miércoles, 12 de abril de 2017

RECETA PARA COCINAR UNA BUENA AMISTAD

Ingredientes:
Afinidad
Cariño
Sinceridad
Respeto
Complicidad
Lealtad
Humor
Comunicación
Se mezclan a partes iguales afinidad, cariño, sinceridad y respeto, se remueven con paciencia y se condimentan  añadiendo un buen chorrito de complicidad, de humor y comunicación .Como toque final un buen pellizco de lealtad.
Nota: No especifico cantidades porque pienso que es mejor actuar a ojímetro, porque,   dependiendo del momento, hay que poner más o menos cantidad de un ingrediente u otro.

ROSA ARJONA

EL ÁNGEL QUE NOS GUÍA

Querida Andrea:
Fuiste una niña muy deseada antes de ser concebida. Tu hermano tenía 3 años cuando me volví a quedar embarazada, ya casi nos íbamos a dar por vencidos. El ginecólogo nos había dicho que no me quedaría si no nos sometíamos a una in vitro, porque yo tenía un problema en las trompas, eso, unido a tener 40 años,  en el caso de que me quedara , sería un embarazo de riesgo. Tu padre dudaba y entonces me decía que ya teníamos un hijo y que le daba miedo. Soy muy tozuda, ya me conoces , no hay manera de hacerme cambiar de opinión cuando deseo algo con toda mi alma.
Cuando tuve la primera falta, pensé que había empezado a tener desarreglos propios de la edad. Pero empecé a notar algunos cambios en mi cuerpo, nos invadió una gran esperanza que se hizo realidad al hacerme el test de embarazo.
Como mi embarazo era de riesgo, los controles fueron mayores que si hubiese sido una madre más joven. Todo iba muy bien y nuestra ilusión era enorme. Hasta que en una ecografía ,a la ginecóloga que ese día pasaba consulta ,le cambió el semblante y nos comunicó que venías con problemas.
El mundo se hundió bajo nuestros pies, nos habló de que aún estábamos dentro de los plazos para poder interrumpir el embarazo. Salimos de la consulta hechos trizas, los dos lloramos abrazados durante mucho tiempo, no sabíamos cuánto estuvimos en el coche sin querer salir, porque no sabíamos que hacer, poco a poco nos fuimos serenando y decidimos que continuaríamos con el embarazo y lo llevaríamos a término.
Hoy no nos arrepentimos de la decisión tomada, para tu hermano y para toda la familia, eres un ejemplo de superación, todos los progresos que consigues lo celebramos como si fuera la llegada del hombre a la luna y ver tu sonrisa de triunfo y de satisfacción por nuestra alegría, colma todas nuestras expectativas.
Gracias por haber venido al mundo y por hacer que cada minuto de nuestra vida merezca la pena ser vivida.
Te quiero. Te queremos Andrea, eres el ángel que nos guía.
Mamá

MAITE GALLARDO


ESTABA CONVENCIDA DE QUE SU NOVIO ERA UN IMBÉCIL

No es que lo sospechara, es que lo sabía… Estaba convencida de que aquello no podía funcionar. Mientras saboreaba el humeante y delicioso café mañanero, Marta  intentaba poner algo de orden en su aturdida cabeza, la cual era como un torrente de pensamientos agolpados, desordenados y contradictorios.  En definitiva, un absoluto y demoledor caos.
Era imbécil, sí, pero era encantador.
Era presumido, sí, pero era guapo.
Era vanidoso, sí, pero era muy brillante.
            Era mordaz, pero  ingenioso… Lo dicho un verdadero imbécil  que, con su verborrea, zalamería y atenciones la llevaba a su terreno siempre que quería, aunque a ella no le conviniera.
De pronto, algo útil surgió en aquel torrente abrumador de ideas.  ¡Ella era más imbécil que él por dejarse embaucar!
Tenía que buscar un arreglo y pensó que aquella idea surgida inesperadamente podía ser el principio de la solución.

            ROSA ARJONA

PARTO

                               Mi querida María
    
            Una gran noticia: el cuatro de mayo he parido a mi hija. Una niña pequeña y rosada, que se ha convertido en la ilusión de mi vida. No te lo he comunicado por teléfono porque me gusta más la idea de transmitirte mis sensaciones por escrito.
¿Recuerdas cuántas cosas me decías respecto al parto? Pues ahora te describo todo lo que sentí en este momento. Estando sola en casa, se  me rompió la bolsa. Mi marido estaba de viaje y me tuve que marchar al hospital sin ninguna compañía. Allí sentí una soledad inmensa mientras me trasladaban al paritorio. Era un momento muy importante para estar tan sola.
Recuerdo esos momentos de incertidumbre y dolor hablando conmigo misma diciendo: “Estoy pariendo. Me decían que esto era lo más hermoso que me podía pasar. No sé. Siento como las entrañas se me desgarraban. Creía que estos dolores eran inexistentes. Mi boca expulsa una nube verde de bilis de forma compulsiva. Estoy sudando. Han llegado dos personas y de forma brusca me han subido a una camilla especial. Me colocan las piernas abiertas, apoyadas en dos arcos fríos. Me siento indefensa. Les miro intentando que me transmitan alguna sensación que me tranquilice. Pero no me prestan atención, formo parte de su rutina de trabajo. Todo lo hacen mecánico, frio... De repente, siento un líquido templado que de forma tenue se desliza por mis piernas. Me atraviesa un dolor intenso. Sin embargo, entro en una explosión de júbilo. Estoy viendo salir de mi cuerpo a mi hijo. No sé si será niño o niña, no he querido saberlo. Me incorporan y percibo su lucha para formar parte de la vida. Le ayudo con fuerza y me olvido de mí. Porque yo ya he pasado a un segundo plano, mi sufrimiento ya no es importante. Esa cabeza que emerge será para siempre mi prioridad. He comenzado a ser madre, a darle lo mejor de mí. Soy mujer y tengo el privilegio de parir y dar vida”.
            Todo esto sentí. Me había transformado, gracias al milagro de la vida, en una persona totalmente diferente a la que entró en el paritorio.
            Espero que vengas pronto y disfrutes de esta princesita que fue engendrada con amor, parida con mucho dolor y que a partir de ahora será la meta de mi vida.
            Te espero con mucha ilusión. Un beso enorme.
                                                                                                  Gloria.

                                                                              MARÍACÓRDOBA

LO QUE VEMOS DE LOS DEMÁS

Está en un sitio precioso, rodeado de pinos, y muy cerca de la playa. Tengo la suerte de que está muy cerca de mi trabajo y allí voy a desayunar todas las mañanas.
Entra el sol a raudales por sus grandes ventanales. Es un sitio pequeño y muy acogedor con manteles de cuadros en sus cuatro o cinco mesas.
Siempre estamos los mismos, por eso me gusta. Somos casi una familia, aunque no sepamos nada unos de otros.
Los gatos, hay dos, duermen debajo de una mesa a la sombra; cuando no, pasan su lomo por la pata de una silla con la que se rascan con verdadero placer.
A mi derecha siempre se sienta una pareja. Me saludan con un movimiento de cabeza y no se dirigen la palabra mientras dura el desayuno. El lee el periódico o hace como que lee, porque nunca pasa de página; más bien creo que es para no tener que hablar con su mujer. Esta, mientras, mira el horizonte o se entretiene viendo los gatos.
En otra mesa se sientan tres amigas. Tendrán unos sesenta años y un aspecto increíble, peinadas y maquilladas como si fueran a una cena de gala; huelen a colonia fresca. Saludan con mucho cariño y dejan muy buenas propinas.
En la barra suele haber dos o tres hombres solos tomando café. El que se pone al lado de la columna lleva una gorra roja con la bandera de los Estados Unidos, pantalón corto y chanclas; sea verano o invierno lleva la misma indumentaria. A su lado, un hombre con más de 1,90 de estatura y gordo como un tonel. Se sienta en un taburete que parece que no va a aguantar su peso y se le van a abrir las patas como si fueran de plastilina. Lleva el pelo que parece estropajo, recogido en una coleta que le cae sobre la espalda. 
           Los camareros son dos chicos, hermanos, casi de la misma edad, uno moreno y muy alto, que atiende la barra, y el otro rubio y bajito, que siempre está gastando bromas.
          Yo, mientras tanto, los observo a todos y juego a adivinar la vida de cada uno. Cómo viven, qué piensan, cuáles son sus sueños.


MARÍA LUISA GALLARDO

martes, 11 de abril de 2017

MI VENTANA

Ayer me puse a mirar la gente que pasaba por la plaza. Me fijaba en todos los detalles. Me parapetaba tras mi copa de vino tinto, evocadora de largas jornadas de vendimia; la acariciaba con mis manos, envolviéndola suavemente en las volutas que desprendía mi cigarrillo. Con mi mente volaba a horcajadas sobre el humo, divagando entre los recuerdos guardados en lo más profundo de mi corazón.
Veo a los viandantes presurosos, corriendo tras los sueños que forjan día a día. Van tan de prisa, que apenas aprecian las pequeñas cosas, grandes alegrías que nos ofrece la vida en los detalles más insignificantes; pasan inadvertidos cuando nos sumergimos en el proyecto complejo de forjar el futuro.
¿Qué es el futuro, si después de pronunciarlo se convierte en pretérito?
Ante mis ojos, la plaza apareció fresca, purificada, la lluvia la había limpiado. Lo mismo el tiempo se lleva nuestras intenciones y deshace las ilusiones que crecen en nuestro interior. Por suerte, también arrastra el dolor, aunque este  tiene más instinto de permanencia y se agarra al alma hasta que con un golpe de fuerza consigues deshacerte de él.
Mi presente es este, apreciar la belleza tras el cristal de la ventana, salpicado por la lluvia que lo ha acariciado. Probablemente le haya susurrado al oído cosas bellas. Y le haya mostrado la magia de las transparentes perlas de agua temblorosa, el brillo del sol, que vuelve a relucir tras la tempestad, un poco apagado por la ira luminosa de los truenos; o le haya hecho admirar los brillantes colores de las perfumadas clavelinas, que, sobre la frialdad del vidrio, anhelan desde sus humildes macetas grandes y presuntuosos jardines lejanos.
Ahora veo pasar los días, sin sobresaltos, apreciando los efectos de la tormenta y la belleza del arco iris. Desde este ventanal analizo mi vida, viéndome reflejada en todos y cada uno de los paseantes que cruzan frente a mi mirada. Estoy dentro de ellos y  ellos dentro de mí. Percibo que somos parte de un todo indivisible, figurantes de una comedia en la que no tenemos reservados los papeles principales. Diariamente la estrenamos con nuestras ilusiones, esperando el cálido aplauso necesario para sobrevivir.
MAITE MARTÍN

GENTE

Me gusta sentarme en una terraza y ver pasar a la gente, sobre todo en una ciudad que no sea la mía. Primero me fijo en cómo van vestidos. Es curioso que con cuatro o cinco elementos fundamentales, exista tal cantidad de combinaciones, que es difícil que coincidan dos personas con la misma vestimenta; pero también es verdad que una misma ropa a unas personas les queda como un guante y en otras te da la sensación de que se las han tirado desde un balcón.
No puedo remediar inventarme historias de las personas que veo. Algunos van muy deprisa, con determinación. Esos, pienso,  saben a dónde van, tienen cosas que hacer o alguien les espera, tienen suerte. Otros, solitarios, pasean despacio, mirando a todos lados, deseando encontrarse con algún rostro conocido para hablar un rato;  se quedan con el semblante triste al despedirse. Pobres, deben estar solos en casa y salen a la calle para poder hablar con alguien o simplemente escuchar ruido.
Veo parejas y, cuando la diferencia de edad es grande, me entra la curiosidad por saber si la relación entre ellos es paterno-filial o es un ligue. Lo segundo me gusta más, tiene más morbo;  si serán separados, cuántos hijos tendrá cada uno, por qué habrán dejado a los anteriores cónyuges.  Cuando escucho que dicen papá o mamá, la magia se rompe.
Cada vez se ven más segundas parejas. Esas Se nota porque, siendo ya de cierta edad, se miran tiernamente, van de la mano y se ríen de una manera tonta.
Al final, me voy y pienso cuántas sorpresas me podría llevar si pudiera saber la realidad de cada cual. Entonces me acuerdo de la canción de Ana Belén:
Gente que vive a la moda.
Gente que viene y que va,
pero….qué sola está.

MAITE GALLARDO

AVIVANDO LA MEMORIA

Ayer me puse a mirar la gente que paseaba por la plaza. Me fijaba en todos los detalles. Los ancianos caminando pausados, los jóvenes alocados mirando el móvil constantemente, las mujeres cargadas con las bolsas de la compra, pero lo que más me gustaba era ver a los niños jugar. Llamó mi atención especialmente una niña que llevaba de la mano a un chiquitín algo más pequeño que ella, adoptando una actitud de responsable mamá. Vi reflejada en ellos la imagen de mi hermano y yo cuando íbamos cada día camino del colegio y yo sentía que desempeñaba una misión importante porque, como era la hermana mayor, tenía la obligación de cuidarlo. También vino a mi memoria el recuerdo de las muchas trastadas que hacíamos de pequeños y cómo me crispaba que siempre la reprimenda me la llevara yo porque era la mayor. Es verdad que la mayoría de las veces yo era la impulsora de todo, pero ahora veo que también se trataba de una estrategia de mi madre para  hacer crecer en mí el sentido de responsabilidad.
Nunca se me olvidará un día en que mamá me increpó muy enfadada mientras yo me encontraba totalmente abstraída cortándole el pelo a mi Nancy.
-¿Dónde está tu hermano?
Miré a mi alrededor y allí estaban los coches y el tractor del remolque con los que él estaba jugando.
-¿Y qué le estás haciendo a la Nancy? -volvió a decirme mi madre cada vez más irritada- ¿Estás destrozando la muñeca en vez de estar pendiente del niño?
Yo traté de esconder las tijeras y los manojos de pelo que había por el suelo mientras me preguntaba cómo había desaparecido mi hermano que unos momentos antes se encontraba jugando a mi lado.
Observamos que la puerta de la casa estaba abierta y fuimos a buscar en el zaguán. Tampoco estaba allí. En la calle se oían voces de niños.
-¡Churro, mediamanga y manguero!
Salimos a ver si, como hacía otras veces, se encontraba viendo jugar a los niños grandes. Pero no, no estaba.
-¿Habéis visto a Miguelito? –les preguntó mi madre.
-Yo lo he visto ahí sentado en el escalón –respondió uno de ellos.
Yo me asusté recordando el día que pasaron unas gitanas con unos grandes canastos y mi abuela me dijo que se llevaban dentro a los niños que eran malos. “Le han visto en el escalón y ¡zas! al canasto”, pensé.
-¡Miguel! ¡Miguelitooo! –gritaba mamá.
-Estará en los Serruchos –dijo uno de los niños.
Los Serruchos era el apodo de los vecinos de enfrente que tenían una carpintería donde los niños iban con frecuencia a pedir serrín y taquitos de madera. Cruzamos la calle y entramos a la casa para preguntar por él.
-¿No está aquí mi Miguel Ángel? –dijo mi madre a los carpinteros.
Yo me fui directa al patio, buscando el gallinero donde solía ir con mi hermano a ver cómo los enormes pavos, con sus largos mocos rojos colgando, gorgoreaban y se paseaban andando majestuosos. Metíamos los dedos por los agujeros de la tela metálica y los retirábamos raudos cuando alguno se acercaba, o les echábamos a trocitos el pan de la merienda para comernos solo la onza de chocolate. “A ver si se lo ha comido un pavo”, llegué a pensar  yo, pero en seguida comprendí que no. Los pavos se paseaban tranquilos y las puertas del gallinero estaban perfectamente cerradas.
-¡Miguelitooo! –seguía gritando mamá en la carpintería.
Yo volví a entrar dentro y me fui derechita al rincón del serrín. A menudo nos sentábamos  allí, sobre aquel mullido colchón, a pesar de la reprimenda que nos daba mamá al vernos llegar a casa totalmente empolvados.
-¡Aquí está! ¡Aquí! –grité con fuerza cuando vi los zapatos de mi hermano asomando entre el serrín.
Todos corrieron al oír mis voces y quedaron momentáneamente  mudos temiendo interrumpir el plácido sueño del angelito. Allí, medio enterrado entre el esponjoso serrín, con unas rizadas virutas engalanándole el pelo, se encontraba Miguelito, soñando quien sabe qué aventuras, mientras yo, tras el miedo pasado, aprendía a ser una responsable hermana mayor.


MARÍA ROSARIO FERNÁNDEZ GARCÍA

CROMATISMO

          Siempre me han atraído los colores. Cuando de pequeño me regalaron mi primera bicicleta dudé de la marca y del modelo, pero no de que debía ser azul brillante. Desde entonces, cuando veo cualquier vehículo de dos ruedas de ese color pienso en el niño que pedaleaba por el paseo Real y que daba un sinfín de vueltas a la plaza de Castilla, o en las carreras con otros chavales por las calles menos transitadas de mi barrio.
             No puedo dejar de sonreír ante algo naranja que lleve una mujer en el pelo. En la escuela me senté durante dos años detrás de Clarita, mi primer amor, si es que un sentimiento tan infantil merece un calificativo así. Desde aquella posición privilegiada la miraba sin que ella lo advirtiese, quedándose grabados en mi memoria los lazos naranjas de sus trenzas. Era la única alumna con esos adornos, y además, embellecían a la chica más encantadora que había conocido hasta entonces.
            El blanco brillante es especial para mí y uno de mis favoritos. Es el color de las noches estrelladas. Siendo muy niño, mi padre me enseñaba el nombre de esos otros soles que pueblan el universo, me hablaba de la posible existencia de mundos, con los que algún día entraríamos en contacto, que recibían luz y calor de ellos. Cuando ahora levanto la vista al cielo me siento, igual que entonces, inmensamente pequeño, y pese a no escuchar ya su voz confiada y cariñosa, ni sentir su mano acariciando mi cabeza o nuca, siento la misma paz y bienestar que me invadían entonces.
            El otro color que, junto con el anterior, tiene mis preferencias es el azul del mar. Lo he añadido después. Desde hace ya bastantes años frecuento la playa, donde paso ratos estupendos nadando, chapoteando en la orilla o caminando por el paseo marítimo. Además, al ponerse el sol, el agua se tiñe de una variedad de tonos azulados, algunos casi verdosos, que  dan al conjunto un aspecto hermosísimo, relajante y grandioso. Cuando contemplo el mar al atardecer, ligeramente cansado por el ejercicio en el agua y notando en mi piel el efecto del sol, soy profundamente feliz.
        Tengo la esperanza de que el tiempo haga más amplia la lista de colores asociados a recuerdos entrañables o que me produzcan sentimientos muy reconfortantes.

MANUEL PEDRAZA



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