viernes, 21 de julio de 2017

EL CÓDIGO


Tavo, Lorenita y Juanma habían adoptado un código para hablar sin que los entendiera nadie. Consistía en añadir un sonido, vocal o consonante, o incluso una sílaba, a las palabras en medio, o al final o al principio si eran monosílabas. Así, por ejemplo, decían:
–¿Fuisvete aveyer al civene? (“Fuiste ayer al cine”).
–Vesi (“sí”).
Lo que tenía de especial el invento es que el sonido o sonidos intercalados podían cambiar de una conversación a otra y también a lo largo de la misma conversación:



–¿Roque rote parerroció la pelírrocula? (“¿Qué te pareció la película?”)
–Roun rorrollo. Aburrirroda y pesarroda. (“Un rollo. Aburrida y pesada.”)
La decisión sobre cuál sería el añadido la tomaba el que iniciaba la charla y los demás le seguían. El cambio solo podría producirse a partir de la quinta frase desde el principio o desde el último cambio.
                El sistema se ponía en práctica sobre todo en los recreos, que es cuando se podía hablar. Se colocaban los niños cerca de otros y empezaban a mofarse de estos, generalmente con críticas a su vestimenta, sus gestos o determinados comportamientos en clase.
–Estite tratie utina manticha enti tiel jertisey. (“Este trae una mancha en el jersey.”)
–Yti otitra tien elti cutilo tidel pantatilón. ¡Setirá gutirro! (“Y otra en el culo del pantalón. ¡Será guarro!”)
–Nolo lose laseva. (“No se lava”)
–Anloda, tíloo, mélotete ente lae dutecha. (“Anda, tío, métete en la ducha”).
 Se mondaban de risa al ver que los aludidos los miraban como si hablaran en chino y se mosqueaban porque sospechaban que se referían a ellos, sin saber con qué se estaban metiendo. Algunos los despreciaban con las consabidas expresiones “Están piraos”, “Como cabras”, “Se les ha ido la pelota”, etc. Otros se acercaban e intentaban descifrar sus palabras, sin conseguirlo casi nunca.
                Cuando Tavo, Lorenita y Juanma dominaban ya perfectamente el sistema, al primero se le ocurrió una diabólica idea: a partir del lunes, en la primera clase donde un profesor le pidiera los ejercicios de casa, contestaría esto en su idioma: “No los he hecho porque no me ha dado la gana”. Los niños aplaudieron la ocurrencia.
Estaban nerviosos y deseando que llegara ese día, como quien espera el final de la champion o la festividad de los Reyes. Para tal momento, aumentaron la dificultad de comprensión, introduciendo dos sílabas en vez de una: “pe” y “da”, juntas o separadas.
–¿Serás capaz de hablar sin fallar, Tavo?
–Clapedaro quedape, pesida, Lodare. (“Claro que sí, Lore”). Pero voy a practicar mucho. A partir de hoy vamos a hablar siempre así, sin cambiar. Tío, nos vamos a quedar con el profe al que le toque. ¡Qué bromazo!
–Ja, ja, ja.
El día D llegó. Fue un viernes después del recreo. En clase de Lenguaje. La profesora pronunció el nombre de Tavo y le pidió que dijera los ejercicios en público. El chaval se levantó y, desde su sitio, pronunció la frase que tanto había ensayado y esperado emitir:
–Sedapeño, nopeda losdape tenpedago porpedaque nope dame hada dadapedo lada gadapena hapecerdalos. (“Seño, no los tengo porque no me ha dado la gana hacerlos”).
La clase se quedó en silencio. Todos esperaban la reacción colérica de la profesora. Pero ella, después de un gesto de extrañeza, relajó su semblante e inició una media sonrisa maliciosa. Se puso de pie con toda parsimonia y contestó así a Tavo:


–Sedapeñor Tapedavo: padapera elda lupedanes meda copedapias veinpedate vepedaces elpe poedapema depa lade págidapena ochenpedata, añadadienpedo a laspe tudayas la sídalapeba “mal”. Que significa, para que lo entienda todo el mundo: “Señor Tavo, para el lunes me copias veinte veces el poema de la página ochenta, añadiendo a las tuyas la sílaba ‘mal’ ”. Aquí una servidora ha sido cocinero antes que fraile.

Los veintitantos niños explotaron en una risotada general. A Tavo le salieron los colores, todos los colores, agachó la cabeza y se sentó. Luego miró a Lorenita y a Juanma, soplando de enfado y asombro, como diciendo: “¡Esto sí que es un bromazo!”.
                Poco a poco fueron dejando de hablar con el código los tres niños, hasta que lo olvidaron por completo.


 JOSÉ ANTONIO RAMOS

2 comentarios:

  1. Qué simpático José Antonio. Siempre te sale la profesión que sigues llevando dentro. Muy bueno.

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  2. Un relato que me ha hecho sonreír mientras lo leía. Me parece una recreación magnífica y evocadora de una escena infantil. Muy bueno, José Antonio.

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