martes, 9 de mayo de 2017

UN PEQUEÑO MONSTRUO CAIDO DEL CIELO

Bruscamente noté un leve golpe en el muslo. Enseguida miré hacia abajo para averiguar de qué se trataba. Y allí estaba, mirándome fijamente con sus brillantes ojos de azabache, agarrado con fuerza, con sus finas uñas, a mi falda de punto, destacando insultantemente con el oscuro terciopelo de su cuerpo sobre el blanco inmaculado de mi ropa, mostrando sus dientes, amenazante, como un vampiro.

Yo quedé al instante paralizada. No podía apartar mis ojos de aquella masa negra que me parecía que aumentaba de tamaño vertiginosamente y se transformaba en un monstruo tenebroso bajo mi horrorizada mirada. Sentía que en cualquier momento su boca se iba a estirar para convertirse en las grandes fauces de un cocodrilo que se acercarían a mi rostro aterrado y me engullirían de un golpe.
El mundo se había parado. Sólo existíamos él y yo, mirándonos profundamente. Quise gritar, pero mi garganta no me obedecía. Quise correr, pero mis pies estaban pegados al suelo. Sentí que no había nada a mi alrededor, que la gran oscuridad de aquel cuerpo lóbrego lo había ocultado todo. El tiempo se había detenido. Habría permanecido allí eternamente si aquel fuerte  grito no me hubiera vuelto a la realidad:
-¡Un murciélagooo!
-¡Un murciélagooo! –se oyó de nuevo como un eco.
A continuación muchas voces de niños repetían lo mismo por todas partes. Me vi rodeada de caras asombradas que me observaban sin atreverse a acercarse.
-¡Parece un vampiro! –dijo una niña.
-¿Le va a chupar la sangre? –preguntó un niño.
En ese momento  pude oír también otras voces de niñas que me resultaban conocidas. Eran mis amigas dándome ánimos:
-Tú no te muevas. Verás como en seguida se va.
Sus palabras no me sonaron sinceras. Pero de todas formas tampoco pensaba moverme.  Me encontraba allí, en medio del parque donde solíamos ir cada tarde a jugar, rodeada de chiquillos gritando, con un asqueroso bicho enganchado a mi falda, sin que nadie hiciera nada por mí.
Por fin vi acercarse a Carlos Zapatones, el hermano mayor de una de mis amigas.
-¡Traedme un palo! –le escuché decir en medio de todo el jaleo.
-¡Un palo! ¡Un palo! –coreaban los demás chiquillos mientras corrían hacía los jardines.
Al fin un niño pecoso llegó jadeando con el preciado tesoro. Zapatones se apresuró a arrebatárselo y se dirigió hacia mí. Agarró por una punta la rama de arbusto que acababan de traerle y comenzó a empujar con ella al murciélago.
-¡Está bien agarrado! –voceaban los demás –. ¡Dale más fuerte! ¡Más fuerte!
-¡Callarse! –decía él adoptando la actitud del torero que se dispone a matar.
Después de muchos esfuerzos consiguió que el bicho cayera al suelo. Yo corrí a cobijarme entre mis amigas que se apresuraron a consolarme. Lloré emocionada por sus abrazos, pero en seguida  nos dirigimos todas a ver la suerte que estaba corriendo el ahora indefenso animal que había quedado a merced de la despiadada curiosidad de todos.  Los niños provistos de palos y piedras le zarandeaban y golpeaban sin compasión. Ya no era más que un ser moribundo. En unos instantes quedo inerte, pero los chiquillos continuaban observándolo, tratando de estirar sus alas, mirando su cara sin vida.
Han pasado muchos años, pero no he olvidado aquellos momentos ni aquel misterioso murciélago.  Ya no les veo como monstruos porque sé que son beneficiosos y nos libran de gran cantidad de insectos. Ahora sé que hay que protegerles porque, al igual que otros muchos animales, están desapareciendo a un ritmo alarmante a causa del indiscriminado uso de pesticidas que los envenena. Pero todavía hoy, en las tardes de verano, cuando anochece y veo como revolotean por el cielo, no puedo evitar pensar que alguno se va a precipitar sobre mí.


María Rosario Fernández 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Entradas más populares