martes, 11 de abril de 2017

AVIVANDO LA MEMORIA

Ayer me puse a mirar la gente que paseaba por la plaza. Me fijaba en todos los detalles. Los ancianos caminando pausados, los jóvenes alocados mirando el móvil constantemente, las mujeres cargadas con las bolsas de la compra, pero lo que más me gustaba era ver a los niños jugar. Llamó mi atención especialmente una niña que llevaba de la mano a un chiquitín algo más pequeño que ella, adoptando una actitud de responsable mamá. Vi reflejada en ellos la imagen de mi hermano y yo cuando íbamos cada día camino del colegio y yo sentía que desempeñaba una misión importante porque, como era la hermana mayor, tenía la obligación de cuidarlo. También vino a mi memoria el recuerdo de las muchas trastadas que hacíamos de pequeños y cómo me crispaba que siempre la reprimenda me la llevara yo porque era la mayor. Es verdad que la mayoría de las veces yo era la impulsora de todo, pero ahora veo que también se trataba de una estrategia de mi madre para  hacer crecer en mí el sentido de responsabilidad.
Nunca se me olvidará un día en que mamá me increpó muy enfadada mientras yo me encontraba totalmente abstraída cortándole el pelo a mi Nancy.
-¿Dónde está tu hermano?
Miré a mi alrededor y allí estaban los coches y el tractor del remolque con los que él estaba jugando.
-¿Y qué le estás haciendo a la Nancy? -volvió a decirme mi madre cada vez más irritada- ¿Estás destrozando la muñeca en vez de estar pendiente del niño?
Yo traté de esconder las tijeras y los manojos de pelo que había por el suelo mientras me preguntaba cómo había desaparecido mi hermano que unos momentos antes se encontraba jugando a mi lado.
Observamos que la puerta de la casa estaba abierta y fuimos a buscar en el zaguán. Tampoco estaba allí. En la calle se oían voces de niños.
-¡Churro, mediamanga y manguero!
Salimos a ver si, como hacía otras veces, se encontraba viendo jugar a los niños grandes. Pero no, no estaba.
-¿Habéis visto a Miguelito? –les preguntó mi madre.
-Yo lo he visto ahí sentado en el escalón –respondió uno de ellos.
Yo me asusté recordando el día que pasaron unas gitanas con unos grandes canastos y mi abuela me dijo que se llevaban dentro a los niños que eran malos. “Le han visto en el escalón y ¡zas! al canasto”, pensé.
-¡Miguel! ¡Miguelitooo! –gritaba mamá.
-Estará en los Serruchos –dijo uno de los niños.
Los Serruchos era el apodo de los vecinos de enfrente que tenían una carpintería donde los niños iban con frecuencia a pedir serrín y taquitos de madera. Cruzamos la calle y entramos a la casa para preguntar por él.
-¿No está aquí mi Miguel Ángel? –dijo mi madre a los carpinteros.
Yo me fui directa al patio, buscando el gallinero donde solía ir con mi hermano a ver cómo los enormes pavos, con sus largos mocos rojos colgando, gorgoreaban y se paseaban andando majestuosos. Metíamos los dedos por los agujeros de la tela metálica y los retirábamos raudos cuando alguno se acercaba, o les echábamos a trocitos el pan de la merienda para comernos solo la onza de chocolate. “A ver si se lo ha comido un pavo”, llegué a pensar  yo, pero en seguida comprendí que no. Los pavos se paseaban tranquilos y las puertas del gallinero estaban perfectamente cerradas.
-¡Miguelitooo! –seguía gritando mamá en la carpintería.
Yo volví a entrar dentro y me fui derechita al rincón del serrín. A menudo nos sentábamos  allí, sobre aquel mullido colchón, a pesar de la reprimenda que nos daba mamá al vernos llegar a casa totalmente empolvados.
-¡Aquí está! ¡Aquí! –grité con fuerza cuando vi los zapatos de mi hermano asomando entre el serrín.
Todos corrieron al oír mis voces y quedaron momentáneamente  mudos temiendo interrumpir el plácido sueño del angelito. Allí, medio enterrado entre el esponjoso serrín, con unas rizadas virutas engalanándole el pelo, se encontraba Miguelito, soñando quien sabe qué aventuras, mientras yo, tras el miedo pasado, aprendía a ser una responsable hermana mayor.


MARÍA ROSARIO FERNÁNDEZ GARCÍA

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