jueves, 27 de abril de 2017

EL ALIADO

     Los sentenciados a muerte se alineaban de pie en la playa. La arena tragaría la sangre aún caliente y las corrientes marinas, después, transportarían los cadáveres a lugares muy lejanos. Un pelotón uniformado cargaba los arcabuces. El capitán ordenó a uno de sus subordinados que vendase los ojos a los infelices presos. El último de todos, sonriendo y completamente tranquilo, no permitió que lo privaran de la visión.
        Los experimentados soldados acataron las órdenes de su superior y llenaron de plomo el vulnerable pecho del primer ajusticiado. A las detonaciones siguieron los gestos mortales de la víctima y los gritos de pánico y angustia de sus compañeros de infortunio.  Cargaron de nuevo sus armas, apuntaron al siguiente reo, dispararon y lo derribaron, siempre bajo las escuetas órdenes del capitán. La  macabra sucesión de hechos continuó hasta que sólo quedó en pie el individuo sonriente, que miraba fijamente a un punto perdido en el cielo. Otra vez sonó la orden de cargar, apuntar… Un colorido caburul, cuyo vuelo nadie advirtió, se posó en un hombro del condenado. Los militares quedaron paralizados por la sorpresa. Nunca habían visto antes un ejemplar vivo de esa especie sagrada. Por fin, conteniendo la respiración, miraron expectantes a su jefe.
        El capitán tenía la vista clavada en el extraordinario animal. No comprendía cómo había llegado hasta allí ni por qué había elegido a aquel desgraciado como compañero. Tras unos instantes de completo bloqueo, respiró hondo y aulló:
        - ¡Que nadie dispare!
        Por nada del mundo podía correr el riesgo de que el  pájaro resultase herido. Tampoco le estaba permitido tocarlo. De algún modo tenía que ahuyentarlo con sumo cuidado. Se acercó, e hizo gestos ostensibles con los brazos. Después agitó un pañuelo de vivos colores, pero el  animal  no abandonó el hombro donde se posaba.
     - Bien -dijo el gerifalte tras unos instantes de reflexión-, esperemos. Antes o después emprenderá el vuelo y se marchará.
        Pasaron  horas interminables. El día dio paso al siguiente, pero nada cambió. Poco a poco los soldados, cuya disciplina les impedía sentarse, empezaron a sentir calambres en las piernas que progresivamente se extendieron por todo el cuerpo. Exhaustos, cayeron al suelo uno a continuación del otro, y en seguida se durmieron. El avezado capitán siguió aguardando a que desapareciese el alado representante de la divinidad para despertar a sus hombres y cumplir con su deber. Pero también él fue vencido por la creciente fatiga. Entonces, el preso separó de su espalda los brazos. El caburul se posó en las manos y rompió a picotazos las ataduras. Una vez libre, se frotó repetidamente las magulladas muñecas mientras intercambiaba sonidos guturales con su salvador. Por fin, el ave se elevó majestuosamente en el aire sin dejar de observar cómo el que estuvo a punto de ser ajusticiado abandonaba el macabro lugar sonriente y tranquilo.

MANUEL PEDRAZA


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