sábado, 22 de julio de 2017

LA PEOR DE LAS CONDENAS


         “¡Estos desalmados me alejan de ti! Me privan de lo que ha sido la razón única de mi existencia estos larguísimos años: contemplar tu agraciado rostro y tu atractiva silueta, imaginar que era el pajarillo despreocupado que se posaba en tu cabello o tu hombro, soportar juntos las inclemencias meteorológicas, hacer frente estoicamente al paso del tiempo. La imposibilidad de comunicarnos, de mirarnos de cerca, de acariciarnos, me martirizaba de un modo atroz, pero esta mudanza de ubicación, que intuyo definitiva, hará ya insoportable del todo mi dolor y desdicha. Aunque nunca fui aficionado a los escarceos amorosos por mi carácter serio y reflexivo, la flecha que me disparó Cupido perforó mi pecho como si de una bala de cañón se tratase, y me enamoré hasta donde un corazón puede soportar este poderoso y avasallador sentimiento. 


Formé un hogar entrañable con María Teresa, que podría haber sido un remanso duradero de amor y paz de no haber interferido la  nefasta guerra. Soy militar del glorioso ejército español, pero considero la contienda bélica un mal indiscriminado que progresivamente se apodera de todo cual gangrena imparable. Primero fue en el vecino Rosellón y después en el sagrado suelo patrio. El prepotente francés, valiéndose del engaño, invadió nuestra venerable nación, obligándome a abandonar mi hogar para poner en juego mi vida y honor en el campo de batalla. Me batí con el enemigo en la llanura, en la abrupta Sierra Morena y en el incomparable Torcal igual que un león que defiende su territorio de un macho rival. 

Un canalla traidor intervino en mi captura. Pude salvar la vida si hubiese aceptado la libertad y el ascenso que me ofrecían a cambio de jurar acatamiento al rey intruso, pero el honor de un patriota español nunca se vende. Fui ajusticiado dando ejemplo de cómo se muere por el país que se ama. Y el inescrutable destino, más poderoso que todos los soberanos de la Tierra juntos, dispuso que mi actitud ante el vil invasor y la inevitable muerte fuese recordada en mi noble ciudad natal de Antequera mediante la efigie metálica que ahora da forma y consistencia a mi ser.


En un primer momento tú, hermosa y querida “morenita”, o “negrita”, como te llaman los vecinos de esta localidad, no pasabas de ser una joven vulgar con una figura bonita. Me recordabas a las muchachas pobres de mi juventud, privadas de haberes pero, algunas, rebosantes de gracia y sensualidad. Paulatinamente, los sentimientos más apasionados de mi vida anterior renacieron hasta el punto que el vacío que produjo mi separación de María Teresa al ser ejecutado lo llenaste  por completo tú. Nuestra relación es diferente, es cierto, porque nunca ha sido posible una palabra al oído, una caricia, un beso de enamorados como prólogo de una vida plena en común. Estamos condenados a estar separados de un modo insalvable y cruel, a la no consumación de nuestra pasión en el caso feliz de que me correspondieses. Pero un modo distinto de existencia exige un estilo diferente de amar. Y ahora me distancian todavía más de ti. No volveré a verte, ni siquiera podré escuchar el reconfortante murmullo del agua cayendo de tu cántaro. Pero mi amor tiene la firmeza del material de que estoy hecho, y no hay día que no pida a la Providencia Divina que, si nuestro largo peregrinar por la Tierra conlleva una fase nueva, nos cree a ambos de una naturaleza tal que nos permita estar unidos en materia y espíritu hasta el fin de nuestros días.”


        “Ahora soy testigo quieta y muda de cómo se hace real la noticia que me tortura desde hace tiempo: te arrancan de mi presencia para llevarte frente al edificio que llaman de San Luis. No sé qué intereses han provocado mi desgracia.  Ya no podré seguir venerando tu figura gallarda, tu actitud valiente, tu porte viril ni tu rostro ennegrecido por la dureza del tiempo. Me quedo desoladoramente sola, como un perrillo recién nacido al que le quitan la madre. ¿Puede haber una condena más cruel?

Era muy chica cuando me separaron de mis padres. El único recuerdo que tengo de ellos es la cara borrosa de una mujer que se agacha sobre mí para lavarme, vestirme o algo así. No se me olvidarán nunca las rodillas hinchadas y el dolor de las piernas después de limpiar  los suelos en casas palaciegas, las malditas manchas en la ropa que solo se quitaban cuando ya dolían las manos y los brazos de tanto refregar y enjuagar, ni el peso de los cántaros de agua que había que llevar a donde la necesitasen. Todo este trabajo sólo me sirvió para comer lo que no querían los señores, vestir harapos y usar  los zapatos que tiraban otras mujeres, cuando no iba descalza. Me apreciaban menos que a los perros de caza o de compañía. Me acosté con unos cuantos hombres. Alguno me dijo palabras bonitas de amor. Después de yacer conmigo unas cuantas veces me olvidó. Otros me amenazaron, hasta me pegaron, para gozar de mí como les venía en gana. Buscaban su placer, pero también se divertían haciéndome sufrir y humillándome. Perdí la esperanza de vivir el amor o de tener, por lo menos, a alguien que me respetara. Cuando me quedé preñada me pegaron para que abortase. Yo me negué siempre porque, a pesar de todo, la criatura que llevaba dentro de mí era mía, era lo mejor que tenía en la vida. Cuando creciese sana y fuerte sería una alegría mayor que todas las penas anteriores. Un bebé nació muerto y otro murió a los pocos días de unas fiebres. Sí, mi vida ha sido tan oscura como mi aspecto.

Pero tu presencia todos estos años  ha sido para mi alma como ese bálsamo que cura todo lo enfermo. Verte, mi apuesto capitán Moreno, saber que estabas ahí, mi caballeroso Vicente, ha evitado que me sintiera sola, me ha ayudado a soportar el frío, la lluvia, el sol del verano y hasta las piedras que algunos me han tirado para pasar el rato o presumir de puntería. La falta de caricias, de amor carnal, incluso de palabras entre nosotros nunca estorbó mi pasión por ti. A partir de ahora mi amor sólo se apoyará  en tu imagen  guardada en mi memoria. Pero la vida que tuve, la vida que sufrí, me ha endurecido frente a la desgracia más que el metal de que estoy hecha. No me derrumbaré, amor mío, ahora sé que no. Y también sé que, desde este momento, tu recuerdo, pensar en todo lo que pudimos haber compartido en otras circunstancias, alegrará mi estancia eterna en este parque en el que sólo soy un adorno al que no se le  presta mucha atención.”

Texto: MANUEL PEDRAZA
Fotografías: JOAQUÍN FRANQUELO

viernes, 21 de julio de 2017

EL CÓDIGO


Tavo, Lorenita y Juanma habían adoptado un código para hablar sin que los entendiera nadie. Consistía en añadir un sonido, vocal o consonante, o incluso una sílaba, a las palabras en medio, o al final o al principio si eran monosílabas. Así, por ejemplo, decían:
–¿Fuisvete aveyer al civene? (“Fuiste ayer al cine”).
–Vesi (“sí”).
Lo que tenía de especial el invento es que el sonido o sonidos intercalados podían cambiar de una conversación a otra y también a lo largo de la misma conversación:



–¿Roque rote parerroció la pelírrocula? (“¿Qué te pareció la película?”)
–Roun rorrollo. Aburrirroda y pesarroda. (“Un rollo. Aburrida y pesada.”)
La decisión sobre cuál sería el añadido la tomaba el que iniciaba la charla y los demás le seguían. El cambio solo podría producirse a partir de la quinta frase desde el principio o desde el último cambio.
                El sistema se ponía en práctica sobre todo en los recreos, que es cuando se podía hablar. Se colocaban los niños cerca de otros y empezaban a mofarse de estos, generalmente con críticas a su vestimenta, sus gestos o determinados comportamientos en clase.
–Estite tratie utina manticha enti tiel jertisey. (“Este trae una mancha en el jersey.”)
–Yti otitra tien elti cutilo tidel pantatilón. ¡Setirá gutirro! (“Y otra en el culo del pantalón. ¡Será guarro!”)
–Nolo lose laseva. (“No se lava”)
–Anloda, tíloo, mélotete ente lae dutecha. (“Anda, tío, métete en la ducha”).
 Se mondaban de risa al ver que los aludidos los miraban como si hablaran en chino y se mosqueaban porque sospechaban que se referían a ellos, sin saber con qué se estaban metiendo. Algunos los despreciaban con las consabidas expresiones “Están piraos”, “Como cabras”, “Se les ha ido la pelota”, etc. Otros se acercaban e intentaban descifrar sus palabras, sin conseguirlo casi nunca.
                Cuando Tavo, Lorenita y Juanma dominaban ya perfectamente el sistema, al primero se le ocurrió una diabólica idea: a partir del lunes, en la primera clase donde un profesor le pidiera los ejercicios de casa, contestaría esto en su idioma: “No los he hecho porque no me ha dado la gana”. Los niños aplaudieron la ocurrencia.
Estaban nerviosos y deseando que llegara ese día, como quien espera el final de la champion o la festividad de los Reyes. Para tal momento, aumentaron la dificultad de comprensión, introduciendo dos sílabas en vez de una: “pe” y “da”, juntas o separadas.
–¿Serás capaz de hablar sin fallar, Tavo?
–Clapedaro quedape, pesida, Lodare. (“Claro que sí, Lore”). Pero voy a practicar mucho. A partir de hoy vamos a hablar siempre así, sin cambiar. Tío, nos vamos a quedar con el profe al que le toque. ¡Qué bromazo!
–Ja, ja, ja.
El día D llegó. Fue un viernes después del recreo. En clase de Lenguaje. La profesora pronunció el nombre de Tavo y le pidió que dijera los ejercicios en público. El chaval se levantó y, desde su sitio, pronunció la frase que tanto había ensayado y esperado emitir:
–Sedapeño, nopeda losdape tenpedago porpedaque nope dame hada dadapedo lada gadapena hapecerdalos. (“Seño, no los tengo porque no me ha dado la gana hacerlos”).
La clase se quedó en silencio. Todos esperaban la reacción colérica de la profesora. Pero ella, después de un gesto de extrañeza, relajó su semblante e inició una media sonrisa maliciosa. Se puso de pie con toda parsimonia y contestó así a Tavo:


–Sedapeñor Tapedavo: padapera elda lupedanes meda copedapias veinpedate vepedaces elpe poedapema depa lade págidapena ochenpedata, añadadienpedo a laspe tudayas la sídalapeba “mal”. Que significa, para que lo entienda todo el mundo: “Señor Tavo, para el lunes me copias veinte veces el poema de la página ochenta, añadiendo a las tuyas la sílaba ‘mal’ ”. Aquí una servidora ha sido cocinero antes que fraile.

Los veintitantos niños explotaron en una risotada general. A Tavo le salieron los colores, todos los colores, agachó la cabeza y se sentó. Luego miró a Lorenita y a Juanma, soplando de enfado y asombro, como diciendo: “¡Esto sí que es un bromazo!”.
                Poco a poco fueron dejando de hablar con el código los tres niños, hasta que lo olvidaron por completo.


 JOSÉ ANTONIO RAMOS

domingo, 16 de julio de 2017

LA NUDISTA

¡No lo coge! ¡No lo coge! ¿Dónde estará metida? ¡Ay! ¿Loli? Ya iba a colgar ¿Dónde estabas? Sí, soy yo, Paquita. Menos mal que me has cogido el teléfono. ¿Te puedes entretener un poquillo? Es que me tengo que desahogar con alguien. Acabo de venir del entierro de Isa. Sí, mujer, mi amiga de la infancia. Isabel Morente. Claro que te habré hablado de ella. ¡Qué mal rato he pasado! Es que tú no sabes de lo que me he enterado. Me han dicho que tenía donado el cuerpo a la ciencia. ¡Sí, Loli, sí! ¡A la ciencia! Que no la van a enterrar, ni a incinerar. No. Se la llevan directamente a la facultad de medicina para meterla en formol. Ya me la estoy figurando. ¡Qué repelús me da! Allí puesta en una mesa de mármol, para que la abran en canal. ¡Cómo estará la familia! ¡Claro que sí, Loli!  ¡Destrozaditos!



Es que ella siempre fue una rebelde, más aun, una revolucionaria.  Vamos, que ella siempre daba la nota. De toda la vida. Si de jovencillas, cuando íbamos a la playa, ya se ponía a tomar el sol con el pecho al aire. ¡En aquel entonces, que eso sólo lo hacían las pilinguis! Y te decía que eso era lo más natural. Le gustaba ir como los hippies, con ropa desteñida. Vestía siempre sin sujetador, dejando  trasparentar los pezones a través de las camisas, muy provocativa.  Y más adelante te decía que era nudista. Sí, Loli, así. Te contaba ella muy orgullosa que le gustaba ir a campamentos y playas nudistas. Y… Calla… ¿Tú no sabes que también estuvo por ahí en un barco con los de Greenpeace? Y cuando acabó la carrera de medicina se fue al extranjero con los médicos sin fronteras. Que sería muy humanitario y todo lo que quieras, pero que ella no pensaba en su familia, en su madre, que me decía la pobre: “Mi hija podía haberse quedado aquí y su padre le habría montado una consulta, pero es una idealista” ¿Una idealista? Una loca, diría yo. Que no lo hacía con maldad, no, pero no pensaba con la cabeza. Para ella lo más importante eran sus principios y ha seguido así toda la vida. Y eso que era un cerebrito, que por lo visto se sacó el doctorado con unas notas muy buenas y también estuvo haciendo estudios de investigación en la fundación contra el cáncer. Esto se lo escuché decir a un catedrático que estaba en el entierro. Era un señor algo mayor, pero con muy buena planta y yo creo que tenía algo con ella. Casada no estaba, porque ella no era de casarse, pero ese hombre para mí que era su pareja. Lo que pasa es que no me he podido enterar con seguridad porque ninguna de las antiguas amigas que estábamos allí le seguía la pista últimamente. Claro, como siempre fue tan volatera. Aunque ahora parecía que había sentado cabeza. Llevaba ya unos años dando clases en la facultad de medicina y me decía su hermana que estaba entregadita a sus alumnos. ¡Y tan entregadita que estaba! Si hasta les ha dejado su cuerpo para que estudien. Pero ya ves, así va a ser nudista hasta el final.
¿Cómo te has quedado? Yo estoy muerta. Bueno, la que de verdad está muerta es ella. Un infarto, de pronto. ¡Qué lastimita! Lo mismo mañana te toca a ti, o a mí.
¡Ay! ¡Loli! ¡Ay qué peste a quemado! ¡Mis lentejas! ¡Ya se me han pegado! Luego te llamo, Loli. ¡A ver qué pongo de comer ahora!


MARÍA ROSARIO FERNÁNDEZ 

martes, 11 de julio de 2017

LOS INOLVIDABLES VERANOS DE NUESTRA VIDA


Todos los años, cuando los días ya eran más largos y las noches tardaban más en llegar, algo dentro de mí volvía a renacer. La vida me parecía maravillosa y los días estaban llenos de luz y de proyectos estivales.

Era tiempo de ocio y relax. Las cálidas temperaturas invitaban a disfrutar más de la vida al aire libre y las excursiones en bicicleta no se hacían esperar. Como un pequeño batallón ciclista, el grupo de amigas aficionadas a este deporte circulábamos desperdigadas por la calle principal de pueblo, en busca del sendero que nos alejaría de este, por espacio de unas horas y pasear por él, con el menor riesgo posible. Aún así, no nos librábamos de algún que otro tropezón con la consiguiente caída, siempre sin consecuencias graves.


Cuando organizábamos estas salidas no nos conformábamos con el paseo en bici, también llevábamos el equipo de baño, que consistía en el bañador, la toalla y una cajita de crema Nivea. Había por allí una laguna cercana al pueblo, en la que el agua nos llegaba un poco más arriba de las rodillas. Nos bañábamos sin tener que preocuparnos, como hoy día, de llevar un protector para el rostro, otro para el pelo y otro para el cuerpo; el pareo, las sandalias de goma para el agua, la gorra de visera, las gafas de sol, el protector labial, etc.

Se necesitaba muy poco para disfrutar del verano. También es verdad que éramos muy jóvenes y la capa de ozono estaba todavía intacta, pero aun así lo comparo con todo lo que necesitamos en la actualidad y de lo que ya no podemos prescindir.

PEPI PALOMO LÓPEZ


viernes, 30 de junio de 2017

EL MEJOR REGALO

        Era el Día de la Madre. Un Dia de la Madre un tanto especial. Falto de la luminosidad e ilusión que siempre lo habían caracterizado. Los 90 años de mi madre y su frágil estado de salud era el preludio de una inevitable despedida.
Pero un rayo de luz inesperado lo tiñó de esperanza e ilusión.
 Mi hijo, con su guasa habitual, cuando vinieron a vernos dijo.
       —Sólo venimos a felicitaros, el regalo vendrá después.
       —Bueno —respondí, creyendo que se trataba de algo comprado por internet que no había llegado. —Es que va a tardar más de la cuenta, unos ocho o nueve meses.
        ¡¡¡Madre mía!!! Me dejó sin  palabras: ¡¡¡no era un regalo, era una bendición de Dios!!!
        Con aquella noticia comenzaban unos meses de contraste y contradicción,  esperanza y adiós. Mi nieta venía, mi madre partía...
          Siempre recordaré la cara de mi madre cuando oyó la noticia. Sus ojos cansados y sin brillo se iluminaron de ilusión y se planteó enseguida de qué color sería el jersey que le haría.
         No era su biznieta. Era la hija de su primo Marcelo, desde hacía unos meses mi hijo había pasado en su confusión a ser su primo en lugar de su nieto.

        Fue la que más disfrutó  la noticia, cada vez que venían a casa los futuros papás, mi hijo le decía:
       —¡¡¡Abuela!!! ¿Sabes que voy a ser padre?
       —¿Sí?¡¡¡Qué alegría!!!
          Sus ojos se iluminaban y en su cara inexpresiva y cansada brillaba un destello de ilusión, siempre que preguntaba.
             —¿Es niño o niña? —por aquello del color de la lana.
       El día que se supo que sería niña, la ilusión fue mayor;  a ella siempre le habían gustado más las niñas. Aunque, por paradojas de la vida, su ojito derecho siempre fue su niño.   Ese día decidió que el jerséis sería rosa. Su primo Marcelo iba a ser padre de una niña.
        Los Reyes Magos nos trajeron la más preciosa de las muñecas. Ella ya no entendió la noticia, sus neuronas estaban ya demasiado deterioradas.

         El jersey rosa en cierto modo se lo hizo ella. Sin sus enseñanzas, yo no hubiera podido hacerlo.

                                                                                                ROSA ARJONA

jueves, 15 de junio de 2017

COMBUSTIÓN

         Juan subió a su coche, camino del turno de tarde. Mecánicamente sacudió los restos de hojarasca que se le habían pegado en el pantalón.
         —Estoy seguro de que hoy usaré mi traje de intervención. Cubriré un nuevo servicio.
          Inconscientemente, recuerda el día que comunicó a su familia la decisión. Fue justo a la hora de la comida. Todos estaban presentes. En  casa, la mesa era el lugar de debate, preferiblemente durante la comida de medio día.
       —­Quiero ser bombero. Voy a prepararme las oposiciones.


        La cuchara que viajaba a la boca de su padre, quedó suspendida a mitad de recorrido. Su madre fue invadida por una ola de pánico, blanqueando por unos segundos su cara.
        Entre el primer y segundo plato, trataron de desanimarlo.
          —Es peligroso. No estás preparado.
          —¿Estás seguro? No es fácil aprobar.
            En los postres ya sabían que era imposible hacerle desistir. Los argumentos se estrellaron contra la firmeza de su resolución.
 Después vinieron ocho duros años de estudio, trabajo y sacrificio. Se presentó a todas las oposiciones que se convocaron. Fueron pocas, la crisis y los recortes las habían paralizado. Al fin, llegó el día más feliz de su vida. Su nombre apareció en el boletín oficial, como adjudicatario de una plaza en una capital de provincia.
Recordando esa parte del pasado, el trayecto hacía su lugar de trabajo  pasó rápidamente. Tras la última curva, divisó el cuartel en plena actividad. Las unidades móviles preparadas. Sus compañeros cargaban ya las botellas de aire. Un hombre joven, fornido, con un casco que no dejaba ver su cara,  gritó:
                —Juan date prisa. Rápido. Se presume un gran fuego.
            Subió las escaleras de tres en tres. Sacó el traje protector de la taquilla. Rápidamente se introdujo en él. Con meticulosidad ajustó la máscara. La adrenalina comenzó a hacer efecto, alertando  todos los mecanismos de supervivencia necesarios para la tarea que les esperaba.
En pocos minutos llegaron al lugar del siniestro. Saltaron desde los vehículos al suelo, con toda la rapidez que sus cuerpos podían desarrollar. 
El incendio era muy virulento. Tres focos distintos. Los pinos carrasco estaban siendo devorados por traidores abrazos de  lenguas de fuego rojas, hipnotizantes,  intensas, que rápidamente evolucionaban, convirtiéndose en remolinos de   negra desesperación. Los árboles se retorcían; en medio de su propia devastación producían un chisporroteo que podía llegar a ser por sí solo un espectáculo. Las piñas estallaban igual que una mascletá fallera. El calor agredía a todo el que osaba acercarse, repartiendo  bofetadas asfixiantes.
Fueron recibidos con aplausos de la gente arremolinada en la carretera. Procedían del camping cercano. Se posicionaban, querían ser espectadores privilegiados del estrago. Sus móviles disparaban fotos sin cesar, que formarían parte del anecdotario de sus vacaciones.
Las llamas corrían, atropellándose siniestramente unas a otras. Crepitaban amenazantes, ascendiendo irrefrenablemente por la ladera;   desafiantes, soberbias, se sabían protagonistas del funesto espectáculo. Acaparadoras de todas las miradas en su macabra danza de fuego.
Todos los bomberos entraban y salían del agobiante infierno, agotados por la fuerza y resistencia que les planteaba el incendio, alimentado por leños secos y monte bajo jamás desbrozado. Consumían botellas de aire como si fueran cervezas heladas en aquella tarde de tórrido verano.

Tras varias horas angustiosas y asfixiantes, el incendio se dio por extinguido. El cementerio de troncos retorcidos, con sus espantosos  esqueletos humosos, era todo cuanto quedó. Un silencio lúgubre se había impuesto, decolorando el sonido del bosque en verano. Todo había desaparecido bajo una sabana gris, de ceniza vaporosa, prueba del desastre ocasionado.
Sin aliento, Juan  se tiró en la cuneta, a la sombra. Secaba el sudor y paliaba la deshidratación sufrida con sorbos de agua que lentamente apagaban su incendio interior. Los daños eran dolorosos, pero soportables. Todos sus compañeros le habían reconfortado.
Observó que al otro lado de la carretera estaban las autoridades. Tenían cara de circunstancias. No escuchaba su voz, pero si percibía la contrariedad en sus gestos.
Los medios de comunicación difundían la paralización del recorte en la plantilla de bomberos. Se habían registrado demasiados incendios en la zona  en los últimos tiempos y sería temerario prescindir de personal. La propuesta había sido retirada.
La sonrisa asomó a su boca. Perfecto, pensó,  así acabarán los sorteos entre los chicos. Quedarán atrás los malos momentos pasados, destruyendo aquello que luchamos por salvar. Los daños colaterales han sido inevitables.
  —Es la única forma de proteger el bosque y nuestros puestos de trabajo.
               Tras su jornada laboral, volvió a casa, esta vez sin pasar por el monte. Abrió el maletero del coche. Bajó dos garrafas de plástico rojo  con un fuerte olor a gasolina, un paquete de cigarrillos y varios mecheros. Ojalá nunca debiera utilizar el cargamento, ni aliarse con su peor enemigo para conseguir sus objetivos.
                Esta vez habían ganado por partida doble.

                                                                                  MAITE MARTÍN

martes, 13 de junio de 2017

ASESINOS DE LA CARRETERA

De pronto, un golpe seco. Se había oído el chirriar de unos frenos.     Después, lamentos, gritos… “¡¡¡Llamad a una ambulancia!!!”, “¡¡¡Franc, Franc. Dios mío, no contesta!!! Pero, ¿qué ha hecho ese hijo de puta?”. Hombres como castillos y lloraban como niños por la impotencia que causaba el espectáculo que se presentaba ante nuestros ojos. Íbamos detrás y presenciamos el accidente. “¡Lloraban, lloraban! “, “ ¿No dicen que los hombres no lloran?”
Llegó la ambulancia, la policía. Del coche sacaron a una mujer joven, callada, con cara de idiota. Allí mismo le hicieron las pruebas de alcohol y de drogas. ¡Dio positivo en ambos! A mi dueño, Alberto, y a sus amigos los metieron en la ambulancia. Escuché decir que rápido para el hospital. En el suelo quedaron unos cuerpos cubiertos con unas mantas; oí que habían muerto. A nosotras, las bicicletas, nos metieron en un camión-grúa y nos llevaron al depósito de la policía.
Pasados varios días, Alberto vino a recogerme. Estaba destrozado. Su amigo Franc había quedado en el asfalto. También otro compañero, pero Franc… Eran muchos años los que llevábamos saliendo juntos. Los ciclistas nos aman, nos cuidan, nos tienen siempre a punto. Nos hacen pasar muy buenos ratos. Son gente sana, a la que les gusta el contacto con la naturaleza.
Ese día habíamos salido temprano. Querían volver pronto, porque algunos tenían celebraciones de comunión. Los domingos es peligroso circular por las carreteras secundarias. No todo el mundo está concienciado todavía de que no debe coger el coche después de haber bebido.
Alberto y Franc iban charlando y bromeando. Vieron una venta y dijeron al grupo que ya era hora de tomar un café… Y de pronto: ¡zas!, el topetazo. Nosotros, Alberto y yo, su bici, íbamos en paralelo con Franc, que circulaba por la parte de fuera.
Alberto, sujetándome en el cuartel de la policía, comentaba entre sollozos con otros amigos que habían ido también a recoger las suyas, y con los policías, que aún no se creían lo que había pasado.
Uno de los policías que los escuchaba y se solidarizaba con su dolor les comentó: “¡Qué insensatez!  ¿Cómo se puede conducir, después de una noche en la que has estado bebiendo y consumiendo drogas? ¿No piensas que no eres dueño de tus reflejos?  ¿Que puedes quedarte dormido? ¿Podrás seguir viviendo, con la carga de haber provocado la muerte a unas personas que sólo estaban practicando deporte?”.
Días después escuché en las noticias —estábamos las bicicletas y nuestros dueños en una terraza— algo así como que la persona que nos había atropellado era reincidente y que sería acusada de homicidio involuntario. Alberto dio un puñetazo en la mesa y exclamó:
—¿Homicidio involuntario? ¿Los humanos somos tontos? ¿Cómo se puede  hablar de homicidio involuntario cuando una persona coge un coche habiendo bebido y consumido drogas?
—Eso es abiertamente para mí un A-SE-SI-NA-TO —dijo Moisés— y la persona que lo comete una ¡¡ ASESINA!! Hoy se tiene conocimiento suficiente para saber que no se puede conducir bajo los efectos del alcohol y las drogas.
—La Administración debería ser más dura con esas personas. Siegan la vida de seres que no tienen la culpa de su falta de responsabilidad y de su insensatez —dijo Elisa. 
Todos estuvieron de acuerdo en que debían hacerse oír para manifestar su disconformidad y su intolerancia hacia esos  ASESINOS DE LA CARRETERA.

MAITE GALLARDO

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