sábado, 13 de mayo de 2017

NUESTRO SECRETO

          No había colegio ese día. Uno en medio del curso de los que figuran en el calendario escolar de vacaciones, que corresponden a la localidad. Por eso, al trabajar los padres, decidí ir con mis nietos a dar un paseo por el campo .
          Fuimos en el coche. Llevaba una bolsa con bocadillos y una botella de agua. El campo estaba precioso, la primavera  en todo su esplendor, aquel había sido un buen año de agua y estaba todo cubierto de flores. Estuvimos buscando insectos, jugando al escondite, metiendo los pies en un riachuelo que por allí pasaba...
          A media mañana, los niños querían tomar algo. Nos sentamos al pie de un árbol frondoso, donde había mucha sombra. Abrí los bocadillos, puse un mantel en el suelo y, sobre un papel, queso, salchichón, chocolate,  piquitos y un tarro pequeño con mermelada, que a ellos les gusta mucho.
          No me dí cuenta de que cerca habría algún enjambre . Así que nada más empezar, todo lo que teníamos  en el mantel de papel, se cubrió de abejas. Los niños se asustaron, yo para quitarles el miedo, les dije que no palmotearan y se quedaran tranquilos para que no les picasen. Muy valiente, para darles la sensación de serenidad, cogí una rueda de salchichón y creyendo que no tendría ningún insecto, que también a mí me resultaba espeluznante… me la metí en la boca.
          Noté la picadura. Enseguida mi cuerpo empezó a experimentar unas sensaciones extrañas. Oía a mis nietos de una manera lejana y decían: “¿Abuela, dónde estás?”.
Yo quiero hablar, pero no puedo. Seguramente la lengua se ha hinchado, pienso. Estoy aquí, a vuestro lado, no tengáis miedo… Pero la voz sigue sin salir. Beberé, en el río. Me muevo diferente, mi cuerpo es más pesado. Me agacho y el agua me devuelve una imagen muy extraña.
Soy un caballo, tengo alas, Dios mío.
- ¡¡Holaaaa!!  -y por fin me oigo. 
Los niños:
- Abuela, ¿qué te ha pasado? Qué divertido, eres un caballito.
Así que estuvimos jugando, ellos se subieron en mí.
- ¡¡Agarraos fuerte!!, vamos de viaje.
          Subimos a una montaña muy alta, bajamos a un valle precioso, la tarde era maravillosa. Pero había que regresar. ¿Qué hacer? No podía llevar el coche. Así que, con ellos montados, llegamos a la puerta de su casa.
- Chicos, ¿lo habéis pasado bien?
- Sí, abuela, ha sido fantástico.
- Bueno, éste será nuestro secreto.

Volví  donde había dejado el coche. Allí estaba. Me eché al lado.


MAITE GALLARDO

viernes, 12 de mayo de 2017

UN SUEÑO VALIENTE

          ¿Cómo podría describirme en pocas palabras? Me podría definir como un insecto insignificante. 
        Mi residencia habitual suelen ser los desperdicios: cuanto más avanzado se encuentre su estado de  putrefacción, más acogedores me resultan. Mis ojos son saltones (siempre he pensado que eso está relacionado con mi gran capacidad de observación). Aunque tengo un carácter huraño, suelo caracterizarme en las distancias cortas por un trato cariñoso. Una palabra que me describiría bien sería "pegajosa". Desgraciadamente, todas estas virtudes las he heredado de la especie a la pertenezco, no las he elegido. Pero tengo un punto de distinción  (o eso creo yo): un carácter bastante inconformista. Lo que no sé decirte es si eso es bueno o malo. Depende de la perspectiva desde donde se mire.
          Sí, queridísima lectora (perdóname, pero siempre me he imaginado que serías de sexo femenino), por desgracia la naturaleza me ha otorgado una inmensa imaginación que, si la juntas con la repulsión a mis iguales, me lleva a concebir todo tipo de locuras. 
          A veces, mejor dicho, la  gran mayoría de las veces (sobre todo cuando estoy ovulando) me siento bastante estúpida, por pretender ser diferente, pero sobre todo por sentirme especial.
          Lo único que me reconforta es pasar las horas muertas en medio de la noche, mirando hacia el cielo, contemplándola, grande , brillante y guapa como ninguna.
          Perdona, querida, mi falta de educación por no presentártela. Pero, si haces un esfuerzo, seguro que eres capaz de imaginar de quién hablo. Te daré una pequeña pista: en algunos aspectos se asemeja a mí: también está sola como yo, pero a ella no parece importarle. Al revés, presume de no necesitar a nadie. Muchas veces, cuando la miro, no puedo evitar evocar una sonrisa e imaginarme lo que sería mi vida desde allí arriba. Dominándolo todo. Contemplando a cierta distancia  lo que sucede. Relativizando los sucesos y siempre manteniendo una opinión imparcial. Me maravilla su carita redonda, su mirada  blanca y esa amplia sonrisa que nos alegra en tantas  noches.
          ¿Realmente yo sería capaz de reconocer la línea invisible que divide  la locura de la valentía? ¿Y si realmente no existe diferencia entre el deseo de mejorar y la pretensión absurda de ser como ella?
          Decidí lanzarme al vacío, sin más recursos que mi tozudez. Puse rumbo a mis sueños. Volé con todas mis fuerzas hacia su luz. Estaba convencida de que, si conseguía llegar a tocarla, me transmitiría parte de su esplendor.
          Me reconocerás, mi querida lectora, que parte de esta hazaña tenía un punto de locura. Imagínate una mierda de mosca pretendiendo parecerse a la Luna. ¿No te recuerda a un loable propósito, más afín al Quijote de la Mancha? Pues ahí iba yo, encima de Rocinante, para salvar a una dulce doncella (o sea, yo) de las garras de la mediocridad, de aquello en lo que se iba convertir su vida si yo no le ponía remedio.
          Gracias a tanta tozudez volé y volé hasta que la toqué.
          Y todo cambió en mí... Fue algo parecido a una metamorfosis, que, aunque no resultó dolorosa, me producía pequeñas descargas un tanto desagradables. Transcurridos unos minutos, comprobé lo ocurrido: ¡empecé  a emitir luz!, una luz maravillosa. No me podía creer lo que me había ocurrido. Fueron unos momentos de mucha incertidumbre. Difícil de asimilar el nuevo rol, más relacionado con la familia de las luciérnagas que con  una mosca. Pero tenía un inconveniente: por el día era más fea incluso que antes. ¡Alguna contrapartida tenía que tener!
          En la actualidad,  llevo gustosamente mi fealdad diurna, porque sé que, cuando llega la noche, me transformo en una maravillosa fuente de luz.

RAFI ANGOSTO
(Foto de Manuel Romero Calatayud)

jueves, 11 de mayo de 2017

DESEO REALIZADO

          Todo comenzó un día por la mañana temprano. Como venía siendo habitual, me levantaba con las primeras luces del alba, el trabajo obligaba a ello.
       Aquel día no escuché el sonido del móvil. Era un fiel aliado para no quedarme dormida. Tanto en invierno como en verano remoloneo y preciso su ayuda.
        Al despertar, un agradable olor lo invadía todo, un aroma entre amargo y silvestre, fuerte pero revitalizante.

       Un aire fresco me hizo sentir un repelús, encogiéndome instintivamente hacia adentro. No recordaba que la noche anterior hubiera dejado la ventana sin cerrar.
         Abrí los ojos y quedé paralizada ante lo que descubrí.
− ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy?
       Esas fueron las palabras que pasaron por mi mente, sin llegarlas a pronunciar. Tenía ganas no solo de decirlas, sino de gritarlas con todas mis fuerzas. Mi garganta no respondía a las órdenes que recibía de mi cerebro.
          La primera reacción que tuve fue pellizcarme.
− Esto es una pesadilla. No puede ser.
          Pero no, mis manos no estaban, ni mi cuerpo. Cerré los ojos con fuerza y deseé que al abrirlos volviera todo a la normalidad. Desgraciadamente no fue así, no cambió ni una pizca el escenario ni mis sensaciones.
       El corazón amenazaba con salir disparado, sus latidos eran tan intensos que abarcaban todo mi cuerpo, mejor dicho, lo que quedaba de él.
         A pesar del vértigo  y del temblor extraño que me invadía, intenté tranquilizarme. Conté hasta diez y otra vez hasta diez.  Unas cuantas veces.
       Algo más tranquila, observé con detenimiento lo que me rodeaba. El panorama era desolador. Mejor dicho era encantador, pero mi situación era increíble y no podía ni quería apreciarlo.
      Para mi asombro, mi cuerpo se había reducido a un tallo erecto de color verde claro, rodeado de vellosidades blanquecinas brillantes. En vez extremidades, hojas alargadas, dentadas en los bordes. Y para finalizar, el sorprendente cambio que había sufrido, unos pétalos delicados de color escarlata intenso coronaban cabeza.
      Tenía los pies…, más bien el tallo,  hundido en el suelo, abrazado por una tierra rica, suelta, amarronada. A mí alrededor, cientos, miles de plantas, iguales a aquella en la que yo me había convertido. Se mecían al compás del ligero viento que comenzó a levantarse. Formábamos parte de una alfombra roja, que se balanceaba de forma plácida y elegante.
− ¡¡ Soy una amapola!!  No me lo puedo creer. Sí, sí, es.
Vistas de cerca, eran sencillas y humildes, las mismas que yo miraba desde la lejanía.
       Antes de ese despertar, casi todos los días, había compartido mi melancolía con ellas, interiorizando en mis pupilas su belleza, transportándome a espacios infinitos de paz. A veces las envidiaba, volaba imaginariamente, desde mi ventana hasta sus campos primaverales. Había ambicionado sus colores tan intensos y la suavidad sedosa de sus pétalos.
       Siempre desee  formar parte de ese cuadro que se abría ante mi vista. Era igual que un tapiz, colorido de lana. Con sus cuadrados, rectángulos o rombos, irregulares, verdes, ocres, marrones, amarillos y rojos. Cambiantes a través de las distintas estaciones del año.
       Un ruido me sobresaltó, sacándome de mis pensamientos. Era mi móvil que sonaba y sonaba estrepitosamente.
           Abrí los ojos y nuevamente vi el campo  a mis pies, tan bonito como siempre, tan lejano y tan cercano  a la vez. En un rinconcito, el retal rojo donde por unos instantes había vivido mi corta aventura.
            Al ir a coger el teléfono, observé que las  puntas de mis dedos estaban cubiertas de un polvo fino amarillo, suave. Mi pelo olía amargo y en el parquet del dormitorio había restos de tierra oscura, suelta, fértil, rica. La misma que  estoy segura que en algún lugar y  en algún tiempo había abrazado  mis pies.
 Maite Martín

LÁGRIMAS DE BASURA

          Un golpe seco impacta sobre el fondo de mi estructura. Algo se mueve inquieto en la oscuridad de mi entorno. Un ladrido dolorido me hace comprender lo que tengo dentro de mí. Es un perro pequeño; le falta un ojo y tiene una pata doblada.

          Se han desprendido de él de una forma violenta y agresiva. Lo han abandonado para que muera.

          Aparentemente soy un colaborador cómplice, pasivo e indiferente. Pero eso no es así. Me   preocupa la actitud de todos ellos, ya que hay muchas cosas que me estremecen, que me angustian. Como lo de este animal, que me lame, buscando calor y ternura en mí. Y yo no puedo evitar que lágrimas de basura me opriman.

          Pero yo, un simple contenedor, me siento responsable, porque, aunque solo somos los que almacenamos los desechos de los seres humanos, también tenemos nuestra nobleza oculta.

          Cuando por la noche evacuan las inmundicias de nuestro interior, en este momento quisiera poder gritar por qué existe tanta desigualdad e indiferencia entre ellos. Mi grito silencioso nunca llegará a ningún lado. Ni jamás podré transmitir lo que me duele: ver algunas veces cómo una mano eleva la tapa que me cubre y descubrir unos ojos ansiosos escudriñando en mi interior. Buscan dentro de mí, hasta lo más profundo, para ver si hay migajas de comida para paliar su hambre.

          Somos los portadores de las miserias humanas, convivimos con ellas. A veces nuestro olor los aleja con repugnancia, sin comprender que nuestro olor es el olor de ellos.

         Depositan en nuestro interior tantas cosas, que nos hacen espectadores de su forma de vivir. Allí, en la oscuridad del habitáculo, vemos sus mezquindades, avaricia, descontrol, dejadez, indiferencia, falta de colaboración. También su abundancia, pobreza, despilfarro. Percibimos si hay niños, viejos, juventud, lujuria, falta de colaboración con el medio ambiente...

          Para ellos somos una simple estructura anclada al suelo. Pues se equivocan: somos la voz de su conciencia en silencio, a pesar de que no lo quieran ver.

          Y por eso hoy he llorado. He compartido con este pequeño perro las injusticias que veo a diario. Aunque sea rodeado de mierda. Pero no es nuestra mierda, es toda de ellos.

          Y ahora, duérmete perrito, duerme. Que esta nana entre basura te dormirá.

MARÍA CÓRDOBA


DON PELAYO


            Paseando por la alameda, me encontré con Don Pelayo. Nunca imaginó la vida tan 
azarosa que tendría.
De pequeño, las hormigas le hacían cosquillas, se metían por todos sus recovecos y no le dejaban dormir la siesta. Con el tiempo, llegaron a ser buenos amigos y confidentes; jamás delató dónde estaban sus escondrijos.
A medida que fue pasando el tiempo, se hizo amigo de gorriones que lo despertaban al amanecer con sus trinos y juegos. Además, vio crecer a muchos de sus polluelos, a los que vigilaba expectante.
Por las mañanas se desperezaba viendo nacer el día y, cuando el sol estaba en todo  su auge, él también reflejaba un brillo resplandeciente.
Al llegar el otoño se sentía cansado y entre sus ramas escondía su tristeza, ya que no le quedaban hojas. En primavera resurgía, se regeneraba y se ponía alegre y dicharachero.
Con el paso de los años se hizo fuerte y robusto ¡Ni los más grandes vendavales eran capaces de tumbarlo!
De todos es conocido Don Pelayo. El más legendario, grande, robusto y majestuoso de todos los árboles, bautizado así en honor al primer monarca asturiano.

Mª Gracia Gómez Machuca 

RADIACTIVIDAD

Hacía mucho tiempo que soñábamos con pasar un fin de semana de acampada.
Siempre buscamos sitios libres, donde no encontremos a nadie en unos kilómetros a la redonda. No nos importa que no se pueda llegar con el coche, cargamos mochilas y tienda a la espalda, pero así nos aseguramos el estar solos.
Por fin llega el tan ansiado día. Hace un sol radiante. Dejamos el coche junto a unas rocas que cortan el camino y nos disponemos a andar.
           Subimos hasta un acantilado, desde donde se ve un mar infinito. Ya habíamos estado allí con anterioridad y nos gusta porque, al anochecer, parece que puedes coger las estrellas con las manos y acariciarlas. El aire que se respira es limpio y puro.
Conforme vamos subiendo, la niebla nos va envolviendo y cada vez se hace más densa. Nos cuesta respirar.
           A lo lejos se divisa un intenso y silencioso relámpago, seguido de un trueno. Parece que se avecina una tormenta, pero ya nos negamos a marcharnos. Montamos la tienda y nos ponemos a comer algo antes de que empiece a llover.
           De pronto oímos un gran zumbido y un impacto seco que hace retumbar la montaña. Por el horizonte aparece una figura gigantesca, parecida a un gran pájaro, tan alto como un edificio de dos pisos. Sus alas pueden medir unos veintes metros de envergadura. La criatura es negra como la noche, la cabeza con forma de huso y un solo ojo, que permanece inmóvil. El pico tiene forma de garfio y de él le sale una lengua bífida muy larga. El monstruo se sostiene en el acantilado con un par de garras de tres dedos.
           A su espalda el sol se está poniendo y esta inmensa mole despliega su cola, como si fuera un abanico gigantesco de múltiples colores, y se eleva varios metros por encima del suelo, arrasando todo lo que encuentra a su paso igual que un lanzallamas.

Mi compañero y yo queremos correr, pero nuestros cuerpos se niegan a obedecernos. Nos hemos convertido en dos figuras de roca, a nuestro alrededor todo está inmóvil, nada tiene vida. Me miro las manos y soy un esqueleto. En ese momento, el monstruo explota y nosotros somos un montón de ceniza y polvo.

MARÍA LUISA GALLARDO



miércoles, 10 de mayo de 2017

A RAS DEL SUELO

         Huelo la lechuga, las coles, acelgas y algo más muy apetitoso. Todo está ahí arriba. Pero los animales sobre dos patas me asustan. Mejor que volar, treparé por la madera, por este lado  más tranquilo. Ya estoy en lo alto. También aquí hay seres bípedos. La situación es peligrosa, pero tengo hambre y aquí… ¡Caramba, aquí hay un manjar! Empezaré por esta hoja tan apetecible. ¡Qué jugosa! Ahora este tallo verde y fresco. ¡Buenísimo! Bien, ya es suficiente. Tengo miedo. Voy a buscar un sitio solitario donde hacer bien la digestión.
     Debo tener mucho cuidado al bajar. La madera no presenta ninguna irregularidad y el abdomen, lleno, entorpece mis movimientos. Despacito, despacito. Ya piso el suelo. ¡Vaya, otra vez ese animal de los bigotes largos! ¡Viene hacia mí! No es uno de mis depredadores, pero no me gusta que se acerque tanto. Me acurrucaré dentro del caparazón. Tengo encima su hocico. ¡Cuánta humedad! Debe haberme lamido. Ahora no hace nada, voy a olfatear con cuidado… Mis antenas no lo detectan. ¡Magnífico, se ha ido! Ya puedo continuar mi camino.
        Por fin he logrado salir. Aunque me adapto a los ambientes más variados, prefiero vivir al aire libre. Voy a desplazarme pegado a la pared hasta que encuentre un lugar acogedor, alejado de estos seres bípedos y de esos objetos grandes, ruidosos y veloces que expulsan gases malolientes. Un animal con dos patas se me acerca. Lleva en alto algo largo que se ensancha en el extremo. ¡Zas!, ¡qué golpe! ¡Casi me aplasta! Otra vez se eleva lo que me ha atacado. Ahí delante veo algo hueco. Me meteré dentro. ¡Uf, por poco! Este cilindro de metal ha parado el golpe. Voy a mirar con cuidado. Se aleja lo que ha podido matarme. De todos modos, me quedaré quieto un ratito. Aquí  no se está mal.        
      Ya he descansado y mi cuerpo, que se había acalorado con tanto ajetreo, ha recuperado la temperatura idónea. Voy a caminar al azar sin alejarme un milímetro de la pared a ver qué encuentro. ¡Vaya, esa es una hembra interesante! Me acercaré a ella y agitaré mis antenas a ver si le gusto. Pero, ¿qué hace? ¿Por qué se da la vuelta y huye? Algo en mi cuerpo le ha repugnado. Seguro que es por culpa del animal peludo que me lamió. Bueno, buscaré un charco de agua donde pueda verme y averiguar qué pasa. Después, en un lugar donde disponga de algo de intimidad, recuperaré mi aspecto  encantador.  
        Algo se mueve detrás de mí. Voy a esconderme debajo de ese cubo de basura. Está cada vez más cerca. Quizá volando pueda escapar. ¡Horror, me ha atrapado! Dos filamentos delgados y duros  aprietan mi cuerpo por ambos lados. Me levantan y me introducen en un lugar con paredes transparentes y duras. No puedo perforarlas con mis mandíbulas, ni siquiera trepar. Tampoco puedo huir volando porque estoy encerrado. ¿Qué está pasando?
        Han abierto mi prisión. Otra vez me cogen dos filamentos rígidos y me colocan sobre una superficie tierna. Algunos cuerpos bípedos se mueven a mi alrededor. Ha empezado a llover. ¡Con qué fuerza caen las gotas! Pero esto no es agua. Qué sensación más rara. No me obedecen las patas, ni las antenas, mis élitros se están fracturando, estoy perdiendo las consciencia…
− ¡Señor Samsa, despierte! ¡Señor Samsa!, ¿me oye? ¡Despierte!
− ¿Do, dónde estoy? ¿Qué me ha pasado?
−Tranquilícese. Está en una habitación de la Clínica Experimental de Transformación Somática. El “Proyecto Coleóptero” se ha desarrollado, en líneas generales, según las pautas previstas. Ya no plantea ningún problema la coordinación de las extremidades. Acabamos de extraerle el microchip inserto en su espalda para proceder a su reprogramación. Cuando haya descansado del todo, avísenos. Le volveremos a implantar el microchip para iniciar su proceso de transformación en ciempiés.
                                                                      
                                                                                          Manuel Pedraza


martes, 9 de mayo de 2017

VIEJOS SERVICIOS

Soy  una especie en peligro de extinción. Durante  años y años fui el medio más fiable e íntimo de comunicación. Hoy, en aras  de la tecnología y la inmediatez,  he perdido mi esencia más profunda. He pasado a ser algo frío e impersonal. Solo suelo ser usada como correspondencia bancaria u oficial, o medio de reivindicación y protesta.

En mis buenos tiempos, llegué a sentirme y ser muy importante. Fui portadora de montones de noticias de todo tipo. Desde las más gratificantes y jocosas a las muy serias y trascendentales. He sido esperada y temida. Mi contenido era un reflejo de la persona que me escribía. Alegre, triste, enamorada, enojada, ingenua, ingeniosa. En mis sobres han viajado todas las emociones imaginables.
He sido cómplice de múltiples situaciones: el primer amor, el primer o último desengaño, el adiós definitivo o el hasta luego de quien nunca volvió. Me han escrito y acariciado millones de manos, llenas de impaciencia o temor. Manos jóvenes, vigorosas e ilusionadas, y manos arrugadas, llenas de experiencias y sabiduría.
He viajado mucho. Unas veces han sido distancias cortas, entre pueblos y ciudades cercanas. Pero en otras ocasiones he recorrido muchos Kilómetros y hasta cruzado océanos.
Mi destinatario no siempre me leyó, a veces fui arrugada y tirada con rabia a la papelera, otras mi destino fue simplemente una chimenea. Unas veces me destruyeron las manos que me enviaba y otras, las que me recibieron. Algunas veces sólo fui olvidada en una mesa, donde  la encontró alguien que al leerla por curiosidad; se enteró de lo que no esperaba o de lo que estaba buscando.
He sido escrita de muy diferentes formas, desde las caligrafías más exquisitas y refinadas, hasta los trazos burdos e ilegibles. Con elegantes plumas, bolígrafos normales y corrientes, y humildes lápices. Lo que importaba no era la forma, sino la intención y el contenido. Una simple hoja de papel en blanco ha llegado a ser un sueño o una pesadilla.
En definitiva, soy la nostalgia hecha papel.

Rosa Arjona

UN PEQUEÑO MONSTRUO CAIDO DEL CIELO

Bruscamente noté un leve golpe en el muslo. Enseguida miré hacia abajo para averiguar de qué se trataba. Y allí estaba, mirándome fijamente con sus brillantes ojos de azabache, agarrado con fuerza, con sus finas uñas, a mi falda de punto, destacando insultantemente con el oscuro terciopelo de su cuerpo sobre el blanco inmaculado de mi ropa, mostrando sus dientes, amenazante, como un vampiro.

Yo quedé al instante paralizada. No podía apartar mis ojos de aquella masa negra que me parecía que aumentaba de tamaño vertiginosamente y se transformaba en un monstruo tenebroso bajo mi horrorizada mirada. Sentía que en cualquier momento su boca se iba a estirar para convertirse en las grandes fauces de un cocodrilo que se acercarían a mi rostro aterrado y me engullirían de un golpe.
El mundo se había parado. Sólo existíamos él y yo, mirándonos profundamente. Quise gritar, pero mi garganta no me obedecía. Quise correr, pero mis pies estaban pegados al suelo. Sentí que no había nada a mi alrededor, que la gran oscuridad de aquel cuerpo lóbrego lo había ocultado todo. El tiempo se había detenido. Habría permanecido allí eternamente si aquel fuerte  grito no me hubiera vuelto a la realidad:
-¡Un murciélagooo!
-¡Un murciélagooo! –se oyó de nuevo como un eco.
A continuación muchas voces de niños repetían lo mismo por todas partes. Me vi rodeada de caras asombradas que me observaban sin atreverse a acercarse.
-¡Parece un vampiro! –dijo una niña.
-¿Le va a chupar la sangre? –preguntó un niño.
En ese momento  pude oír también otras voces de niñas que me resultaban conocidas. Eran mis amigas dándome ánimos:
-Tú no te muevas. Verás como en seguida se va.
Sus palabras no me sonaron sinceras. Pero de todas formas tampoco pensaba moverme.  Me encontraba allí, en medio del parque donde solíamos ir cada tarde a jugar, rodeada de chiquillos gritando, con un asqueroso bicho enganchado a mi falda, sin que nadie hiciera nada por mí.
Por fin vi acercarse a Carlos Zapatones, el hermano mayor de una de mis amigas.
-¡Traedme un palo! –le escuché decir en medio de todo el jaleo.
-¡Un palo! ¡Un palo! –coreaban los demás chiquillos mientras corrían hacía los jardines.
Al fin un niño pecoso llegó jadeando con el preciado tesoro. Zapatones se apresuró a arrebatárselo y se dirigió hacia mí. Agarró por una punta la rama de arbusto que acababan de traerle y comenzó a empujar con ella al murciélago.
-¡Está bien agarrado! –voceaban los demás –. ¡Dale más fuerte! ¡Más fuerte!
-¡Callarse! –decía él adoptando la actitud del torero que se dispone a matar.
Después de muchos esfuerzos consiguió que el bicho cayera al suelo. Yo corrí a cobijarme entre mis amigas que se apresuraron a consolarme. Lloré emocionada por sus abrazos, pero en seguida  nos dirigimos todas a ver la suerte que estaba corriendo el ahora indefenso animal que había quedado a merced de la despiadada curiosidad de todos.  Los niños provistos de palos y piedras le zarandeaban y golpeaban sin compasión. Ya no era más que un ser moribundo. En unos instantes quedo inerte, pero los chiquillos continuaban observándolo, tratando de estirar sus alas, mirando su cara sin vida.
Han pasado muchos años, pero no he olvidado aquellos momentos ni aquel misterioso murciélago.  Ya no les veo como monstruos porque sé que son beneficiosos y nos libran de gran cantidad de insectos. Ahora sé que hay que protegerles porque, al igual que otros muchos animales, están desapareciendo a un ritmo alarmante a causa del indiscriminado uso de pesticidas que los envenena. Pero todavía hoy, en las tardes de verano, cuando anochece y veo como revolotean por el cielo, no puedo evitar pensar que alguno se va a precipitar sobre mí.


María Rosario Fernández 

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