martes, 25 de abril de 2017

EL REGRESO

Al fin, ahí está. Preciosa, liviana, brillante, me mira desde arriba, contenta de haber vuelto. Entona su armonioso canto con gran ímpetu, como si quisiera anunciar a todos su llegada. He salido al patio y lo he encontrado más alegre, más luminoso, con las plantas más verdes y las flores más coloreadas. Tal vez han avivado sus colores para darle la bienvenida a nuestra querida viajera, que revolotea canturreando su trino a modo de saludo. Se ha parado en la reja de una ventana y ha comenzado a arreglar su plumaje con el pico. Yo le he sacado una fuente con agua fresca y se la he colocado en un rincón por si quiere saciar la sed después de tan largo  viaje. Y en seguida he avisado a mi mujer:
-¡Mari! ¡Mariquilla, ven! ¡Ya tenemos aquí una golondrina!
Ella ha salido con sigilo, temiendo asustarla.
-Ven, mira donde está –le he dicho mientras señalo con el dedo el lugar donde se ha posado-. Es un macho. ¿No ves las largas puntas de la horquilla de la cola?  Por eso lo sé. Pronto llegará también la hembra.
Foto de la autora
Los dos hemos estado un rato contemplándola mientras hablábamos de la ilusión que les haría verla a los nietos cuando vinieran. Hemos observado el nido de barro junto al alero del tejado y nos ha parecido que está intacto desde que lo dejaron el año pasado. “Estas golondrinas son unas buenas constructoras”, he pensado yo. Pero también son unas perfeccionistas y ahora pasaran varios días reconstruyéndolo. En seguida comenzarán sus idas y venidas a las charcas cercanas para recoger bolitas de barro con las que reforzar cualquier pequeña grieta que pueda haber en la que será la morada de sus pequeños polluelos. Cada año siguen los mismos rituales. Yo he aprendido mucho de sus costumbres desde que me jubilé ya que he pasado muchas horas contemplándolas. Fue maravilloso observar el cortejo de la enamorada parejita y después ver como alimentaban a los pollitos y como éstos iban creciendo hasta abandonar el nido.
Pero al final del verano se marcharon sin decir adiós. Un buen día encontré el nido vacío y por más que levanté la vista al cielo no aparecían. Siguiendo el mandato de la naturaleza habían emprendido su viaje hacia el sur.
 Siempre me queda la ilusión de que regresarán, pero cuando pienso los kilómetros que tienen que recorrer, los peligros a los que se tienen que enfrentar, no puedo dejar de emocionarme al ver que de nuevo están ahí. El gran misterio del instinto de la vida las hace volver cada año anunciando que la primavera va a llegar. 


María Rosario Fernández



1 comentario:

  1. Este relato se lo quiero dedicar a Eduardo y Mari, los auténticos protagonistas y los mas grandes defensores de las aves que conozco.
    Con todo mi cariño
    Rosi

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