viernes, 12 de mayo de 2017

UN SUEÑO VALIENTE

          ¿Cómo podría describirme en pocas palabras? Me podría definir como un insecto insignificante. 
        Mi residencia habitual suelen ser los desperdicios: cuanto más avanzado se encuentre su estado de  putrefacción, más acogedores me resultan. Mis ojos son saltones (siempre he pensado que eso está relacionado con mi gran capacidad de observación). Aunque tengo un carácter huraño, suelo caracterizarme en las distancias cortas por un trato cariñoso. Una palabra que me describiría bien sería "pegajosa". Desgraciadamente, todas estas virtudes las he heredado de la especie a la pertenezco, no las he elegido. Pero tengo un punto de distinción  (o eso creo yo): un carácter bastante inconformista. Lo que no sé decirte es si eso es bueno o malo. Depende de la perspectiva desde donde se mire.
          Sí, queridísima lectora (perdóname, pero siempre me he imaginado que serías de sexo femenino), por desgracia la naturaleza me ha otorgado una inmensa imaginación que, si la juntas con la repulsión a mis iguales, me lleva a concebir todo tipo de locuras. 
          A veces, mejor dicho, la  gran mayoría de las veces (sobre todo cuando estoy ovulando) me siento bastante estúpida, por pretender ser diferente, pero sobre todo por sentirme especial.
          Lo único que me reconforta es pasar las horas muertas en medio de la noche, mirando hacia el cielo, contemplándola, grande , brillante y guapa como ninguna.
          Perdona, querida, mi falta de educación por no presentártela. Pero, si haces un esfuerzo, seguro que eres capaz de imaginar de quién hablo. Te daré una pequeña pista: en algunos aspectos se asemeja a mí: también está sola como yo, pero a ella no parece importarle. Al revés, presume de no necesitar a nadie. Muchas veces, cuando la miro, no puedo evitar evocar una sonrisa e imaginarme lo que sería mi vida desde allí arriba. Dominándolo todo. Contemplando a cierta distancia  lo que sucede. Relativizando los sucesos y siempre manteniendo una opinión imparcial. Me maravilla su carita redonda, su mirada  blanca y esa amplia sonrisa que nos alegra en tantas  noches.
          ¿Realmente yo sería capaz de reconocer la línea invisible que divide  la locura de la valentía? ¿Y si realmente no existe diferencia entre el deseo de mejorar y la pretensión absurda de ser como ella?
          Decidí lanzarme al vacío, sin más recursos que mi tozudez. Puse rumbo a mis sueños. Volé con todas mis fuerzas hacia su luz. Estaba convencida de que, si conseguía llegar a tocarla, me transmitiría parte de su esplendor.
          Me reconocerás, mi querida lectora, que parte de esta hazaña tenía un punto de locura. Imagínate una mierda de mosca pretendiendo parecerse a la Luna. ¿No te recuerda a un loable propósito, más afín al Quijote de la Mancha? Pues ahí iba yo, encima de Rocinante, para salvar a una dulce doncella (o sea, yo) de las garras de la mediocridad, de aquello en lo que se iba convertir su vida si yo no le ponía remedio.
          Gracias a tanta tozudez volé y volé hasta que la toqué.
          Y todo cambió en mí... Fue algo parecido a una metamorfosis, que, aunque no resultó dolorosa, me producía pequeñas descargas un tanto desagradables. Transcurridos unos minutos, comprobé lo ocurrido: ¡empecé  a emitir luz!, una luz maravillosa. No me podía creer lo que me había ocurrido. Fueron unos momentos de mucha incertidumbre. Difícil de asimilar el nuevo rol, más relacionado con la familia de las luciérnagas que con  una mosca. Pero tenía un inconveniente: por el día era más fea incluso que antes. ¡Alguna contrapartida tenía que tener!
          En la actualidad,  llevo gustosamente mi fealdad diurna, porque sé que, cuando llega la noche, me transformo en una maravillosa fuente de luz.

RAFI ANGOSTO
(Foto de Manuel Romero Calatayud)

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