lunes, 13 de noviembre de 2017

MI QUERIDO ABUELO

Confieso que era un niño muy travieso. Siempre estaba ideando bromas para gastárselas a mis hermanos y a todos los que cogiera a mi alcance, lo que me costaba regañinas de los adultos que parecen no entender que  es nuestra vida cuando tenemos esa edad. 
Perdón, no me he presentado, me llamo Esnesto, tengo tres hermanos y vivo en una casa muy grande con mis padres y mis abuelos paternos. Cuando era pequeño, los abuelos aún vivían con algún hijo y, en nuestro caso, mi padre era hijo único por lo que no había habido ninguna duda de con quién estarían.
A mí me gustaba estar con ellos. Mi abuela era muy dulce y muy alegre, ayudaba mucho a mi madre. Nos contaba cosas de mi padre cuando era pequeño, del campo que habían tenido y que mi abuelo trabajaba; también, que lo habían vendido para irse a la ciudad cuando mi padre empezó a hacer medicina. Un día le preguntamos por qué no habían dejado a papá que se fuera solo y ellos haber continuado en el campo. Nos decía que, al tener sólo un hijo, no querían quedarse solos. Bueno, los tiempos eran de otra manera, parece ser. Nos daba algún dinerillo a escondidas, los amigos decían que teníamos mucha suerte. Así que comprábamos nueces, pipas y otras chucherías y lo repartíamos con nuestros amiguitos.
Mi abuelo era otra cosa. Hablaba, sí, pero protestaba por todo, refunfuñaba mucho. Se quedaba muy pensativo cuando mi abuela nos contaba historias pasadas. Mis padres decían que antes no era así, pero que luego el carácter se le fue cambiando.
Me daba pena, sobre todo cuando lo veía sin participar de nuestras risas y bromas. Si le decían algo, contestaba con su malhumor y lo dejaban para no aumentar su cabreo. Nos quería mucho, por eso no entendía por qué no disfrutaba con nosotros
Le gustaba buscar palos y con una navaja los iba afilando, cortando en diferentes tamaños y los guardaba en una caja que tenía en su dormitorio.
En nuestro trayecto al cole, pasábamos a diario por la ribera de un rio y un día tuve una idea: si llevaba palitos a mi abuelo, él se alegraría. Y eso empecé a hacer. Le gustó mucho, me lo agradecía y empezamos a tener una relación más directa. Esperaba con ganas mi llegada para ver qué le llevaba. Un día le pregunté para qué coleccionaba tantos palitos y ya me contó que antes construía maquetas de barcos, las que había por la casa y tenía en su dormitorio. Unas maquetas preciosas de barcos a escala, que a mí me hacían soñar con grandes batallas y viajes a lugares remotos.
Un día estábamos comiendo y a mi abuelo se le cayó el agua del vaso. Mis padres se miraron preocupados. Mi abuela y mi madre le quitaron importancia, pero sé que a él le afectó. Después, hablando con mi abuela, supe que tenía una enfermedad de la que nunca había oído el nombre: Parkinson. Llevaba mucho tiempo padeciéndola, aunque él intentaba disimular.
No fue por lástima sino por mi interés, le pedí que me enseñara a hacer aquellas maquetas tan preciosas que yo admiraba tanto.
Nuestra relación se estrechó aún más, disfrutábamos juntos escogiendo el material, yendo a los establecimientos especializados, avanzando poco a poco en la dificultad de los barcos que construíamos. Era tan bonito ver cómo de unos elementos que solos no significaban nada y cómo íbamos dándole forma y creando algo tan hermoso.
Mi abuelo se fue y lo sentí mucho, pero nos dejó ese amor que tenía y sé que le ayudé a volver a tener ilusión.
Hoy, soy yo el que enseña a mis nietos esa afición. No vivo con ellos, los tiempos han cambiado, los abuelos ya no vivimos con nuestros hijos. Las generaciones somos más independientes, no sé si hemos ganado o perdido. La vida es así. Quiero disfrutar de ellos todo lo que pueda y no lamentar perder el tiempo sin haberlo hecho. Me siento muy feliz por ello. También esto me lo enseñó mi querido abuelo.


MAITE GALLARDO
 
  




MI QUERIDA LOQUITA

               Cada mañana, al sonar la alarma, era la misma historia: manotazo a la mesita, caída libre del móvil, salto fuera de la cama y, con los ojos pegados, excursión al cuarto de baño a toda prisa.
–Qué alivio– decía Eva,  sentada en el wáter, mientras intentaba poner su cabeza en orden–. A ver, es lunes, tengo gimnasio, de diez a dos  oficina y esta tarde por fin tengo unas horas libres que voy a dedicar a cambiar mi look.
Mientras, se peina el pelo con los dedos, se acerca al espejo y mantiene el dialogo acostumbrado.
–Tienes que cambiar, tienes que cambiar, ¿quién se va a fijar en ti con este aspecto?  
Ya en el gimnasio, coincide con Eduardo, su amigo incondicional.
–Buenos días Eva, qué guapa te veo. –Ella no hace aprecio a su comentario y sigue pedaleando como si le fuera la vida en ello– ¿Vas a venir a merendar esta tarde con los amigos?
–Nooo. Mira qué pelos, tengo cita con mi peluquera.
Eduardo sonríe.
De vuelta a casa, se da una ducha y pone el armario patas arriba, buscando qué ponerse y repitiendo mentalmente: “Tengo que perder peso, tengo que perder peso”.
Antes de entrar en la oficina, acostumbra a tomar café en el bar de siempre. Camareros y clientes la saludan amistosamente. Un conocido la invita a compartir mesa, pues el local está muy lleno. El joven la mira de arriba a bajo con agrado y ella intenta disimular la pequeña lorza de su estomago.
Él le comenta que ponen una buena película en el cine, que si querría acompañarlo . pero ella recuerda que tiene que hacer una sopa de verdura que le han dicho que es muy buena para perder grasa y contesta que no puede.
Aquella noche, mientras removía la olla llena de calabacín, zanahorias, apio y demás verduras, se vio reflejada en los azulejos de la cocina. Con el pijama, el pelo revuelto y removiendo el dichoso mejunje,  recordó los cuentos de brujas que le contaba su abuela. Y, como por arte de magia, repasó mentalmente todo lo que había sido su día: “Probablemente estaría mejor viendo esa película a la que me ha invitado o con los amigos tomando café”.
Apagó la vitro, se arregló y llamó a Eduardo para invitarle a cenar fuera. Él le respondió que estaría encantado de acompañarla.
Una vez en el restaurante, Eva le miraba como si le viera por primera vez, incluso se sonrojó al apreciar sus  labios carnosos y sus ojos masculinos, que brillaban enamorados. Ella, graciosamente, le preguntó:
– Y tú ¿dónde estabas?
Eduardo le contestó:
–Yo siempre he estado a tu lado, pero… ¿ dónde estabas tú, mi querida  loquita?-                    

                                 FANY ACEDO 

domingo, 12 de noviembre de 2017

LA MUCHACHA QUE SOÑABA DESPIERTA



Quise ser  esa niña de ojos castaños, de mirada limpia y serena, que miraba al mundo con una sonrisa.
Ella  bailaba con el viento, navegaba  en  un mar de dudas, susurraba en sueños, en los cuales era feliz y vivía miles de aventuras.
La chiquilla traspasaba  ese fuego que albergaba solo odio y un dolor  tan profundo como  el de una herida que  no se cura.
Pero pronto sanará la cicatriz y cumplirá  esa promesa que hizo una  vez, mientras  se ahogaba  en sus propias lagrimas.
La muchacha  miraba al firmamento, intentando buscar una estrella que le indicara una meta, un destino, un rayo de luz.
A la  que ella algún día  llegará, a esa última parada de  un trayecto que se llama vida y de un tren al que la chica se subió  para encontrar la  ilusión y la meta que tanto ansiaba.
ELISA PÉREZ CLAVIJO



sábado, 11 de noviembre de 2017

LA TORRE DEL PIRULICO (I)

      El abrasante sol confiere un aspecto irreal a la playa, como si formara parte de un paisaje plastificado. Demasiada claridad. Un brillo intenso hiere los iris, trasmitiendo desasosiego. En mitad de la playa, controlándolo todo, la torre, erguida, enhiesta vigilante con ojos invisibles.
      Bajo ondulantes parasoles de multitud de colores, los bañistas están atrapados por una calma lenta. Inmovilizada su voluntad por el fuerte sol del despiadado estío.
      El cuchicheo de las olas invita a dejarse llevar por pensamientos cansinos, planos como una recta sobre el papel. Tan ligeros, que se elevan por encima de las cabezas, creando una nube de sueños e ideas huérfanas, que se entremezclan con la bruma africana, espesa y tórrida.
      Un coche llega despacio, silenciosamente, deslizándose sobre la arena. Va cargado de desengaños, de intentonas fallidas, de frustraciones, de duros recuerdos del pasado. De un goteo continuo, lento y cruel que asfixia los sueños apenas abren los ojos a la vida.
      Al volante, un hombre de mediana edad con rasgos agradables. Tiene el alma aplastada. Perdida la sonrisa. Durante mucho tiempo ha corrido a la búsqueda de ilusiones que mantengan la llama de su esperanza. Ya no tiene fuerzas y decide parar.
      Aparca el vehículo al sol. Desciende lentamente, desconcertado ante el entorno reinante.  Al mirar, el coche le parece extraño, le recuerda un insecto gigante sobre la arena. 
      Se sitúa bajo aquella torre, rodeada de gente. Está sola entre sus recuerdos. Restauradas sus paredes. Herida y deshilachada su alma como las velas de los múltiples barcos que han agonizado ante ella.
      Dos cactus gigantescos flanquean su entrada, disuadiendo con sus espinas cualquier deseo de proximidad. Un portón de madera cerrado, nadie traspasa el corto espacio hasta sus maltrechas entrañas.
      Lejos quedaron aquellos tiempos en los que, con su porte digno, anunciaba a los cuatro vientos su victoria frente al abordaje de piratas. En las  rápidas incursiones que efectuaban tierra adentro.
      Los corsarios, venidos de lugares lejanos, después de haber cometido todo tipo de fechorías, apoyaban en ella sus espaldas. Buscaban el frescor de su sombra y el deseado pero no reconocido amparo de sus paredes. Los ojos negros, encandilados como brasas de carbón, descansaban a veces cerrados, a veces perdidos, buceando en medio del dolor sembrado.
      Pescadores de todas las edades con manos ásperas, piel morena, subían a ella por sus empinadas y resbaladizas escaleras. Cubiertas de musgo baboso en los rincones donde no llegaba el sol. Dentro de sus humildes camisas blancas, ondeantes al viento, remendadas como sus propias vidas. Observaban el estado del furibundo y amenazante temporal, incapaces de entregar su barca al estruendoso mar. No querían que su vida fuera engullida por el Dios  Océano.  Otras veces solo subían a la torre a llorar la ausencia de aquellos a los que este mismo mar les había arrebatado la vida. Sumergidos en el frío y húmedo silencio de sus profundidades, descansando para siempre en la ausencia presente, sin que ellos pudieran hacer nada.
      Mujeres tristes, desventuradas, acumulaban en sus ojos todo el sufrimiento del mar y de la tierra. Llegaban a los escalones en la confianza de que al final de aquellas escaleras encontrarían respuestas a su soledad. Allí sentían las caricias del impredecible viento que rozaba sus caras, a veces con violencia, aunque sin llegar a dañarlas como los hombres. El aire secaba con dedos invisibles las lágrimas que brotaban de sus ojos, dejando surcos de blanca sal en sus mejillas.

      Amantes que a su abrigo, y ante la más segura posibilidad de no volverse a ver, hacían el amor de forma casi violenta, como si quisieran llevarse las huellas del otro impresas en sus almas. Paladeaban las caricias lentamente como quien saborea un dulce y exquisito licor de miel, que deja un sabor imposible de olvidar. Sus manos nunca volverían a palparse, sus labios jamás se impregnarían con la humedad de los del otro.

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LA TORRE DEL PIRULICO (II)

     Todo ello se había desarrollado ante aquella edificación. A su alrededor, sin que nadie reparase en ella. Mientras, cada día se deterioraba un poco más. Las piedras que la conformaban  perdían firmeza, eran devoradas por las inclemencias del tiempo y el salitre del mar. Afrontaba el desgaste de los años con la esperanza de llegar al fin. Pero fue restaurada y condenada a vivir eternamente, presenciando el sufrimiento humano bajo distintas modalidades, con el mismo suplicio, día tras día. Con la impotencia devorando sus entrañas. 



      El solo quería su sombra, su historia no era la suya. Su hospitalidad no le importaba. Pero creía oír incesantemente sus lamentos en la cabeza.
      Daba igual todo lo que había pasado, los desgarros interiores, las lágrimas tragadas. Su pecho, preso de un vacío parecido al del vértigo que te atrapa cuando cruzas una pasarela volada sobre un gran río de aguas revueltas. El río te envía tentadoras llamadas desde abajo, elevando sus gorgoteos desde el caudal verde, azul, negro, entremezclado. Alargando sus brazos como serpientes encantadas hacía arriba.
      Saca una mesa ligera, pequeña, la abre sobre la arena blanca. Sembrada de piedrecillas de multitud de colores y de conchas rotas, pisoteadas sin vida ni brillo. Su posición le permite observar miles de caracolillos blancos, que hoy engalanan la cabeza de las olas en la lejanía. En su interior la irresistible llamada del mar y el relato de la torre.
      Su atuendo es ligero, vulgar como el del resto de bañistas, muchos colores y poca ropa. El sol centellea sobre su pelo dorado, revuelto por la brisa, salvadora del bochorno reinante.
      Consigue recuperar sus pensamientos, con una lata de cerveza en la mano. Oye el sonido de las olas, enroscado con el que producen las piedras al arrastrarse vagamente detrás del agua. Gritos de niños, mezclados con el tintineo de sus risas cristalinas. Libres de la duda e ignorancia de sus destinos. Ajenos a que son lo que el azar les depara. Pasan las horas al igual que las latas de cerveza vacías aumentan.
      La torre a su espalda, ejerciendo un extraño poder. Martilleando rítmicamente sus pensamientos, que se han fusionado con los de ella y están en lo alto de la única almena que la corona, reivindicando el derecho a sufrir, a errar y a vivir a pesar de todo.
      Los bañistas recogen sus  multicolores parasoles. Sacuden las toallas. Expulsan la humilde arena, acurrucada todo el día en ellas. Es devuelta al suelo, a sus orígenes. Será vapuleada por las olas o quedará en la orilla perdiendo brillo. Inadvertida por todos los que pasean a su lado sin verla ni oír su lamento mudo de auxilio.
      Se despoja de su camiseta, clava su vista en un velero, difuso entre el mar y el cielo. Allá en el horizonte. Avanza por la suave pendiente que lo lleva hasta ese jolgorio que tiene el mar en su orilla. El aire abofetea su lento caminar, las piedrecillas ante su presentimiento le pinchan finamente las plantas de los pies. Todo es inútil, solo existe el horizonte y el velero.

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LA TORRE DEL PIRULICO (y III)

         Las frías y descaradas olas comienzan a lamer sus piernas, retirándose   como cobardes soldados antes de la crucial batalla. Ellas, que han sido testigos de múltiples desembarcos, no quieren teñir de negro el espléndido atardecer. Huyen atemorizadas ante los pensamientos de colores grises y sepias del bañista.
     Sigue adentrándose en el agua, clava sus azules ojos en la cada vez más perceptible imagen del velero.  Zozobrante como su corazón, pero valiente como sus pensamientos. Con cada paso que da, el cuerpo se aclimata más a la temperatura del agua. Ya no tiene frío. Una paz extraña le invade. El agua lo envuelve amablemente, atrayéndolo hacía sí, con promesas mudas de alcanzar rápidamente al desafiante velero. Da una, dos, tres brazadas, adentrándose en el suave manto azul que lo mece de forma agradable ante su nula resistencia.
     Saca la cabeza del agua. Pasa la lengua por los labios, saboreando su humedad. Aprecia el sabor de la sal marina, o quizá sea la sal de sus lágrimas.
     Un graznido inesperado lo saca de ese pensamiento. Es una gaviota, parece avisarle de que su velero ya no está, ha desaparecido. Mira hacia atrás y ve la torre, testigo de miles de rescates. Ahora no tiene vida ni piratas, pero sigue allí alta, erguida, orgullosa. Ha cambiado soldados por bañistas. Rodeada de coches en vez de cañones, junto a su mesa y sus latas de cerveza vacías como su vida.
      De repente, duda entre nadar hacía la torre o dejarse llevar mar adentro, en busca del velero desaparecido, que no sabe si volverá a encontrar.
      Nuevamente el graznido de las gaviotas. Ocupan rápidamente la playa vacía. Picotean en busca de restos de comida. Sale del agua, comprueba la transformación de la arena, ya no es la misma que hería los pies quemándolos sin piedad. Es fresca y agradable al tacto. Los estáticos quitasoles no están, pero sí las alas de los pájaros, que cada vez son más. Las aves, con su algarabía, le han hecho perder la fijeza de sus ideas y el color de sus pensamientos.
      Siente ganas de darle una patada al agua, de salpicar a los pájaros, de correr detrás hasta que levanten el vuelo y vuelvan a posarse un poco más allá. Sin saber cómo, lo hace. Lo está haciendo. Corre una vez y otra detrás de ellas, huyen rápidas con gran revuelo. Parece que divertidas. Su boca recupera una sonrisa tímida, apenas germinada, esperanza de continuidad.
      Presiente algo que está allí, no sabría definirlo, pero nota su presencia, gira la cabeza y ve la torre. Ahora casi en penumbra, iluminada por dos antorchas una a cada lado. Percibe su atracción. Tira de él. Se da cuenta de que sobrevive desde tiempo inmemorial porque ha sido vida, asidero de navegantes perdidos, esperanza de desdichados y también jubilo de bañistas.
     Su velero partió con una carga negra y pesada. No hay forma de alcanzarlo, pero le queda la torre con toda su sabiduría y calidez. Faro guía de náufragos, nido de esperanzas e ilusiones.
     El hechizo va creciendo a medida que él sube lentamente la pendiente. Decide dormir a su abrigo, mañana será otro día, para comenzar un nuevo camino y olvidarse del velero perdido.
     Remueve en el maletero y saca una llamativa jarapa de playa de múltiples colores, con  palmeras, peces, soles. Se envuelve en ella, trata de tapar con aquel arco iris de algodón lo que habían sido profundas heridas. Cicatrizadas ahora por este agonizante mar azul, que se está transformando rápidamente en balsa plateada sin olas y con insinuantes murmullos.
     A su espalda la torre y en el cielo la Luna mirándose de reojo en el enorme espejo líquido.
MAITE MARTÍN HIDALGO


viernes, 10 de noviembre de 2017

SUDOR

         Agostinho Silveira ora en silencio, se santigua, piensa en el colegio católico en el que empezó a correr con asiduidad y en su abnegado entrenador. Leonas Petrauskas recrea el rostro de su padre, su hermano y algunos sucesos ocurridos durante los entrenamientos. Oyen al juez de salida reclamar la atención de los atletas. Todos miran al frente pendientes de la señal.

        Suena el esperado disparo. El público, que contenía el aliento, se agita nerviosamente en la grada presintiendo la grandeza de lo que va a contemplar. Los primeros trescientos metros los corredores forman  un grupo alargado y compacto. El mozambiqueño Agostinho y Leonas marchan a escasos metros de la cabeza. El aspirante a la victoria final no puede quedarse rezagado. 
“Este es el momento más importante de mi vida. Si gano entraré en la historia de este deporte y de Mozambique”.
        “Ya estoy cerca de Agostinho. Tengo que vigilarlo para ganar”.
       Al comenzar la antepenúltima vuelta, los atletas aumentan la velocidad. “Me siento muy bien. Creo que puedo ganar. En cuanto ataque Agostinho, lo sigo. No puedo dejarle un metro de ventaja”. “¿Me pongo ya el primero? No sé. Él siempre me dice que me guíe por mi intuición, que he nacido para correr. Gané el campeonato de mi país atacando desde lejos, pero ahora no sé. El nivel es muy alto. Esperaré un poco a ver.”
        Los corredores aceleran. Puede caer un nuevo record del mundo. El nutrido grupo se parte en dos. El primero lo lidera el atleta de Mozambique, aunque sin distanciarse de sus rivales. El lituano ya ocupa la tercera posición. El esperado duelo entre los dos participantes con mejores registros empieza a hacerse realidad.
            Entran  en la penúltima vuelta. “Ahora debo atacar. Siempre que ataco      faltando más de una vuelta,  gano. ¡Ahora o nunca!”.
     Agostinho cambia de ritmo para dejar atrás a sus perseguidores. El público se excita y grita. Leonas responde inmediatamente, superando al corredor de delante y acercándose al mozambiqueño. “No lo voy a dejar escapar. En un momento lo adelanto. ¡Tengo que ganar! Para que mi padre se sienta orgulloso de mí y deje de beber. Para que mi nombre y el de mi familia pase a la historia. ¡Voy a ganar!”
        Suena la campana indicadora de la última vuelta. El corredor africano continúa en primera posición. El lituano lo sigue tan de cerca que, de no ser por el color  de su piel, parecería su sombra vertical. En el estadio, el público vibra contemplando el espectáculo y la posibilidad de que se bata el record del mundo en una prueba mítica como los mil quinientos metros. Agostinho ve de reojo que Leonas está ya a su altura. Aprieta los puños, los dientes y fuerza su cuerpo al máximo para recorrer los últimos trescientos metros que le separan de la gloria inmortal y del atractivo premio en metálico. Sabe que esta es su primera y única oportunidad. La beca del gobierno, que  ha cubierto sus gastos, los de su equipo de entrenamiento y las necesidades de su familia a la que él mantenía con su trabajo en el taller, no se la renovarán. Los órganos de decisión de su país, corruptos y arbitrarios, valoran criterios diferentes a la excelencia a la hora de apoyar económicamente a los atletas.


        Entran en la recta final. Leonas intenta adelantar a su rival. No cree que sea esta la última prueba importante que dispute. Pero anhela ganar  porque el deporte es tan importante para él como el aire que respira. Aprendió a amarlo cuando superó aquella extraña enfermedad, que le paralizó temporalmente las piernas, con unos durísimos ejercicios de rehabilitación y el impagable apoyo de su hermano mayor. Se hizo profesor de educación física para ganarse la vida enseñando a los jóvenes la importancia que tiene el deporte y sus valores de autodisciplina, competitividad y respeto por el rival. Ha perdido su único gran amor hasta el momento por su dedicación a la alta competición. Y ahora quiere que su hermano se sienta partícipe de su éxito, su padre orgulloso del hijo inteligente que no quiso ser un ingeniero brillante y acomodado, y que sus alumnos vean en él un ejemplo laureado de lo que les enseña.
        Sólo faltan ya unos  metros. Sus cuerpos bañados en sudor brillan bajo los focos del estadio semejantes a luciérnagas en la noche. Los brazos  casi se rozan. Hacen el último y supremo esfuerzo con el corazón, que late al límite de sus posibilidades, la boca abierta al completo, la respiración entrecortada y los cuerpos ligeramente inclinados hacia delante. Cruzan la  línea de meta mientras el público aúlla de emoción. Pero no levantan los brazos en una combinación de júbilo y sufrimiento,  porque ninguno sabe quién es el ganador. Se frenan poco a poco. Mueven las extenuadas extremidades e intentan recuperar el ritmo normal y regular de la respiración. Completamente ajenos a lo que los rodea se acercan al panel electrónico ansiando verse coronados por la victoria. Pero no aparece ganador alguno. Entonces comprenden: los jueces están estudiando la foto finish. El mozambiqueño se pone de rodillas y levanta los brazos al cielo: “Padre bueno, concédeme la victoria” —suplica en un susurro—. “No sé quién lo merece más, pero sabes que he hecho todo lo que he podido. No tendré más oportunidades”.
        El báltico se agacha apoyando sus manos por encima de las rodillas: “¡He ganado yo! ¡Joder, no estoy seguro! —Piensa angustiado—. Vamos a ver… Si no gano, volveré a competir y ganaré. Entrenaré mejor. Cuidaré todavía más mi alimentación. ¡A lo mejor he ganado! ¡Parpadea la pantalla…!”
        Por fin aparece como vencedor Agostinho Silveira, el número de su dorsal y el tiempo empleado en la prueba. Los nombres del segundo y tercero con sus tiempos tienen mucha menos importancia. Mientras el público expresa su emoción gritando ensordecedoramente y aplaudiendo, Agostinho se desploma en el suelo con los ojos cerrados. La emoción bloquea su cerebro,  impidiéndole dar gracias al Cielo ni a nada. Leonas está paralizado por el dolor, pero no se deja dominar por él. No es la primera vez que tiene que hacer frente a la más desoladora frustración. “Me prepararé todavía mejor para el próximo campeonato. Sé que lo conseguiré”.
        Se  hiergue y se acerca despacio al ganador. Le ayuda a levantarse y lo abraza.

                                                                             MANUEL PEDRAZA 

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