jueves, 11 de mayo de 2017

RADIACTIVIDAD

Hacía mucho tiempo que soñábamos con pasar un fin de semana de acampada.
Siempre buscamos sitios libres, donde no encontremos a nadie en unos kilómetros a la redonda. No nos importa que no se pueda llegar con el coche, cargamos mochilas y tienda a la espalda, pero así nos aseguramos el estar solos.
Por fin llega el tan ansiado día. Hace un sol radiante. Dejamos el coche junto a unas rocas que cortan el camino y nos disponemos a andar.
           Subimos hasta un acantilado, desde donde se ve un mar infinito. Ya habíamos estado allí con anterioridad y nos gusta porque, al anochecer, parece que puedes coger las estrellas con las manos y acariciarlas. El aire que se respira es limpio y puro.
Conforme vamos subiendo, la niebla nos va envolviendo y cada vez se hace más densa. Nos cuesta respirar.
           A lo lejos se divisa un intenso y silencioso relámpago, seguido de un trueno. Parece que se avecina una tormenta, pero ya nos negamos a marcharnos. Montamos la tienda y nos ponemos a comer algo antes de que empiece a llover.
           De pronto oímos un gran zumbido y un impacto seco que hace retumbar la montaña. Por el horizonte aparece una figura gigantesca, parecida a un gran pájaro, tan alto como un edificio de dos pisos. Sus alas pueden medir unos veintes metros de envergadura. La criatura es negra como la noche, la cabeza con forma de huso y un solo ojo, que permanece inmóvil. El pico tiene forma de garfio y de él le sale una lengua bífida muy larga. El monstruo se sostiene en el acantilado con un par de garras de tres dedos.
           A su espalda el sol se está poniendo y esta inmensa mole despliega su cola, como si fuera un abanico gigantesco de múltiples colores, y se eleva varios metros por encima del suelo, arrasando todo lo que encuentra a su paso igual que un lanzallamas.

Mi compañero y yo queremos correr, pero nuestros cuerpos se niegan a obedecernos. Nos hemos convertido en dos figuras de roca, a nuestro alrededor todo está inmóvil, nada tiene vida. Me miro las manos y soy un esqueleto. En ese momento, el monstruo explota y nosotros somos un montón de ceniza y polvo.

MARÍA LUISA GALLARDO



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