jueves, 27 de abril de 2017

REGRESO

Paseaba por la playa, oyendo el suave ronroneo surgido entre las olas y los chinitos de la orilla. Cortejo infinito que se repetía día a día sin cesar. Siempre le había gustado escuchar ese vaivén suave y repetitivo del mar.
El ocaso ya estaba cerca. El Sol comenzaba a esconderse tras la recta azulada del horizonte. Buscaba el espacio donde la promiscuidad de las aguas y el cielo tienen su paraíso. Los colores rojizos y oro con destellos de maravillosa luz ahora ambarina, luego carmesí, eran todo un regalo para la vista.
A esa hora no había nadie en la playa. El verano ya estaba muy lejos y la brisa marina, fría y húmeda, no era tan agradable como en los meses anteriores. Sin embargo ella disfrutaba, igual que los niños en agosto. Salpicaba y daba patadas al agua, entre risas y gestos de felicidad. Sus ojos, distraídamente, buscaban a las inquietas gaviotas, únicas pobladoras de la arena.
De vez en cuando se agachaba y recogía alguna concha marina de esas que son multicolores, nacaradas y brillantes; las que pierden el brillo cuando se sacan del mar, agónicas por haber sido separadas de él. Después de acariciarla, la lanzaba hacia el océano para que mantuvieran su belleza indefinidamente.
El astro rey seguía hundiéndose en la lejanía entre las seductoras olas, las mismas que lo acogerían para acunarlo hasta la mañana siguiente. Al amanecer, se escaparía de esos brazos suaves que lo embozan durante toda la noche, dejándolo ir como buen amante antes de las primeras luces del alba.
Sus pies, acariciados por la arena, se hundían en ella percibiendo, entre los chapoteos un suave y agradable masaje. La espuma blanca corría jugando tras ellos, no quería dejarlos escapar sin lamer sus blancos y menudos dedos, subiendo a veces hasta los finos tobillos.
Comenzó a arreciar el viento, revolviendo sin compasión el pelo largo, dorado y brillante, que galopaba bajo la luz crepuscular. Tenía frío, pero era feliz, se sentía libre, inmensamente libre.
De repente todo se esfumó. Unos ruidos la hicieron regresar.
Otra vez las mismas voces; eran de las enfermeras que controlaban sus constantes, ignorándola como si ella no estuviera allí.
Su cuerpo preso, inmóvil en aquella cama blanca. Cárcel a la que estaba condenada desde el instante en que aquel insensato la arrolló cuando cruzaba la calle.
Después del atropello, silencio total. Algo vacío profundo se extendió por todo su ser, comenzó a tirar de ella hacía abajo. Sensación de ahogo y a la vez ganas de emerger de aquella oquedad que la estaba presionando.
En un momento, ante la cascada de recuerdos de los que no quería prescindir, reunió todas las fuerzas que jamás imaginó tener. Regresó, asiéndose a la nada y escuchó en aquella prisión blanca unas voces lejanas que decían con un fondo de desolación: “Qué pena, tan joven y en coma, clínicamente muerta”.
Un suave olor a rosas impregnaba la estancia. Alguien aún pensaba en ella.

MAITE MARTÍN

EL ALIADO

     Los sentenciados a muerte se alineaban de pie en la playa. La arena tragaría la sangre aún caliente y las corrientes marinas, después, transportarían los cadáveres a lugares muy lejanos. Un pelotón uniformado cargaba los arcabuces. El capitán ordenó a uno de sus subordinados que vendase los ojos a los infelices presos. El último de todos, sonriendo y completamente tranquilo, no permitió que lo privaran de la visión.
        Los experimentados soldados acataron las órdenes de su superior y llenaron de plomo el vulnerable pecho del primer ajusticiado. A las detonaciones siguieron los gestos mortales de la víctima y los gritos de pánico y angustia de sus compañeros de infortunio.  Cargaron de nuevo sus armas, apuntaron al siguiente reo, dispararon y lo derribaron, siempre bajo las escuetas órdenes del capitán. La  macabra sucesión de hechos continuó hasta que sólo quedó en pie el individuo sonriente, que miraba fijamente a un punto perdido en el cielo. Otra vez sonó la orden de cargar, apuntar… Un colorido caburul, cuyo vuelo nadie advirtió, se posó en un hombro del condenado. Los militares quedaron paralizados por la sorpresa. Nunca habían visto antes un ejemplar vivo de esa especie sagrada. Por fin, conteniendo la respiración, miraron expectantes a su jefe.
        El capitán tenía la vista clavada en el extraordinario animal. No comprendía cómo había llegado hasta allí ni por qué había elegido a aquel desgraciado como compañero. Tras unos instantes de completo bloqueo, respiró hondo y aulló:
        - ¡Que nadie dispare!
        Por nada del mundo podía correr el riesgo de que el  pájaro resultase herido. Tampoco le estaba permitido tocarlo. De algún modo tenía que ahuyentarlo con sumo cuidado. Se acercó, e hizo gestos ostensibles con los brazos. Después agitó un pañuelo de vivos colores, pero el  animal  no abandonó el hombro donde se posaba.
     - Bien -dijo el gerifalte tras unos instantes de reflexión-, esperemos. Antes o después emprenderá el vuelo y se marchará.
        Pasaron  horas interminables. El día dio paso al siguiente, pero nada cambió. Poco a poco los soldados, cuya disciplina les impedía sentarse, empezaron a sentir calambres en las piernas que progresivamente se extendieron por todo el cuerpo. Exhaustos, cayeron al suelo uno a continuación del otro, y en seguida se durmieron. El avezado capitán siguió aguardando a que desapareciese el alado representante de la divinidad para despertar a sus hombres y cumplir con su deber. Pero también él fue vencido por la creciente fatiga. Entonces, el preso separó de su espalda los brazos. El caburul se posó en las manos y rompió a picotazos las ataduras. Una vez libre, se frotó repetidamente las magulladas muñecas mientras intercambiaba sonidos guturales con su salvador. Por fin, el ave se elevó majestuosamente en el aire sin dejar de observar cómo el que estuvo a punto de ser ajusticiado abandonaba el macabro lugar sonriente y tranquilo.

MANUEL PEDRAZA


miércoles, 26 de abril de 2017

RECUERDOS


Ella nunca había ido a París, no había visto la Torre Eiffel  más que en  las típicas imágenes que conoce todo el mundo; desde que compartían piso, su curiosidad por visitar la famosa torre y el ambiente parisino  se habían despertado en ella. Su amiga era  una enamorada de su país y una gran narradora: contaba el suceso más insignificante con tanta pasión y detalle, que era un placer escucharla. Explicaba las formas, colores olores, ambientes y situaciones…

Se conocieron por un anuncio para compartir piso. Fue una suerte para las dos. Empezaron dándose unos días de prueba y habían terminado siendo grandes amigas y confidentes.

Era francesa y se llamaba Carmen. Extraño, ¿verdad? Pues no,  era hija de padres españoles. Su padre quiso ponerle un nombre muy español para que siempre le recordara sus orígenes y ¡vaya si lo consiguió! En un viaje a España, la joven se había enamorado de un gaditano y aquí se quedó. Era una pareja fantástica, lo que se dice tal para cual.

Siempre que hablaban de París, Carmen le prometía a Ana que un día irían juntas y le enseñaría todos esos lugares que a ella tanto le gustaba que le describiera.

Cuando volvió de sus últimas vacaciones, le trajo un regalo. Era un cuadro pequeño sobre un caballete, en el que se veía al fondo la Torre Eiffel, un puente y el Sena lleno de barcos. Le dijo:

− Esto es un adelanto, para que te vayas haciendo una idea.

Sin embargo no pudo ser. Un fatal accidente fue el cruel causante de tener que decir adiós a la Torre Eiffel antes que hola.  Aunque alguna vez visite París, ya no podrá ver el que Carmen le contaba.

                                                                                                                  ROSA ARJONA

LA CAFETERA


Desde mi ventana veo que amanece nublado, la plaza vacía, testigo cómplice del silencio que la  habita. Los bancos, ocupados por inquilinos invisibles. Hojas caídas de los árboles descansan dormidas. Los madrugadores pájaros empiezan con sus  gorjeos a resurgir. A continuación, van apareciendo tímidamente algunos viandantes.

Todo ellos van cargados de sus mochilas llenas de recuerdos, emociones, alegrías, penas, problemas, ilusiones, proyectos…

Un intenso olor a café y pan tostado inunda la plaza. Nadie parece ser consciente de. Todos caminan deprisa, menos el vendedor de la ONCE, que permanece estático.

El olor cada vez es más penetrante. Vuelvo a la realidad, miro a mi alrededor y noto que el olor  viene de detrás de mí. En este momento recuerdo que hace unos minutos empecé a prepararme el desayuno. Salgo corriendo, me dejo la zapatilla atrás, tropiezo y caigo en plancha. Me levanto como puedo, me dirijo a la cocina y veo un chicharrón de pan humeante y toda la pared llena de lunares y chorreones de café. Pienso: “¡Empiezo el día con buen pie! Ja ja ja...”.


MARÍA GRACIA GÓMEZ MACHUCA




MI AMIGO DE LA INFANCIA

A Nico lo trajo mi padre, lo encontró en el campo, agazapado junto a una madriguera, a la que no pudo entrar porque tenía una patita rota. Con mucho mimo, papá se la entablilló con un palillo de los polos que mi madre hacia en el congelador. 
Todos los días, cuando llegaba del colegio, lo primero que hacía era ir a verlo, su patita iba mejorando. 
El resultado fue que se le quedó en un muñón porque él mismo se la mordía por el dolor. También cojeaba un poco, pero nada le impedía correr por el patio de mi casa.
Era mi compañero de juegos, comía zanahorias y alfalfa de mi mano ysi le ponía un folio entre los dientes, lo picoteaba como si fuera un troquel.
Lo peor era que mis padres empezaban a enfadarse porque Nico, para que sus dientes no crecieran más de la cuenta, mordía todo lo que encontraba, los cables de la luz, los marcos de las ventanas...  Entonces, me propusieron meterlo en un jaulón y, aunque no me hacía mucha gracia, no tuve más remedio que aceptar, para que no hiciera daño.
Durante el verano, nos fuimos a una casa que teníamos en el campo y por fin pude dejar a Nico correr en libertad . Al segundo día de estar allí, vinieron unos amigos de mi hermano, lo pasamos estupendamente, bañándonos en la piscina y subiéndonos a los árboles para coger frutas. Por la noche estaba tan cansado que me quedé dormido sin ir a ver a Nico.
Cuando me levanté, bajé corriendo y vi que la puerta del corral estaba abierta y Cuca, la perra de mi abuelo, sentada en el umbral. Llamé a Nico y busqué por todos lados, pero no lo encontré. Mi madre me oyó llorar e intentó consolarme, diciendo que mi amigo, igual que yo tenía una mamá y querría estar con ella.
Durante mucho tiempo lo busqué todas las mañanas,pensaba que pronto aparecería para jugar otra vez conmigo, pero nunca llegó. Sentía  una pena inmensa y me culpaba por no haber ido aquella noche a cerrar el corral donde Nico Dormía.                       Años después, me enteré de que Cuca, como buena cazadora, lo había matado y mamá lo enterró debajo de un sauce para que yo no lo viera.
MARÍA LUISA GALLARDO

RECUERDOS DE MI INFANCIA

Lo que más me gustaba del verano eran las noches. Durante el día, era un no parar. Por la mañana, mi madre venía a despertarnos.
- Venga niños, levantaos, que hay que hacer las camas y limpiar las habitaciones . ¡¡¡Venga,  vamos,  que sois “vendo-sol- y- compro-aceite”!!!
Esto era casi todos los días.
Cuando llegábamos al comedor, cómo olía, ya teníamos nuestro desayuno. Un buen tazón de café con leche (de pucherillo, entonces no había cafeteras como las de ahora) y el mollete, con chicharrones, mantequilla o aceite.
Nada más terminar, ya me iba a la calle. Qué bullicio había a todas horas. Se escuchaba a los vendedores pregonando sus mercancías: “Vamos niña, que tengo los boquerones muy frescos”. O el melonero: “Dulce como la cañaduz, ¿ lo quieres probar?”.
Yo me iba en busca de mis primas a jugar. Algunos días acabábamos jugando en los tejados. Era muy divertido.
Otras mañanas, las pasaba leyendo cuentos, en mi casa o en casa de la novia de mi hermano. Tenía montones de cuentos y revistas del Reader Digest. Todas las lecturas me gustaban. Me abstraía tanto, que  olvidaba que llegaba la hora del almuerzo. Mi madre, si llegada la hora de comer no aparecía, llamaba allí y, cuando me avisaban, salía corriendo para evitar la regañina.
Las tardes, más tranquilas.  Hacía tanto calor que te quedabas aplanada. Veía a mi madre y a mi abuela coser y escuchaba lo que contaban o jugaba con mis hermanos en la azotea.
Cuando anochecía, mi padre subía de la tienda, sacaban la mesa de la cocina a la azotea y era una maravilla cenar allí. Nunca olvidaré las fragancias de esas noches, el jazmín y, sobre todo, la dama de noche.
Me daba prisa en acabar de comer. Cada cual, cuando terminaba, se iba bajando para jugar en la calle. Luego bajarían mis padres y se sentarían en la puerta para charlar con los otros padres, vigilando nuestros juegos.
Las calles estaban oscuras, había poca iluminación, tenues bombillas en las farolas y las luces de las casas.
Una noche bajaba, alocada, las escaleras de mi casa. Los niños ya hacía rato que se oían en la calle. Me lo estaba perdiendo. Al llegar al zaguán, un hombre con un saco al hombro entraba y salía del portal. “Dios, ¡¡el tío del saco!! Ya me lo decía mi abuela. Había  venido a llevarme porque era muy mala. Me puse a gritar como loca: “¡¡Mamá, mamá, ayyyyyy!! Papá , mamá.”
A los gritos, mis padres bajaron que se mataban por las escaleras. Abren  la cancela y…
El hombre les habló muy azorado.
−Perdonen, yo no le he hecho nada. Vengo con estas almendras a Corucho para venderlas y no estaba seguro de cuál era el portal.
Mis padres me miraron. Creo  que mi cara de terror fue lo que  les haría mondarse de risa. Pensé que del hombre del saco, al menos por esa vez, me había librado.
MAITE GALLARDO




martes, 25 de abril de 2017

ROSARIO

En el momento de despertar, no aprecio nada fuera de lo normal. Era una mañana de Invierno como cualquier otra .
La luz era, quizás, más intensa  y fría de lo habitual. Pero no se percató, en un principio, del  silencio infinito que lo invadía todo.
No fue hasta instantes más tarde, cuando Rosario percibió que había algo que no iba del todo bien. No sabría cómo explicarlo, pero presentía lo peor.
            Aunque estaba aterrorizada, por esa escalofriante intuición, se afanó en comportarse como todas las mañanas. Lo primero que hizo fue acercarse a  la cocina para hacer café. El olor del café recién hecho siempre le había reconfortado. Pero aquella mañana, ni el olor del café pudo cambiar lo inevitable.
En el preciso instante en que apagó el gas, notó una fuerte punzada en el abdomen, que le hizo caer de rodillas delante de la hornilla. No era dolor físico, era un inmenso terror que surgió de aquel presentimiento. Era un oscuro presagio que surgía de lo más profundo de su ser. Sabía que algo  horrible acababa de ocurrir. No sabría cómo explicarlo, pero tenía la certeza de que ya nada sería lo mismo.
De repente, en medio de ese infernal silencio, empezó a sonar el teléfono de forma insistente. Ese obstinado sonido que  no cesaba en su pretensión , que no paraba de rugir con esa  dureza. Viene a anunciarle lo que Rosario ha sabido desde el mismo instante que ocurrió.
No tuvo fuerzas para acercarse al teléfono y mucho menos para contestar. ¿Para qué? ¿Para que alguien se lo confirmarse?
—“¡No quiero!…¡No es justo!… Mi hijo, con solo 21 años.
            Sola , inmóvil, tirada en el suelo de la cocina , con su mirada fijada en un punto y  solo acompañada de su dolor. Recordaba algunas breves escenas junto a su hijo, llenas de ternura , que hacían más difícil aún el seguir viviendo después de su muerte.
¿Cómo es posible que pueda el corazón continuar latiendo después de esto? Siento asco de mi cuerpo, viejo y arrugado, que  hace aproximadamente 21años fue usado con el único propósito de engendrarte, olvidándome a partir de ese instante de mí. Toda mi vida  fue por él  y para él, ese matrimonio de conveniencia, esa repulsión a ser acariciada, esas  continuas violaciones consentidas. Todo parte del aquel trato inicial donde tú estabas a mi lado. Recuerdo aquellos sueños de niña en los que me imaginaba siendo madre . Nunca he percibido la vida sin que tú me acompañaras en el hermoso papel de ser tu madre. Me olvidé de vivir, sin ti…Y ahora te has ido.”
Su propia respiración se fue ralentizando. Sentía cómo una fuerte opresión en pecho le iba arrebatando los únicos hilos que le unían con lo terrenal. No le dejaba respirar. Poco a poco,  el dolor iba invadiendo sus órganos, volviéndola en una apacible melancolía.
Volvió a sonar el teléfono, esta vez más fuerte y con mayor urgencia. ¡Ese timbre impertinente, que tiene la desfachatez de irrumpir en su casa! Ese sonido arrogante y desbastador, que no se da por vencido.
¡Dios, le iba a estallar la cabeza  de dolor!
Por fin dejó de sonar el teléfono... Y ella de respirar.

RAFI ANGOSTO


ILUSIÓN

Amanecía. Desde la cama percibió el sonido cotidiano de las campanas de San Sebastián. Una, dos, tres…, siete. “¡Hora de levantarse!”, se dijo.
Esa mañana, su mente no le pedía retozar entre las sábanas un ratito más.  Aunque apenas había podido conciliar el sueño, deseaba saltar de la cama y entregarse al nuevo día. Se sentía especialmente animada. Una energía desconocida a esas horas la invadía, obligándola a incorporarse sin perder un segundo. En el baño, el espejo le devolvió la imagen de una inesperada buena cara a pesar de haber trasnochado. Tenía buena cara, sí. Estaba de guapo subido y ella intuía la razón.
Tenía algo menos de tres horas para desayunar, recoger la casa y arreglarse. Suficiente. La idea de llegar al trabajo la ilusionaba. Llevaba en la empresa un mes escaso y su nueva ocupación le apasionaba. Estaba convencida de que ese puesto llevaba su nombre.
Absorta en sus pensamientos, removía lentamente el café con leche sin dejar de sonreír. Llevaba varios días con una sonrisa dibujada en el rostro. Cogió el móvil y miró su reflejo en la pequeña pantalla. Tenía la mirada brillante. Se le había afilado la cara y su cabello se había ondulado después de haberle crecido unos cuantos centímetros en los últimos tres meses.  Había perdido algo de peso. Seguramente rondaría los 50 kilos. “No hay nada como estar ilusionada para perder peso sin esfuerzo alguno”, pensó. Hacía tiempo que no se veía tan atractiva. La tarde anterior se había encontrado con su amigo Nacho en la papelería y le había dicho lo guapa que estaba; así que no era sólo cosa suya.
Se puso manos a la obra y en algo menos de dos horas había completado las tareas. Cogió el bolso y la maleta de los cachivaches. Esa mañana había formación y tendría que avivar el ingenio para no defraudar a nadie. Aquella maleta estaba llena de cosas que podrían serle útiles cuando llegara el momento de presentar sus propuestas. Le había dado muchas vueltas a cómo plantearlas. Más bien no había dejado de pensar en eso. Confiaba en sí misma y en su capacidad creativa y esperaba que sus compañeros de equipo y el propio director del proyecto apreciaran su entrega.
       Saludó con su mejor sonrisa a Joaquín, el guarda jurado de la entrada, que la previno de un cambio en el lugar de la reunión.
- Antes tiene usted que pasar por la oficina del coordinador -le indicó Joaquín con su habitual amabilidad.
Se dirigió al fondo del vestíbulo y empeñó unos segundos en mirarse en el espejo de una de las cornucopias que decoraba las paredes. Sin duda aquel edificio era un lugar precioso. Accedió desde allí al luminoso patio central que daba paso a las oficinas. Estaba jalonado por arcos de medio punto y columnas toscanas, abrazadas por hojas frescas de yedra. Cruzó el patio. Frente a ella, el pasillo de puertas a uno y otro lado. Avanzó lentamente hasta la tercera puerta de su derecha. Ya había estado allí cuando el coordinador la citó para darle la bienvenida. Se detuvo delante de la puerta dudando si esperar a que le dieran paso o entrar directamente después de dar unos golpes.
-         Adelante – escuchó, antes de terminar de golpear suavemente con los nudillos. Abrió la puerta y asomó la cabeza, saludando con la sonrisa más encantadora de la que fue capaz.
-         Buenos días. Me ha dicho Joaquín que quería verme
-         Buenos días. Sí. Quería comentarte algo.  Toma asiento por favor.
Sara accedió a aquella invitación, esperando no demorarse demasiado, deseosa de presentar sus propuestas a sus compañeros, que sin duda estarían ya reunidos, e impaciente por hacerlo; no quería perderse ni un minuto.
Estando en eso, resonó en sus oídos una especie de zumbido hueco en forma de palabras que la paralizó de golpe. Una ola de calor la invadió, enrojeciendo su rostro. Intentó concentrarse en aquella boca que se movía enviándole sonidos que le parecían cacofonías horribles y pudo escuchar entre ellos una frase que llegó directa a su cerebro:
- Sara, tengo que comunicarte que la empresa ha decidido prescindir de tus servicios. Lo siento mucho.
 OLGA MONTEMAYOR

EL REGRESO

Al fin, ahí está. Preciosa, liviana, brillante, me mira desde arriba, contenta de haber vuelto. Entona su armonioso canto con gran ímpetu, como si quisiera anunciar a todos su llegada. He salido al patio y lo he encontrado más alegre, más luminoso, con las plantas más verdes y las flores más coloreadas. Tal vez han avivado sus colores para darle la bienvenida a nuestra querida viajera, que revolotea canturreando su trino a modo de saludo. Se ha parado en la reja de una ventana y ha comenzado a arreglar su plumaje con el pico. Yo le he sacado una fuente con agua fresca y se la he colocado en un rincón por si quiere saciar la sed después de tan largo  viaje. Y en seguida he avisado a mi mujer:
-¡Mari! ¡Mariquilla, ven! ¡Ya tenemos aquí una golondrina!
Ella ha salido con sigilo, temiendo asustarla.
-Ven, mira donde está –le he dicho mientras señalo con el dedo el lugar donde se ha posado-. Es un macho. ¿No ves las largas puntas de la horquilla de la cola?  Por eso lo sé. Pronto llegará también la hembra.
Foto de la autora
Los dos hemos estado un rato contemplándola mientras hablábamos de la ilusión que les haría verla a los nietos cuando vinieran. Hemos observado el nido de barro junto al alero del tejado y nos ha parecido que está intacto desde que lo dejaron el año pasado. “Estas golondrinas son unas buenas constructoras”, he pensado yo. Pero también son unas perfeccionistas y ahora pasaran varios días reconstruyéndolo. En seguida comenzarán sus idas y venidas a las charcas cercanas para recoger bolitas de barro con las que reforzar cualquier pequeña grieta que pueda haber en la que será la morada de sus pequeños polluelos. Cada año siguen los mismos rituales. Yo he aprendido mucho de sus costumbres desde que me jubilé ya que he pasado muchas horas contemplándolas. Fue maravilloso observar el cortejo de la enamorada parejita y después ver como alimentaban a los pollitos y como éstos iban creciendo hasta abandonar el nido.
Pero al final del verano se marcharon sin decir adiós. Un buen día encontré el nido vacío y por más que levanté la vista al cielo no aparecían. Siguiendo el mandato de la naturaleza habían emprendido su viaje hacia el sur.
 Siempre me queda la ilusión de que regresarán, pero cuando pienso los kilómetros que tienen que recorrer, los peligros a los que se tienen que enfrentar, no puedo dejar de emocionarme al ver que de nuevo están ahí. El gran misterio del instinto de la vida las hace volver cada año anunciando que la primavera va a llegar. 


María Rosario Fernández



HOMENAJE A MI BUEN PROFE

Mira, José Antonio, por tu manera de ser y comportarte me recuerdas a un profe que tuve, un hombre que conocí hace ya bastantes años, aunque parece como si fuera ayer.
Era, e imagino que seguirá siendo, un hombre bonachón y de aire clerical, con mucha paciencia. Al hablar transmitía su amor y pasión por los libros, por sus autores,  por la lectura y, en general, por la literatura.
Fue él el que me abrió los ojos y me hizo descubrir un nuevo mundo, lleno de personajes fascinantes, universos desconocidos e historias entrañables.
Estando un día en clase de literatura, una de las actividades programadas fue hacer un comentario sobre un libro a nuestra elección, de los autores que estábamos estudiando.
Entre ellos la primera novela que cayó en mis manos y que leí, que fue Juanita la Larga de Juan Valera. Quedé impresionada y atrapada en la lectura con los personajes de aquella época, que en realidad no era tan distinta a la nuestra. Una sociedad llena de prejuicios, en la cual destacaba la fuerza de la joven Juanita para revelarse contra ellos y pasar de las habladurías de la gente.
Desde entonces sigo devorando libros, buscando aventuras y conociendo asombros personajes. Desde aquí mi homenaje a este PROFE.

MARI GRACIA GÓMEZ MACHUCA

Entradas más populares