sábado, 22 de julio de 2017

LA PEOR DE LAS CONDENAS


         “¡Estos desalmados me alejan de ti! Me privan de lo que ha sido la razón única de mi existencia estos larguísimos años: contemplar tu agraciado rostro y tu atractiva silueta, imaginar que era el pajarillo despreocupado que se posaba en tu cabello o tu hombro, soportar juntos las inclemencias meteorológicas, hacer frente estoicamente al paso del tiempo. La imposibilidad de comunicarnos, de mirarnos de cerca, de acariciarnos, me martirizaba de un modo atroz, pero esta mudanza de ubicación, que intuyo definitiva, hará ya insoportable del todo mi dolor y desdicha. Aunque nunca fui aficionado a los escarceos amorosos por mi carácter serio y reflexivo, la flecha que me disparó Cupido perforó mi pecho como si de una bala de cañón se tratase, y me enamoré hasta donde un corazón puede soportar este poderoso y avasallador sentimiento. 


Formé un hogar entrañable con María Teresa, que podría haber sido un remanso duradero de amor y paz de no haber interferido la  nefasta guerra. Soy militar del glorioso ejército español, pero considero la contienda bélica un mal indiscriminado que progresivamente se apodera de todo cual gangrena imparable. Primero fue en el vecino Rosellón y después en el sagrado suelo patrio. El prepotente francés, valiéndose del engaño, invadió nuestra venerable nación, obligándome a abandonar mi hogar para poner en juego mi vida y honor en el campo de batalla. Me batí con el enemigo en la llanura, en la abrupta Sierra Morena y en el incomparable Torcal igual que un león que defiende su territorio de un macho rival. 

Un canalla traidor intervino en mi captura. Pude salvar la vida si hubiese aceptado la libertad y el ascenso que me ofrecían a cambio de jurar acatamiento al rey intruso, pero el honor de un patriota español nunca se vende. Fui ajusticiado dando ejemplo de cómo se muere por el país que se ama. Y el inescrutable destino, más poderoso que todos los soberanos de la Tierra juntos, dispuso que mi actitud ante el vil invasor y la inevitable muerte fuese recordada en mi noble ciudad natal de Antequera mediante la efigie metálica que ahora da forma y consistencia a mi ser.


En un primer momento tú, hermosa y querida “morenita”, o “negrita”, como te llaman los vecinos de esta localidad, no pasabas de ser una joven vulgar con una figura bonita. Me recordabas a las muchachas pobres de mi juventud, privadas de haberes pero, algunas, rebosantes de gracia y sensualidad. Paulatinamente, los sentimientos más apasionados de mi vida anterior renacieron hasta el punto que el vacío que produjo mi separación de María Teresa al ser ejecutado lo llenaste  por completo tú. Nuestra relación es diferente, es cierto, porque nunca ha sido posible una palabra al oído, una caricia, un beso de enamorados como prólogo de una vida plena en común. Estamos condenados a estar separados de un modo insalvable y cruel, a la no consumación de nuestra pasión en el caso feliz de que me correspondieses. Pero un modo distinto de existencia exige un estilo diferente de amar. Y ahora me distancian todavía más de ti. No volveré a verte, ni siquiera podré escuchar el reconfortante murmullo del agua cayendo de tu cántaro. Pero mi amor tiene la firmeza del material de que estoy hecho, y no hay día que no pida a la Providencia Divina que, si nuestro largo peregrinar por la Tierra conlleva una fase nueva, nos cree a ambos de una naturaleza tal que nos permita estar unidos en materia y espíritu hasta el fin de nuestros días.”


        “Ahora soy testigo quieta y muda de cómo se hace real la noticia que me tortura desde hace tiempo: te arrancan de mi presencia para llevarte frente al edificio que llaman de San Luis. No sé qué intereses han provocado mi desgracia.  Ya no podré seguir venerando tu figura gallarda, tu actitud valiente, tu porte viril ni tu rostro ennegrecido por la dureza del tiempo. Me quedo desoladoramente sola, como un perrillo recién nacido al que le quitan la madre. ¿Puede haber una condena más cruel?

Era muy chica cuando me separaron de mis padres. El único recuerdo que tengo de ellos es la cara borrosa de una mujer que se agacha sobre mí para lavarme, vestirme o algo así. No se me olvidarán nunca las rodillas hinchadas y el dolor de las piernas después de limpiar  los suelos en casas palaciegas, las malditas manchas en la ropa que solo se quitaban cuando ya dolían las manos y los brazos de tanto refregar y enjuagar, ni el peso de los cántaros de agua que había que llevar a donde la necesitasen. Todo este trabajo sólo me sirvió para comer lo que no querían los señores, vestir harapos y usar  los zapatos que tiraban otras mujeres, cuando no iba descalza. Me apreciaban menos que a los perros de caza o de compañía. Me acosté con unos cuantos hombres. Alguno me dijo palabras bonitas de amor. Después de yacer conmigo unas cuantas veces me olvidó. Otros me amenazaron, hasta me pegaron, para gozar de mí como les venía en gana. Buscaban su placer, pero también se divertían haciéndome sufrir y humillándome. Perdí la esperanza de vivir el amor o de tener, por lo menos, a alguien que me respetara. Cuando me quedé preñada me pegaron para que abortase. Yo me negué siempre porque, a pesar de todo, la criatura que llevaba dentro de mí era mía, era lo mejor que tenía en la vida. Cuando creciese sana y fuerte sería una alegría mayor que todas las penas anteriores. Un bebé nació muerto y otro murió a los pocos días de unas fiebres. Sí, mi vida ha sido tan oscura como mi aspecto.

Pero tu presencia todos estos años  ha sido para mi alma como ese bálsamo que cura todo lo enfermo. Verte, mi apuesto capitán Moreno, saber que estabas ahí, mi caballeroso Vicente, ha evitado que me sintiera sola, me ha ayudado a soportar el frío, la lluvia, el sol del verano y hasta las piedras que algunos me han tirado para pasar el rato o presumir de puntería. La falta de caricias, de amor carnal, incluso de palabras entre nosotros nunca estorbó mi pasión por ti. A partir de ahora mi amor sólo se apoyará  en tu imagen  guardada en mi memoria. Pero la vida que tuve, la vida que sufrí, me ha endurecido frente a la desgracia más que el metal de que estoy hecha. No me derrumbaré, amor mío, ahora sé que no. Y también sé que, desde este momento, tu recuerdo, pensar en todo lo que pudimos haber compartido en otras circunstancias, alegrará mi estancia eterna en este parque en el que sólo soy un adorno al que no se le  presta mucha atención.”

Texto: MANUEL PEDRAZA
Fotografías: JOAQUÍN FRANQUELO

1 comentario:

  1. Para los que somos de Antequera, este texto tiene mucha importancia.
    Has enriquecido y dotado a dos esculturas de metal de una sensibilidad que a partir de ahora hará que las vea, además, con ternura. Gracias Manolo

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