martes, 13 de junio de 2017

LA DESPEDIDA

Tales fueron los gritos que oí, que mi cuerpo quedó totalmente paralizado por el terror. Su desgarro hacía estremecer todos los cimientos que a duras penas, a lo largo de mi vida, he podido afianzar.
Aunque acudimos lo antes posible al aviso de emergencia, era ya demasiado tarde. No podíamos acceder al interior, la puerta estaba bloqueada, quizás por un exceso de precaución. El fuego nos ganaba la partida, estaba devorando todo lo que se interponía a su paso. Las llamas se extendieron con una inusual rapidez por el piso, parecía que le urgía matar. De pronto, el humo negro nubló nuestra visión, era como si la tierra se hubiera tragado al resto de las víctimas. El silenció hizo acto de presencia, con su vertiginosa  premura por arrebatar lo que consideraba que era suyo.
Es terrible este trabajo. Sobre todo cuando imprevisibles circunstancias  impiden la posibilidad justa y honorable de  salvar vidas. Pero mucho más duro, cuando esas vidas significan tanto para uno mismo, como es tu propia familia. ¿Cómo se puede continuar ejerciendo tu profesión, cuando el piso en llamas es el tuyo y los gritos de socorro son los de tus hijos?
Broma del azar que estas llamas impertinentes  fueran el motivo por el cual nació en mí la pasión desmedida por mi profesión y sean ellas mismas  las que me arrebaten lo más valioso que he tenido. Chispeante y noble al mismo tiempo, el fuego me ha retado a lo largo de mi carrera profesional de forma juguetona y persistente, como si de una meta que había que vencer en cada intervención. Ahora sí... se ha cobrado con creces, en un solo instante, la deuda acumulada de años, dejándome a la deriva con una  incontrolada rabia.
Todo tiene un principio y un final. Y este nefasto suceso me enseñó a odiar. A odiar con toda la pasión que mi cuerpo pueda sentir. Era tal la aberración que me producía la felicidad ajena después de lo ocurrido, que sentía la inmediata necesidad de transgredir ese mismo dolor. Destino caprichoso que se conjuró para que un cúmulo de aterradoras casualidades me destrozara la vida en décimas de segundo.
En estas circunstancias, apareció ella. Una niña dulce, con mirada inocente y esa carita sonrosada, que me hacia recordar que el mundo sigue igual a pesar de mi fatal ventura. ¿Quién podría imaginar que esta pequeña niña me pudiera provocar la más despreciable de las debilidades humanas que una persona puede tener? La envidia. Tan pequeña y tan débil, expuesta a la peor de las aversiones.
Ella no sabe que la vigilo. Juega junto a mí sin percatarse de nada. Tampoco nota cómo mi respiración se agita en el momento en que  nuestras miradas se cruzan. Cuando se acerca lo suficiente para poder olerla, siento un placer difícil de contener. Presiento cómo me ruborizo imaginándome algún roce fortuito.
Ella es feliz y lo divulga a los cuatro vientos, sin importarle a quién esté hiriendo. No percibe todavía su fortuna,  no comprende el cambio de dirección que su subsistencia dará. Una nueva biografía llena de aniquilación.
            La veo jugando en el parque todas las mañanas. Junto a su padre, parece que nada malo pueda alcanzarla; incluso simula estar inmune a mí. Me doy cuenta de que ella no ha aprendido  la dolorosa enseñanza que provoca la soledad y la lección magistral que inculca la devastación de todo tu mundo.
No sabe apreciarlo, porque lo tienen todo. A mí, en cambio, no me queda nada. Ella se merece conocer lo irreparable que puede llegar a ser una casualidad. Una fatalidad que no tiene marcha atrás y, por eso, nunca volverá nada a ser igual.
 Anhelo de forma obsesiva poder causarle a ella parte del dolor que tengo en mi interior. Poder arrebatarle a su familia y que se quede tan sola como estoy yo. Entonces quizás consiga que la inocencia de su cuerpo pequeño y dulce  se despida para siempre, transformándose en odio.


RAFI ANGOSTO

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