Venga, tíos.  Invito yo y elijo yo. ¿Vale?
JUAN JOSÉ: ¡Vale!
ROSA: ¡Ufff!
CLOTILDE: En ese mejicano de allí.
JUAN JOSÉ: ¡Genial! Me encantan los tacos y toda la comida mejicana.
ROSA: No, un mejicano, no. A mí me sientan el picante y las especias como una patada en las costillas. Y ahora, menos que nunca.
CLOTILDE: ¡Tengo la solución! Tú te tomas un trozo de pizza en esa pizzería de ahí.
ROSA: ¡Que ahora no puedo comer nada, joder!
CLOTILDE: Vamos, Rosi, bonita. Es tarde. Tenemos hambre. Tú tienes que comer algo. Te tomas despacito, sin prisa, una infusión con un pedazo de pizza, que sé que a ti te molan. Juanjo y yo comemos en el mejicano aquel. En cuanto acabemos, te recogemos en la pizzería. ¿Vale, Juanjo?
JUAN JOSÉ: Mmm… me muero por comer en un mejicano. Pero…



Juan José y Rosa se miran unos momentos. Ella tiene una mano en el estómago.  Clotilde coge la mano libre de Rosa y se la acaricia.



CLOTILDE: Rosi, preciosa, ve a la pizzería. La infusión y la pizza te van a sentar fenomenal. Se te va a poner el cuerpo mucho mejor. Esa peli ha sido demasiado fuerte. Dentro de un ratito nos llegamos por ti. ¿Vale, guapa?



Clotilde suelta la mano de Rosa. Coge del brazo a Juan José y tira de él en dirección al mejicano. Rosa los mira mientras se alejan, sin saber qué hacer. Después de unos instantes, camina despacio hacia la pizzería. Clotilde y Juan José se sientan, frente a frente, en una mesa en el mejicano. Ella pone una mano encima de la de él, se la acaricia y le habla, sin dejar de sonreírle.

                                                                      
                                                                       TELÓN

                                                                                                              Manuel Pedraza


domingo, 13 de mayo de 2018

PERSONALIDAD PROPIA (I)


PERSONAJES: CAMARERO, ERNESTO, HOMBRE, PRESENTADOR, ACTOR I, ACTOR II
ACTO I 
Interior de un bar. Al fondo, una pequeña barra. Varias botellas en los estantes. Un camarero aburrido lee el periódico que está sobre el mostrador. Un gran televisor apagado con la pantalla orientada hacia los espectadores. Aparece un joven con su tablet y varios cuadernos de anotaciones.

ERNESTO: Buenas tardes, ¿me podría decir si ha llegado ya Juan Rosal?
CAMARERO: ¿Ve usted a alguien aquí? Ni Rosal, ni espinas. (con más amabilidad) ¿Quién es ese caballero? ¿Es cliente?
ERNESTO: Verá, usted, yo no le conozco…
CAMARERO(interrumpiendo) ¡Rediez¡ Viene usted a este pueblo, a 50 kilómetros de la población más cercana, a buscar a alguien que no conoce.
ERNESTO: Soy periodista y me he desplazado para hacerle una entrevista. Rosal es un prestigioso escritor del género negro. Su última novela ha ganado el Premio Satélite; su título es Masacre en Anllariz. ¿Lo conoce usted?
CAMARERO: ¿Se está quedando conmigo? Anllariz es mi pueblo y aquí no conozco yo a ningún Juan Rosal, se lo puedo asegurar. Nos conocemos todos, y el único que usa la pluma es el veterinario que viene todas las semanas a registrar, en las cartillas ganaderas, los animales que nacen y los que mueren.
ERNESTO: Nada más lejos de mi intención que molestarle, buen hombre. Al revés, estoy recurriendo a usted en busca de ayuda. No sé el aspecto del escritor y he llegado un poco tarde a la cita. Pensé que quizá se había ido; por eso le pregunto.
CAMARERO: ¿Qué quiere tomar?
ERNESTO: Un cortado con leche fría
CAMARERO: Ha tenido suerte, ya iba a limpiar la cafetera. Aquí ya es hora de vinos; pronto llegará la parroquia y debo estar preparado.
                                              
                                                                    ACTO II

En la mesa que ocupa el joven aparece la taza del café, una botella de agua, una cerveza y una copa. Entra en escena un Hombre de mediana edad con aspecto algo siniestro. Lleva un libro debajo del brazo.

HOMBRE: (mirando al camarero) Buenas tardes.
CAMARERO: Buenas noches. ¿Qué desea...?  ¿No será usted Juan…?
ERNESTO: (interrumpiendo) Buenas noches, o buenas tardes…, es igual. Señor Rosal, soy Ernesto Cuenca, el periodista de Nuevo Futuro.
HOMBRE: (apretándole la mano) Encantado, joven (con sorna). Ya veo que ha tomado algo. Camarero, para mí lo más fuerte que tenga.
CAMARERO: Enseguida, señor.
Ambos toman asiento en la mesa.
ERNESTO: Qué lugar más bonito ¿Vive usted aquí?
HOMBRE: Joven, yo soy del mundo, de donde la fama me lleve. Lo mismo soy de una favela, que de un rascacielos de New York. Por tanto, soy del universo.
CAMARERO: (metiéndose en la conversación) ¿De qué familia es usted? No, no, déjeme, su familia debe de ser… los Morillas ...
HOMBRE: (cortándole) No, hombre, no. ¿Cómo voy a ser yo de los…. Morillas? ¿Acaso tengo cara de eso?
CAMARERO: (aparte) Vaya modos que se gasta el tipo este.
HOMBRE: Bueno (agriamente), empezamos con la entrevista, no tengo toda la noche.
ERNESTO: Desde luego. Este es el cuestionario de preguntas que hemos elaborado en la redacción del periódico. Si quiere, puede echarle un vistazo.

HOMBRE: (lo ojea y pone una cara cada vez más disgustada) Y esto ¿ué es?, ¿acaso es una broma, joven? Yo he venido aquí para hablar del libro Masacre en Anllariz, de su protagonista, de su personalidad, de sus asesinatos, y no de dónde nació o dónde vive Juan Rosal, si le gusta la poesía. o la ensaladilla rusa. Déjese de tonterías y vayamos al grano. Preguntas sobre Carbajo son las que tiene Vd. que hacer y yo contestar. Preguntas sobre la encarnación del mal, sobre el crimen perfecto.

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