sábado, 30 de diciembre de 2017

LA HORA DE DORMIR

             Ya me han quitado el cuento que estaba leyendo y me han apagado la luz, pero ahora yo sé que no me voy a poder quedar dormido. Y no podré llamar a mamá porque me va a regañar. Y a papá menos, porque me va a decir que no soy un hombre, que soy un gallina. Pero es que la peli era muy guay y si no la veía, me dirían luego en el cole… Es que ya la ha visto Ricardo y Carlos Fuentes y a ninguno le ha dado miedo. Seguro que Paquito está cagado, pero luego me dice que no, que no le ha dado susto. Eso es porque se quiere hacer el valiente.

Me parece que se oye algo extraño. Es por el pasillo. Me voy a tapar la cabeza con la sábana, que no se den cuenta de que estoy aquí. ¡Qué oscuro está! ¿Y si se mete algo dentro de mi cama? El monstruo grande podía meter un tentáculo y estrangularme. Voy a destapar un poquito la cabeza, porque con la luz que entra de la calle por lo menos veo algo. Ya parece que no se oye nada. Voy a coger mi metralleta supergaláctica y me la meto en la cama.

Así está mucho mejor. Si entrara un monstruo le disparo y se asusta y de camino se despierta todo el mundo en la casa y vienen a ayudarme. Luego, cuando llegan, nunca hay ningún monstruo y me regañan. Mi madre me diría que no me va a dejar ir más a casa de Paquito, porque vemos pelis de miedo. Pero con la metralleta ya no me da susto.

¡Ay, otra vez se escucha ruido! Se oyen pasos lentos y un gruñido lejano. Ahora parece que alguien se arrastra cerca de mi cama y se va acercando cada vez más. Yo me tapo la cabeza y me agarro a la supergaláctica. Como quieran hacerme algo, nada más con el ruido que hace se van corriendo. A lo mejor hasta podría cazar un monstruo del espacio. Lo meto en un rincón apuntándole con mi arma y le digo que se rinda. Se pondría de rodillas suplicándome y yo entonces le perdonaría la vida. Pero le pondría condiciones. “¡Tendrás que estar a mi servicio!” Y al final acabaríamos siendo amigos. ¡Qué bien!  Cómo mola tener un amigo del espacio.

Entonces ya no tendría miedo nunca, porque seríamos invencibles. Le propondría ir una noche a casa de Carlos Fuentes, que es tan valiente, y le daríamos un susto de muerte. Yo me pondría un disfraz y entraríamos por la ventana, porque seguro que mi amigo monstruo sabría escalar por las paredes. Le despertaríamos cogiéndole de los pelos y cuando estuviera paralizado de miedo le diría con voz ronca: “No se te ocurra meterte más con los niños de la clase, porque entonces vendremos por la noche y te llevaremos amordazado y esposado”. ¡Qué guay! Estoy viendo la cara que se le pondría, tan chulito como es. Seguro que ya no me cogería más en el servicio para tirarme las gafas al wáter, porque entonces yo llamaría a mi amigo del espacio y lo cogería por los pies y me las tendría que sacar con la boca, aunque hubiera caca y todo. Luego saldría corriendo del servicio con los pelos llenos de mierda y cuando se lo dijera a la seño, no lo creería y se llevaría un buen castigo.

Qué pasada de metralleta me regaló mi tío Pepe, se me ha quitado todo el miedo. Mañana lo voy a llamar para decirle: ”Tito, el arma intergaláctica que me regalaste es fabulosa para cazar monstruos del espacio”. Y seguro que otro día que venga me trae otra todavía mejor. Me voy a estar muy quieto, a ver si viene algún monstruo y consigo que se rinda y que se haga mi amigo. Lo malo es que a lo mejor viene cuando ya esté dormido, porque me está entrando un sueño… 

 MARÍA ROSARIO FERNÁNDEZ

UN ESLABÓN DE LA CADENA

                            
Apaga el ordenador, el día ha sido muy largo. La empresa para la que trabaja, una multinacional del sector de la construcción, había iniciado un  Expediente de Regulación de Empleo, un ERE le llaman, que queda más sutil.
No era el primero. Cada cierto tiempo se acometía uno. Cientos de empleados iban a la calle y se contrataba más tarde  nuevo personal.  Julia miró el reloj, esta noche había quedado con Pedro y no quería hacerle esperar. Estaba decidida a vivir con él, si se lo volvía a pedir hoy. Miró por el amplio ventanal. Su despacho se encuentra en la planta trece del edificio, por lo que la ciudad la sentía a sus pies. Está orgullosa de lo que ha conseguido.
Ya se han marchado todos, excepto su secretaria.
-Buenas noches Inés. No te quedes hasta muy tarde.
-No, ya me voy.
El conserje estaba en su mostrador
-Hasta mañana, Anselmo.
-Hasta mañana, señorita Julia. Es muy tarde. ¿Le pido un taxi?
-No, gracias, tengo el coche en el garaje
Cuando entró en el parking, estaba casi vacío. Su coche, un bonito Porshe, quedaba alejado; esta mañana tenía pocos huecos. Oía sus tacones en el silencio, cuando escuchó el ruido de la puerta. Giró la cara, pensando que era Inés, pero no vio a nadie. Continuó su camino. Le pareció oír una respiración entrecortada y aceleró. Se le rompió un tacón.
            -Mierda, lo que faltaba -exclamó contrariada.
          Desde lejos accionó el mando, corrió, se metió en el coche, lo puso en marcha y salió del garaje a toda velocidad. Llamó a Pedro con el manos libres. Un toque, dos, al tercero oyó su voz al otro lado del teléfono:
-Hola, Paula, ¿vienes ya?
-Hola, Pedro, sí, pero antes tengo que pasar por casa, me he roto un tacón.
-¿Te ocurre algo?  Pareces alterada.
-No, nada, ahora nos vemos. Paula cortó la comunicación, no quería parecer una persona pusilánime por una simple suposición.
           Al mirar por el espejo retrovisor, vi0 un coche, aceleró, éste también. Estaba llegando a casa, dio una vuelta a la manzana y el coche le seguía. En ese momento se dio cuenta de que otro coche se había puesto delante de ella y le impedía adelantar. De pronto dio un viraje y se atravesó en la calzada. Paula frenó. De los coches salieron unos individuos que, encañonando un arma, abrieron la portezuela de su vehículo, la sacaron a empujones, la amordazaron,  la metieron en la parte trasera de uno de los coches y salieron a toda velocidad.
Paula estaba muerta de miedo. No sabía qué podía ocurrir. No acertaba a encontrar ningún motivo para lo que le estaba sucediendo, todo era una como una pesadilla.
Salieron de la ciudad, llegaron a una casa abandonada en las afueras, se detuvieron y, sin ningún miramiento, la obligaron a salir. Paula se resistía, pero ellos eran muy jóvenes y tenían más fuerza. Bajaron hasta un sótano apenas iluminado por una bombilla. Le quitaron la mordaza;  aunque gritara, nadie la iba a oír. La sentaron en una silla con las piernas atadas y las manos  a la espalda.
Paula miró a su alrededor, había botellas vacías por el suelo, cajas de pizzas…Un lugar de reunión de botellones. Por una desvencijada puerta apareció una mujer joven:
-¿¡Inés!? -exclamó Paula¬, pero ¿qué es todo esto?
-¡Calla, zorra! ¿Te has creído que puedes jugar con el destino de las personas? Para ti, un nombre en una lista no significa nada, nunca te has parado a pensar qué drama puede haber detrás de cada despido. No lo has vivido como yo.
-¿Tú? ¿Pero qué…?
¬Sí, entre tantos, estaba mi padre. No sabes el calvario que le he visto pasar.
-Si me lo hubieras dicho…Pero eso lo podemos arreglar.
-¿Arreglar? -Inés gritaba fuera de sí-. Ya no puedes, imbécil, mi padre se suicidó.
Inés cogió un cuchillo y lo puso delante de la cara de la que hasta ahora era su jefa.
-¿Sabes lo que he sentido durante tanto tiempo, viendo cómo  me dabas la sentencia de otros sin el menor atisbo de sensibilidad? ¿Qué eran para ti? ¿Un bolso de Hermés, un frasco de colonia de Armani? Ahora tu preciosa cara va a quedar marcada para que cada día que te mires al espejo veas sus nombres impresos en ella.
            Paula estaba horrorizada. Abrió desmesuradamente los ojos. Quiso hablar, decirle que ella no era más que un eslabón de una cadena, que, si ella no lo hacía, lo hubiera hecho cualquier otro…Pero de su garganta sólo salió un grito desgarrador y su cabeza cayó inerte un lado.
Inés la cogió del pelo, levantó su cabeza. Paula tenía los ojos muy abiertos, fijos.  Había muerto.

 MAITE GALLARDO


viernes, 29 de diciembre de 2017

LOS MISTERIOS DE LA POSADA DE LOS CABALLEROS (I)


Era invierno, corría el año 1932. Antequera se levantaba con la fatídica noticia. El humo se apreciaba desde lejos, ardía la fachada de la Trinidad. Un revuelo de caballerías y disparos  anunciaban lo peor. Desde la Cruz Blanca se apreciaba todo.
El frío de diciembre y la víspera de la natividad del Señor invitaban a unas fiestas llenas de paz y felicidad. Pero la tragedia y los misterios se apoderaban de esta ciudad. Cada domingo de adviento se producían unos hechos que conmovían a la población.
En la “Posada de los Caballeros”, se oían, cuando se acercaba el fin de semana, lamentos y gritos desesperados.  Los vecinos de alrededor estaban atormentados. Las voces llegaban hasta la calle Nájera y podían oírse incluso desde la plaza del Coso Viejo.
Gritos desgarrados, de amargura, hundían el negocio de  Ramón, quien con mucho esfuerzo y sacrificio regentaba la pensión. Ubicada al principio de la cuesta de Zapateros, servía de hospedaje a los escasos forasteros que frecuentaban la ciudad.  Eran tiempos duros y el hambre que provocaba la sequía en el campo mantenía a la población en una vigilia forzada y sin expectativas  de ser revocada. Los hombres, desesperados, sin trabajo y nada que llevar a sus casas, deambulaban por las calles con  ansiedad e impotencia. La incapacidad de alimentar a su prole les quemaba por dentro.
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Ramón había heredado de su padre el establecimiento, que a su vez este heredó de su progenitor. No imaginaba que en puertas de la Pascua tuviera que revivir tantos años después los episodios que experimentó de niño, cuando su abuelo se decidió a construir una casa de huéspedes, un edificio de tres plantas de huecos verticales y amplia fachada. En la excavación de apertura de cimientos, encontró una trama de pasajes secretos que atravesaban en retícula todo el solar, sobre el  que posteriormente alzaría la pensión. Articulados en dos direcciones, se dirigían en un sentido a la iglesia de San Sebastián y en otro al  Palacio Nájera. Dispuestos de tal manera, parecían dar  acceso subterráneo a otra ciudad bajo rasante. Aquello marcó la visión del niño Ramón. Su abuelo  prosiguió con la construcción, manteniendo todo lo encontrado con absoluto respeto. Hizo coincidir los nuevos apoyos donde no concurría ningún túnel, dejando así la infraestructura del subsuelo intacta.
Los gritos en las noches cerradas de invierno parecían aullidos de alimañas salvajes, el miedo aterraba a los huéspedes impidiéndoles conciliar el sueño. Jacinta la sufrida esposa de Ramón, que se dedicaba a las tareas de limpieza e intendencia de la hospedería, sufría más que nadie la aterradora situación. Antes de ir a dormir, tras desvestirse y de meterse en la cama, los gritos se hacían más desgarradores. Ella se encogía y abrazaba a Ramón de forma compulsiva, entre sollozos le suplicaba que de una vez por todas se marcharán de aquella aciaga edificación. Con actitud temerosa le decía a su marido:
—Ramón, en esta casa va a pasar una desgracia, lo presiento.
—No exageres mujer, los lamentos pueden asustar, pero de ahí a lo que tú dices va un trecho.
Aquella noche, además de los gritos, se escuchaban voces lejanas. Un murmullo ininteligible. Jacinta no podía pegar ojo. Dando vueltas de insomnio en la cama, oyó golpes secos. Alguien o algo estaban llamando. Sobresaltada,  despertó a Ramón.
    ¡Ramón!  ¡Ramón! ¡Alguien está golpeando abajo!
—No oigo nada, duérmete - le indico casi dormido.
    ¡Ramón! Estoy asustada. Levántate y mira qué pasa.
    ¡Uh! Si no hay nadie, descansa mujer.
Los golpes se hacen más fuertes.
    ¿Ves, Ramón, como se oyen  golpes?
—Bueno, bajo un momento y compruebo.
    ¡Gasta cuidado, Ramón!
—Que sí, mujer, no te preocupes.

Ramón bajó, con más sueño que interés. Pero, al acceder a la planta baja, oyó los golpes de nuevo. Provenían de debajo del piso. Rápidamente cambió el semblante. El sueño había desaparecido. Las sombras  de su infancia le asaltaban.

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LOS MISTERIOS DE LA POSADA DE LOS CABALLEROS (II)

Cuando se ejecutaba la cimentación, jugueteaba entre las obras,  escondiéndose y saltando sobre los montículos de tierra y piedras. Pero una tarde, al volver de la escuela, quiso saludar a su abuelo. Al acercarse a las obras, las encontró vacías. Las herramientas de los albañiles sin recoger, dispersas por el suelo. La obra estaba desierta. Al intentar acercarse, tropezó. Con tan mala suerte, que cayó en el hueco abierto de una galería. Despavorido, saltó con  agilidad de nuevo a la superficie. Su cara de escolar se tornó más blanca que la tiza.
Ramón, comenzó  a recordar las secuencias de aquella tarde de niñez. Las piernas empezaron a temblarle. Abrió  con urgencia las puertas de la estancia. Su intención era abrir paso a todo ser oprimido. Dar salida a algo, que después de tantos años aún no lograba comprender.  Los golpes dejaron de escucharse. Las puertas abiertas lograban su objetivo, recuperar la calma. Volvió a cerrar y subió para intentar dormir. Ya no lo consiguió. Sus recuerdos se lo impidieron.
 Jacinta se encontraba escondida debajo de la cama, enroscada en una manta. Le preguntó asustada:
    ¿Ramón qué era? ¿Qué pasaba?
—Nada, nada, una persiana con el viento –esquivó con disimulo la   pregunta de su esposa- .Durmamos, que mañana hay que trabajar.

Así quedó la cosa aquella noche.

Los huéspedes se quejaron a la mañana siguiente. Un inglés, Robert Perkins,  periodista corresponsal  del New Castell Post, hospedado en la finca, viajaba realizando un reportaje  por la Andalucía rural. Protestó enérgicamente en recepción a la mañana siguiente. Con su acento extranjero comunicó su malestar:
  
    ¡Míster Ramón es imposibol dormir in esta casa!
—Disculpe míster Perkins, lo sentimos mucho - le contestó el hostelero-. Anoche el viento agitaba las persianas. Me ocuparé de enrollarlas esta noche. Perdone la molestia.
—Thanks...Spain is diferent.
El periodista no quedó muy convencido de la respuesta del posadero. Apenas corrió viento la pasada  noche. Prosiguió su marcha al Torcal, donde una sesión de fotos le esperaba.
Jacinta se incorporó a sus tareas domésticas. Tocaba preparar los desayunos y el café. Con un molinillo de manivela, que su madre le regaló para su ajuar, conseguía triturar los granos de café que desprendían ese olor tan característico y que tanto le gustaba. El aroma inconfundible a pan tostado hacía único ese momento de la mañana. Pero había algo en la cocina que no acaba de encajarle a Jacinta.
Ramón atendía a los huéspedes que se acercaban  a su mostrador, como distraído. Su mente no paraba de dar vueltas. No estaba en lo que estaba. Aquella noche le hizo rememorar su pasado.
Jacinta, al coger una garrafa de cristal de debajo de uno de los pollos, donde almacenaba el aceite de oliva, encontró un charco de sangre.  Saltó y chilló como una  loca. Corriendo veloz se dirigió al encuentro con su marido, gritando “¡Socorro!, ¡socorro!”. En el  zaguán del hostal se formó un corrillo de gente alarmada. “¡Sangre, sangre!” gritaba cada vez más nerviosa la posadera. Se acercaron a la cocina y el plasma rojo había desaparecido. Jacinta no daba crédito:
 —Juraría que he visto un charco de sangre, estaba ahí. No me lo voy a inventar. ¿Para qué? Ramón, te juro por lo que más quieras que he visto sangre.
—Cariño, no has dormido bien y estás algo cansada, no te preocupes. No pasa nada.
Ramón presagiaba lo peor. Eran demasiadas evidencias. Para los demás parecían hechos paranormales cargados de intriga. Para él, sólo podría ser una cosa.  Cuarenta años atrás, ya pudo experimentar el mal en esas galerías. Lo más parecido al infierno.
Al caer la tarde, Mr. Perkins volvía de su jornada informativa. Llegó con sus botas llenas de barro y su Leika colgada al cuello. Ramón, al verle, le advirtió desde el mostrador de entrada:
 —Sacúdase el calzado fuera, por favor.

—Don´t worry. No problem – exclamó el huésped desde el portal.

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LOS MISTERIOS DE LA POSADA DE LOS CABALLEROS (y III)

      Ramón le entendió más por su lenguaje corporal que por el idioma. El inglés se acercó a recepción y preguntó, en un castellano casi perfecto, si esta noche se levantaría viento. A lo que respondió el hostelero
—Quién sabe, la suerte está echada.
Presagiaba lo peor. Sabía que lo que tuviera que pasar pasaría.
El reportero subió las escaleras camino de su habitación. El silencio sepulcral del establecimiento llamó su atención, en contraste con la pasada noche. Estaba dispuesto a descubrir la verdad de lo sucedido. Jamás imaginó lo que presenciaría horas después.
Ramón preparó una caja de velas y rellenó los candiles de petróleo. Se estaba preparando para una noche larga. Mr. Perkins, acostumbrado a la investigación de  sucesos, repasó su cámara y cargó el carrete. Su olfato periodístico despertaba en él avidez  de noticia.
El reloj de pared en la recepción marcaba las once y treinta, se acercaba la media noche. Los huéspedes se habían encerrado en sus respectivas habitaciones. Todo el mundo guardaba silencio, esperando escuchar algún indicio de algo.
Tímidamente se oyeron unos pasos. El subsuelo empezaba a removerse. Los gritos comenzaban su ritual nocturno.
Ramón le dio instrucciones a Jacinta. Que no saliera de su habitación, oyera lo que oyera y pasara lo que pasara.
El reportero inglés, ansioso de primicias, recogió su cámara y se dirigió a recepción. No quería perderse la exclusiva.
El posadero iba encendiendo las velas una a una. Con paciencia secuencial  pasó a prender  los candelabros. Todo estaba dispuesto para la incursión subterránea.  
Ramón y Mr. Perkins, solos ellos dos. El resto de huéspedes no formarían parte de la expedición. Quizás el miedo o el desinterés se lo impedían. Establecieron una estrategia. Acordaron solidaridad y ayuda mutua. Ninguno de los dos huiría sin el otro. El pacto era a vida o muerte.
Con la mano derecha sujetaban el candelabro. En la izquierda, dos velas que dejarían dispuestas por el trayecto a modo de centinelas.
Descendían al sótano por las escaleras y los llantos se hacían más sonoros. Ramón sabía lo que se encontraría; el inglés, ni figurárselo. Estaba ante una realidad que superaba con creces el mejor relato de ficción y misterio. Los gritos eran cada vez más enérgicos, la distancia se acortaba. Se adentraban con  paso corto y  firme. Se miraban sin hablar. Sus ojos se lo decían todo.
El olor a sangre se percibía, ese hedor entre dulce y ácido, que el olfato, después de la primera vez, nunca olvida. Al final del túnel, girando a la derecha, se abría una galería más espaciosa. Todos los pasadizos convergían allí, como si de una plaza se tratase. Cuerpos destrozados, sangrantes, con cortes en cruz, vagaban arrastrándose a la sala central. La visión era espeluznante. Los gritos de dolor se hacían insoportables. El periodista, estaba inmóvil frente al  infierno que captaban sus pupilas. Temblando, fotografiaba con más pavor que enfoque. Los pasadizos eran afluentes de sangre que se concentraban en el núcleo de la mina. Un espacio de dos alturas, entibado con pericia técnica. Allí se apilaban todos los cuerpos en ofrenda a un sacrificio desconocido y descomunal. Personas ataviadas con hábitos de monje, con la cabeza encapuchada, ordenaban  y organizaban a los flagelados sobre sus asientos. Estaban ante un rito satánico. Los torsos desnudos hasta la cintura, permitían ver las heridas sangrantes. Varones y mujeres giraban  concéntricamente en torno a un crucifijo de piedra que se alzaba hasta el techo.  El extremo  de sus pechos desnudos era atravesado por agujas, en uno de los hitos del ceremonial. La sangre discurría con fluidez por la pendiente del pavimento adoquinado. Los tormentos eran autoimpuestos.
Escondidos en una hornacina al final de la gruta, mesonero y huésped fueron testigos anónimos de un calvario sin igual.

JOSÉ LUIS TORRES


jueves, 28 de diciembre de 2017

PAULA (I)

      Si hubiese sido pájaro, estaría observando desde arriba un océano de coníferas que se extendería bajo sus alas. Un mar verde plata oscura, del que emana intranquilidad. La misma que se respira en los alrededores de la casa escondida en el bosque. Pero ella no es un ave que vuela, es una débil jovencita que se tapa cada noche la cabeza, con la ropa de la cama. Está harta de oír ruidos a todas horas, de ver cosas que la inquietan. Las mismas que a su madre no le preocupan lo más mínimo.
      Hace mucho rato que intenta dormir, pero es tal la angustia que la invade que no puede conciliar el sueño y, por si fuera poco, tiene frío. Trata de concentrarse, pero le asaltan los hechos acontecidos durante el día.
      Esta mañana, mientras tocaba el piano, notó en su nuca que unos ojos la observaban, no había duda. Miró de reojo. No había nadie, pero la cortina se movía. No podía continuar tocando. Sus dedos quedaron inmovilizados sobre un acorde que quedó colgado en el aire. Una presencia cálida se aproximó a ella, diría que la rozó. Se giró por completo y nada, no había nada.
      -  ¡Mamá ¡¡ Mamá ¡
      - ¿Qué pasa Paula?
      - Mamá otra vez hay alguien. Lo sé, no lo veo, pero lo sé. Noto su mirada sobre mí.
     - Tranquilízate, cariño, solo estamos tú y yo. No te preocupes. Debes de hacerme caso y salir de la casa. Es necesario.
     - Me da miedo, no quiero. Hace mucho frío y me siento insegura. Prefiero quedarme aquí.
      - Insisto. Mañana saldremos las dos juntas.
      - No, mamá, he dicho que no.
      Otra vez su madre había dado por zanjado el asunto, quitándole importancia. Eso no podía ser. No es normal. Ella no tiene miedo.
      Mientras piensa esto, comienza a oír ruidos en el armario. Es como si alguien estuviese revolviendo su ropa, sus zapatos. Se tapa aún más la cabeza, cerrando fuertemente los ojos. Con sus débiles manos, aprieta los oídos. De pronto, algo cae sobre su cama. Le están echando la ropa encima; el choque de las perchas al caer es inconfundible. Ya no puede más, su corazón ha iniciado una carrera desenfrenada, que amenaza con romperlo en pedazos. Su cuerpo tiembla, como la temerosa llama de una candela, vapuleada por el viento. Se arma de valor, saca la cabeza y grita con todas sus fuerzas. Se vuelve a tapar.
     - ¡Mamá! ¡Mamá!
      Unos pasos rápidos se acercan a la cama. Ya está a salvo. Reúne fuerzas y, emergiendo de aquel lío de prendas, abre los ojos y ve su armario abierto, las perchas vacías, todas las luces encendidas. La ventana también está abierta. Ella cerró la lámpara antes de irse a dormir. Además ¿cómo va a dejar la ventana así? Tiene frío.
     - ¿Paula, me has llamado? ¿Qué quieres?
     - Otra vez ha pasado, ahora no podrás negarlo. Mira el armario. Mira la ventana. ¿Y las luces? Yo las apagué.
    - Tranquila, todo tiene su explicación. Dale tiempo. Para empezar, a partir de mañana, vas a salir al jardín. Dejarás atrás estas cuatro paredes. Cuando lo hagas, todo se arreglará. No puedes seguir metida en casa. Esta situación te produce ansiedad, te hace vivir una irrealidad.
   - No quiero salir, me da miedo, ¿Cuántas veces debo decírtelo? Hay algo que me paraliza, una fuerza desconocida tira de mí, algo que me apega a la casa. Sé qué debo hacerte caso, pero de verdad, mami, no puedo, deja que me quede aquí contigo, estoy mejor.
     - Insisto, no podemos seguir así. Hay que terminar con esta situación.
     - No quiero, no quiero - la niña está llorando -, déjame.
    - Bueno - dice la madre con todo cariño, mientras despeja la cama de ropa-, descansa tranquila. Yo me quedaré a tu lado toda la noche. Dame tu mano, se acabó la angustia.

      Rápidamente la chiquilla cae derrotada en brazos de un sueño profundo, presumiblemente reparador, apretando la mano de su madre más allá de la conciencia.

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PAULA (II)


      Por la mañana, el sol, ajeno a la situación de la muchacha, se aposenta sobre su rojizo pelo enmarañado. Su luz y la claridad con la que baña la habitación, contribuye a que la niña abra los ojos lentamente bajo la sabana.
      Su madre ya no está en el dormitorio. El sillón permanece vacío, con un cojín y una manta que resbala del mismo. Se respira silencio y tranquilidad, hasta que la puerta de habitación cede, ante el empuje de algo o alguien. Una ráfaga de viento le da en la cara, y ese algo o alguien salta sobre ella. No ve qué es, pero da botes incesantemente a su alrededor, tocando sus manos y su cara con algo húmedo y caliente.
      Entra en pánico, grita y grita, llora llamando a su benefactora. Ante esa explosión, el ajetreo de la cama cesa bruscamente, parece como si el ser que forma tanta algarabía se hubiera asustado. Ya ha parado ¿se habrá ido?
   Toma aire y se levanta, dándose cuenta de que el suelo está mojado, hay huellas húmedas en la moqueta. Echa a correr hasta el pasillo, pudiendo comprobar cómo las marcas, de forma incomprensible, se van estampando una a una en el suelo, sin que haya vestigio de ser vivo alguno.
    Haciendo acopio de calma, se tranquiliza y baja al salón. En la parte baja de la casa tampoco hay nadie. Toma asiento en el sofá estampado, que está junto a la ventana. Hace un magnifico día. Pierde su mirada entre los árboles centenarios que rodean la casa. Su perfil es acariciado por el sol, que la envuelve en un halo de melancolía, mostrándola irreal e inalcanzable.
      - ¡Ahhh ¡¡ Ahhh ¡
      Algo le ha tocado la cara. Algo caliente, baboso, dos, tres… cuatro veces. Ante sus berridos, el roce cesa. La puerta trasera de la casa se abre incomprensiblemente y se vuelve a cerrar: algo ha salido a la calle. Se levanta angustiada, busca a su madre y no la encuentra.
      La televisión está funcionando, la cafetera pita avisando que el café ya está listo, el pan atrapado dentro del tostador. Sigue estando sola.
     La ventana y el sol que la traspasa, atraen nuevamente su atención, la llaman seductoramente. En su cabeza suena la voz de su madre insistiéndole en que salga: “Cariño, debes intentarlo”.
      Oye ruidos. Vuelve su frágil y menudo cuerpo hacía el interior de la habitación. Ahora las tazas de café humean sobre la mesa, junto a la cafetera. La televisión está apagada y las tostadas lucen cubiertas de una colorida capa de mermelada. No hay nadie.     Nuevamente es presa del terror. Quizá en la calle esté mejor. Mamá siempre la ha protegido, confía en ella. Debe dejar atrás esa locura, esa inquietud que la embarga y, por supuesto, las presencias que la intranquilizan, produciéndole un brutal desasosiego.

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PAULA (y III)

     Traspasa el umbral de la puerta y sale al jardín, metida en su camisón blanco, feo, largo. A sus descalzos pies, no les importa el frío del suelo, ni los charcos. Por fin ha superado la barrera que ella misma había levantado, ha logrado salir. Su pelo flota como un enjambre de hilos de seda, enmarcando su pálida cara, donde unos círculos negros rodean sus ojos, quitándoles todo el brillo y la alegría que deberían tener.
      El jardín está tranquilo, extrañamente silencioso. Observa algo colorido en un pequeño promontorio, donde a ella le gusta sentarse, bajo un pinsapo. "Flores, hay flores en el jardín -piensa gratamente sorprendida-. Quizá se ha adelantado la primavera. Son margaritas azules, las que a mí me gustan".
      La visión de las flores la deja desconcertada. Hay margaritas, rosas, azucenas y algunas otras de las que desconoce el nombre. Pero no es primavera. Bajo los abetos, en las zonas sombrías, hay mucha nieve. Además, son ramos de flores depositados sobre un trozo de piedra blanca, pulida con mucho brillo, en el que resalta un medallón dorado, con la imagen de una niña abrazando un precioso perro. Abajo unas letras doradas con una inscripción:
                                                   PAULA
                                  IX XII MMIII - IX XII MMXVII
"Es la fecha de mi cumpleaños y la niña de la foto … soy yo ¿Qué es esto?, ¿Qué es D.E.P.?".
      Una oleada de frío invade su desprotegido cuerpo. Comienza a recordar: el día de su cumple salió a la calle a jugar con la nieve, con sus primos y con Rony, su perro. Aún faltaba un rato para la fiesta, mamá preparaba la tarta, pero la fiesta no llegó.
      Sus primos subieron todos a la casita del árbol y ella fue detrás a intentar atraparlos, pero sus pies resbalaron y cayó. Sintió mucho dolor en la cabeza. Notó como Rony le lamía la cara. Después nada más.
      Pronto comenzó a escuchar los gritos, los llantos y el miedo. Ella estaba encima de su cama, con unas margaritas azules entre sus manos. Unas potentes luces la atraían. A su lado su madre cogía su mano tiernamente, dándole un poco de calor a su abandonado y frío cuerpo. Mamá le daba más seguridad que las luces que la llamaban, decidió quedarse con ella.
      El frío ha desaparecido. Levanta su mirada hacia la casa familiar y allí ve a su madre, en la puerta, vestida de negro, con su mismo color de pelo. Cuando la peinaba le decía: “Paula, compartimos color”. A sus pies, un perro pequeño, con rizos blancos, ladra sin parar, quiere alcanzarla, llegar donde está para lamerla una vez más. Por fin lo podía ver. Ahora comprende, ya encontró quién da botes en la cama con su presencia cálida y húmeda: Rony …su fiel perro. De los ojos de su madre caen lágrimas entremezclando el dolor y la tranquilidad. Ya todo ha pasado su hija por fin ha salido para encontrar su trágico camino.
      Paula no fue, es, ni será pájaro, pero desde arriba seguirá mirando la casa y los seres que nunca olvidará. A partir de ahora sus ojos permanecerán vivos, desbordantes de brillo. Por encima de los abetos, compartirá las bellas vistas con las aves del bosque.

MAITE MARTÍN



miércoles, 27 de diciembre de 2017

EL SECRETO (I)

            La primera vez que vimos a Rosario fue un caluroso día de agosto. Entró en el salón de usos múltiples acompañada de la cuidadora de turno, a la que presentó al resto de los residentes de la forma ya establecida por la costumbre del centro. Dio la casualidad que las más cercanas a la puerta en aquel momento éramos nosotras. Julia, la relaciones públicas por excelencia, se apresuró a darle la bienvenida. A la vez, empezaba a intentar enterarse de la vida y milagros de la nueva. Era su especialidad.
            Los sentimientos de ese primer encuentro son casi iguales a los experimentados el primer día que fuimos al colegio. En los dos se respira soledad y miedo a lo desconocido, estados de ánimo que en ambos casos ayudan a crear lazos y aúnan corazones. Solamente se diferencian las edades y los equipajes que cada cual porta a su llegada. Al colegio se lleva una mochila nueva, llena de lápices de colores, libretas en blanco y libros con lecciones por aprender. A la residencia se llega con todas las lecciones ya aprendidas, mochilas viejas, llenas de recuerdos y frustraciones. Cada nuevo compañero nos hace recordar nuestra llegada y nos predispone a darle la acogida que recibimos en su momento.
            Al decir "nosotras", me refería al grupo de tres que de forma casi imperceptible habíamos formado: Julia, Paquita y María (que soy yo).
            Saltaba a la vista que Rosario era una mujer de origen humilde. Con solo mirar sus manos se podía imaginar su vida de trabajo duro. Sus modales eran impecables. Y toda ella era afabilidad y predisposición a ayudar y cooperar. Según la fui conociendo, noté en su mirada como un velo de miedo y a veces hasta una chispa de terror, que se acentuaba cuando hablaba de "aquello". Así definía un episodio de su vida del que nunca hablaba, pero que se notaba a la legua que, fuera lo que fuera, había marcado un antes y un después en su historia.
            No era muy culta, pero utilizaba bastante bien el lenguaje y era muy educada y respetuosa. Ella misma confesaba que apenas fue a la escuela, lo justo para aprender a leer, escribir y las cuatro reglas. Poseía un saber estar y una filosofía de vida envidiables, la que sólo son capaces de tener las personas sencillas después de cribar vivencias, olvidar rencores y guardar recuerdos.
            No tardó mucho en integrarse en nuestro grupo. Su llegada fue como un soplo de aire fresco y conciliador. Nuestra relación, aunque buena, siempre estuvo viciada por "el yo más que tú y lo mío lo mejor"- Nunca entró en nuestro juego. Es más, cuando alguna de nosotras presumía de algo, ella en su sencillez contaba alguna vivencia disparatada, relacionada con el tema, con la que siempre conseguía atajar la disputa que se podría avecinar.
            Un día nos contó cómo vivió su ju­ventud.
            ­-Dejé de ir a la escuela, para cuidar de mis hermanos. Éramos 5 y yo era la mayor. Mientras, mi madre iba a trabajar al campo o en lo que se terciara. No he hecho otra cosa que limpiar y sacar brillo en casas ajenas; mi padre, cuando yo tenía unos 14 ó 15 años, dispuso que me fuera a una casa a servir. Él lo organizó todo, yo sólo hice mi hatillo con las cuatro cosas que tenía y seguí a mi padre cuando él dispuso. Cuando vi la casa me pareció un palacio, acostumbrada sólo a la nuestra, que era casi una chabola. Me sentí en la gloria con sólo pisar el escalón. ¡Qué ilusa fui! Lo que me pareció la gloria iba a ser el infierno más grande que nunca pude imaginar. La señora me gustó nada más verla. Era muy guapa, amable y muy muy cariñosa. Los niños eran tres soles. El que no me gustó desde el primer momento fue el padre. Le encontré un no sé qué en la mirada. Me sentía más cómoda mirando los brillantes zapatos que cada mañana yo le lustraba, que viendo su cara.
            Al llegar a este punto a Rosario le asomó a los ojos aquel destello de rabia y rencor que ya conocíamos; pidiendo perdón se alejó apresuradamente.   
            -El señorito como ella lo llama, la violó. Estoy segura -comenzó Julia.
            -Pues yo pienso otra cosa. Creo que fue un tema de robo o algo así y él fue quien la descubrió y la denunció. Probablemente estuvo en la cárcel.

            -Imposible -tercié yo-, a esta muchacha la veo incapaz de haber cometido algún delito. Yo siempre he pensado en la teoría de la violación y hasta he barajado la probabilidad de que haya sido víctima de un incesto. Hoy, por su reacción, descarto esta segunda hipótesis. Estoy de acuerdo con Julia. El señor la violó y luego es posible que la obligara a abortar. Lo único cierto es que nos ha dejado con la miel en los labios. Creíamos que lo iba a contar... a ver si la próxima vez tenemos más suerte.

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EL SECRETO (y II)

            No hubo próxima vez. Tres meses escasos nos duró su compañía. Un día de otoño, inesperadamente, se marchó. Se fue del mismo modo que había llegado, sigilosamente, llevándose en su mochila su secreto.
            Su paso fue breve, pero intenso. Fue una lección viva de prudencia y sencillez, mezclada con un halo de misterio.
            ¡¡¡Ahora sí que no averiguaríamos el secreto!!!
            Más o menos un mes después de su partida, una noche tuve un sueño inquietante, un sueño que no olvidaré jamás. Soñé que en una vieja casona me encontraba charlando con Rosario y una mujer muy bella. No recuerdo de qué hablábamos, solo sé que Rosario le preguntó a la otra persona.
            -¿Se lo hago?
            -Si, le respodió.
            Vino hacia mi, como para abrazarme y me traspasó. Desperté preguntando.
            -¿Es verdad que hay algo después?, ¿qué hay, qué hay?
            Me senté en la cama desconcertada y confusa. ¿Había sido un sueño o realidad? Creo que nunca lo averiguaré.
            Justo a la mañana siguiente, la directora del centro se acercó a nosotras con un sobre en la mano.
            -Buenos días, esto debe ser para vosotras. Lo encontró una cuidadora entre las cosas de Rosario, pero se despistó y hasta ahora no me lo ha dado.
            Julia, la más decidida, cogió el sobre en el que había escrito el nombre de las tres. Nos quedamos petrificadas (yo más, después del sueño, que no había contado a nadie), balbuceantes y aturdidas. Dimos las gracias a la directora y nos dirigimos a una mesa apartada.
            Después de darle tres o cuatro vueltas con manos temblorosas, abrimos el sobre. El texto era el siguiente:
            "Queridas amigas, sé que mi carta os sorprenderá, pero creo que os debo una explicación. Lo que pensabais que era un secreto que no quería contaros, no es que fuera un pecado que no quería que supierais. Era que no podía hablar de ello, por el horror tan grande que pasé. En la primera casa en que mi padre me puso a servir, una noche el señorito mandó traer del casino del pueblo una gran caja con muchas botellas y mucha comida, y muy buena. Dijo que, cuando se acostaran los niños, íbamos a celebrar una cosa. Así fue. Cuando se acostaron, empezamos a comer y sobre todo a beber. A mí, que me llenara de vino una copa detrás de otra no me estaba gustando. Sin que se dieran cuenta, no me lo bebía y lo tiraba en una maceta que había al lado de mi silla. El niño chico se despertó y fui por él para dormirlo otra vez. No paraban de beber los dos, se lo estaban pasando muy bien. Empecé a sentir miedo. De pronto, él sacó una pistola y le dio un tiro a su mujer en la cabeza. Se volvió hacia mí y me tiró también. Yo caí al suelo sin conocimiento. No sé el tiempo que pasó, solo sé que al despertarme no estaba en el cielo como yo esperaba, sino en el suelo con el niño llorando al lado, las niñas gritando arriba de la escalera y los padres muertos los dos. El tiro mío estaba en el respaldo de la silla. Me contaron que, al parecer, yo me desmayé y él me dio por muerta. Lo he pasado tan mal desde entonces, que muchas veces he pensado si no hubiera sido mejor no haberme desmayado.
            Con el tiempo me enteré que lo hizo, porque había robado y lo habían denunciado. Este es mi secreto. Os debía una explicación, por haber salido corriendo tantas veces. Os doy las gracias por vuestra amistad y quiero que sepáis que no es que no quisiera contarlo, es que nunca pude.
            Os quiere
                              Rosario"
            Un escalofrío recorrió mi cuerpo. El sueño, la carta...

ROSA ARJONA
           

            

martes, 26 de diciembre de 2017

VIDA LÍQUIDA (I)

Llevo toda la vida en busca de artefactos de valor, historiados o de leyenda. Por ellos he ido a los confines del mundo, donde las personas racionales jamás pondrían un pie, allá donde el instinto y mi idealismo me guían. Hace unas semanas obtuve la pista de uno de estos raros objetos. Al principio no despertó demasiado mi interés, hasta que conocí su leyenda. Intrigado, hice mis indagaciones. Me convencieron de que era algo genuino. Aparecía en varios documentos de distintas épocas y por fin me decidí a su búsqueda implacable.
Varios meses después de pasar por innumerables contratiempos, pistas falsas o que simplemente se perdían llegado cierto punto, como por azar escuché una historia de un amable pastor que me guio a la entrada de una cueva. Me contaba que dentro, en lo más profundo, se encontraban unas ruinas. En ellas había una vasija. Se decía que al beber de ella se alargaba la vida o producía una muerte instantánea.


En mi entusiasmo, con equipo de escalada, objetos útiles y víveres para un tiempo, me adentré. Tardé cinco días en verle un final al oscuro túnel. Hubo momentos en los que el desánimo me embargó, pero mereció la pena, solo ver el escenario que tenía enfrente.
Una ciudad en ruinas tan espléndida, que acongojaba, toda ella abierta al exterior, como excavada y bañada por la luz de la luna. Paseando por sus calles, todavía se podían ver restos de vajilla en mesas y otros muebles tallados en piedra. Al final se podía ver una especie de edificación a la que se accedía por escaleras. 
          Podría ser un templo. Parecía un edificio principal. En la cima se tenía una vista panorámica del lugar. Ahora, más de cerca, se podía ver que era una especie de mansión. Me llamó mucho la atención que esta no estaba tan derruida por dentro como todo lo demás que había visto en el camino.

Miré cada habitación. Me alarmó el hecho de que pareciera que podría vivir alguien, hasta había un huerto funcional en el enorme patio interior. Comencé a sospechar que no era el primero en hallar este paradisíaco lugar. Un leve gemido me despertó de la ensoñación. A medida que me acercaba parecía más bien como un sollozo. Detrás de una pesada puerta entreabierta vi con claridad una persona. Un hombre de aspecto triste, parecía estar hablándole a la luna. Me acerqué cautelosamente en un intento de escuchar su conversación. Pude identificar unas pocas palabras, entre ellas “maldición” y “muerte”. Al querer dar marcha atrás me tropecé con un escalón y caí de culo en el suelo, provocando el sobresalto de su morador. Se acercó a mí.

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VIDA LÍQUIDA (y II)

No podía descifrar sus intenciones, más bien percibía una mezcla de varias. Cuando estuvo a dos metros de mí, extendió sus brazos de forma brusca hacia mi cabeza. Como un acto reflejo, agarré lo primero que encontré, puse la cómoda entre esta personas y yo. De un empujón lo hizo a un lado, con tanta fuerza, que parte de él se resquebrajó. Sin detener su avance, volvió a mí, lo tenía encima. Me arrastré hacia atrás, hasta chocar mi espalda con un muro.
Escuché el sonido de algo mal atornillado encima de mi cabeza, me encogí y cerré fuertemente los ojos. Un ruido seco dio paso al silencio total.
Abrí los párpados y vi como su cabeza estaba fracturada por un candelabro de piedra. Me levanté despacio y observé el cuerpo sin detenerme demasiado en los detalles. Vestido con atuendos anticuados.
En la sala más alejada encuentro lo que parece una biblioteca. Al fondo, en una estantería llena de diferentes piezas antiguas, veo una vasija. Por la descripción que tenía, debía ser aquella. La cojo con ambas manos, examino su contorno opaco.
No puedo identificar su material. La agito, contiene líquido. La abro y huelo su dulce contenido.
En el atril, justo al lado, puedo ver un grueso libro abierto y una frase desgastada. Da la impresión de que es por pasar los dedos demasiadas veces por encima. Alcanzo a leer: “Oculto de las manos de aquellos que solo buscan interés terrenal, en un trago esta la inmortalidad fluyendo ahora en su ser”.
En un pequeño cuarto al otro lado podía ver una variedad de objetos personales de muchísimas personas. Pensé cuántos desgraciados habrían perecido en manos de la masa sin vida en el patio. Guardé en mi mochila el recipiente y me apresuré a salir de la urbe lo más rápido que podía.
Al llegar allí y desaparecer en su interior, una punzada de terror comenzó dentro de mí como una corriente eléctrica. Las marcas que dejé con tiza en las paredes como indicación estaban borradas.
Me senté en el suelo, sonriendo amargamente. Ya no podía salir, moriría en este lugar. Palpe mi bolsa y sentí su interior. Tome un sorbo del contenido de la vasija y esperé mientras me abandonaba al sueño.
Desperté cuando la luz del sol acarició mi rostro. Con aturdimiento comencé a recordar todos los acontecimientos de la noche pasada. Aún seguía con vida.
Después de familiarizarme con mi entorno y prepararme mentalmente para vivir en este lugar, revisé y leí los libros. Por mi última cuenta, de esto hace ya treinta años, en los que no he envejecido ni un día. Alguna extraña maldición se apoderó de mi cuerpo y espero a una muerte que no se si alguna vez llegará.
ELENA GARCÍA MUÑOZ



EN EL UMBRAL (I)

           Carmen viajaba en su coche hacia la casa que había heredado de su tío abuelo. Éste, durante mucho tiempo, trabajó como médico; pero nunca supo su  familia cuál era su verdadera especialidad. Los cuervos la observaban sigilosamente como si estuvieran espiándola a lo largo de un oscuro y tenebroso bosque. Cuando llegó, detuvo su coche   y permaneció sentada durante unos minutos observando su herencia. Una mansión de piedra rojiza de tres plantas, provista de mármol y obra de marquetería cuyo herrumbroso y descolorido esplendor era muestra de la exquisita opulencia que debió tener en otra época. Diminutos hongos se extendían por toda la fachada y desde la cornisa colgaba una fina y enmarañada tela de araña.

            Las habitaciones eran amplias y de techo alto, empapeladas con el peor gusto y ridículamente adornadas con artesonado de escayola, con un persistente olor a humedad. Una creciente e indefinible atmósfera de pánico parecía desprenderse de aquel lugar. El ama de llaves, una desaliñada y casi barbuda mujer llamada Adela, le indicó su habitación, en un laberíntico y oscuro pasillo, que finalizaba en un ascensor, con un candado. Aquello le pareció extraño.
            Estaba tan cansada, después del largo viaje, que al tumbarse en la cama se quedó dormida. Un escalofriante alarido la despertó a media noche. Se levantó sobresaltada y, asomándose al pasillo, comprobó que no había nadie. <<El cansancio>> pensó, y no le dio más vueltas al asunto.   
            Carmen  estaba muy interesada en conocer aquel lugar. Era perfecto para escribir su segunda novela. Había pasado varias horas vagueando ante el ordenador, así que decidió que era momento de estirar los músculos haciendo algo de ejercicio, como salir a pasear por el jardín y fumarse un cigarrillo, disfrutando de cada calada. Echaba de menos los ruidos de la ciudad. A veces tenía la sensación de que la casa la vigilaba. Cuando acabó el cigarrillo, entró en ella. Por un momento pensó subir por las escaleras, hasta su habitación.  Pero se dio cuenta de que la puerta del ascensor estaba entornada  en la planta baja. La muchacha  se detuvo unos instantes, indecisa, frente a él; al final se decidió por entrar en el habitáculo. La estructura era vieja. Sus paredes, los espejos y su cuadro de botones tendrían más de cincuenta años. Lo que más le llamó atención fue que, aunque había un botón para cada piso, para el sótano había una  cerradura y de ésta colgaba una llave. La miró con curiosidad. Entonces, una idea se le pasó por la cabeza. En lugar de pulsar el botón del primer piso, dio la vuelta a la llave. Para acceder al sótano, había que girar la llave hacia la izquierda, pero, ¿qué ocurriría si la giraba hacia la derecha? La cerradura hacía tope, como era de esperar. Pero volvió a intentarlo con más fuerza. En ese momento, de forma inesperada, la cerradura cedió, poniendo el ascensor en marcha. Sorprendida ante aquello, fijó los ojos en el indicador luminoso. Mientras el ascensor descendía, aquél pasó de mostrar un cero a mostrar un menos uno. Pero el ascensor no se detuvo. Durante unos minutos,  continuó bajando, traqueteando y rugiendo por su antigüedad.  El indicador luminoso mostraba menos dos. De repente, el ascensor se detuvo y su puerta se abrió.


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