miércoles, 10 de mayo de 2017

A RAS DEL SUELO

         Huelo la lechuga, las coles, acelgas y algo más muy apetitoso. Todo está ahí arriba. Pero los animales sobre dos patas me asustan. Mejor que volar, treparé por la madera, por este lado  más tranquilo. Ya estoy en lo alto. También aquí hay seres bípedos. La situación es peligrosa, pero tengo hambre y aquí… ¡Caramba, aquí hay un manjar! Empezaré por esta hoja tan apetecible. ¡Qué jugosa! Ahora este tallo verde y fresco. ¡Buenísimo! Bien, ya es suficiente. Tengo miedo. Voy a buscar un sitio solitario donde hacer bien la digestión.
     Debo tener mucho cuidado al bajar. La madera no presenta ninguna irregularidad y el abdomen, lleno, entorpece mis movimientos. Despacito, despacito. Ya piso el suelo. ¡Vaya, otra vez ese animal de los bigotes largos! ¡Viene hacia mí! No es uno de mis depredadores, pero no me gusta que se acerque tanto. Me acurrucaré dentro del caparazón. Tengo encima su hocico. ¡Cuánta humedad! Debe haberme lamido. Ahora no hace nada, voy a olfatear con cuidado… Mis antenas no lo detectan. ¡Magnífico, se ha ido! Ya puedo continuar mi camino.
        Por fin he logrado salir. Aunque me adapto a los ambientes más variados, prefiero vivir al aire libre. Voy a desplazarme pegado a la pared hasta que encuentre un lugar acogedor, alejado de estos seres bípedos y de esos objetos grandes, ruidosos y veloces que expulsan gases malolientes. Un animal con dos patas se me acerca. Lleva en alto algo largo que se ensancha en el extremo. ¡Zas!, ¡qué golpe! ¡Casi me aplasta! Otra vez se eleva lo que me ha atacado. Ahí delante veo algo hueco. Me meteré dentro. ¡Uf, por poco! Este cilindro de metal ha parado el golpe. Voy a mirar con cuidado. Se aleja lo que ha podido matarme. De todos modos, me quedaré quieto un ratito. Aquí  no se está mal.        
      Ya he descansado y mi cuerpo, que se había acalorado con tanto ajetreo, ha recuperado la temperatura idónea. Voy a caminar al azar sin alejarme un milímetro de la pared a ver qué encuentro. ¡Vaya, esa es una hembra interesante! Me acercaré a ella y agitaré mis antenas a ver si le gusto. Pero, ¿qué hace? ¿Por qué se da la vuelta y huye? Algo en mi cuerpo le ha repugnado. Seguro que es por culpa del animal peludo que me lamió. Bueno, buscaré un charco de agua donde pueda verme y averiguar qué pasa. Después, en un lugar donde disponga de algo de intimidad, recuperaré mi aspecto  encantador.  
        Algo se mueve detrás de mí. Voy a esconderme debajo de ese cubo de basura. Está cada vez más cerca. Quizá volando pueda escapar. ¡Horror, me ha atrapado! Dos filamentos delgados y duros  aprietan mi cuerpo por ambos lados. Me levantan y me introducen en un lugar con paredes transparentes y duras. No puedo perforarlas con mis mandíbulas, ni siquiera trepar. Tampoco puedo huir volando porque estoy encerrado. ¿Qué está pasando?
        Han abierto mi prisión. Otra vez me cogen dos filamentos rígidos y me colocan sobre una superficie tierna. Algunos cuerpos bípedos se mueven a mi alrededor. Ha empezado a llover. ¡Con qué fuerza caen las gotas! Pero esto no es agua. Qué sensación más rara. No me obedecen las patas, ni las antenas, mis élitros se están fracturando, estoy perdiendo las consciencia…
− ¡Señor Samsa, despierte! ¡Señor Samsa!, ¿me oye? ¡Despierte!
− ¿Do, dónde estoy? ¿Qué me ha pasado?
−Tranquilícese. Está en una habitación de la Clínica Experimental de Transformación Somática. El “Proyecto Coleóptero” se ha desarrollado, en líneas generales, según las pautas previstas. Ya no plantea ningún problema la coordinación de las extremidades. Acabamos de extraerle el microchip inserto en su espalda para proceder a su reprogramación. Cuando haya descansado del todo, avísenos. Le volveremos a implantar el microchip para iniciar su proceso de transformación en ciempiés.
                                                                      
                                                                                          Manuel Pedraza


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