martes, 13 de junio de 2017

MARÍA

Siempre tuvo un propósito; bueno, más que nada era una obsesión, un total convencimiento.
Con sus 14 años, se revelaba y resistía a compartir el pensamiento de la época. Frases y teorías que le parecían terroríficas. Dichos como: “quien bien te quiere te hará llorar”, “la letra con sangre entra”,”quien mucho ríe luego llora”, formaban parte de su día a día.
Era obligado ser la mejor en todo, la más estudiosa, la más educada, la más cuidadosa. En resumen, había que ser perfecta o más aún. Ella se resistía, encontraba  más interesante y positivo ser menos perfecta y más feliz. Hacer más lo que le apetecía (siempre dentro de un orden) y no, lo que era convencionalmente correcto.
Inventó el juego de cambiar palabras y letras: 
“Quien bien te quiere te hará reír”.
“Las letras jugando entran”.
“Quien mucho ríe mejor lo pasa”.
Nunca le gustó la palabra competir. Un día se dio cuenta de que, cambiando “e” por “ar”, se convertía en compartir, que le gustaba mucho más; era como cambiar una cuenta de cristal por una perla. Pensaba que estar siempre compitiendo era cansado y aburrido. Mejor compartir, ayudar, colaborar;  era mucho más enriquecedor para todos.
Nunca le gustó la idea de que el mundo fuera un valle de lágrimas. Prefería pensar que era un camino que había que recorrer, donde había piedras con las que tropezarse, pero que también en sus bordes nacían flores de lindos colores. El secreto solo era esquivar o aceptar lo malo y coger siempre, siempre, lo bueno.
Era sencilla y natural. No entendía lo de guardar las apariencias y hacer las cosas por cumplir.
Prefería ser feliz a ser perfecta. Ser feliz con lo que tenía. Ser feliz esperando... Ser feliz demostrando a los demás que es más sencillo soñar que temer.
 A su corta edad, se había dado cuenta de que no todo el que habla dice ni todo el que mira ve.
Cuando hablaba de su propósito, había opiniones para todos los gustos. La tachaban de rara, de faltarle un tornillo y la opinión más benevolente era llamarla ilusa. Nunca le importó, estaba segura que los raros eran los otros. Los tristes, los perfectos, los miedosos, en definitiva, los convencionales convencidos.
 El tiempo ha pasado como de puntillas por sus fantasías. Ha cambiado por fuera pero en su interior sigue siendo la niña a la que le gustaba cambiar palabras. Su propósito es el mismo: huir de los típicos tópicos. Y su lema de vida es: fluir y correr como el agua cristalina de un río y cuando soplan malos vientos ser flexible como el junco.
ROSA ARJONA


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