jueves, 15 de junio de 2017

COMBUSTIÓN

         Juan subió a su coche, camino del turno de tarde. Mecánicamente sacudió los restos de hojarasca que se le habían pegado en el pantalón.
         —Estoy seguro de que hoy usaré mi traje de intervención. Cubriré un nuevo servicio.
          Inconscientemente, recuerda el día que comunicó a su familia la decisión. Fue justo a la hora de la comida. Todos estaban presentes. En  casa, la mesa era el lugar de debate, preferiblemente durante la comida de medio día.
       —­Quiero ser bombero. Voy a prepararme las oposiciones.


        La cuchara que viajaba a la boca de su padre, quedó suspendida a mitad de recorrido. Su madre fue invadida por una ola de pánico, blanqueando por unos segundos su cara.
        Entre el primer y segundo plato, trataron de desanimarlo.
          —Es peligroso. No estás preparado.
          —¿Estás seguro? No es fácil aprobar.
            En los postres ya sabían que era imposible hacerle desistir. Los argumentos se estrellaron contra la firmeza de su resolución.
 Después vinieron ocho duros años de estudio, trabajo y sacrificio. Se presentó a todas las oposiciones que se convocaron. Fueron pocas, la crisis y los recortes las habían paralizado. Al fin, llegó el día más feliz de su vida. Su nombre apareció en el boletín oficial, como adjudicatario de una plaza en una capital de provincia.
Recordando esa parte del pasado, el trayecto hacía su lugar de trabajo  pasó rápidamente. Tras la última curva, divisó el cuartel en plena actividad. Las unidades móviles preparadas. Sus compañeros cargaban ya las botellas de aire. Un hombre joven, fornido, con un casco que no dejaba ver su cara,  gritó:
                —Juan date prisa. Rápido. Se presume un gran fuego.
            Subió las escaleras de tres en tres. Sacó el traje protector de la taquilla. Rápidamente se introdujo en él. Con meticulosidad ajustó la máscara. La adrenalina comenzó a hacer efecto, alertando  todos los mecanismos de supervivencia necesarios para la tarea que les esperaba.
En pocos minutos llegaron al lugar del siniestro. Saltaron desde los vehículos al suelo, con toda la rapidez que sus cuerpos podían desarrollar. 
El incendio era muy virulento. Tres focos distintos. Los pinos carrasco estaban siendo devorados por traidores abrazos de  lenguas de fuego rojas, hipnotizantes,  intensas, que rápidamente evolucionaban, convirtiéndose en remolinos de   negra desesperación. Los árboles se retorcían; en medio de su propia devastación producían un chisporroteo que podía llegar a ser por sí solo un espectáculo. Las piñas estallaban igual que una mascletá fallera. El calor agredía a todo el que osaba acercarse, repartiendo  bofetadas asfixiantes.
Fueron recibidos con aplausos de la gente arremolinada en la carretera. Procedían del camping cercano. Se posicionaban, querían ser espectadores privilegiados del estrago. Sus móviles disparaban fotos sin cesar, que formarían parte del anecdotario de sus vacaciones.
Las llamas corrían, atropellándose siniestramente unas a otras. Crepitaban amenazantes, ascendiendo irrefrenablemente por la ladera;   desafiantes, soberbias, se sabían protagonistas del funesto espectáculo. Acaparadoras de todas las miradas en su macabra danza de fuego.
Todos los bomberos entraban y salían del agobiante infierno, agotados por la fuerza y resistencia que les planteaba el incendio, alimentado por leños secos y monte bajo jamás desbrozado. Consumían botellas de aire como si fueran cervezas heladas en aquella tarde de tórrido verano.

Tras varias horas angustiosas y asfixiantes, el incendio se dio por extinguido. El cementerio de troncos retorcidos, con sus espantosos  esqueletos humosos, era todo cuanto quedó. Un silencio lúgubre se había impuesto, decolorando el sonido del bosque en verano. Todo había desaparecido bajo una sabana gris, de ceniza vaporosa, prueba del desastre ocasionado.
Sin aliento, Juan  se tiró en la cuneta, a la sombra. Secaba el sudor y paliaba la deshidratación sufrida con sorbos de agua que lentamente apagaban su incendio interior. Los daños eran dolorosos, pero soportables. Todos sus compañeros le habían reconfortado.
Observó que al otro lado de la carretera estaban las autoridades. Tenían cara de circunstancias. No escuchaba su voz, pero si percibía la contrariedad en sus gestos.
Los medios de comunicación difundían la paralización del recorte en la plantilla de bomberos. Se habían registrado demasiados incendios en la zona  en los últimos tiempos y sería temerario prescindir de personal. La propuesta había sido retirada.
La sonrisa asomó a su boca. Perfecto, pensó,  así acabarán los sorteos entre los chicos. Quedarán atrás los malos momentos pasados, destruyendo aquello que luchamos por salvar. Los daños colaterales han sido inevitables.
  —Es la única forma de proteger el bosque y nuestros puestos de trabajo.
               Tras su jornada laboral, volvió a casa, esta vez sin pasar por el monte. Abrió el maletero del coche. Bajó dos garrafas de plástico rojo  con un fuerte olor a gasolina, un paquete de cigarrillos y varios mecheros. Ojalá nunca debiera utilizar el cargamento, ni aliarse con su peor enemigo para conseguir sus objetivos.
                Esta vez habían ganado por partida doble.

                                                                                  MAITE MARTÍN

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