sábado, 14 de abril de 2018

EL RELLANO (I)

            La penumbra y el frescor hacen agradable el espacio existente entre las puertas de acceso a los áticos y la escalera. O lo que es lo mismo, el rellano. La costilla de Adán luce sus grandes hojas correosas, brillantes, pugnando entre sí por trepar sobre el hipotético árbol que necesitan. La ausencia de sol directo y el buen clima facilita su crecimiento. Su sola presencia magnifica el simple y parco distribuidor de escalera.
Una puerta a la derecha y otra a la izquierda, blancas, lacadas, idénticas las dos. Su única diferencia, el felpudo de la entrada: uno, marrón,  de fibra de coco, triste y apagado; el, otro, indio, con rayado alegre, colores brillantes. Parecen competir entre ellos, como las luces de las ferias nocturnas en los pueblos.
Tras la puerta precedida por el felpudo multicolor, Dimitri permanece sentado en la terraza de su pequeño apartamento. Sostiene un pitillo en la mano. Sus  profundos y serenos ojos azules hablan de la intensidad de su vida, de los avatares superados. Sus pupilas revolotean, desde el liviano e inconsistente humo del cigarro al incesante y endiablado ritmo agitador que mantiene el mar. Hoy parece querer escapar del contenedor de arena y rocas en el que se encuentra preso.
En ese frío espejo, las nubes se contemplan, lucen rostros tristes y apagados. El mar les devuelve su propia imagen, lo que ellas irradian, melancolía. La triste pesadumbre de una fría mañana de invierno, en la que la nostalgia extiende su amplio manto.
Mecánicamente, Dimitri aplasta la colilla sobre la gigante concha   que sirve de cenicero. Ante una ráfaga de viento, se sube la cremallera de la vieja y desgastada sudadera. Deja volar su mente hacia tiempos pasados.
Es difícil dilucidar si ha ganado o perdido la partida. El ictus le ha dejado secuelas físicas con las que aún mantiene una lucha. También, por extraño que parezca, le ha mostrado un mundo totalmente nuevo en el que es feliz, dichoso, cree haber encontrado su camino.
Se esfuerza en dar felicidad a otras personas, abre horizontes a quienes la vida les ha cortado las alas; les enseña a mitigar su dolor, incluso a volar a ras de tierra.
Justo al lado de la espectacular planta está la otra puerta. Allí permanece Maruja durante todo el año. La luz penetra por las rendijas de sus persianas. Permanecen cerradas, así puede observar con más intimidad los movimientos de su vecino de rellano.
Su cuerpo, abandonado en un cómodo sillón orejero rosa pálido, gastado en los reposabrazos. Situado en un ángulo cómodo, que le permite observar sin demasiado esfuerzo la puerta que tiene enfrente.
En este momento, su cara y su ropa están salpicadas de lunares rellenos de luz y de motas de polvo, producidos por un sol tormentoso que lucha diariamente, sin éxito, por estallar dentro de la estancia.
Maruja se resiste a la modorra, que se ha apoderado de su cabeza. Le pesa tanto como el recuerdo de lo que no tuvo el arrojo de hacer en sus años mozos. Ahora ya no tiene edad ni fuerza para intentarlo.

Las risas de los niños del tercero la tornan nuevamente al mundo de huroneo donde permanece sumergida desde que se quedó sola. Ya no le interesa observar el mar, le produce tristeza. Prefiere observar ese espacio reducido donde hay vida de vez en cuando y pensar que ella forma parte de la misma, aunque sea en ese patético papel de discordia y recelo.

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EL RELLANO (y II)


De nuevo da una cabezada. Da un repullo por dos timbrazos en casa del vecino. En el quicio de la puerta, frente a sus ojos, una mujer con larga melena rubia accede al apartamento. No consigue verle la cara. A la salida estará más atenta y comprobará si es asidua o nuevo fichaje.
“Mi moral no puede permitir esto. Es cierto que como vecino no puedo tener queja: es educado, silencioso, no molesta; es agradable, guapo, servicial y demasiado liberal. Elevaré mis quejas al administrador de la finca, denunciaré los hechos. Con Dimitri es imposible razonar. Cuando le dije que recibía demasiadas visitas femeninas, no me lo negó, ni aun cuando le pregunte si esa era su profesión. Con insolencia añadida me ofreció sus servicios, eso sí, con educación. Menudo descaro”.
Lucía está nerviosa, espera que Dimitri abra la puerta. Su corazón amenaza con estallar o con salir del pecho, dándose a la fuga. Interiormente todo su ser desea que la puerta se abra y poder eternizar la visita.
Si sus piernas le respondieran, habría dado la vuelta y volaría.  Eso tienen sus contradicciones, desear una cosa y hacer lo contrario. Quiere que abra rápidamente para ver su cara, su pelo alborotado sobre la frente;  para que le ilumine el alma con su sonrisa, prometedora de noches de ensueño, de ternura y de susurros velados. Añora perderse en el azul oceánico de los ojos de ese hombre, no oponer resistencia a ser franqueada en profundidad tanto en cuerpo como en el alma. 
”Dimitri es lo mejor que me ha pasado en los últimos años. Creo en la vida. No debo hacerme ilusiones. Desde principio lo dejamos todo claro y debemos respetar el pacto”.
El muchacho sale de su ensimismamiento al escuchar la llamada. Lentamente va por el pasillo repitiendo sus propias reglas para no olvidarlas. Ata su corazón para que no galope libre por la pradera de los sentimientos.
”Debo tener cuidado –se repite mentalmente-,  no debo sobrepasar los límites previamente pactados con cada una de mis clientas: como tope, cuatro visitas al mes, prohibido sentimientos y tarifa fija de sesenta euros”.
Todas las mujeres que lo visitan son clientas, derivadas por el director del equipo responsable de la terapia experimental de la que forma parte. Todas son distintas, con puntos concretos de unión: su discapacidad, su inexperiencia, su juventud y la falta de hipocresía que la, pese a sus esfuerzos, no les ha podido inocular.
“Veo en sus ojos, cuando están conmigo, un sentimiento inevitable y peligroso. Algunas  querrían eternizarme en sus vidas, ser parte de lo que intuyen que jamás van a conseguir. Ese es el momento más difícil, hacerles ver delicadamente que lo mío es ayudarlas a descubrir juntos su sexualidad, completarlas como ser humano, cargarlas de endorfinas para hacerles más llevadera la vida y más ligero el dolor”.
Pero todo esto que piensa en parte es teoría. Hay momentos en los que su propio corazón decide soltar las amarras de la mesura y el control, iniciando el vuelo hacia lugares deseados, prohibidos, en los que sabe que no debe entrar. El también necesita sentirse amado. Su trabajo es peligroso. Es  difícil bucear en los sentimientos de las personas, en sus deseos, sin crear vínculos afectivos y sin caer en la trampa del amor.
Detrás de la puerta está la mujer de la que se ha enamorado, pero él debe actuar como lo que es, un asistente sexual para mujeres con necesidades especiales. Mujeres a las que la vida ha castigado infringiéndoles duros suplicios físicos, elevándolas a la categoría de muñecas rotas. Su ética debe prevalecer por encima de sus sentimientos. Ese es el compromiso que tiene con todas y cada una de sus clientas y,  lo que es más importante, con su propia integridad.
Lucía seguirá siendo parte de su clientela, aunque su alma se ahogue en el deseo de complacerla solo a ella. Sus almas, incontrolables, se elevarán por encima de esta mísera existencia, huirán de la condena impuesta. Quién sabe si en el más allá, en otra realidad paralela, serán los intérpretes de una obra distinta en la que se puedan entregar el uno al otro sin condiciones.
Maite Martín

MELOMANÍA (I)

¿Recuerdas, amor mío, que vislumbré la sombra de un hombre tocando el piano de Gilbert? Para mi desgracia, nuestra desgracia, no comprendí el alcance que podía tener aquello.

Unos días antes, caminando de vuelta a casa, escuché de pronto “El claro de luna”. Además de ser, como sabes muy bien, una de mis piezas favoritas, sonaba de un modo diferente, especial, como si aquella música estuviese dirigida exclusivamente a mí. Una fuerza irresistible me obligó a mirar el escaparate, repleto de instrumentos musicales, que había a mi lado. Me paré de inmediato. Un piano de cola negro, brillante, con las letras del fabricante blancas y los pedales dorados me fascinó. Atrapó por completo mi voluntad. Sentí que, valiéndose de la música, me llamaba, que estaba allí esperándome. No me cabía ninguna duda: se trataba del piano del célebre y malogrado Andrés Gilbert. Un mes antes, habían encontrado su cuerpo, flotando boca abajo, en las sucias aguas del río. Sabía, de buena fuente, que la viuda había donado el extraordinario instrumento, nada más fallecer el marido, al teatro de la ópera. Este organismo, a su vez, lo había puesto en venta a un precio muy inferior a su verdadero valor. En ese momento, el piano me reclamaba seductoramente. Sin sentirme dueño de mis pasos sino empujado por una fuerza irresistible,  entré en el establecimiento comercial decidido a llevármelo a toda costa.
—Se lo vendo por lo que costaría uno normal vertical. Perteneció al señor Gilbert —añadió el empleado, tras un ligero titubeo.
Le extendí un cheque por la cantidad que me pidió, que aceptó sin la menor pregunta ni comprobación. Convenimos en que lo instalarían en nuestra casa el día siguiente por la mañana. Era evidente que los dos sentíamos urgencia en su traslado. Habría preferido, querida Amanda, no decirte nada para sorprenderte con semejante maravilla. Pero, al necesitar tu ayuda para desplazar a un lado el que teníamos y hacer sitio para el nuevo, tuve que anunciarte la flamante adquisición nada más llegar. “¡He comprado el piano del gran Gilbert!”, grité, en cuanto entré en casa, ¿recuerdas? Junto a tu cálida sonrisa, que, con toda seguridad, me regalabas para no contrariarme, noté en tus ojos una expresión de disgusto, de desaprobación. De algún modo, tu fina intuición te advertía de que aquella compra no presagiaba nada bueno.
El transporte no planteó ningún problema. En cuanto nos quedamos solos, me senté en la banqueta, como sabes, para tocar una pieza muy simple: el “Para Elisa” de Beethoven.
—Daniel —me dijiste, cuando concluí—,  no veo que mejore mucho al que teníamos. La verdad es que no termino de comprender…
Yo permanecí callado. Seguía concentrado en la pieza que acababa de interpretar. El instrumento sonaba de un modo especial. Al menos, yo lo percibí así. Además, tuve la sensación de que las teclas se hundían con el simple roce de mis dedos, sin necesidad de hacer presión sobre ellas. Incluso, a veces, las notas se adelantaban al contacto con mis dedos. Se diría que el instrumento leía mi pensamiento.
—Verás, cariño —te respondí—, al verlo sentí que me llamaba, que estaba allí para mí. En cuanto advertí que se trataba del piano del señor Gilbert, el mejor solista de los últimos años, no dudé en adquirirlo. Sabes que era el artista al que siempre he querido emular, porque me parece imposible de superar. He asistido a la mayoría de sus conciertos, mucho de su repertorio forma parte del mío, he soñado muchas veces que me aplaudía lleno de admiración, después de escucharme. Tú eres la razón de mi vida, pero él es, o fue hasta hace poco, el acicate de mi afán de superación.
       Recordarás que aquella tarde salimos, por tener un compromiso ineludible. Volvimos tarde y cansados, comimos algo y nos fuimos a la cama muy pronto. Me desperté cerca de la media noche muy agitado. Presté atención.

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MELOMANÍA (II)

No me cupo ninguna duda de que el piano interpretaba el “Claro de Luna”. Esta obra era una de las más interpretadas por Gilbert, por cuanto combina sensualidad, energía y belleza de una forma sublime. Sonaba de un modo mágico, sobrenatural. Sentí algo similar a cuando lo escuché delante del establecimiento de instrumentos musicales. Me levanté, intentando no despertarte. Abrí despacio la puerta de mi estudio, con el corazón a punto de salírseme del pecho. Me quedé inmóvil delante de aquella visión: una sombra de contornos difuminados tocaba el piano de Gilbert, sin percatarse de mi presencia. “¡Es él!”, me dije. Se me paralizó la respiración. Se me nubló la vista, haciéndose todavía más oscura la penumbra de la habitación. Me pasé las manos por los ojos, mientras me imaginaba al famoso músico la noche de su último concierto. Volví a mirar hacia el piano. El aspecto voluminoso de la sombra parecía coincidir con la gran envergadura del difunto artista y la forma redondeada que coronaba el espectro, coincidía con el sombrero del que nunca se despojaba en sus interpretaciones. Un nerviosismo enorme se apoderó de mí. Cuando pienso en ello, llego necesariamente a la conclusión de que me hallaba completamente trastornado. Nunca antes, ni siquiera en los momentos álgidos de un concierto, había estado tan alterado, tan desbordado por mis sensaciones. La deliciosa y hechizante melodía de Beethoven seguía sonando en mi cerebro. Abrí la puerta de par en par.  Di unos pasos en dirección a la figura y al piano. Me volví a frotar los ojos para intentar mejorar mi visión a través de la oscuridad. La tensión nerviosa me incapacitaba para pensar con un mínimo de coherencia. Debajo del sombrero, ya claramente perfilado, pude distinguir la nariz delgada y el bigote de mi envidiado rival. El frac caía hasta casi tocar el suelo, mientras sus manos se deslizaban encima del teclado, que había llegado a ser una parte de sí mismo.  Hice un esfuerzo enorme, tomé aire y, dominando como pude el temblor de la voz, conseguí preguntar: “¿señor Gilbert?”. Sonó tan débil mi voz, por coincidir con unos compases de gran intensidad, que repetí con más fuerza: “¿es usted, señor Gilbert?”. En ese momento, sentí que una mano se posaba en mi hombro. Me volví sobresaltado, encontrando tu mirada sorprendida y preocupada.
Después de unos momentos de confusión y de silencio, logré decirte lo que me había pasado. “Ahora mismo no lo escucho, pero está ahí”, concluí.
Giré la cabeza, pero sólo vi el taburete vacío y la tapa cubriendo el teclado. Impulsivamente fui a la ventana, que continuaba cerrada. Viniste hasta mí, me cogiste del brazo y me empujaste con suavidad hasta la puerta del estudio.
—Necesitas descansar, cielo. Llevas más de un mes ensayando muchas horas cada día. Te has obsesionado con triunfar en el próximo concierto y con superar al maestro Gisbert. Estás poniendo en peligro tu salud mental —recuerdo que me dijiste en un susurro.
Me dejé llevar por ti igual que un perrito por su dueña. Estaba horriblemente desorientado y trastornado.
Nos acostamos. La tremenda fatiga que me dominaba, hizo que me durmiese profundamente. Sin embargo, esa pieza de Beethoven, provista de una sonoridad imposible de igualar, acompañó mi sueño toda la noche.
El día siguiente comencé el ensayo con una energía febril. Empecé por las obras menos difíciles, que ejecuté maravillosamente. Después, sintiéndome ya a la altura de los más afamados virtuosos de la historia, acometí un “Nocturno” de Chopin de una dificultad extrema. Al llegar a la parte más compleja, mi mano derecha interpretó la larga serie de fusas y semifusas más rápido de lo que nunca había conseguido, mientras la izquierda interpretaba la sucesión de acordes que acompañaban a la melodía sin el menor error. Me detuve asombrado. Repetí ese fragmento. La interpretación, de nuevo, fue perfecta. La toqué otra vez e, igualmente, fue impecable. Me costó mucho esfuerzo admitir lo que pasaba, pero llegué a la convicción de que la sensación del primer día era real. Las teclas, como si fuesen  pequeños seres uniformes dotados de vida, se hundían y sonaban antes de que las tocase, incluso si no pulsaba la correcta. Me levanté del taburete de un salto y me alejé del teclado absolutamente impresionado y confuso. ¿El espíritu del difunto rival me ayudaba en la interpretación de los pasajes más  complicados, como un reconocimiento a mi esfuerzo y dedicación? ¿O lo hacía por alguna otra razón, tortuosa y oscura? ¿Se manifestaba con cualquier intérprete o sólo conmigo?
Esa tarde, tu hermano vino a casa. No ignoras que toca bastante bien, aunque sin pasar del nivel de simple aficionado. Después del café y las pastas, le enseñé el misterioso piano y, lógicamente, le invité a que interpretase algo, a lo que se prestó de muy buen grado. Luego, tú ejecutaste algunas obras. Después de oíros, tuve la certeza de que el efecto sobrenatural, que elevaba la actuación del intérprete hasta niveles excelsos, me reconocía a mí como destinatario único.
De noche puse en claro mis propósitos, mientras fingía que dormía. Ese piano era mi pasaporte hacia el más incontestable de los éxitos. Tenía que aprovechar el regalo que me había deparado el azar, o quizá el destino, para conseguir el triunfo más sonado y colocarme a la cabeza de la interpretación pianística mundial. Por fin iba a ver cumplidos mis sueños de casi toda mi vida. Y, paradójicamente, el espíritu de mi envidiado rival, iba a ayudarme a ocupar el lugar que él había dejado vacío, huérfano, hacia aún muy poco tiempo. No sospechaba, queridísima Amanda, la contrapartida que esto implicaba.

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MELOMANÍA (y III)


Al día siguiente me dirigí, como sabes, al despacho del director del teatro nacional. Le propuse una modificación en el programa. Sustituiría tres piezas por otras que sólo estaban al alcance de los intérpretes más virtuosos. Ponía, como única condición, que  actuaría con mi  piano, el que perteneció a Andrés Gilbert. El señor director lo había visto en varias ocasiones. Lógicamente, el instrumento también estaba a disposición de los otros dos intérpretes que me precedían en el recital. Obtuve su conformidad gracias, sin duda, a la etiqueta de caprichosos que acompaña a los artistas. Ya sólo faltaba, por mi parte, finalizar la preparación del recital y organizar el traslado del instrumento el día anterior al evento para que mis dos colegas pudiesen tomar contacto con él antes de la actuación.
El día del concierto estaba anormalmente tranquilo, tanta era mi confianza en la ayuda que aquel piano me iba a prestar. Escuché con igual atención que un tribunal examinador a los solistas que me precedieron. Tuve la absoluta certeza de que el espíritu del difunto artista y su instrumento sólo proyectaban su sobrenatural influjo sobre mí. 
Llegó el momento de presentarme ante el auditorio. Presenciaste, desde la primera fila, cómo el recinto se vino abajo en un aplauso largo y atronador. Empecé mi interpretación con ciega decisión. La ejecución de todas las piezas fue brillantísima, perfecta, deslumbrante. Sólo tenía que desplazar la mano para que la tecla correspondiente se hundiese y sonase con la intensidad requerida, sin necesidad de hacer presión con el dedo. Sentí que alcanzaba el éxito más rotundo. Hubo momentos en los que rocé la pérdida de la consciencia, equiparables a un estado febril agudo, momentos imposibles de describir por medido del lenguaje humano. Me sentí transportado a otra realidad. Ni tú ni nadie se dio cuenta, pero, en los compases “Vivace” o “Prestissimo”, se añadía una mano a las mías sobre el teclado. Ya no eran diez, sino trece y hasta catorce los dedos que extraían de aquel fértil suelo blanco y negro un fruto de una sonoridad deslumbrante, impropia de nuestro mundo. Nunca un intérprete había tocado tantas obras tan difíciles y de estilos tan diversos en una misma actuación. Fuiste testigo de la ensordecedora ovación que estalló al terminar y de los interminables gritos de “Bravo”. Mi mirada sonriente no se apartaba del palco, donde los críticos musicales aplaudían de pie, mientras sus rostros expresaban admiración y asombro. Hice una última reverencia y me dirigí a mi camerino.
Quería saborear mi tremendo éxito a solas unos instantes, para degustarlo hasta sus últimas consecuencias, para ser plenamente consciente de lo que me acababa de ocurrir y del camino que se me presentaba por delante. El nivel de mi interpretación era inalcanzable para los otros intérpretes. En lo sucesivo, me lloverían los contratos en los festivales y orquestas de más fama y renombre. Pero sólo volvería a ejecutar una obra con el mismo nivel de excelencia, si contaba con la ayuda del espíritu de Gilbert. Dependía, por tanto, de él, si no quería que lo que acababa de suceder se marchitase como una flor de un día. Estaba por completo a expensas de la voluntad del fantasma de mi envidiado rival, quien podía retirar su auxilio cuando se le antojase. Se apoderó de mí una ansiedad tan fuerte y acuciante que se me hacía difícil respirar. Empezaron a temblarme las manos. Un sudor frío me cubrió por completo, mientras se me erizaba el vello. Mis pensamientos empezaron a escapar a mi control. Algo oscuro se movió a mi lado.  Allí estaba Andrés Gilbert con su sempitrno bigote, sombrero y frac. Me miraba con una sonrisa que denotaba victoria y desprecio.

*  *  *

      Hasta aquí, querido lector, la hojas que recogen la historia escrita por el protagonista de su propio puño y letra. Según su costumbre, Amanda dejó pasa unos momentos, antes de reunirse con su marido en el camerino. Cuando, por fin, entró, lo encontró vacío. Presintiendo una desgracia, lo buscó angustiada por todo el teatro. No lo encontró ni nadie supo darle noticias de él. Un pálpito nefasto empezó a convertirse en convicción. Corrió a casa, con la esperanza de reunirse con él allí. Para su desesperación, no había nadie. Se esforzó por calmarse. Pensó que, aunque se salía de lo normal la conducta de su marido, quizá se había alarmado ella en exceso. Decidió esperar levantada su regreso. Amaneció, sin que apareciese Daniel ni diese señal de vida. Entonces, se dirigió a la comisaría de policía para comunicar la desaparición del marido. Al pasar junto a los buzones del edificio, vio que había unas hojas en el suyo. Las cogió con manos temblorosas. Eran de puño y letra de Daniel. Contenían el relato de los hechos que usted, querido y paciente lector, ha leído hace unos instantes. Desgraciadamente, nunca sabremos qué ocurrió en aquel camerino entre el infortunado pianista y el fantasma del señor Gilbert, si es que, efectivamente, aconteció un encuentro tan sobrenatural. Sólo queda añadir que, bien entrada la tarde de ese día, apareció en las sucias aguas del rio, flotando boca abajo, el cuerpo sin vida de Daniel. A fecha de hoy, sigue sin conocerse la causa de su  repentina muerte.
Manuel Pedraza

viernes, 13 de abril de 2018

DRAMÁTICA HISTORIA DEL JOVEN QUE SE ENAMORÓ DE UNA ESQUINA Y DEL NARRADOR DESPISTADO O NO (I)


          Irremediablemente se había enamorado de la esquina. Cualquiera podría pensar que era una tontería, pero no era así, Rodolfo tenía sus motivos y buenos.
      Cada mañana, al levantarse, lo primero que pensaba era llegar rápido al sitio donde perdía el sentido. Justo a la esquina, formada por la calle del Deseo con la avenida de la Venganza.
       Antes tomaba rápidamente su café, en vaso largo, traslucido, rayado por los múltiples embates sufridos en el   lavavajillas familiar. La tostada embadurnada en manteca “colorá”, por supuesto con zurrapa de lomo ibérico. No se puede comenzar mejor el día. Yo cada día me tomaría una, pero mi colesterol me lo impide. ¡Cuánto se echan de menos las madres como María! Ella disfrutaba teniéndolos limpios como la nieve y bien alimentados. Su concepto de la buena alimentación era algo anticuado. María creía que estar colorado y rollizo era síntoma directamente proporcional al nivel de salud de que se gozaba.
      Cuando salía de casa, Rodolfo comenzaba a sentir aquella extraña sensación, aquel sinvivir. Eso era ansiedad para el resto de los mortales: palpitaciones en el pecho, vacío en el estómago, olas de vahídos que le hacían sentir muy nervioso y agitado. Corría como si sus pies devorasen los adoquines de las calles. El ansia aumentaba a medida que se acercaba a su objetivo. Posicionarse en la acera, justo en la esquina para contemplar lo mejor que había tenido nunca.
      Antes debía desplegar su puestecito de venta. He  obviado comentar que Rodolfo vendía boletos de lotería, de una organización nacional.  Desde que sufrió, siendo pequeño, el accidente que le restó movilidad en las piernas e ilusión en su vida había soñado con tener un empleo. Entrar en la organización y ganarse la vida honradamente.
      Puedo asegurar, querido lector, que no hay nada como un trabajo fijo que te asegure el sustento diario. En mi caso afirmo que la experiencia es la madre de la ciencia. Volvamos a lo nuestro. Tuvo suerte, pronto lo consiguió. Ya hubiera dado algo por haber tenido la mitad de suerte en el amor, pero eso ya acabó, la esquina le había compensado todo lo sufrido anteriormente.
      El segundo paso era tender, literalmente, los boletos multicolores. Los sujetaba a un par de alambres paralelos, con pinzas también de colores. Se esforzaba en obtener bonitas combinaciones que llamaran la atención. Después de eso,  comenzaba lo mejor de la jornada. Tomaba posición de la esquina, dirigiendo su mirada al frente.
       Perdón, no he aclarado que Rodolfo no estaba enamorado de esa esquina, he sufrido un lapsus, mi edad de vez en cuando comienza a jugarme malas pasadas, incluso en esta afición mía de contar historias a los demás. Estaba enamorado de la esquina de enfrente.  Justo en ella había una tienda de ropa, de estas que se compran para las ceremonias, bodas, bautizos, comuniones; su madre decía que era “ropa de fiesta “.
       Para él sí que era una fiesta ver cada día justo en la esquina aquella silueta esbelta, menuda, con grandes ojos azules, melena rubia siempre perfecta, bien vestida y con un peinado que le adornaba su bonita cara.
      No solo la miraba, también le contaba todo cuanto le sucedía, sus penas, sus alegrías, sus proyectos y sus frustraciones. Ella diariamente le esperaba en el mismo sitio, sorprendiéndole de vez en cuando con ropa nueva. Desde que la vio por primera vez, una fría mañana de enero, nunca había faltado a su cita, le alegraba su día a día. Era su confidente más fiel y sobre todo le llenaba el alma de calidez con aquellas miradas que se dedicaban el uno al otro.
      Cada noche antes de irse a dormir pensaba en ella, su vida no sería lo mismo sin aquella agradable visión. Le hacía sentirse tocado por la luz y lleno de alegría.  A Rodolfo le gustaba recordar la sonrisa tímida con la que lo esperaba cada mañana y la lágrima que vio rodar por su sonrosada mejilla el día que le contó como su accidente le había convertido en un discapacitado para muchas tareas.
      A veces dudaba de sus percepciones: ¿cómo iba a sonreírle o llorar?, ¿un maniquí con sentimientos? Rápidamente desechaba esos pensamientos y volvía a su mundo de fantasía, de miradas supuestas, cambios de ropa y venta de cupones, recuperando rápidamente el confort en la calle del Deseo.
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DRAMÁTICA HISTORIA DEL JOVEN QUE SE ENAMORÓ DE UNA ESQUINA Y DEL NARRADOR DESPISTADO O NO (II)


      Todo transcurría pacíficamente y con felicidad para Rodolfo, hasta aquella maldita mañana. Fue justo en un punto de la calle,  desde donde podía observar que en la puerta de la tienda de Alicia, así la llamaba él, había un camión. Estaba cargado de multitud de trastos y algo de escombro. Con gran sorpresa e inmenso dolor, vio que ella estaba justo encima de los cascajos, como una muñeca rota. Desnuda, ultrajada, revuelta entre cajas y perchas con los brazos forzados hacía atrás, una pierna tronchada en el extremo contrario del camión, de su pelo no había ni rastro. Sus ojos lo miraban suplicantes, pidiéndole ayuda, una silenciosa pero clara llamada de auxilio que Rodolfo enseguida captó. Oleadas de calor invadieron su cara, llenándolo de indignación.
      Se acercó al camión, justo en el momento en el que el rugido del motor delataba su inminente marcha, hacia un lugar desconocido. Gritó para que el conductor parase, pero no le oyó o le importaron bien poco los gritos desgarrados de aquel pobre lisiado, que lloraba de impotencia en mitad de la calle.
      Cruzó la calzada y aporreó la puerta del comercio. Todo fue inútil allí nadie contestaba. Un gran cartel de “Cerrado por Reformas” cubría parte del escaparate que formaba esquina entre las dos calles. Desconocía hacía donde llevaban a Alicia, o lo que quedaba de ella. No podía salvar a su amor, le estaba faltando a la promesa que le había hecho de no abandonarla nunca.
      Tras el incidente, Rodolfo fue víctima del fuerte impacto ocasionado por aquella macabra visión. Se hundió en una profunda depresión, de la que solo logró salir gracias a la medicación prescrita por el psiquiatra.
      Desde aquel funesto día, solo ha pasado una vez por la esquina, sintiendo inmensas ganas de llorar. Miró rápidamente al escaparate: el lugar de Alicia estaba ocupado por otro cuerpo de mujer blanco, reluciente, sin cabeza. Espeluznante visión. No llevaba hermosos vestidos, estaba cubierta de ropa ajustada chillona de tipo deportivo.       
      Todos sus sentimientos se despertaron, desatando una lucha entre lo que su psiquiatra pretendía y lo que él mantenía vivo en todo su ser. Recordaba amargamente, nunca más volvería a ver las pupilas azules que le ayudaron a mantener una vida como la de cualquier otro muchacho de su edad. 
      Mi hijo tiene novia, repetía su madre a los demás y a él le insistía para que se la presentara. Menudas manías tienen las madres de estar informadas de la vida sentimental de sus hijos. A la mía le pasaba igual, hasta que descubrió que mis tendencias sexuales no eran lo que se puede decir “clásicas”.
      Mañana, Rodolfo reanuda su actividad. Faltan aún varias horas, ya tiene decidido cómo minimizar los efectos que ese horrendo maniquí va a producirle. Inmóvil, sin ojos, sin boca, sin pelo. Realmente, la escena es un poco macabra: un cuerpo humano sin cabeza.
      Apura los últimos pasos que le llevan a su ahora odiada esquina. Levanta su brazo, ayudado por la fuerza y la rabia que lo dominan. Lanza un gran cincel de hierro fundido, al que va atada una pequeña botella de cerveza llena de gasolina, con una mecha que previamente ha prendido tal y como le indicaba el tutorial de internet.
      Todo ha sucedido muy rápido. Los cristales han actuado como buenos cómplices cediendo al impacto. El fuego que emana de la botella ha prendido en la ropa del escaparate y por supuesto en el maniquí, poco a poco se va derritiendo, solidarizándose con Rodolfo, llorando con todo su cuerpo la pérdida de Alicia.
      Nadie ha observado quién ha sido el justiciero, a esas horas de la noche las calles están vacías. Aún con lágrimas en los ojos y con el corazón menos apesadumbrado, inicia la vuelta a casa por la Avenida de la Venganza, cruzándose con un camión de bomberos que baja raudo, sorteando los vehículos que encuentra en la calzada. Cuando llegue será tarde todo habrá sido pasto de las llamas.
      Atusa su rebelde pelo, de su boca escapa una sonrisa. Mañana su venta será triste, nunca nada volverá a ser igual que antes, pero al menos tiene el consuelo de haber vengado a su malograda amada. En su mente y en su corazón siempre seguirá enamorado de la esquina, de esa esquina que compartió con la mujer perfecta que forjó su soñadora mente.
      Por cierto, diariamente paso por el lugar. La tienda, después de haber sido limpiada y reparadas las lunas, jamás ha vuelto a ser abierta. Rodolfo cada día disfruta de la sonrisa de Alicia, atesorada en su mente, y a veces cree verla reflejada en los sucios cristales del escaparate de la esquina de enfrente.
             María sigue interrogándose, sin encontrar respuesta de por qué su hijo no trae a la novia a casa. En el hogar del jubilado, los dos hemos tejido una buena… yo diría amistad. Ahora disfruto diariamente de sus zurrapas de lomo, sin importarme estar rollizo y colorado, olvidando un poco mis tendencias sexuales, así como mi colesterol.
Maite Martín

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