jueves, 11 de mayo de 2017

DESEO REALIZADO

          Todo comenzó un día por la mañana temprano. Como venía siendo habitual, me levantaba con las primeras luces del alba, el trabajo obligaba a ello.
       Aquel día no escuché el sonido del móvil. Era un fiel aliado para no quedarme dormida. Tanto en invierno como en verano remoloneo y preciso su ayuda.
        Al despertar, un agradable olor lo invadía todo, un aroma entre amargo y silvestre, fuerte pero revitalizante.

       Un aire fresco me hizo sentir un repelús, encogiéndome instintivamente hacia adentro. No recordaba que la noche anterior hubiera dejado la ventana sin cerrar.
         Abrí los ojos y quedé paralizada ante lo que descubrí.
− ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy?
       Esas fueron las palabras que pasaron por mi mente, sin llegarlas a pronunciar. Tenía ganas no solo de decirlas, sino de gritarlas con todas mis fuerzas. Mi garganta no respondía a las órdenes que recibía de mi cerebro.
          La primera reacción que tuve fue pellizcarme.
− Esto es una pesadilla. No puede ser.
          Pero no, mis manos no estaban, ni mi cuerpo. Cerré los ojos con fuerza y deseé que al abrirlos volviera todo a la normalidad. Desgraciadamente no fue así, no cambió ni una pizca el escenario ni mis sensaciones.
       El corazón amenazaba con salir disparado, sus latidos eran tan intensos que abarcaban todo mi cuerpo, mejor dicho, lo que quedaba de él.
         A pesar del vértigo  y del temblor extraño que me invadía, intenté tranquilizarme. Conté hasta diez y otra vez hasta diez.  Unas cuantas veces.
       Algo más tranquila, observé con detenimiento lo que me rodeaba. El panorama era desolador. Mejor dicho era encantador, pero mi situación era increíble y no podía ni quería apreciarlo.
      Para mi asombro, mi cuerpo se había reducido a un tallo erecto de color verde claro, rodeado de vellosidades blanquecinas brillantes. En vez extremidades, hojas alargadas, dentadas en los bordes. Y para finalizar, el sorprendente cambio que había sufrido, unos pétalos delicados de color escarlata intenso coronaban cabeza.
      Tenía los pies…, más bien el tallo,  hundido en el suelo, abrazado por una tierra rica, suelta, amarronada. A mí alrededor, cientos, miles de plantas, iguales a aquella en la que yo me había convertido. Se mecían al compás del ligero viento que comenzó a levantarse. Formábamos parte de una alfombra roja, que se balanceaba de forma plácida y elegante.
− ¡¡ Soy una amapola!!  No me lo puedo creer. Sí, sí, es.
Vistas de cerca, eran sencillas y humildes, las mismas que yo miraba desde la lejanía.
       Antes de ese despertar, casi todos los días, había compartido mi melancolía con ellas, interiorizando en mis pupilas su belleza, transportándome a espacios infinitos de paz. A veces las envidiaba, volaba imaginariamente, desde mi ventana hasta sus campos primaverales. Había ambicionado sus colores tan intensos y la suavidad sedosa de sus pétalos.
       Siempre desee  formar parte de ese cuadro que se abría ante mi vista. Era igual que un tapiz, colorido de lana. Con sus cuadrados, rectángulos o rombos, irregulares, verdes, ocres, marrones, amarillos y rojos. Cambiantes a través de las distintas estaciones del año.
       Un ruido me sobresaltó, sacándome de mis pensamientos. Era mi móvil que sonaba y sonaba estrepitosamente.
           Abrí los ojos y nuevamente vi el campo  a mis pies, tan bonito como siempre, tan lejano y tan cercano  a la vez. En un rinconcito, el retal rojo donde por unos instantes había vivido mi corta aventura.
            Al ir a coger el teléfono, observé que las  puntas de mis dedos estaban cubiertas de un polvo fino amarillo, suave. Mi pelo olía amargo y en el parquet del dormitorio había restos de tierra oscura, suelta, fértil, rica. La misma que  estoy segura que en algún lugar y  en algún tiempo había abrazado  mis pies.
 Maite Martín

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