miércoles, 26 de abril de 2017

RECUERDOS DE MI INFANCIA

Lo que más me gustaba del verano eran las noches. Durante el día, era un no parar. Por la mañana, mi madre venía a despertarnos.
- Venga niños, levantaos, que hay que hacer las camas y limpiar las habitaciones . ¡¡¡Venga,  vamos,  que sois “vendo-sol- y- compro-aceite”!!!
Esto era casi todos los días.
Cuando llegábamos al comedor, cómo olía, ya teníamos nuestro desayuno. Un buen tazón de café con leche (de pucherillo, entonces no había cafeteras como las de ahora) y el mollete, con chicharrones, mantequilla o aceite.
Nada más terminar, ya me iba a la calle. Qué bullicio había a todas horas. Se escuchaba a los vendedores pregonando sus mercancías: “Vamos niña, que tengo los boquerones muy frescos”. O el melonero: “Dulce como la cañaduz, ¿ lo quieres probar?”.
Yo me iba en busca de mis primas a jugar. Algunos días acabábamos jugando en los tejados. Era muy divertido.
Otras mañanas, las pasaba leyendo cuentos, en mi casa o en casa de la novia de mi hermano. Tenía montones de cuentos y revistas del Reader Digest. Todas las lecturas me gustaban. Me abstraía tanto, que  olvidaba que llegaba la hora del almuerzo. Mi madre, si llegada la hora de comer no aparecía, llamaba allí y, cuando me avisaban, salía corriendo para evitar la regañina.
Las tardes, más tranquilas.  Hacía tanto calor que te quedabas aplanada. Veía a mi madre y a mi abuela coser y escuchaba lo que contaban o jugaba con mis hermanos en la azotea.
Cuando anochecía, mi padre subía de la tienda, sacaban la mesa de la cocina a la azotea y era una maravilla cenar allí. Nunca olvidaré las fragancias de esas noches, el jazmín y, sobre todo, la dama de noche.
Me daba prisa en acabar de comer. Cada cual, cuando terminaba, se iba bajando para jugar en la calle. Luego bajarían mis padres y se sentarían en la puerta para charlar con los otros padres, vigilando nuestros juegos.
Las calles estaban oscuras, había poca iluminación, tenues bombillas en las farolas y las luces de las casas.
Una noche bajaba, alocada, las escaleras de mi casa. Los niños ya hacía rato que se oían en la calle. Me lo estaba perdiendo. Al llegar al zaguán, un hombre con un saco al hombro entraba y salía del portal. “Dios, ¡¡el tío del saco!! Ya me lo decía mi abuela. Había  venido a llevarme porque era muy mala. Me puse a gritar como loca: “¡¡Mamá, mamá, ayyyyyy!! Papá , mamá.”
A los gritos, mis padres bajaron que se mataban por las escaleras. Abren  la cancela y…
El hombre les habló muy azorado.
−Perdonen, yo no le he hecho nada. Vengo con estas almendras a Corucho para venderlas y no estaba seguro de cuál era el portal.
Mis padres me miraron. Creo  que mi cara de terror fue lo que  les haría mondarse de risa. Pensé que del hombre del saco, al menos por esa vez, me había librado.
MAITE GALLARDO




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