lunes, 11 de diciembre de 2017

CAZA NOCTURNA (I)

Cuando los habitantes del pueblo están desprevenidos, entregados sin condiciones al sueño reparador o luchando heroicamente con sus pesadillas, el campanario resquebraja el reposo negro y sosegado de la noche.   Cuatro sonoras campanadas rompen el silencio sepulcral que lo invade todo. Dejan la plaza del pueblo impregnada de un eco que poco a poco pierde fuerza, languideciendo primero y muriendo después.
Los vecinos inconscientemente se mueven bajo las mantas. Los gatos cambian de tejado. Un perro deja escapar un ladrido. La lechuza que dormitaba en la esquina de la torre, huye despavorida, después de haber sido truncado su pacífico sueño. Da varias vueltas alrededor de la plaza y al fin se posa en un viejo tejado, alfombrado con mullidas plantas verdes de raíces poco profundas pero resistentes, que sobreviven prendidas a la tierra que resiste en la altitud. En medio de la vieja cubierta, erguida una veleta indolente con forma de negra y entrañable bruja, dirigiéndose con su escoba veloz hacía donde el viento la empuje.
El revuelo dura unos pocos segundos, quizá un minuto, y vuelta a la normalidad. El tiempo otra vez se detiene. Dará cabezadas hasta que de nuevo los golpes sobre el bronce de la campana sobresalten a todos. Les recordará que la vida pasa, aunque todo esté dormido.
Un coche negro metalizado se desliza silenciosamente. Vaga por las húmedas y estrechas callejuelas del pueblo. Enviste a la niebla, que se repliega asombrada, ante la acometida imparable de la luz de los faros. La profana sin miramiento alguno. Tímidas gotas de agua helada interrumpen su levitante danza, arremolinándose con temor y desconcierto ante el rebujo que deja a su paso el vehículo. Retornan a su arrítmico baile, una vez ha pasado el intruso que ha osado quebrantar su espectáculo nocturno.
Sentado al volante, un hombre de mediana edad, atractivo, elegante. Su cara tiene unos rasgos agraciados y una tez morena, en la que destacan unos ojos verdes impetuosos, ganadores siempre entre miradas sostenidas. En sus sienes, el pelo canoso se entremezcla con el castaño trigueño de su, niñez dotándolo de un aire enigmático y encantador.
Viste ropa deportiva, cara, un estilo que no pasa desapercibido para nadie. Ideal para sus correrías nocturnas en ambientes festivos, desenfadados, donde abunda mucho el alcohol. Triunfa entre las mujeres asiduas a esos lugares. Es joven, pero no en demasía, guapo, interesante, culto, alegre. Según el criterio femenino reúne las condiciones óptimas de lo más buscado y lo que más escasea.
Mientras cruza el pueblo, arranca con las ruedas quejidos en el asfalto de las calles. Su enigmática boca mantiene una sonrisa entre satisfecha y maliciosa. El perfume que le precede es el anuncio de su presencia, ¿juvenil?, ¿varonil?, quizá mezcla de los dos; en todo caso, muy peculiar. Nadie sospecha que ese aroma es parte del juego, que ayuda a someter a la presa, a ser ganador en sus múltiples persecuciones.
Ha tenido una noche fantástica, la caza ha sido inigualable. Aún conserva en su boca el sabor metálico, salado.  Era muy joven, un cuerpo escultural, larga melena rubia. Lo que más le llamó la atención fue el contraste de su piel pálida, con el negro del vestido. Realzando sus piernas, sus brazos y sobre todo su cuello, largo y esbelto como el de los cisnes del río Moldava.
En el río, se refrescaba en verano, en la zona del malecón. Daba largos paseos al anochecer, viendo subir las barcazas con sus letreros multicolores, cargados de visitantes que agitaban los brazos, saludando a las gentes que estaban en la ribera. Desde allí también salen los vapores, con ruedas que navegan río arriba llamando la atención de los foráneos. En las orillas, muchos cafés y bares. En definitiva, un lugar perfecto para dar de comer a las aves y refrescarse los pies. 
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CAZA NOCTURNA (y II)

Ahora piensa en la muchacha: su cara se le ha olvidado. Solo recuerda sus ojos y la blancura de su piel. No tiene importancia, su rostro es irrelevante. Todo ha sido rápido: unas miradas, un pitillo en la calle, unas copas y la burundanga hacen su efecto. Después, el ritual de siempre, practicado de la misma forma miles de veces; eso si, adaptando las circunstancias a los tiempos, es cierto aquello de renovarse o morir.
Absorto en estos pensamientos, ve al fondo la imagen del caserón, grande, recóndito, oscuro. En lo alto de la colina, desde allí  abarca todo el pueblo con una sola mirada. Está  aislado pero a la vez cerca del pueblo, permitiendo ser conocido sin dar pie a que nadie se inmiscuya en su realidad diaria.
Deja el deportivo en la amplia explanada que antecede a la casa. Rodeada de árboles en esqueleto, sin hojas, tiritando bajo el despiadado viento que los azota. Un gran portón da paso a la no menos inmensa casona, fría, orgullosa, arrogante, llena de   un perceptible silencio que incomodaría a cualquiera y seguramente lo pondría a la defensiva.
Como cada noche, traspasa la entrada en dos zancadas, alcanzando   la puerta interior. Una cancela de espantosas figuras metálicas indescifrables y relucientes espejos, que son incapaces de capturar ni siquiera por un momento su atrayente imagen. Todos los cristales lo intentan noche tras noche, pero ninguno lo consigue. El habitante de la singular mansión pasa de manera invisible sin reflejo alguno que pueda ser apreciado. Desilusionados, se volverán a retar entre ellos para captar la deseada figura la próxima madrugada.
Sube la escalinata de forma ágil y veloz. Con cada salto que da, marca la musculatura de su cuerpo, manifestando su extraordinaria forma y su energía desbordante a esas horas de la madrugada. Ya en la habitación, cargada de colgaduras y sin ventanas, tira deportivos y vaqueros al suelo. Se dirige a la cama de amplio dosel, rodeada de cortinas de terciopelo, después de cerrarlas se desploma en ella. Sobre su camisa de un blanco inmaculado, desabrochada hasta la mitad del pecho, hay pequeñas salpicaduras rojas, casi imperceptibles, mudos testigos de su secreta velada. También hay restos de esa misma sangre en la comisura de sus labios, según dicen  las mujeres,  carnosos e hipnotizadores.
Antes de atraparle el sueño, le alcanza la preocupación, aflorando en mitad del gozo. Recuerda que sigue teniendo pendiente un reto, la imposibilidad de reflejarse en los espejos. Algunos dicen que es a causa de su falta de alma. Deberá de seguir luchando contra ese elemento distorsionador, que forma parte de su realidad. Ante un espejo  permanece en alerta continua, tenso ante esta anomalía que en caso de ser descubierta le delataría.
Ahora toca dormir, descansar lo poco que queda de noche. Mañana continuará desempeñado el  papel que ha usurpado. En estos tiempos, para alcanzar sus fines,  es preferible ser profesor de instituto que conde. Sus alumnas lo esperan a primera hora. Los preparativos del viaje fin de curso a Rumanía ya están ultimados. Prometen  ser días  grandiosos, sobre todo las jornadas dedicadas a Transilvania.
MAITE MARTÍN HIDALGO

domingo, 10 de diciembre de 2017

DÍAS IMPERFECTOS (I)

                                          

    Ya estaba en paro cuando mi esposa me abandonó hace unos días. Dice que quiere vivir la vida y ahora la mía es un desastre.
            Antes, el desayuno me esperaba en la mesa todas las mañanas: el café como a mí me gusta, negro y sin azúcar; la mantequilla esparcida sobre la tostada, un poco derretida; el zumo de naranja sin pellejos de esos que se te quedan entre los dientes. Yo  bajaba al kiosco a comprar el periódico y el café se me enfriaba un poco, lo justo para beberlo sin quemarme la lengua. Así pasaban las mañanas desde que me despidieron por reducción de plantilla: leyendo el periódico, sin prisa.
             Fue ella quien me encontró por una red social. Fuimos antiguos compañeros de trabajo. Sabía perfectamente que yo era un desastre en las tareas del hogar. Ahora me ha abandonado. Por otro hombre que también ha conocido en la red. Me encuentro derrotado, triste, solo. Ya mi corazón no palpita, no hay risas. Ahora lloro de impotencia. Todo está en silencio.


                 Si es que, además, en el fregadero se están acumulando los platos, los cubiertos, los vasos. Todo está sucio, con costras de salsas, marcas de dedos y migas de pan. Ya no cabe nada más en él y no hay tenedores limpios. Tampoco tendría con qué usarlos porque  ya no queda comida en la nevera. Solo algunas latas de cerveza.
          Ayer, cuando bajé a comprar el periódico, Luis el del kiosco me miró raro, supongo que la camisa que vestía  estaba sucia y  arrugada. Así están las cosas ahora, casi no me queda ropa limpia en el armario. Por eso digo que mi vida es un desastre, es que es un desastre. Antes tenía las camisas limpias y perfectamente colgadas en sus perchas, los pantalones con la raya planchada y los calcetines colocados en su cajón, los zapatos lustrosos. Pero ya no, ya no. He tenido que ponerme varias veces la misma camisa, los mismos pantalones, pero noto que empiezan a oler mal. Como el dormitorio, que también huele raro. Creo que es porque hace días que no se cambian las sábanas. Y  que  últimamente todo es un desastre.

         Me levanto de la cama y la luz de la cocina está apagada, la mesa no está puesta. No huele a tostadas recién hechas ni hay zumo exprimido. Todo está en silencio. Así que me pongo los zapatos, cojo las llaves y bajo a desayunar al bar de Pepe. Aunque Pepe ya no está con nosotros en este mundo, su hijo Rufino se ha hecho cargo del bar. A Pepe le salían  muy buenas las tostadas, como a mí me gustan. Pero a su hijo Rufino no le quedan tan sabrosas; y es que la mantequilla no es mantequilla, es margarina, pero qué remedio.


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DÍAS IMPERFECTOS (y II)

                            
            Rufino, el camarero, se ha metido en la cocina cuando me ha visto llegar.  Al fondo están Pérez y  García hablando en voz baja, los codos en la barra, la mirada en el fondo de sus vasos de cerveza. Como si no me conocieran de nada, pero sé que me observan de reojo. Pasan los minutos y  mi estómago comienza a rugir.
            Tras leer la carta y, viendo el menú tan exquisito, he decidido no desayunar. Lo mejor es que almuerce unas lentejas. Ya que son las dos de la tarde y aún no ha pasado nada por mi desconsolado estómago.  
–¿Dónde se ha metido el camarero? Estoy impaciente por comer.
            Ya viene Rufino,  sólo pensarlo se me hace la boca agua.
            El camarero, muy amable, me ha servido el plato de lentejas e incluso ha insistido, que si quería repetir. Rufino es un buen camarero. Siempre con una sonrisa. Hoy me he fijado en él, cuando se alejaba hacia la barra. Es alto y rubio platino. Qué envidia, seguro que las  mujeres se lo rifan. Y uno en este mundo solo y abandonado. Qué injusticia.
            –Camarero, camarero, cuando puedas Rufino, pásate por mi mesa.
¿Qué desea, señor?
Quiero que pruebes las lentejas.
            –¿Probarlas señor, es que no están a su gusto?
No es eso, quiero que pruebes las lentejas.
¿Quizás es que estén algo frías para su  paladar?
No se preocupe, que se las cambio sin ningún problema.
            –Las lentejas no están frías. ¿Podrías probarlas, por favor?
“Este cliente me tiene desconcertado. Qué pesado con que pruebe las lentejas. Además, no está bien probar la comida de los clientes, no lo he leído en el manual del buen camarero. Pero sí que el cliente siempre lleva la razón. Lanzaré mi último cartucho, dejando a un lado las formalidades”.
–Señor, dígame qué ocurre. Si las lentejas no están frías, dígame qué pasa y, si es necesario, le cambio de plato.
Por favor, Rufino, discúlpame, pero he de insistir: si quieres saber qué le pasa  a las lentejas, sólo tienes que probarlas.
De acuerdo, probaré sus lentejas. Si no le parece mal, me sentaré a su lado en la mesa junto al plato. ¿Pero dónde está la cuchara?
¿Lo ves? Falta la cuchara. Eso es lo que les pasa a las lentejas, por eso no me las puedo comer.
          Cuando me trajo la cuchara, me lancé de inmediato a comerme aquellas lentejas tan sabrosas, una cucharada, dos, tres…, hasta que me atraganté, y salían por la nariz, por la oreja, por todos lados. El camarero intentaba que bebiera agua y los de la barra que vomitara. Cuando yo digo que todo es un desastre, es que todo es un desastre.
            Al salir del bar estaba lloviendo. Si es que siempre empieza a llover justo cuando menos te lo esperas. Odio la lluvia. Odio el pelo mojado, los pies mojados. Odio los paraguas que nunca funcionan bien.     
          Lo mejor que podía hacer era irme a casa, con este tiempo... Me acostaré entre las sábanas sin cambiar. Cerraré los ojos y soñaré cuando mis días eran perfectos.
 Mª CARMEN BECERRA GARCÍA

sábado, 9 de diciembre de 2017

LA HORA

Un encuentro entre dos seres puede ser efímero o duradero. No todas las personas se entienden entre sí por obligación; cada uno es libre a lo largo de su existencia de ir eligiendo, cómo y por cuánto tiempo quiere compartir su vida con las personas que conocerá durante su camino.
No siempre las vivencias comunes son percibidas de la misma forma por sus protagonistas. Aquello del color del cristal con que se mira, es una gran verdad .La misma situación puede ser percibida de diferentes formas. Según los distintos pensamientos, sentimientos, predisposición o forma de vivirla.

Estos eran los pensamientos de Carolina en aquel atardecer de julio junto al mar, mientras las olas acariciaban sus pies y borraban sus huellas en la arena. No lograba terminar de sentirse embargada por la armonía y paz reinante en su entorno. Los diferentes tonos rojizos con que se iba pintando el cielo, mientras el sol se escondía tras el horizonte, ocultándose como una gran bola de fuego que desaparecía lentamente. Era la incomparable puesta de sol sanluqueña que tantas veces le había hecho disfrutar. Hoy la contemplaba distraída e indiferente, mientras en su mente dos ideas la atormentaban. Las cosas tenían que cambiar y sentía que no podía dilatar más el tiempo de tomar una decisión .
No está dispuesta a mantener esta situación por más tiempo. No quiere que se vuelva a repetir la lluvia de reproches y descalificaciones que ha soportado hace pocas horas. Ha sido como siempre,una situación inesperada y rocambolesca. No ha sido ni siquiera cara a cara. Empezó por teléfono y terminó por whatsapp. Más surrealista imposible.
Recuerda el comienzo de su relación. Fue una cita a ciegas. Un encuentro maravilloso en el que conoció al amor de su vida. Un amor que había pasado por muy distintas etapas y formas. Los primeros momentos mágicos y tiernos, compartidos totalmente, con el paso del tiempo se fueron convirtiendo en otros más complicados e inquietantes, que produjeron cambios inesperados en su vida.
El problema existía hacía tiempo. Aunque ella siempre le había encontrado una disculpa, más o menos real; sus vidas se habían parecido en los últimos tiempos a esos carros chinos que funcionan porque, mientras uno va sentado, el otro tira de él. El papel de Carolina siempre fue el de tirar.
Tras mucho tiempo pensando y dándole vueltas a los problemas que le estaban tocando vivir y sus posibles solucion, una pequeña idea se le acababa de ocurrir; una idea que se iba abriendo paso en su nublada y atormentada cabeza. Como el tímido rayo de sol que aparece tras una nube como pidiendo permiso para brillar débilmente. ¡¡¡Había llegado la hora!!!
La hora de aceptar nuevas situaciones La hora de dejar de luchar inútilmente contra molinos de viento. La hora de soltar amarras, las amarras que solo ella había tensado y sostenido durante años. La hora de intentar comprender lo incomprensible. La hora de entender que los moldes prediseñados no son verdad y a veces hay que aceptar lo nunca imaginado. La hora de enterrar sueños y vivir realidades.
Era la hora de admitir que haber contado una a una las 9 lunas de vida y espera que precedieron a su primer encuentro y 25 años de convivencia y vivencias no le daban derecho a tener un sitio en la vida de Daniel. Era la hora de aceptar y respetar. En definitiva, era la hora de buscar soluciones, no culpables. Y la única que se le ocurría era hacer algo que nunca había hecho. Pensar en ella antes que en él.

ROSA ARJONA


viernes, 8 de diciembre de 2017

VAGABUNDOS (I)

Sergio se sentía descontento con todo, necesitaba buscar respuestas. Los años que llevaba ejerciendo de psicólogo le habían descolocado.
-Qué difícil y complicado es el ser humano -  comentaba a su amigo.
-Tú lo sabrás mejor que yo  -contestó Manuel-. Lo mío es  la economía, pero tú llevas muchos años intentando arreglar cabezas.
 Sergio sonrió, estaba acostumbrado a la guasa de su amigo. 
Era verdad que llevaba muchos años ejerciendo, pero no por eso tenía el tema controlado. Cada día entendía menos el comportamiento humano.  Aquella mañana despertó con una idea muy clara en su cabeza. Necesitaba un cambio, liberarse, descuadricularse. Tomó el móvil y llamó a Manuel con tanta premura, que a la media hora estaban los dos sentados en el pequeño bar de la esquina del parque, donde solían pasar muchas horas filosofando sobre sus tonterías.
-¡Como sea una de tus fantasmadas,  me vas a oír, cabeza de chorlo! - gritaba Manuel.
-Nada de tonterías, te voy a proponer la más excitante aventura que podrás vivir jamás  -le  contestó  Sergio.
- ¿Podrás creer que me das miedo?

-Nada de miedo.  Coge una maleta con cuatro trapos, lo más usado que tengas, y unas deportivas viejas. Nos vamos.
–¿En tu coche o en el mío? –preguntó Manuel.
            -¿Cómo que en tu coche o en el mío? Nos vamos en autobús. Vamos a conocer ese mundo que no conocemos.
 -¿Pero qué mundo? Estoy pensando que te has dado un golpe en la cabeza.
            -Para nada, te estoy ofreciendo una semana de… ¡Me importa todo un cuerno!
Y entre risas y payasadas, se vieron camino de la estación de autobuses, con aspecto de trotamundos, ropas gastadas y grandes mochilas a la espalda. Ya en la parada, Manuel preguntó para dónde sacaba los billetes. Para su sorpresa, Sergio contestó:
            - Primero tendremos que reunir el dinero para ellos.
            -¿Reunir? -pregunto Manuel- ¿Cómo?

         - Claro –dijo Sergio. Y extendiendo su mano a los que allí estaban, se puso a pedir.

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VAGABUNDOS (II)

Manuel  siguió su ejemplo, más por aturdimiento que por convicción. A la media hora tenían el suficiente dinero para comprar los billetes y les quedó un pequeño fondo. Tomaron el autobús a Sevilla. Por ningún motivo en especial, solo porque era el más próximo a salir. Durante el tiempo que duró el viaje, apenas tres horas,  se sentían cada vez más liberados. No les importaba que la gente les mirara con cara de circunstancias;  total,  nadie les conocía, ni sabían quiénes eran.
-¿Te das cuenta,  Manuel?  Ya hemos roto una barrera,  las apariencias.
-Si te soy sincero, me está gustando esto,  Sergio. Mira el trajeado aquél, nos mira con cara de superioridad.  Esclavos de los esquemas sociales.
Una vez el autobús llegó a Sevilla,  Sergio miró a Manuel, haciendo el gesto de tocarse el estómago.
-Tengo hambre, no comemos nada desde esta mañana.
            -Compramos un bocata con lo que nos queda y solucionado.
Hicieron lo más normal, buscar un parque donde poder comer tranquilos. Pero en el parque había más inquilinos como ellos, con el agravante de que no tenían bocadillo.
–¿Pasa,  hermano? Dame algo, hoy no ha habido suerte, no he tomado nada en todo el día.
Sergio y Manuel lo miraron detenidamente:  el pelo tieso de mugre y un olor a hurón que tiraba de espaldas. Sergio le dio medio bocadillo y unas cuantas monedas que aún llevaba encima.
- Gracias, amigos, no lo olvidaré. Yo duermo allí en aquel banco. Mi nombre es Joni.
-  Oye,  Joni -dijo Manuel–,  ¿no hay otro lugar para dormir?
-Sí, en transeúntes, pero solo te dejan una noche, para que te bañes y duermas . Es para el que va de paso; pero,  si te quedas más días,  te las tienes que apañar tú.
Manuel miró a Sergio con cara de… aquí te mato. Y, sentado en el banco, comenzó a rebuscar en su mochila, sacó su billetera y tiró, con ansia, de una tarjeta de crédito que llevaba.
-¡En los transeúntes vas a dormir tú! -y balanceaba la tarjeta frente a los ojos de Sergio.
 - Ese  no era el trato –contestó Sergio–,  pero haz lo que quieras, ve a donde quieras, aquí te espero.
            Manuel se alejó, buscando un hotel o pensión donde pasar la noche. Donde quiera que llegaba,  la respuesta era la misma: “Lo sentimos, todo está ocupado. Está al completo, lo siento.”
            -¡Oiga, señorita, soy economista, mi dinero es tan bueno como el de cualquiera!

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