viernes, 5 de enero de 2018

LOGOMANÍA


Comienzo a desarrollar las notas ligeramente desordenadas que he garabateado en una hoja de papel. En principio, me basta con hacer frente a la factura de la electricidad para alimentar a mi fiel y paciente ordenador, y con el corrector y algún diccionario como pajes auxiliares. Antes, he alimentado mi propósito de aportar algo al universo literario, he esbozado unas cuantas ideas insertas en un hilo temático común y me he peleado a vida o muerte con mis miedos crónicos, fortaleciendo mi deseo de superación. La meta es clara y seductora: hallarse delante del  texto que, aunque alumbrado de modo muy humilde y discreto, y sin dividir los tiempos literarios en un antes y un después, me redima de las faltas y carencias de mis trabajos anteriores.
En el trayecto confluyo con otros viajeros infatigables en camino hacia su meta, igualmente esperanzadora y anhelada. Muy pronto obtienen mi cariño innegociable y mi sincera admiración, mientras comprendo que el calor de su presencia, la sana ilusión que transmiten y la bondad de sus corazones allanarán las pendientes del accidentado camino.
No somos tan ingenuos como para no ser conscientes de las dificultades que encierra el viaje: tenemos que encontrar el nombre apropiado, complementarlo con el adjetivo preciso, utilizar las comas para hacer pausas breves en el camino y puntuar allí donde necesitemos un descanso más prolongado y reparador. Hemos de hacer frente al ocasional desánimo del recorrido y a una posible decepción final como si de despiadadas inclemencias meteorológicas se tratasen. Pero todos contamos, frente a tanta adversidad, con un poderosísimo aliado: el luminoso astro joseantoniano del firmamento de las letras proyecta sin descanso su luz guiadora sobre nosotros. El suyo es un brillo que, en lugar de cegar, abre nuestros ojos a nuevas sendas y horizontes, ilumina el terreno que hemos de pisar; en vez de fatigar, alienta a continuar sin despistes nocivos ni descansos inútiles. Ninguno de nosotros duda de que, gracias a la estrella que constituye nuestro norte y orienta nuestros pasos confiados, el proceloso viaje llegará felizmente a su destino.
                                                                                   
MANUEL PEDRAZA

jueves, 4 de enero de 2018

MALDITA INMORTALIDAD (I)

Todo sucedió en una madrugada extraña. Una lluvia intermitente caía con fuerza. Me había levantado para amamantar a mi hijo. Era muy pequeño, apenas tenía unos días. Estábamos los dos solos. Mi hijo succionaba el néctar de mi pecho, mientras que yo lo miraba embelesada. De repente, en la puerta de mi dormitorio, una luz blanquecina, y brillante, giraba en el suelo, avanzando hacia mí, provocando un sonido profundo y ronco. Mi hijo comenzó a llorar muy asustado. El miedo me paralizó.
La espiral tenía un núcleo de luz muy intensa, casi cegadora. Giró varias veces alrededor de mi cama. Abracé a mi hijo, y cerré los ojos. No tenía valor para afrontar aquello. Mis lágrimas se mezclaban con las de mi hijo. De repente, el ruido cesó y un ruido abrumador lo envolvió todo.
Yo era muy joven y no sabía cómo interpretar lo ocurrido. Cuando se lo conté a mi madre, intentó convencerme de que todo había sido un sueño. Yo sabía que no había sido así y preferí olvidar. Pasados los años, el recuerdo permaneció adormecido, casi perdido en mi memoria.


Seguí mi sendero de vida. Iba abandonando mi juventud, aproximándome a una madurez dorada, cuando llegó el cambio. También una noche de invierno, de madrugada. No sabía qué pasaba, pero presentía que algo peor que la muerte me iba a ocurrir. De nuevo, la luz destellante del pasado me acorraló en la habitación donde estaba. No murmuré nada. Simplemente me senté en una silla a esperar. La luz seguía dando vueltas a mi alrededor, transmitiéndome una gran inquietud. Tenía la sensación de alejarme, a pesar de estar allí inmovilizada. La soledad de la noche era mi compañera. Los minutos me flagelaban con su lentitud. Quería pensar que todo era una alucinación. De repente, sentí unos deseos inexplicables de tomar contacto con el agua. Bajo la ducha, me sentí desfallecer. Mi cuerpo me abandonaba, camino de una luz mortal. Me fui desvaneciendo. Me trasladaron a un hospital, a un sitio especial. Y allí comenzó el experimento con las células madre de mi pelo. Allí comenzó lo que sería la dura trayectoria de mi peregrinar por la eternidad.
Pasé a engrosar la lista de “seres privilegiados”, que habían sido elegidos  para lograr la inmortalidad del ser humano. ¡Malditos investigadores, que lograron su objetivo!
Ahora mi existencia se medía en sendas. Los robots de turno me han introducido en el tubo de la renovación parcial. Estoy flotando en un líquido denso. Es como un vientre artificial. Dentro de este tubo, el movimiento se ralentiza, desplegando un haz de luz intermitente.
Formo parte del experimento de la primera generación. En los cientos de sendas que han transcurrido, como superviviente de esta eternidad, no han logrado despojarme de mis recuerdos. Ahora, el sol es rojo purpura. Nunca desaparece. Es un día perpetuo de luces desconocidas. La energía es nuestra fuente de alimentación.
¡Soy tan diferente a como era en mi pasado! Hemos perdido el don maravilloso de la palabra. Toda nuestra belleza primitiva ha desaparecido. Mis brazos se han alargado, tengo introducidos unos sensores en mis primitivos dedos. La cabeza se ha ensanchado. He perdido el pelo. Sigo teniendo ojos, pero no orejas, ni boca para entrelazar palabras hermosas. Ya no respiramos, porque el oxigeno desapareció.

Recuerdo cuando entraba el aire en mis pulmones, expandiéndolos, dándoles vida. La respiración, es la cosa más hermosa que recuerdo. Era un orgasmo continuo del organismo, cuando el oxígeno inundaba todo mi ser. 

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MALDITA INMORTALIDAD ( y II)

Curiosamente, las endorfinas de mi cuerpo se siguen produciendo.
El ser humano se transformó buscando la eternidad. La energía utilizó a los investigadores.
Vi transformarse el mundo de una forma voraz e increíble. Desapareció el aire, el agua, los aromas…Todo lo que caracterizaba y rodeaba al ser humano. El agua del mar comenzó a solidificarse.
Ya no existían países, sino supervivientes del cambio. Millones de seres murieron. . Ahora existen las ondas elípticas, que han anulado la naturaleza humana. Provienen de un lejano lugar, que fue absorbido por un agujero negro. Pero gracias a su tecnología se expandieron y lograron sintetizar la materia. Transformaron la energía  con un poder inconmensurable. ¡Ellos sí conocen la estrategia del universo!
¡Los seres humanos no sabíamos valorar la grandeza que nos envolvía! La grandeza del aire, del agua, de la vegetación, de las nubes, de la música, del amor…
Las ondas me están interfiriendo de nuevo. Quieren anular mis pensamientos. Pero no lo consiguen.
Estoy llegando al final del tubo, donde me están renovando. Pero esta vez es distinto. La luz violácea se está acabado. Surgen nuevas sensaciones: frío, calor, humedad…Puedo mover algo que parece mis antiguos labios. No floto. Estoy acostada. Parece algo conocido. Mis antiguos pies se agitan, lo mismo pasa con mis manos. Me impactan a gran velocidad. Parezco luz. Las paredes chispean hermosos colores. Percibo sensaciones, olores, vida.
Me estoy aproximando al mundo de los sueños. Siento que un aroma entra por mis fosas nasales. Mi pecho tiene el ritmo acompasado de una respiración lenta.
Intento incorporar la cabeza, pero no puedo, estoy atada a una gran máquina que parpadea. Siento que unas tenues lágrimas se deslizan dulcemente por mi mejilla.
Escucho: “El coma no ha sido irreversible”. ¡Dios mío, si esto es un coma, es una experiencia terrible!...
Sé que he estado en otra dimensión. He aprendido a valorar lo que poseemos. La grandeza de la vida, es lo más perfecto que se ha creado.
Soy libre de la eternidad. No soy inmortal. Vuelvo a ser yo, con el rumbo de mi vida, un poco en mis manos y otra en manos de Dios.
Los psicólogos dicen que ha sido un espejismo. Pero no es cierto. He vivido una realidad increíble. Y he tenido la oportunidad de una regresión.
Espero que, cuando llegue mi fin, pueda formar parte de la paz del universo. Y no de las aspiraciones inmortales de una sociedad, que camina sin rumbo y que olvida lo mucho que poseemos. Vuelvo a ser ciudadana de mi mundo, donde la vida y la muerte van cogidas de la mano.
¡No soy inmortal!

MARÍA CÓRDOBA


sábado, 30 de diciembre de 2017

LA HORA DE DORMIR

             Ya me han quitado el cuento que estaba leyendo y me han apagado la luz, pero ahora yo sé que no me voy a poder quedar dormido. Y no podré llamar a mamá porque me va a regañar. Y a papá menos, porque me va a decir que no soy un hombre, que soy un gallina. Pero es que la peli era muy guay y si no la veía, me dirían luego en el cole… Es que ya la ha visto Ricardo y Carlos Fuentes y a ninguno le ha dado miedo. Seguro que Paquito está cagado, pero luego me dice que no, que no le ha dado susto. Eso es porque se quiere hacer el valiente.

Me parece que se oye algo extraño. Es por el pasillo. Me voy a tapar la cabeza con la sábana, que no se den cuenta de que estoy aquí. ¡Qué oscuro está! ¿Y si se mete algo dentro de mi cama? El monstruo grande podía meter un tentáculo y estrangularme. Voy a destapar un poquito la cabeza, porque con la luz que entra de la calle por lo menos veo algo. Ya parece que no se oye nada. Voy a coger mi metralleta supergaláctica y me la meto en la cama.

Así está mucho mejor. Si entrara un monstruo le disparo y se asusta y de camino se despierta todo el mundo en la casa y vienen a ayudarme. Luego, cuando llegan, nunca hay ningún monstruo y me regañan. Mi madre me diría que no me va a dejar ir más a casa de Paquito, porque vemos pelis de miedo. Pero con la metralleta ya no me da susto.

¡Ay, otra vez se escucha ruido! Se oyen pasos lentos y un gruñido lejano. Ahora parece que alguien se arrastra cerca de mi cama y se va acercando cada vez más. Yo me tapo la cabeza y me agarro a la supergaláctica. Como quieran hacerme algo, nada más con el ruido que hace se van corriendo. A lo mejor hasta podría cazar un monstruo del espacio. Lo meto en un rincón apuntándole con mi arma y le digo que se rinda. Se pondría de rodillas suplicándome y yo entonces le perdonaría la vida. Pero le pondría condiciones. “¡Tendrás que estar a mi servicio!” Y al final acabaríamos siendo amigos. ¡Qué bien!  Cómo mola tener un amigo del espacio.

Entonces ya no tendría miedo nunca, porque seríamos invencibles. Le propondría ir una noche a casa de Carlos Fuentes, que es tan valiente, y le daríamos un susto de muerte. Yo me pondría un disfraz y entraríamos por la ventana, porque seguro que mi amigo monstruo sabría escalar por las paredes. Le despertaríamos cogiéndole de los pelos y cuando estuviera paralizado de miedo le diría con voz ronca: “No se te ocurra meterte más con los niños de la clase, porque entonces vendremos por la noche y te llevaremos amordazado y esposado”. ¡Qué guay! Estoy viendo la cara que se le pondría, tan chulito como es. Seguro que ya no me cogería más en el servicio para tirarme las gafas al wáter, porque entonces yo llamaría a mi amigo del espacio y lo cogería por los pies y me las tendría que sacar con la boca, aunque hubiera caca y todo. Luego saldría corriendo del servicio con los pelos llenos de mierda y cuando se lo dijera a la seño, no lo creería y se llevaría un buen castigo.

Qué pasada de metralleta me regaló mi tío Pepe, se me ha quitado todo el miedo. Mañana lo voy a llamar para decirle: ”Tito, el arma intergaláctica que me regalaste es fabulosa para cazar monstruos del espacio”. Y seguro que otro día que venga me trae otra todavía mejor. Me voy a estar muy quieto, a ver si viene algún monstruo y consigo que se rinda y que se haga mi amigo. Lo malo es que a lo mejor viene cuando ya esté dormido, porque me está entrando un sueño… 

 MARÍA ROSARIO FERNÁNDEZ

UN ESLABÓN DE LA CADENA

                            
Apaga el ordenador, el día ha sido muy largo. La empresa para la que trabaja, una multinacional del sector de la construcción, había iniciado un  Expediente de Regulación de Empleo, un ERE le llaman, que queda más sutil.
No era el primero. Cada cierto tiempo se acometía uno. Cientos de empleados iban a la calle y se contrataba más tarde  nuevo personal.  Julia miró el reloj, esta noche había quedado con Pedro y no quería hacerle esperar. Estaba decidida a vivir con él, si se lo volvía a pedir hoy. Miró por el amplio ventanal. Su despacho se encuentra en la planta trece del edificio, por lo que la ciudad la sentía a sus pies. Está orgullosa de lo que ha conseguido.
Ya se han marchado todos, excepto su secretaria.
-Buenas noches Inés. No te quedes hasta muy tarde.
-No, ya me voy.
El conserje estaba en su mostrador
-Hasta mañana, Anselmo.
-Hasta mañana, señorita Julia. Es muy tarde. ¿Le pido un taxi?
-No, gracias, tengo el coche en el garaje
Cuando entró en el parking, estaba casi vacío. Su coche, un bonito Porshe, quedaba alejado; esta mañana tenía pocos huecos. Oía sus tacones en el silencio, cuando escuchó el ruido de la puerta. Giró la cara, pensando que era Inés, pero no vio a nadie. Continuó su camino. Le pareció oír una respiración entrecortada y aceleró. Se le rompió un tacón.
            -Mierda, lo que faltaba -exclamó contrariada.
          Desde lejos accionó el mando, corrió, se metió en el coche, lo puso en marcha y salió del garaje a toda velocidad. Llamó a Pedro con el manos libres. Un toque, dos, al tercero oyó su voz al otro lado del teléfono:
-Hola, Paula, ¿vienes ya?
-Hola, Pedro, sí, pero antes tengo que pasar por casa, me he roto un tacón.
-¿Te ocurre algo?  Pareces alterada.
-No, nada, ahora nos vemos. Paula cortó la comunicación, no quería parecer una persona pusilánime por una simple suposición.
           Al mirar por el espejo retrovisor, vi0 un coche, aceleró, éste también. Estaba llegando a casa, dio una vuelta a la manzana y el coche le seguía. En ese momento se dio cuenta de que otro coche se había puesto delante de ella y le impedía adelantar. De pronto dio un viraje y se atravesó en la calzada. Paula frenó. De los coches salieron unos individuos que, encañonando un arma, abrieron la portezuela de su vehículo, la sacaron a empujones, la amordazaron,  la metieron en la parte trasera de uno de los coches y salieron a toda velocidad.
Paula estaba muerta de miedo. No sabía qué podía ocurrir. No acertaba a encontrar ningún motivo para lo que le estaba sucediendo, todo era una como una pesadilla.
Salieron de la ciudad, llegaron a una casa abandonada en las afueras, se detuvieron y, sin ningún miramiento, la obligaron a salir. Paula se resistía, pero ellos eran muy jóvenes y tenían más fuerza. Bajaron hasta un sótano apenas iluminado por una bombilla. Le quitaron la mordaza;  aunque gritara, nadie la iba a oír. La sentaron en una silla con las piernas atadas y las manos  a la espalda.
Paula miró a su alrededor, había botellas vacías por el suelo, cajas de pizzas…Un lugar de reunión de botellones. Por una desvencijada puerta apareció una mujer joven:
-¿¡Inés!? -exclamó Paula¬, pero ¿qué es todo esto?
-¡Calla, zorra! ¿Te has creído que puedes jugar con el destino de las personas? Para ti, un nombre en una lista no significa nada, nunca te has parado a pensar qué drama puede haber detrás de cada despido. No lo has vivido como yo.
-¿Tú? ¿Pero qué…?
¬Sí, entre tantos, estaba mi padre. No sabes el calvario que le he visto pasar.
-Si me lo hubieras dicho…Pero eso lo podemos arreglar.
-¿Arreglar? -Inés gritaba fuera de sí-. Ya no puedes, imbécil, mi padre se suicidó.
Inés cogió un cuchillo y lo puso delante de la cara de la que hasta ahora era su jefa.
-¿Sabes lo que he sentido durante tanto tiempo, viendo cómo  me dabas la sentencia de otros sin el menor atisbo de sensibilidad? ¿Qué eran para ti? ¿Un bolso de Hermés, un frasco de colonia de Armani? Ahora tu preciosa cara va a quedar marcada para que cada día que te mires al espejo veas sus nombres impresos en ella.
            Paula estaba horrorizada. Abrió desmesuradamente los ojos. Quiso hablar, decirle que ella no era más que un eslabón de una cadena, que, si ella no lo hacía, lo hubiera hecho cualquier otro…Pero de su garganta sólo salió un grito desgarrador y su cabeza cayó inerte un lado.
Inés la cogió del pelo, levantó su cabeza. Paula tenía los ojos muy abiertos, fijos.  Había muerto.

 MAITE GALLARDO


viernes, 29 de diciembre de 2017

LOS MISTERIOS DE LA POSADA DE LOS CABALLEROS (I)


Era invierno, corría el año 1932. Antequera se levantaba con la fatídica noticia. El humo se apreciaba desde lejos, ardía la fachada de la Trinidad. Un revuelo de caballerías y disparos  anunciaban lo peor. Desde la Cruz Blanca se apreciaba todo.
El frío de diciembre y la víspera de la natividad del Señor invitaban a unas fiestas llenas de paz y felicidad. Pero la tragedia y los misterios se apoderaban de esta ciudad. Cada domingo de adviento se producían unos hechos que conmovían a la población.
En la “Posada de los Caballeros”, se oían, cuando se acercaba el fin de semana, lamentos y gritos desesperados.  Los vecinos de alrededor estaban atormentados. Las voces llegaban hasta la calle Nájera y podían oírse incluso desde la plaza del Coso Viejo.
Gritos desgarrados, de amargura, hundían el negocio de  Ramón, quien con mucho esfuerzo y sacrificio regentaba la pensión. Ubicada al principio de la cuesta de Zapateros, servía de hospedaje a los escasos forasteros que frecuentaban la ciudad.  Eran tiempos duros y el hambre que provocaba la sequía en el campo mantenía a la población en una vigilia forzada y sin expectativas  de ser revocada. Los hombres, desesperados, sin trabajo y nada que llevar a sus casas, deambulaban por las calles con  ansiedad e impotencia. La incapacidad de alimentar a su prole les quemaba por dentro.
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Ramón había heredado de su padre el establecimiento, que a su vez este heredó de su progenitor. No imaginaba que en puertas de la Pascua tuviera que revivir tantos años después los episodios que experimentó de niño, cuando su abuelo se decidió a construir una casa de huéspedes, un edificio de tres plantas de huecos verticales y amplia fachada. En la excavación de apertura de cimientos, encontró una trama de pasajes secretos que atravesaban en retícula todo el solar, sobre el  que posteriormente alzaría la pensión. Articulados en dos direcciones, se dirigían en un sentido a la iglesia de San Sebastián y en otro al  Palacio Nájera. Dispuestos de tal manera, parecían dar  acceso subterráneo a otra ciudad bajo rasante. Aquello marcó la visión del niño Ramón. Su abuelo  prosiguió con la construcción, manteniendo todo lo encontrado con absoluto respeto. Hizo coincidir los nuevos apoyos donde no concurría ningún túnel, dejando así la infraestructura del subsuelo intacta.
Los gritos en las noches cerradas de invierno parecían aullidos de alimañas salvajes, el miedo aterraba a los huéspedes impidiéndoles conciliar el sueño. Jacinta la sufrida esposa de Ramón, que se dedicaba a las tareas de limpieza e intendencia de la hospedería, sufría más que nadie la aterradora situación. Antes de ir a dormir, tras desvestirse y de meterse en la cama, los gritos se hacían más desgarradores. Ella se encogía y abrazaba a Ramón de forma compulsiva, entre sollozos le suplicaba que de una vez por todas se marcharán de aquella aciaga edificación. Con actitud temerosa le decía a su marido:
—Ramón, en esta casa va a pasar una desgracia, lo presiento.
—No exageres mujer, los lamentos pueden asustar, pero de ahí a lo que tú dices va un trecho.
Aquella noche, además de los gritos, se escuchaban voces lejanas. Un murmullo ininteligible. Jacinta no podía pegar ojo. Dando vueltas de insomnio en la cama, oyó golpes secos. Alguien o algo estaban llamando. Sobresaltada,  despertó a Ramón.
    ¡Ramón!  ¡Ramón! ¡Alguien está golpeando abajo!
—No oigo nada, duérmete - le indico casi dormido.
    ¡Ramón! Estoy asustada. Levántate y mira qué pasa.
    ¡Uh! Si no hay nadie, descansa mujer.
Los golpes se hacen más fuertes.
    ¿Ves, Ramón, como se oyen  golpes?
—Bueno, bajo un momento y compruebo.
    ¡Gasta cuidado, Ramón!
—Que sí, mujer, no te preocupes.

Ramón bajó, con más sueño que interés. Pero, al acceder a la planta baja, oyó los golpes de nuevo. Provenían de debajo del piso. Rápidamente cambió el semblante. El sueño había desaparecido. Las sombras  de su infancia le asaltaban.

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LOS MISTERIOS DE LA POSADA DE LOS CABALLEROS (II)

Cuando se ejecutaba la cimentación, jugueteaba entre las obras,  escondiéndose y saltando sobre los montículos de tierra y piedras. Pero una tarde, al volver de la escuela, quiso saludar a su abuelo. Al acercarse a las obras, las encontró vacías. Las herramientas de los albañiles sin recoger, dispersas por el suelo. La obra estaba desierta. Al intentar acercarse, tropezó. Con tan mala suerte, que cayó en el hueco abierto de una galería. Despavorido, saltó con  agilidad de nuevo a la superficie. Su cara de escolar se tornó más blanca que la tiza.
Ramón, comenzó  a recordar las secuencias de aquella tarde de niñez. Las piernas empezaron a temblarle. Abrió  con urgencia las puertas de la estancia. Su intención era abrir paso a todo ser oprimido. Dar salida a algo, que después de tantos años aún no lograba comprender.  Los golpes dejaron de escucharse. Las puertas abiertas lograban su objetivo, recuperar la calma. Volvió a cerrar y subió para intentar dormir. Ya no lo consiguió. Sus recuerdos se lo impidieron.
 Jacinta se encontraba escondida debajo de la cama, enroscada en una manta. Le preguntó asustada:
    ¿Ramón qué era? ¿Qué pasaba?
—Nada, nada, una persiana con el viento –esquivó con disimulo la   pregunta de su esposa- .Durmamos, que mañana hay que trabajar.

Así quedó la cosa aquella noche.

Los huéspedes se quejaron a la mañana siguiente. Un inglés, Robert Perkins,  periodista corresponsal  del New Castell Post, hospedado en la finca, viajaba realizando un reportaje  por la Andalucía rural. Protestó enérgicamente en recepción a la mañana siguiente. Con su acento extranjero comunicó su malestar:
  
    ¡Míster Ramón es imposibol dormir in esta casa!
—Disculpe míster Perkins, lo sentimos mucho - le contestó el hostelero-. Anoche el viento agitaba las persianas. Me ocuparé de enrollarlas esta noche. Perdone la molestia.
—Thanks...Spain is diferent.
El periodista no quedó muy convencido de la respuesta del posadero. Apenas corrió viento la pasada  noche. Prosiguió su marcha al Torcal, donde una sesión de fotos le esperaba.
Jacinta se incorporó a sus tareas domésticas. Tocaba preparar los desayunos y el café. Con un molinillo de manivela, que su madre le regaló para su ajuar, conseguía triturar los granos de café que desprendían ese olor tan característico y que tanto le gustaba. El aroma inconfundible a pan tostado hacía único ese momento de la mañana. Pero había algo en la cocina que no acaba de encajarle a Jacinta.
Ramón atendía a los huéspedes que se acercaban  a su mostrador, como distraído. Su mente no paraba de dar vueltas. No estaba en lo que estaba. Aquella noche le hizo rememorar su pasado.
Jacinta, al coger una garrafa de cristal de debajo de uno de los pollos, donde almacenaba el aceite de oliva, encontró un charco de sangre.  Saltó y chilló como una  loca. Corriendo veloz se dirigió al encuentro con su marido, gritando “¡Socorro!, ¡socorro!”. En el  zaguán del hostal se formó un corrillo de gente alarmada. “¡Sangre, sangre!” gritaba cada vez más nerviosa la posadera. Se acercaron a la cocina y el plasma rojo había desaparecido. Jacinta no daba crédito:
 —Juraría que he visto un charco de sangre, estaba ahí. No me lo voy a inventar. ¿Para qué? Ramón, te juro por lo que más quieras que he visto sangre.
—Cariño, no has dormido bien y estás algo cansada, no te preocupes. No pasa nada.
Ramón presagiaba lo peor. Eran demasiadas evidencias. Para los demás parecían hechos paranormales cargados de intriga. Para él, sólo podría ser una cosa.  Cuarenta años atrás, ya pudo experimentar el mal en esas galerías. Lo más parecido al infierno.
Al caer la tarde, Mr. Perkins volvía de su jornada informativa. Llegó con sus botas llenas de barro y su Leika colgada al cuello. Ramón, al verle, le advirtió desde el mostrador de entrada:
 —Sacúdase el calzado fuera, por favor.

—Don´t worry. No problem – exclamó el huésped desde el portal.

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