lunes, 13 de noviembre de 2017

MI QUERIDO ABUELO

Confieso que era un niño muy travieso. Siempre estaba ideando bromas para gastárselas a mis hermanos y a todos los que cogiera a mi alcance, lo que me costaba regañinas de los adultos que parecen no entender que  es nuestra vida cuando tenemos esa edad. 
Perdón, no me he presentado, me llamo Esnesto, tengo tres hermanos y vivo en una casa muy grande con mis padres y mis abuelos paternos. Cuando era pequeño, los abuelos aún vivían con algún hijo y, en nuestro caso, mi padre era hijo único por lo que no había habido ninguna duda de con quién estarían.
A mí me gustaba estar con ellos. Mi abuela era muy dulce y muy alegre, ayudaba mucho a mi madre. Nos contaba cosas de mi padre cuando era pequeño, del campo que habían tenido y que mi abuelo trabajaba; también, que lo habían vendido para irse a la ciudad cuando mi padre empezó a hacer medicina. Un día le preguntamos por qué no habían dejado a papá que se fuera solo y ellos haber continuado en el campo. Nos decía que, al tener sólo un hijo, no querían quedarse solos. Bueno, los tiempos eran de otra manera, parece ser. Nos daba algún dinerillo a escondidas, los amigos decían que teníamos mucha suerte. Así que comprábamos nueces, pipas y otras chucherías y lo repartíamos con nuestros amiguitos.
Mi abuelo era otra cosa. Hablaba, sí, pero protestaba por todo, refunfuñaba mucho. Se quedaba muy pensativo cuando mi abuela nos contaba historias pasadas. Mis padres decían que antes no era así, pero que luego el carácter se le fue cambiando.
Me daba pena, sobre todo cuando lo veía sin participar de nuestras risas y bromas. Si le decían algo, contestaba con su malhumor y lo dejaban para no aumentar su cabreo. Nos quería mucho, por eso no entendía por qué no disfrutaba con nosotros
Le gustaba buscar palos y con una navaja los iba afilando, cortando en diferentes tamaños y los guardaba en una caja que tenía en su dormitorio.
En nuestro trayecto al cole, pasábamos a diario por la ribera de un rio y un día tuve una idea: si llevaba palitos a mi abuelo, él se alegraría. Y eso empecé a hacer. Le gustó mucho, me lo agradecía y empezamos a tener una relación más directa. Esperaba con ganas mi llegada para ver qué le llevaba. Un día le pregunté para qué coleccionaba tantos palitos y ya me contó que antes construía maquetas de barcos, las que había por la casa y tenía en su dormitorio. Unas maquetas preciosas de barcos a escala, que a mí me hacían soñar con grandes batallas y viajes a lugares remotos.
Un día estábamos comiendo y a mi abuelo se le cayó el agua del vaso. Mis padres se miraron preocupados. Mi abuela y mi madre le quitaron importancia, pero sé que a él le afectó. Después, hablando con mi abuela, supe que tenía una enfermedad de la que nunca había oído el nombre: Parkinson. Llevaba mucho tiempo padeciéndola, aunque él intentaba disimular.
No fue por lástima sino por mi interés, le pedí que me enseñara a hacer aquellas maquetas tan preciosas que yo admiraba tanto.
Nuestra relación se estrechó aún más, disfrutábamos juntos escogiendo el material, yendo a los establecimientos especializados, avanzando poco a poco en la dificultad de los barcos que construíamos. Era tan bonito ver cómo de unos elementos que solos no significaban nada y cómo íbamos dándole forma y creando algo tan hermoso.
Mi abuelo se fue y lo sentí mucho, pero nos dejó ese amor que tenía y sé que le ayudé a volver a tener ilusión.
Hoy, soy yo el que enseña a mis nietos esa afición. No vivo con ellos, los tiempos han cambiado, los abuelos ya no vivimos con nuestros hijos. Las generaciones somos más independientes, no sé si hemos ganado o perdido. La vida es así. Quiero disfrutar de ellos todo lo que pueda y no lamentar perder el tiempo sin haberlo hecho. Me siento muy feliz por ello. También esto me lo enseñó mi querido abuelo.


MAITE GALLARDO
 
  




MI QUERIDA LOQUITA

               Cada mañana, al sonar la alarma, era la misma historia: manotazo a la mesita, caída libre del móvil, salto fuera de la cama y, con los ojos pegados, excursión al cuarto de baño a toda prisa.
–Qué alivio– decía Eva,  sentada en el wáter, mientras intentaba poner su cabeza en orden–. A ver, es lunes, tengo gimnasio, de diez a dos  oficina y esta tarde por fin tengo unas horas libres que voy a dedicar a cambiar mi look.
Mientras, se peina el pelo con los dedos, se acerca al espejo y mantiene el dialogo acostumbrado.
–Tienes que cambiar, tienes que cambiar, ¿quién se va a fijar en ti con este aspecto?  
Ya en el gimnasio, coincide con Eduardo, su amigo incondicional.
–Buenos días Eva, qué guapa te veo. –Ella no hace aprecio a su comentario y sigue pedaleando como si le fuera la vida en ello– ¿Vas a venir a merendar esta tarde con los amigos?
–Nooo. Mira qué pelos, tengo cita con mi peluquera.
Eduardo sonríe.
De vuelta a casa, se da una ducha y pone el armario patas arriba, buscando qué ponerse y repitiendo mentalmente: “Tengo que perder peso, tengo que perder peso”.
Antes de entrar en la oficina, acostumbra a tomar café en el bar de siempre. Camareros y clientes la saludan amistosamente. Un conocido la invita a compartir mesa, pues el local está muy lleno. El joven la mira de arriba a bajo con agrado y ella intenta disimular la pequeña lorza de su estomago.
Él le comenta que ponen una buena película en el cine, que si querría acompañarlo . pero ella recuerda que tiene que hacer una sopa de verdura que le han dicho que es muy buena para perder grasa y contesta que no puede.
Aquella noche, mientras removía la olla llena de calabacín, zanahorias, apio y demás verduras, se vio reflejada en los azulejos de la cocina. Con el pijama, el pelo revuelto y removiendo el dichoso mejunje,  recordó los cuentos de brujas que le contaba su abuela. Y, como por arte de magia, repasó mentalmente todo lo que había sido su día: “Probablemente estaría mejor viendo esa película a la que me ha invitado o con los amigos tomando café”.
Apagó la vitro, se arregló y llamó a Eduardo para invitarle a cenar fuera. Él le respondió que estaría encantado de acompañarla.
Una vez en el restaurante, Eva le miraba como si le viera por primera vez, incluso se sonrojó al apreciar sus  labios carnosos y sus ojos masculinos, que brillaban enamorados. Ella, graciosamente, le preguntó:
– Y tú ¿dónde estabas?
Eduardo le contestó:
–Yo siempre he estado a tu lado, pero… ¿ dónde estabas tú, mi querida  loquita?-                    

                                 FANY ACEDO 

domingo, 12 de noviembre de 2017

LA MUCHACHA QUE SOÑABA DESPIERTA



Quise ser  esa niña de ojos castaños, de mirada limpia y serena, que miraba al mundo con una sonrisa.
Ella  bailaba con el viento, navegaba  en  un mar de dudas, susurraba en sueños, en los cuales era feliz y vivía miles de aventuras.
La chiquilla traspasaba  ese fuego que albergaba solo odio y un dolor  tan profundo como  el de una herida que  no se cura.
Pero pronto sanará la cicatriz y cumplirá  esa promesa que hizo una  vez, mientras  se ahogaba  en sus propias lagrimas.
La muchacha  miraba al firmamento, intentando buscar una estrella que le indicara una meta, un destino, un rayo de luz.
A la  que ella algún día  llegará, a esa última parada de  un trayecto que se llama vida y de un tren al que la chica se subió  para encontrar la  ilusión y la meta que tanto ansiaba.
ELISA PÉREZ CLAVIJO



sábado, 11 de noviembre de 2017

LA TORRE DEL PIRULICO (I)

      El abrasante sol confiere un aspecto irreal a la playa, como si formara parte de un paisaje plastificado. Demasiada claridad. Un brillo intenso hiere los iris, trasmitiendo desasosiego. En mitad de la playa, controlándolo todo, la torre, erguida, enhiesta vigilante con ojos invisibles.
      Bajo ondulantes parasoles de multitud de colores, los bañistas están atrapados por una calma lenta. Inmovilizada su voluntad por el fuerte sol del despiadado estío.
      El cuchicheo de las olas invita a dejarse llevar por pensamientos cansinos, planos como una recta sobre el papel. Tan ligeros, que se elevan por encima de las cabezas, creando una nube de sueños e ideas huérfanas, que se entremezclan con la bruma africana, espesa y tórrida.
      Un coche llega despacio, silenciosamente, deslizándose sobre la arena. Va cargado de desengaños, de intentonas fallidas, de frustraciones, de duros recuerdos del pasado. De un goteo continuo, lento y cruel que asfixia los sueños apenas abren los ojos a la vida.
      Al volante, un hombre de mediana edad con rasgos agradables. Tiene el alma aplastada. Perdida la sonrisa. Durante mucho tiempo ha corrido a la búsqueda de ilusiones que mantengan la llama de su esperanza. Ya no tiene fuerzas y decide parar.
      Aparca el vehículo al sol. Desciende lentamente, desconcertado ante el entorno reinante.  Al mirar, el coche le parece extraño, le recuerda un insecto gigante sobre la arena. 
      Se sitúa bajo aquella torre, rodeada de gente. Está sola entre sus recuerdos. Restauradas sus paredes. Herida y deshilachada su alma como las velas de los múltiples barcos que han agonizado ante ella.
      Dos cactus gigantescos flanquean su entrada, disuadiendo con sus espinas cualquier deseo de proximidad. Un portón de madera cerrado, nadie traspasa el corto espacio hasta sus maltrechas entrañas.
      Lejos quedaron aquellos tiempos en los que, con su porte digno, anunciaba a los cuatro vientos su victoria frente al abordaje de piratas. En las  rápidas incursiones que efectuaban tierra adentro.
      Los corsarios, venidos de lugares lejanos, después de haber cometido todo tipo de fechorías, apoyaban en ella sus espaldas. Buscaban el frescor de su sombra y el deseado pero no reconocido amparo de sus paredes. Los ojos negros, encandilados como brasas de carbón, descansaban a veces cerrados, a veces perdidos, buceando en medio del dolor sembrado.
      Pescadores de todas las edades con manos ásperas, piel morena, subían a ella por sus empinadas y resbaladizas escaleras. Cubiertas de musgo baboso en los rincones donde no llegaba el sol. Dentro de sus humildes camisas blancas, ondeantes al viento, remendadas como sus propias vidas. Observaban el estado del furibundo y amenazante temporal, incapaces de entregar su barca al estruendoso mar. No querían que su vida fuera engullida por el Dios  Océano.  Otras veces solo subían a la torre a llorar la ausencia de aquellos a los que este mismo mar les había arrebatado la vida. Sumergidos en el frío y húmedo silencio de sus profundidades, descansando para siempre en la ausencia presente, sin que ellos pudieran hacer nada.
      Mujeres tristes, desventuradas, acumulaban en sus ojos todo el sufrimiento del mar y de la tierra. Llegaban a los escalones en la confianza de que al final de aquellas escaleras encontrarían respuestas a su soledad. Allí sentían las caricias del impredecible viento que rozaba sus caras, a veces con violencia, aunque sin llegar a dañarlas como los hombres. El aire secaba con dedos invisibles las lágrimas que brotaban de sus ojos, dejando surcos de blanca sal en sus mejillas.

      Amantes que a su abrigo, y ante la más segura posibilidad de no volverse a ver, hacían el amor de forma casi violenta, como si quisieran llevarse las huellas del otro impresas en sus almas. Paladeaban las caricias lentamente como quien saborea un dulce y exquisito licor de miel, que deja un sabor imposible de olvidar. Sus manos nunca volverían a palparse, sus labios jamás se impregnarían con la humedad de los del otro.

Continúa aquí

LA TORRE DEL PIRULICO (II)

     Todo ello se había desarrollado ante aquella edificación. A su alrededor, sin que nadie reparase en ella. Mientras, cada día se deterioraba un poco más. Las piedras que la conformaban  perdían firmeza, eran devoradas por las inclemencias del tiempo y el salitre del mar. Afrontaba el desgaste de los años con la esperanza de llegar al fin. Pero fue restaurada y condenada a vivir eternamente, presenciando el sufrimiento humano bajo distintas modalidades, con el mismo suplicio, día tras día. Con la impotencia devorando sus entrañas. 



      El solo quería su sombra, su historia no era la suya. Su hospitalidad no le importaba. Pero creía oír incesantemente sus lamentos en la cabeza.
      Daba igual todo lo que había pasado, los desgarros interiores, las lágrimas tragadas. Su pecho, preso de un vacío parecido al del vértigo que te atrapa cuando cruzas una pasarela volada sobre un gran río de aguas revueltas. El río te envía tentadoras llamadas desde abajo, elevando sus gorgoteos desde el caudal verde, azul, negro, entremezclado. Alargando sus brazos como serpientes encantadas hacía arriba.
      Saca una mesa ligera, pequeña, la abre sobre la arena blanca. Sembrada de piedrecillas de multitud de colores y de conchas rotas, pisoteadas sin vida ni brillo. Su posición le permite observar miles de caracolillos blancos, que hoy engalanan la cabeza de las olas en la lejanía. En su interior la irresistible llamada del mar y el relato de la torre.
      Su atuendo es ligero, vulgar como el del resto de bañistas, muchos colores y poca ropa. El sol centellea sobre su pelo dorado, revuelto por la brisa, salvadora del bochorno reinante.
      Consigue recuperar sus pensamientos, con una lata de cerveza en la mano. Oye el sonido de las olas, enroscado con el que producen las piedras al arrastrarse vagamente detrás del agua. Gritos de niños, mezclados con el tintineo de sus risas cristalinas. Libres de la duda e ignorancia de sus destinos. Ajenos a que son lo que el azar les depara. Pasan las horas al igual que las latas de cerveza vacías aumentan.
      La torre a su espalda, ejerciendo un extraño poder. Martilleando rítmicamente sus pensamientos, que se han fusionado con los de ella y están en lo alto de la única almena que la corona, reivindicando el derecho a sufrir, a errar y a vivir a pesar de todo.
      Los bañistas recogen sus  multicolores parasoles. Sacuden las toallas. Expulsan la humilde arena, acurrucada todo el día en ellas. Es devuelta al suelo, a sus orígenes. Será vapuleada por las olas o quedará en la orilla perdiendo brillo. Inadvertida por todos los que pasean a su lado sin verla ni oír su lamento mudo de auxilio.
      Se despoja de su camiseta, clava su vista en un velero, difuso entre el mar y el cielo. Allá en el horizonte. Avanza por la suave pendiente que lo lleva hasta ese jolgorio que tiene el mar en su orilla. El aire abofetea su lento caminar, las piedrecillas ante su presentimiento le pinchan finamente las plantas de los pies. Todo es inútil, solo existe el horizonte y el velero.

Continúa aquí

LA TORRE DEL PIRULICO (y III)

         Las frías y descaradas olas comienzan a lamer sus piernas, retirándose   como cobardes soldados antes de la crucial batalla. Ellas, que han sido testigos de múltiples desembarcos, no quieren teñir de negro el espléndido atardecer. Huyen atemorizadas ante los pensamientos de colores grises y sepias del bañista.
     Sigue adentrándose en el agua, clava sus azules ojos en la cada vez más perceptible imagen del velero.  Zozobrante como su corazón, pero valiente como sus pensamientos. Con cada paso que da, el cuerpo se aclimata más a la temperatura del agua. Ya no tiene frío. Una paz extraña le invade. El agua lo envuelve amablemente, atrayéndolo hacía sí, con promesas mudas de alcanzar rápidamente al desafiante velero. Da una, dos, tres brazadas, adentrándose en el suave manto azul que lo mece de forma agradable ante su nula resistencia.
     Saca la cabeza del agua. Pasa la lengua por los labios, saboreando su humedad. Aprecia el sabor de la sal marina, o quizá sea la sal de sus lágrimas.
     Un graznido inesperado lo saca de ese pensamiento. Es una gaviota, parece avisarle de que su velero ya no está, ha desaparecido. Mira hacia atrás y ve la torre, testigo de miles de rescates. Ahora no tiene vida ni piratas, pero sigue allí alta, erguida, orgullosa. Ha cambiado soldados por bañistas. Rodeada de coches en vez de cañones, junto a su mesa y sus latas de cerveza vacías como su vida.
      De repente, duda entre nadar hacía la torre o dejarse llevar mar adentro, en busca del velero desaparecido, que no sabe si volverá a encontrar.
      Nuevamente el graznido de las gaviotas. Ocupan rápidamente la playa vacía. Picotean en busca de restos de comida. Sale del agua, comprueba la transformación de la arena, ya no es la misma que hería los pies quemándolos sin piedad. Es fresca y agradable al tacto. Los estáticos quitasoles no están, pero sí las alas de los pájaros, que cada vez son más. Las aves, con su algarabía, le han hecho perder la fijeza de sus ideas y el color de sus pensamientos.
      Siente ganas de darle una patada al agua, de salpicar a los pájaros, de correr detrás hasta que levanten el vuelo y vuelvan a posarse un poco más allá. Sin saber cómo, lo hace. Lo está haciendo. Corre una vez y otra detrás de ellas, huyen rápidas con gran revuelo. Parece que divertidas. Su boca recupera una sonrisa tímida, apenas germinada, esperanza de continuidad.
      Presiente algo que está allí, no sabría definirlo, pero nota su presencia, gira la cabeza y ve la torre. Ahora casi en penumbra, iluminada por dos antorchas una a cada lado. Percibe su atracción. Tira de él. Se da cuenta de que sobrevive desde tiempo inmemorial porque ha sido vida, asidero de navegantes perdidos, esperanza de desdichados y también jubilo de bañistas.
     Su velero partió con una carga negra y pesada. No hay forma de alcanzarlo, pero le queda la torre con toda su sabiduría y calidez. Faro guía de náufragos, nido de esperanzas e ilusiones.
     El hechizo va creciendo a medida que él sube lentamente la pendiente. Decide dormir a su abrigo, mañana será otro día, para comenzar un nuevo camino y olvidarse del velero perdido.
     Remueve en el maletero y saca una llamativa jarapa de playa de múltiples colores, con  palmeras, peces, soles. Se envuelve en ella, trata de tapar con aquel arco iris de algodón lo que habían sido profundas heridas. Cicatrizadas ahora por este agonizante mar azul, que se está transformando rápidamente en balsa plateada sin olas y con insinuantes murmullos.
     A su espalda la torre y en el cielo la Luna mirándose de reojo en el enorme espejo líquido.
MAITE MARTÍN HIDALGO


viernes, 10 de noviembre de 2017

SUDOR

         Agostinho Silveira ora en silencio, se santigua, piensa en el colegio católico en el que empezó a correr con asiduidad y en su abnegado entrenador. Leonas Petrauskas recrea el rostro de su padre, su hermano y algunos sucesos ocurridos durante los entrenamientos. Oyen al juez de salida reclamar la atención de los atletas. Todos miran al frente pendientes de la señal.

        Suena el esperado disparo. El público, que contenía el aliento, se agita nerviosamente en la grada presintiendo la grandeza de lo que va a contemplar. Los primeros trescientos metros los corredores forman  un grupo alargado y compacto. El mozambiqueño Agostinho y Leonas marchan a escasos metros de la cabeza. El aspirante a la victoria final no puede quedarse rezagado. 
“Este es el momento más importante de mi vida. Si gano entraré en la historia de este deporte y de Mozambique”.
        “Ya estoy cerca de Agostinho. Tengo que vigilarlo para ganar”.
       Al comenzar la antepenúltima vuelta, los atletas aumentan la velocidad. “Me siento muy bien. Creo que puedo ganar. En cuanto ataque Agostinho, lo sigo. No puedo dejarle un metro de ventaja”. “¿Me pongo ya el primero? No sé. Él siempre me dice que me guíe por mi intuición, que he nacido para correr. Gané el campeonato de mi país atacando desde lejos, pero ahora no sé. El nivel es muy alto. Esperaré un poco a ver.”
        Los corredores aceleran. Puede caer un nuevo record del mundo. El nutrido grupo se parte en dos. El primero lo lidera el atleta de Mozambique, aunque sin distanciarse de sus rivales. El lituano ya ocupa la tercera posición. El esperado duelo entre los dos participantes con mejores registros empieza a hacerse realidad.
            Entran  en la penúltima vuelta. “Ahora debo atacar. Siempre que ataco      faltando más de una vuelta,  gano. ¡Ahora o nunca!”.
     Agostinho cambia de ritmo para dejar atrás a sus perseguidores. El público se excita y grita. Leonas responde inmediatamente, superando al corredor de delante y acercándose al mozambiqueño. “No lo voy a dejar escapar. En un momento lo adelanto. ¡Tengo que ganar! Para que mi padre se sienta orgulloso de mí y deje de beber. Para que mi nombre y el de mi familia pase a la historia. ¡Voy a ganar!”
        Suena la campana indicadora de la última vuelta. El corredor africano continúa en primera posición. El lituano lo sigue tan de cerca que, de no ser por el color  de su piel, parecería su sombra vertical. En el estadio, el público vibra contemplando el espectáculo y la posibilidad de que se bata el record del mundo en una prueba mítica como los mil quinientos metros. Agostinho ve de reojo que Leonas está ya a su altura. Aprieta los puños, los dientes y fuerza su cuerpo al máximo para recorrer los últimos trescientos metros que le separan de la gloria inmortal y del atractivo premio en metálico. Sabe que esta es su primera y única oportunidad. La beca del gobierno, que  ha cubierto sus gastos, los de su equipo de entrenamiento y las necesidades de su familia a la que él mantenía con su trabajo en el taller, no se la renovarán. Los órganos de decisión de su país, corruptos y arbitrarios, valoran criterios diferentes a la excelencia a la hora de apoyar económicamente a los atletas.


        Entran en la recta final. Leonas intenta adelantar a su rival. No cree que sea esta la última prueba importante que dispute. Pero anhela ganar  porque el deporte es tan importante para él como el aire que respira. Aprendió a amarlo cuando superó aquella extraña enfermedad, que le paralizó temporalmente las piernas, con unos durísimos ejercicios de rehabilitación y el impagable apoyo de su hermano mayor. Se hizo profesor de educación física para ganarse la vida enseñando a los jóvenes la importancia que tiene el deporte y sus valores de autodisciplina, competitividad y respeto por el rival. Ha perdido su único gran amor hasta el momento por su dedicación a la alta competición. Y ahora quiere que su hermano se sienta partícipe de su éxito, su padre orgulloso del hijo inteligente que no quiso ser un ingeniero brillante y acomodado, y que sus alumnos vean en él un ejemplo laureado de lo que les enseña.
        Sólo faltan ya unos  metros. Sus cuerpos bañados en sudor brillan bajo los focos del estadio semejantes a luciérnagas en la noche. Los brazos  casi se rozan. Hacen el último y supremo esfuerzo con el corazón, que late al límite de sus posibilidades, la boca abierta al completo, la respiración entrecortada y los cuerpos ligeramente inclinados hacia delante. Cruzan la  línea de meta mientras el público aúlla de emoción. Pero no levantan los brazos en una combinación de júbilo y sufrimiento,  porque ninguno sabe quién es el ganador. Se frenan poco a poco. Mueven las extenuadas extremidades e intentan recuperar el ritmo normal y regular de la respiración. Completamente ajenos a lo que los rodea se acercan al panel electrónico ansiando verse coronados por la victoria. Pero no aparece ganador alguno. Entonces comprenden: los jueces están estudiando la foto finish. El mozambiqueño se pone de rodillas y levanta los brazos al cielo: “Padre bueno, concédeme la victoria” —suplica en un susurro—. “No sé quién lo merece más, pero sabes que he hecho todo lo que he podido. No tendré más oportunidades”.
        El báltico se agacha apoyando sus manos por encima de las rodillas: “¡He ganado yo! ¡Joder, no estoy seguro! —Piensa angustiado—. Vamos a ver… Si no gano, volveré a competir y ganaré. Entrenaré mejor. Cuidaré todavía más mi alimentación. ¡A lo mejor he ganado! ¡Parpadea la pantalla…!”
        Por fin aparece como vencedor Agostinho Silveira, el número de su dorsal y el tiempo empleado en la prueba. Los nombres del segundo y tercero con sus tiempos tienen mucha menos importancia. Mientras el público expresa su emoción gritando ensordecedoramente y aplaudiendo, Agostinho se desploma en el suelo con los ojos cerrados. La emoción bloquea su cerebro,  impidiéndole dar gracias al Cielo ni a nada. Leonas está paralizado por el dolor, pero no se deja dominar por él. No es la primera vez que tiene que hacer frente a la más desoladora frustración. “Me prepararé todavía mejor para el próximo campeonato. Sé que lo conseguiré”.
        Se  hiergue y se acerca despacio al ganador. Le ayuda a levantarse y lo abraza.

                                                                             MANUEL PEDRAZA 

FRENTE AL MAR

                  El viento soplaba fuerte de levante, en una tarde de invierno, con la mar revuelta. Y allí estaba Paco, sentado en una de las  rocas. En la inmensidad arenosa de la playa, observaba para percibir algún signo de vida entre las olas. El sol se estaba poniendo a su espalda. Desde su juventud, los atardeceres le habían parecido los momentos más bellos del día. Esos tonos suaves de colores.

             Llevaba más de una hora sin apreciar ninguna señal que le indicara lo que con tanto anhelo deseaba. Las olas se sucedían a un ritmo musical casi perfecto, sólo roto por alguna pequeña pausa, como si  se tomaran un descanso. Su mente volaba hacia otros momentos con diversa suerte. Paco se acordó de aquella lubina de  siete  kilos, la más grande que había pescado y visto jamás; más de quince minutos luchando de poder a poder, entre el respeto y la emoción de la captura y el miedo a perderla, y cómo la caña se doblaba a cada intento de huir mar adentro, obligándole a soltar hilo. Sus recuerdos se rompen al observar cómo a escasos metros de la orilla, saltan despavoridas un banco de  lisas.
            Se incorpora como un resorte, preparándose para lanzar su señuelo de color blanco  que tantas alegrías le había proporcionado. Se sumerge en el agua como impulsado por una fuerza casi invisible. Tan pronto como toca la arena, lo vuelve a lanzar; así una y otra vez. Primero recoge despacio. Luego a tirones con sus pequeñas pausas, y así constantemente, animado por algunos pececillos que saltan para librarse de la muerte y disfrutar de su libertad. 
http://www.elmundotoday.com/2009/11/un-pescador-
con-hambre-muerde-su-propio-anzuelo/
          Su esperanza iba menguando al mismo tiempo que la luz.
         Resignado ante la evidencia de no haber conseguido engañar la inocencia de su presa, decidió recoger el señuelo por última vez. De pronto, la caña se  dobló y todos estos pensamientos de desánimo se sucedieron en una fracción de segundo, hasta que reaccionó ante lo que estaba ocurriendo. Al verlo, se le aflojaron las piernas. El pez tendía a adentrarse hacia aguas más profundas, alejándose de su enemigo.  Paco avanzaba varios metros con el pelo revuelto por ráfagas de viento arenoso. El agua le llegaba hasta la rodilla, mojando su ropa. A pesar de que el frío era intenso, no sentía nada. Sólo pensaba en la estrategia que debía de seguir para poder vencerle.
             Pero después de una lucha encarnizada, se sentó en la arena junto a él, invadiéndole una serenidad muy placentera. Su corazón volvía a su ritmo normal. Por primera vez, desde que comenzó la lucha, el frío se fue apoderando de él y un temblor, de forma súbita, recorrió  todo su cuerpo. Ya más tranquilo, lo miró con detenimiento. No le costó reconocer que se trataba de una lubina de diez  kilos. Sus ojos y su boca eran grandes y su cuerpo plateado por escamas. Entonces Paco pensó que una pieza así no debía ser sacrificada. La cogió por las agallas, que aún se movían como único testimonio de vida, y la arrastró hasta el mar, sin importarle la frialdad del agua.
             En el cielo, sobre un fondo de nubes rojizas, se distinguía la silueta de una gaviota en busca de una última presa que arrancar del mar removido. Paco cerró los ojos cansados y respiró profundamente, dejando a sus pulmones respirar con libertad el aire salobre. Recogió su caña y se fue.
 CARMEN BECERRA

LA MANZANA DE EVA


Escribiendo en su casa de la montaña, se había hundido en la monotonía, no sabía cómo salir de la tristeza, ni de su espiral, y necesitaba un empujón. ¿Dónde estaba, de dónde vendría? Se esforzaba día a día por no caer en una depresión. Pensaba que la espera larga y eterna acaba consumiendo al más paciente.
Se dijo: “Voy hacerme un Facebook”. En unos minutos estaba dentro de la red. Tecleaba con intriga, ansiedad, queriendo encontrar no sabía qué. El tiempo se le pasaba sin darse cuenta.
Hizo clic en una foto, le pidió amistad y ella se la dio, fue su primera novia de juventud.  Tuvieron que separarse, aunque  se querían mucho, a causa del trabajo del padre de ella.
Él estaba ahora viudo, treinta años después, quería recuperarla y le pidió  una cita. Su mensaje decía así : "Elisa, te espero frente a la catedral mañana a las 17”.
Ella tembló al leer el mensaje, nunca le había olvidado, era una tentación fuerte. Su cabeza era un torbellino dudas. Era fiel a su marido, practicante religiosa, pero este la trataba como quien oye llover.
Aquel día, las horas se convirtieron en minutos, el café se le enfrió en las manos y el hielo de la copa se derritió.
Llego la hora de la Cenicienta y en la puerta de la iglesia se despidieron. Cada cual regresó al pueblo en su propio coche.
Entró inquieta en su casa, pues temía la reacción de su marido. Este, serenamente, le preguntó con quien había estado. Ella le contestó que con una amiga del trabajo. Era creíble esa respuesta, porque se dedicaba a la enseñanza y se relacionaba con grupos sociales muy variados .Se dirigió a su dormitorio, dejando a su esposo en el salón. Estaba demasiado excitada para intercambiar más palabras.
Instantes después su marido seguía sus pasos. Esta noche, lejos de rechazar sus caricias, las aceptó. Realmente, quien ocupaba sus pensamientos era Jesús.
Le había contado que estaba casada, con dos hijos, un buen trabajo, etc. Recordaba  como sus ojos se clavaban en los de ella sin apartarlos ni un instante.  Volvió a pedirle una segunda cita.
Dos días después, Jesús y Elisa estaban tomando una copa de vino en la casa de él. El destino no podía ser más retorcido: su antiguo novio había alquilado un piso a la vera de donde ella vivía.
Elisa se debatía entre la fidelidad y la ilusión perdida. Él la colmaba de atenciones y de piropos. “Vida no hay más que una”, se decía a sí misma. EL corazón se le salía y su mente era una pura contradicción. Una semana después iba a tener una tercera cita y aquí le diría que solo podían ser amigos.
Jesús  este día le dijo que nunca la había olvidado, que quería recuperar el tiempo perdido. Elisa temblaba de arriba abajo. Él le cogió la mano, ella no la rechazó.  Luego una caricia, un abrazo… Se quedó atrapada. El sol entró por la ventana ,aunque era de noche.
AL cabo de un par de horas , Jesús le confesó algo terrible y a la vez liberador para ella: “Dentro de un par de días tomaré un avión para EEUU, me espera un gran trabajo que no puedo rechazar".
Así acabó el tormento para Elisa. A partir de aquel día había una luz en su interior, un gozo, una ilusión, que nada ni nadie le quitaría jamás.


SUSANA Mª CARMONA CAMPOS


ESTAR EN LAS NUBES

Era lo suyo, desde pequeño siempre se lo habían dicho.
Ser el mediano de cinco hermanos imprime carácter, has de aprender a vivir por tu cuenta y riesgo.  Los mayores son más responsables, ingeniosos, mandones, manipuladores…en algunos casos con los menores;  Tienen una parcela muy definida e intocable. Las pequeñas, que tuvieron la suerte de ser niñas y encima gemelas, eran el juguete de la familia, las de los bonitos vestidos, los lazos, las mimosas, las supergraciosas. Nunca se explico como cada cosa que las niñas aprendían graban era como si fuera algo que ocurría por vez primera sobre la faz de la tierra. Que alboroto producía en la familia, cualquier cosa nueva que aprendían o hacían LAS NIÑAS. Cuando en realidad todo era repe, igual que ellas. Porque en su día, Carlos y sus dos hermanos habían hecho gracias más o menos parecidas a las de ellas.
Tuvo que aprender a vivir por su cuenta. Siempre que se avecinaba tormenta, abría su paraguas particular, porque sabía que del primer chaparrón salía empapado… Luego, por suerte, las cosas terminaban aclarándose y solía cada palo aguantar su vela.  Mas, hasta tanto, tenía que ser un poco equilibrista, porque no sabía de qué  lado iba a caer.
Su estrategia fue hacerse el  longui. Sus frases habituales eran “yo no he sido” “no se nada”. Sus padres,  desesperados por su despiste y pasotismo, siempre terminaban de los nervios, preocupados y diciendo:
-Carlos siempre está en las nubes.


Esta frase quedo en la familia como una muletilla cuando se referían a él.
El tono cambiaba según quien lo decía: sus padres con preocupación, los hermanos con superioridad y las gemelas con guasa. Nunca le importo. En el fondo sabía que era su escudo o coraza para salir medio así de las muchas situaciones que le toco vivir por ser el “mediano”, una isla en medio del océano familiar.
Hoy piensa que tubo suerte de ser el numero tres. Esto le ayudo a ser más ingenioso, responsable, sereno, buscavidas, y, por supuesto, precavido. Desde muy  pequeño supo lo que significaba nadar y guardar la ropa.
Hoy después de mucho tiempo, sonríe y se siente feliz recordando aquellos tiempos y el medio trauma  del que se libro, “gracias a su estar en las nubes”.
Parece que fue una premonición . Ahora su trabajo le hace estar realmente muchas horas donde le decían que estaba de pequeño. Se siente satisfecho al recordar su niñez, mientras pilota un Boeing777.

ROSA ARJONA

sábado, 22 de julio de 2017

LA PEOR DE LAS CONDENAS


         “¡Estos desalmados me alejan de ti! Me privan de lo que ha sido la razón única de mi existencia estos larguísimos años: contemplar tu agraciado rostro y tu atractiva silueta, imaginar que era el pajarillo despreocupado que se posaba en tu cabello o tu hombro, soportar juntos las inclemencias meteorológicas, hacer frente estoicamente al paso del tiempo. La imposibilidad de comunicarnos, de mirarnos de cerca, de acariciarnos, me martirizaba de un modo atroz, pero esta mudanza de ubicación, que intuyo definitiva, hará ya insoportable del todo mi dolor y desdicha. Aunque nunca fui aficionado a los escarceos amorosos por mi carácter serio y reflexivo, la flecha que me disparó Cupido perforó mi pecho como si de una bala de cañón se tratase, y me enamoré hasta donde un corazón puede soportar este poderoso y avasallador sentimiento. 


Formé un hogar entrañable con María Teresa, que podría haber sido un remanso duradero de amor y paz de no haber interferido la  nefasta guerra. Soy militar del glorioso ejército español, pero considero la contienda bélica un mal indiscriminado que progresivamente se apodera de todo cual gangrena imparable. Primero fue en el vecino Rosellón y después en el sagrado suelo patrio. El prepotente francés, valiéndose del engaño, invadió nuestra venerable nación, obligándome a abandonar mi hogar para poner en juego mi vida y honor en el campo de batalla. Me batí con el enemigo en la llanura, en la abrupta Sierra Morena y en el incomparable Torcal igual que un león que defiende su territorio de un macho rival. 

Un canalla traidor intervino en mi captura. Pude salvar la vida si hubiese aceptado la libertad y el ascenso que me ofrecían a cambio de jurar acatamiento al rey intruso, pero el honor de un patriota español nunca se vende. Fui ajusticiado dando ejemplo de cómo se muere por el país que se ama. Y el inescrutable destino, más poderoso que todos los soberanos de la Tierra juntos, dispuso que mi actitud ante el vil invasor y la inevitable muerte fuese recordada en mi noble ciudad natal de Antequera mediante la efigie metálica que ahora da forma y consistencia a mi ser.


En un primer momento tú, hermosa y querida “morenita”, o “negrita”, como te llaman los vecinos de esta localidad, no pasabas de ser una joven vulgar con una figura bonita. Me recordabas a las muchachas pobres de mi juventud, privadas de haberes pero, algunas, rebosantes de gracia y sensualidad. Paulatinamente, los sentimientos más apasionados de mi vida anterior renacieron hasta el punto que el vacío que produjo mi separación de María Teresa al ser ejecutado lo llenaste  por completo tú. Nuestra relación es diferente, es cierto, porque nunca ha sido posible una palabra al oído, una caricia, un beso de enamorados como prólogo de una vida plena en común. Estamos condenados a estar separados de un modo insalvable y cruel, a la no consumación de nuestra pasión en el caso feliz de que me correspondieses. Pero un modo distinto de existencia exige un estilo diferente de amar. Y ahora me distancian todavía más de ti. No volveré a verte, ni siquiera podré escuchar el reconfortante murmullo del agua cayendo de tu cántaro. Pero mi amor tiene la firmeza del material de que estoy hecho, y no hay día que no pida a la Providencia Divina que, si nuestro largo peregrinar por la Tierra conlleva una fase nueva, nos cree a ambos de una naturaleza tal que nos permita estar unidos en materia y espíritu hasta el fin de nuestros días.”


        “Ahora soy testigo quieta y muda de cómo se hace real la noticia que me tortura desde hace tiempo: te arrancan de mi presencia para llevarte frente al edificio que llaman de San Luis. No sé qué intereses han provocado mi desgracia.  Ya no podré seguir venerando tu figura gallarda, tu actitud valiente, tu porte viril ni tu rostro ennegrecido por la dureza del tiempo. Me quedo desoladoramente sola, como un perrillo recién nacido al que le quitan la madre. ¿Puede haber una condena más cruel?

Era muy chica cuando me separaron de mis padres. El único recuerdo que tengo de ellos es la cara borrosa de una mujer que se agacha sobre mí para lavarme, vestirme o algo así. No se me olvidarán nunca las rodillas hinchadas y el dolor de las piernas después de limpiar  los suelos en casas palaciegas, las malditas manchas en la ropa que solo se quitaban cuando ya dolían las manos y los brazos de tanto refregar y enjuagar, ni el peso de los cántaros de agua que había que llevar a donde la necesitasen. Todo este trabajo sólo me sirvió para comer lo que no querían los señores, vestir harapos y usar  los zapatos que tiraban otras mujeres, cuando no iba descalza. Me apreciaban menos que a los perros de caza o de compañía. Me acosté con unos cuantos hombres. Alguno me dijo palabras bonitas de amor. Después de yacer conmigo unas cuantas veces me olvidó. Otros me amenazaron, hasta me pegaron, para gozar de mí como les venía en gana. Buscaban su placer, pero también se divertían haciéndome sufrir y humillándome. Perdí la esperanza de vivir el amor o de tener, por lo menos, a alguien que me respetara. Cuando me quedé preñada me pegaron para que abortase. Yo me negué siempre porque, a pesar de todo, la criatura que llevaba dentro de mí era mía, era lo mejor que tenía en la vida. Cuando creciese sana y fuerte sería una alegría mayor que todas las penas anteriores. Un bebé nació muerto y otro murió a los pocos días de unas fiebres. Sí, mi vida ha sido tan oscura como mi aspecto.

Pero tu presencia todos estos años  ha sido para mi alma como ese bálsamo que cura todo lo enfermo. Verte, mi apuesto capitán Moreno, saber que estabas ahí, mi caballeroso Vicente, ha evitado que me sintiera sola, me ha ayudado a soportar el frío, la lluvia, el sol del verano y hasta las piedras que algunos me han tirado para pasar el rato o presumir de puntería. La falta de caricias, de amor carnal, incluso de palabras entre nosotros nunca estorbó mi pasión por ti. A partir de ahora mi amor sólo se apoyará  en tu imagen  guardada en mi memoria. Pero la vida que tuve, la vida que sufrí, me ha endurecido frente a la desgracia más que el metal de que estoy hecha. No me derrumbaré, amor mío, ahora sé que no. Y también sé que, desde este momento, tu recuerdo, pensar en todo lo que pudimos haber compartido en otras circunstancias, alegrará mi estancia eterna en este parque en el que sólo soy un adorno al que no se le  presta mucha atención.”

Texto: MANUEL PEDRAZA
Fotografías: JOAQUÍN FRANQUELO

viernes, 21 de julio de 2017

EL CÓDIGO


Tavo, Lorenita y Juanma habían adoptado un código para hablar sin que los entendiera nadie. Consistía en añadir un sonido, vocal o consonante, o incluso una sílaba, a las palabras en medio, o al final o al principio si eran monosílabas. Así, por ejemplo, decían:
–¿Fuisvete aveyer al civene? (“Fuiste ayer al cine”).
–Vesi (“sí”).
Lo que tenía de especial el invento es que el sonido o sonidos intercalados podían cambiar de una conversación a otra y también a lo largo de la misma conversación:



–¿Roque rote parerroció la pelírrocula? (“¿Qué te pareció la película?”)
–Roun rorrollo. Aburrirroda y pesarroda. (“Un rollo. Aburrida y pesada.”)
La decisión sobre cuál sería el añadido la tomaba el que iniciaba la charla y los demás le seguían. El cambio solo podría producirse a partir de la quinta frase desde el principio o desde el último cambio.
                El sistema se ponía en práctica sobre todo en los recreos, que es cuando se podía hablar. Se colocaban los niños cerca de otros y empezaban a mofarse de estos, generalmente con críticas a su vestimenta, sus gestos o determinados comportamientos en clase.
–Estite tratie utina manticha enti tiel jertisey. (“Este trae una mancha en el jersey.”)
–Yti otitra tien elti cutilo tidel pantatilón. ¡Setirá gutirro! (“Y otra en el culo del pantalón. ¡Será guarro!”)
–Nolo lose laseva. (“No se lava”)
–Anloda, tíloo, mélotete ente lae dutecha. (“Anda, tío, métete en la ducha”).
 Se mondaban de risa al ver que los aludidos los miraban como si hablaran en chino y se mosqueaban porque sospechaban que se referían a ellos, sin saber con qué se estaban metiendo. Algunos los despreciaban con las consabidas expresiones “Están piraos”, “Como cabras”, “Se les ha ido la pelota”, etc. Otros se acercaban e intentaban descifrar sus palabras, sin conseguirlo casi nunca.
                Cuando Tavo, Lorenita y Juanma dominaban ya perfectamente el sistema, al primero se le ocurrió una diabólica idea: a partir del lunes, en la primera clase donde un profesor le pidiera los ejercicios de casa, contestaría esto en su idioma: “No los he hecho porque no me ha dado la gana”. Los niños aplaudieron la ocurrencia.
Estaban nerviosos y deseando que llegara ese día, como quien espera el final de la champion o la festividad de los Reyes. Para tal momento, aumentaron la dificultad de comprensión, introduciendo dos sílabas en vez de una: “pe” y “da”, juntas o separadas.
–¿Serás capaz de hablar sin fallar, Tavo?
–Clapedaro quedape, pesida, Lodare. (“Claro que sí, Lore”). Pero voy a practicar mucho. A partir de hoy vamos a hablar siempre así, sin cambiar. Tío, nos vamos a quedar con el profe al que le toque. ¡Qué bromazo!
–Ja, ja, ja.
El día D llegó. Fue un viernes después del recreo. En clase de Lenguaje. La profesora pronunció el nombre de Tavo y le pidió que dijera los ejercicios en público. El chaval se levantó y, desde su sitio, pronunció la frase que tanto había ensayado y esperado emitir:
–Sedapeño, nopeda losdape tenpedago porpedaque nope dame hada dadapedo lada gadapena hapecerdalos. (“Seño, no los tengo porque no me ha dado la gana hacerlos”).
La clase se quedó en silencio. Todos esperaban la reacción colérica de la profesora. Pero ella, después de un gesto de extrañeza, relajó su semblante e inició una media sonrisa maliciosa. Se puso de pie con toda parsimonia y contestó así a Tavo:


–Sedapeñor Tapedavo: padapera elda lupedanes meda copedapias veinpedate vepedaces elpe poedapema depa lade págidapena ochenpedata, añadadienpedo a laspe tudayas la sídalapeba “mal”. Que significa, para que lo entienda todo el mundo: “Señor Tavo, para el lunes me copias veinte veces el poema de la página ochenta, añadiendo a las tuyas la sílaba ‘mal’ ”. Aquí una servidora ha sido cocinero antes que fraile.

Los veintitantos niños explotaron en una risotada general. A Tavo le salieron los colores, todos los colores, agachó la cabeza y se sentó. Luego miró a Lorenita y a Juanma, soplando de enfado y asombro, como diciendo: “¡Esto sí que es un bromazo!”.
                Poco a poco fueron dejando de hablar con el código los tres niños, hasta que lo olvidaron por completo.


 JOSÉ ANTONIO RAMOS

domingo, 16 de julio de 2017

LA NUDISTA

¡No lo coge! ¡No lo coge! ¿Dónde estará metida? ¡Ay! ¿Loli? Ya iba a colgar ¿Dónde estabas? Sí, soy yo, Paquita. Menos mal que me has cogido el teléfono. ¿Te puedes entretener un poquillo? Es que me tengo que desahogar con alguien. Acabo de venir del entierro de Isa. Sí, mujer, mi amiga de la infancia. Isabel Morente. Claro que te habré hablado de ella. ¡Qué mal rato he pasado! Es que tú no sabes de lo que me he enterado. Me han dicho que tenía donado el cuerpo a la ciencia. ¡Sí, Loli, sí! ¡A la ciencia! Que no la van a enterrar, ni a incinerar. No. Se la llevan directamente a la facultad de medicina para meterla en formol. Ya me la estoy figurando. ¡Qué repelús me da! Allí puesta en una mesa de mármol, para que la abran en canal. ¡Cómo estará la familia! ¡Claro que sí, Loli!  ¡Destrozaditos!



Es que ella siempre fue una rebelde, más aun, una revolucionaria.  Vamos, que ella siempre daba la nota. De toda la vida. Si de jovencillas, cuando íbamos a la playa, ya se ponía a tomar el sol con el pecho al aire. ¡En aquel entonces, que eso sólo lo hacían las pilinguis! Y te decía que eso era lo más natural. Le gustaba ir como los hippies, con ropa desteñida. Vestía siempre sin sujetador, dejando  trasparentar los pezones a través de las camisas, muy provocativa.  Y más adelante te decía que era nudista. Sí, Loli, así. Te contaba ella muy orgullosa que le gustaba ir a campamentos y playas nudistas. Y… Calla… ¿Tú no sabes que también estuvo por ahí en un barco con los de Greenpeace? Y cuando acabó la carrera de medicina se fue al extranjero con los médicos sin fronteras. Que sería muy humanitario y todo lo que quieras, pero que ella no pensaba en su familia, en su madre, que me decía la pobre: “Mi hija podía haberse quedado aquí y su padre le habría montado una consulta, pero es una idealista” ¿Una idealista? Una loca, diría yo. Que no lo hacía con maldad, no, pero no pensaba con la cabeza. Para ella lo más importante eran sus principios y ha seguido así toda la vida. Y eso que era un cerebrito, que por lo visto se sacó el doctorado con unas notas muy buenas y también estuvo haciendo estudios de investigación en la fundación contra el cáncer. Esto se lo escuché decir a un catedrático que estaba en el entierro. Era un señor algo mayor, pero con muy buena planta y yo creo que tenía algo con ella. Casada no estaba, porque ella no era de casarse, pero ese hombre para mí que era su pareja. Lo que pasa es que no me he podido enterar con seguridad porque ninguna de las antiguas amigas que estábamos allí le seguía la pista últimamente. Claro, como siempre fue tan volatera. Aunque ahora parecía que había sentado cabeza. Llevaba ya unos años dando clases en la facultad de medicina y me decía su hermana que estaba entregadita a sus alumnos. ¡Y tan entregadita que estaba! Si hasta les ha dejado su cuerpo para que estudien. Pero ya ves, así va a ser nudista hasta el final.
¿Cómo te has quedado? Yo estoy muerta. Bueno, la que de verdad está muerta es ella. Un infarto, de pronto. ¡Qué lastimita! Lo mismo mañana te toca a ti, o a mí.
¡Ay! ¡Loli! ¡Ay qué peste a quemado! ¡Mis lentejas! ¡Ya se me han pegado! Luego te llamo, Loli. ¡A ver qué pongo de comer ahora!


MARÍA ROSARIO FERNÁNDEZ 

Entradas más populares