jueves, 27 de abril de 2017

REGRESO

Paseaba por la playa, oyendo el suave ronroneo surgido entre las olas y los chinitos de la orilla. Cortejo infinito que se repetía día a día sin cesar. Siempre le había gustado escuchar ese vaivén suave y repetitivo del mar.
El ocaso ya estaba cerca. El Sol comenzaba a esconderse tras la recta azulada del horizonte. Buscaba el espacio donde la promiscuidad de las aguas y el cielo tienen su paraíso. Los colores rojizos y oro con destellos de maravillosa luz ahora ambarina, luego carmesí, eran todo un regalo para la vista.
A esa hora no había nadie en la playa. El verano ya estaba muy lejos y la brisa marina, fría y húmeda, no era tan agradable como en los meses anteriores. Sin embargo ella disfrutaba, igual que los niños en agosto. Salpicaba y daba patadas al agua, entre risas y gestos de felicidad. Sus ojos, distraídamente, buscaban a las inquietas gaviotas, únicas pobladoras de la arena.
De vez en cuando se agachaba y recogía alguna concha marina de esas que son multicolores, nacaradas y brillantes; las que pierden el brillo cuando se sacan del mar, agónicas por haber sido separadas de él. Después de acariciarla, la lanzaba hacia el océano para que mantuvieran su belleza indefinidamente.
El astro rey seguía hundiéndose en la lejanía entre las seductoras olas, las mismas que lo acogerían para acunarlo hasta la mañana siguiente. Al amanecer, se escaparía de esos brazos suaves que lo embozan durante toda la noche, dejándolo ir como buen amante antes de las primeras luces del alba.
Sus pies, acariciados por la arena, se hundían en ella percibiendo, entre los chapoteos un suave y agradable masaje. La espuma blanca corría jugando tras ellos, no quería dejarlos escapar sin lamer sus blancos y menudos dedos, subiendo a veces hasta los finos tobillos.
Comenzó a arreciar el viento, revolviendo sin compasión el pelo largo, dorado y brillante, que galopaba bajo la luz crepuscular. Tenía frío, pero era feliz, se sentía libre, inmensamente libre.
De repente todo se esfumó. Unos ruidos la hicieron regresar.
Otra vez las mismas voces; eran de las enfermeras que controlaban sus constantes, ignorándola como si ella no estuviera allí.
Su cuerpo preso, inmóvil en aquella cama blanca. Cárcel a la que estaba condenada desde el instante en que aquel insensato la arrolló cuando cruzaba la calle.
Después del atropello, silencio total. Algo vacío profundo se extendió por todo su ser, comenzó a tirar de ella hacía abajo. Sensación de ahogo y a la vez ganas de emerger de aquella oquedad que la estaba presionando.
En un momento, ante la cascada de recuerdos de los que no quería prescindir, reunió todas las fuerzas que jamás imaginó tener. Regresó, asiéndose a la nada y escuchó en aquella prisión blanca unas voces lejanas que decían con un fondo de desolación: “Qué pena, tan joven y en coma, clínicamente muerta”.
Un suave olor a rosas impregnaba la estancia. Alguien aún pensaba en ella.

MAITE MARTÍN

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Entradas más populares