viernes, 26 de mayo de 2017

UN VIAJE NOCTURNO

     Eran alrededor de las diez de la noche de un sábado del mes de mayo. Al cerrar la ventana de mi dormitorio, entreoí un sonido no habitual. En un primer momento, no sé por qué, me pareció el llanto lejano de una mujer. Al mirar hacia arriba, enseguida  noté que algo se movía en el cielo. Vi que a unos 35 o 40 metros por encima de mi cabeza, pasaba una bandada de flamencos, compuesta por unos 60 individuos, más o menos. La visión era fantástica, espectacular. Para mí fue una sorpresa agradabilísima por lo que vi y sentí.

     Un grupo grande se mantenía unido, tanto que daba la impresión  que se tocaban con las alas. Delante de este, otro, desperdigado, iba en avanzadilla.
     El color salmón del interior de su plumaje, unido al reflejo de la luz anaranjada de las farolas de la calle, les daba un tono rosa asalmonado que, con el negro de fondo del cielo, hubiese hecho las delicias de cualquier amante de la fotografía.
     El grupo fue desapareciendo al pasar por encima del colegio de las Recoletas. Su paso no había durado más de un  minuto, pero fue suficiente para no olvidarlo.
     Cerré la ventana con la sensación de que acababan de hacerme un regalo que yo no esperaba.
PEPI PALOMO


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