lunes, 12 de junio de 2017

UN DÍA INOLVIDABLE

        Siempre recordaré este día, en el que siento como si hubiese nacido de nuevo. Voy a contaros por qué.
        Me despertaron los primeros rayos de sol entrando por las rendijas de la puerta. A los pocos minutos abrió  la cuadra  mi amo, gritando mal encarado:
        —¡Arriba, Hocicón, a trabajar!
        Me levanté triste y salí al patio. Comí algo y bebí agua, mientras me colocaba encima unos serones enormes. Me agarró  por las cinchas.
        —Hoy toca coger fruta. ¡Arre, Hocicón!
        Llegué a la plantación de frutales con un dolor horrible en todo el cuerpo a causa de sus golpes y las orejas gachas de la pena por los insultos que profirió. Allí nos esperaba otro hombre. Entre los dos llenaron los serones con la fruta madura. Se despidieron y mi dueño me condujo, de la misma forma que antes, al cortijo. Por el camino un señor con traje y sombrero me miró con detenimiento y ternura. Llegué a la granja apesadumbrado y muy dolorido. Para mi alivio, varios miembros de la familia pusieron en sacos mi abultada carga.
        Pero no penséis que pude descansar, porque casi de inmediato subió mi amo sobre mis magullados lomos y nos dirigimos al arroyo. Se presentaba ante mí una tarea ardua y fatigosa en extremo. Me ató a una barra larga de metal  que empujé  alrededor de un eje. Fue un rato, pero me pareció un día entero.  Me tiró piedras y golpeó, hasta que se agotaron mis fuerzas. Entonces me desenganchó, se montó sobre mí y, empleando unas energías que no sé de dónde saqué, volvimos a la granja. Allí me derrumbé en una sombra.
        A mi lamentable estado físico se le unió en esos momentos una soledad semejante  a la de un cementerio de noche. Echaba de menos a Hocicona y a nuestro precioso retoño. La familia dio nuestro hijo a un hombre a cambio de unos billetes. Yo, desde entonces, no he hallado consuelo en nada. Ella, que se sentía como si le hubiesen extirpado las entrañas, perdió el apetito, la vitalidad, enflaqueció y al poco murió. Era la única compañera que he tenido.
        Comí algo antes de que me sobresaltasen las voces de mi dueño. Nunca me he acostumbrado a sus berridos. Había en el patio un remolque lleno hasta arriba de troncos. Lo enganchó a mi correaje y me agarró del bozal.
        —¡Arre, animal! ¡Al pueblo!
        Salimos al polvoriento y pedregoso carril, y nos dirigimos al grupo de casas bajas, de un color claro como el de las ovejas, que distaban unos cuantos quilómetros. Eché espuma por la boca y me faltó la respiración en las empinadas cuestas por el peso de la carga y el deterioro del carro.  Por fin, llegamos a una plaza pequeña  con una fuente que manaba vida. Necesitaba imperiosamente beber. Me dirigí hacia ella. Mi amo tiró de mí para impedirlo, pero yo insistí, forcejeé y llegué hasta la base donde hundí mi boca reseca en la fresca agua.
        —¡Todavía es pronto para que bebas, maldito animal! —chilló, pegándome en la espalda con su cayado. Dentro de mí ya no había lugar para más dolor, fatiga y pesadumbre. Pero aproveché esos instantes para quitarme de encima la acuciante sed.
         Dejamos la plaza y avanzamos por una calle empedrada. Me hizo parar frente a un portón de una casa enorme. Entramos. Me condujeron a un rincón donde varios hombres vaciaron la carga. Salimos e iniciamos el camino de regreso.
        —Buenas tardes, buen hombre. ¿Me permite hablar un momento con usted? — preguntó un caballero muy bien vestido, mientras se quitaba el sombrero.
        —Pues…, bueno. ¿Qué quiere?
      —Me he cruzado por los caminos de la zona con este noble animal mientras llevaba penosamente su carga. También lo he visto empujando en círculo una barra de metal hasta casi la extenuación. Creo que me he encariñado de él. Sí, ya no abrigo la menor duda, diría que me he enamorado de él.
        —Pues… no lo entiendo.
        —No importa eso. Se lo compro. ¿Aceptaría por él…?
        Los ojos del granjero brillaron cual ascuas al escuchar la suma. Yo presenciaba  perplejo  la conversación.
        —Hombre… ese dinero no me vendría mal. Bien, trato hecho.
        El caballero le entregó unos billetes que acababa de sacar del bolsillo.
        —Eso es todo, señor granjero. Encantado de haberle conocido. Buenas tardes y muchas gracias.
        —Lo mismo digo.
        Mi ya antiguo amo desenganchó el carro y se alejó, empujándolo muy satisfecho. Deseé desde las orejas hasta la cola no encontrarme nunca más con él.
        El hombre del traje me acarició despacio el cuello, la frente y el lomo.
        —Eres pequeño, peludo, muy suave —susurró en mi oído—. Muy blando, tan blando que recuerdas al algodón. Ahora eres uno más de la familia. ¡Vamos!
        Me echó el brazo por encima del cuello y me empujó con suavidad. El corazón se me aceleró de la emoción y la alegría.
        —¡Qué ojos tan negros! Negros como el azabache. Pero tan duros como dos escarabajos de cristal negro. Ya es hora de que nos presentemos. Yo me llamo Juan Ramón. Tú te vas a llamar… A ver… ¡Plateado! No. ¡Plateresco!, ¡eso! Tampoco. No me gusta del todo. No importa, ya encontraré un nombre digno de ti. Ahora vas a conocer tu nuevo hogar.
        Tal y como os imagináis, me hallo ahora en él. Y esta vez será para siempre.

                                                                                            MANUEL PEDRAZA



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