jueves, 15 de junio de 2017

COMBUSTIÓN

         Juan subió a su coche, camino del turno de tarde. Mecánicamente sacudió los restos de hojarasca que se le habían pegado en el pantalón.
         —Estoy seguro de que hoy usaré mi traje de intervención. Cubriré un nuevo servicio.
          Inconscientemente, recuerda el día que comunicó a su familia la decisión. Fue justo a la hora de la comida. Todos estaban presentes. En  casa, la mesa era el lugar de debate, preferiblemente durante la comida de medio día.
       —­Quiero ser bombero. Voy a prepararme las oposiciones.


        La cuchara que viajaba a la boca de su padre, quedó suspendida a mitad de recorrido. Su madre fue invadida por una ola de pánico, blanqueando por unos segundos su cara.
        Entre el primer y segundo plato, trataron de desanimarlo.
          —Es peligroso. No estás preparado.
          —¿Estás seguro? No es fácil aprobar.
            En los postres ya sabían que era imposible hacerle desistir. Los argumentos se estrellaron contra la firmeza de su resolución.
 Después vinieron ocho duros años de estudio, trabajo y sacrificio. Se presentó a todas las oposiciones que se convocaron. Fueron pocas, la crisis y los recortes las habían paralizado. Al fin, llegó el día más feliz de su vida. Su nombre apareció en el boletín oficial, como adjudicatario de una plaza en una capital de provincia.
Recordando esa parte del pasado, el trayecto hacía su lugar de trabajo  pasó rápidamente. Tras la última curva, divisó el cuartel en plena actividad. Las unidades móviles preparadas. Sus compañeros cargaban ya las botellas de aire. Un hombre joven, fornido, con un casco que no dejaba ver su cara,  gritó:
                —Juan date prisa. Rápido. Se presume un gran fuego.
            Subió las escaleras de tres en tres. Sacó el traje protector de la taquilla. Rápidamente se introdujo en él. Con meticulosidad ajustó la máscara. La adrenalina comenzó a hacer efecto, alertando  todos los mecanismos de supervivencia necesarios para la tarea que les esperaba.
En pocos minutos llegaron al lugar del siniestro. Saltaron desde los vehículos al suelo, con toda la rapidez que sus cuerpos podían desarrollar. 
El incendio era muy virulento. Tres focos distintos. Los pinos carrasco estaban siendo devorados por traidores abrazos de  lenguas de fuego rojas, hipnotizantes,  intensas, que rápidamente evolucionaban, convirtiéndose en remolinos de   negra desesperación. Los árboles se retorcían; en medio de su propia devastación producían un chisporroteo que podía llegar a ser por sí solo un espectáculo. Las piñas estallaban igual que una mascletá fallera. El calor agredía a todo el que osaba acercarse, repartiendo  bofetadas asfixiantes.
Fueron recibidos con aplausos de la gente arremolinada en la carretera. Procedían del camping cercano. Se posicionaban, querían ser espectadores privilegiados del estrago. Sus móviles disparaban fotos sin cesar, que formarían parte del anecdotario de sus vacaciones.
Las llamas corrían, atropellándose siniestramente unas a otras. Crepitaban amenazantes, ascendiendo irrefrenablemente por la ladera;   desafiantes, soberbias, se sabían protagonistas del funesto espectáculo. Acaparadoras de todas las miradas en su macabra danza de fuego.
Todos los bomberos entraban y salían del agobiante infierno, agotados por la fuerza y resistencia que les planteaba el incendio, alimentado por leños secos y monte bajo jamás desbrozado. Consumían botellas de aire como si fueran cervezas heladas en aquella tarde de tórrido verano.

Tras varias horas angustiosas y asfixiantes, el incendio se dio por extinguido. El cementerio de troncos retorcidos, con sus espantosos  esqueletos humosos, era todo cuanto quedó. Un silencio lúgubre se había impuesto, decolorando el sonido del bosque en verano. Todo había desaparecido bajo una sabana gris, de ceniza vaporosa, prueba del desastre ocasionado.
Sin aliento, Juan  se tiró en la cuneta, a la sombra. Secaba el sudor y paliaba la deshidratación sufrida con sorbos de agua que lentamente apagaban su incendio interior. Los daños eran dolorosos, pero soportables. Todos sus compañeros le habían reconfortado.
Observó que al otro lado de la carretera estaban las autoridades. Tenían cara de circunstancias. No escuchaba su voz, pero si percibía la contrariedad en sus gestos.
Los medios de comunicación difundían la paralización del recorte en la plantilla de bomberos. Se habían registrado demasiados incendios en la zona  en los últimos tiempos y sería temerario prescindir de personal. La propuesta había sido retirada.
La sonrisa asomó a su boca. Perfecto, pensó,  así acabarán los sorteos entre los chicos. Quedarán atrás los malos momentos pasados, destruyendo aquello que luchamos por salvar. Los daños colaterales han sido inevitables.
  —Es la única forma de proteger el bosque y nuestros puestos de trabajo.
               Tras su jornada laboral, volvió a casa, esta vez sin pasar por el monte. Abrió el maletero del coche. Bajó dos garrafas de plástico rojo  con un fuerte olor a gasolina, un paquete de cigarrillos y varios mecheros. Ojalá nunca debiera utilizar el cargamento, ni aliarse con su peor enemigo para conseguir sus objetivos.
                Esta vez habían ganado por partida doble.

                                                                                  MAITE MARTÍN

martes, 13 de junio de 2017

ASESINOS DE LA CARRETERA

De pronto, un golpe seco. Se había oído el chirriar de unos frenos.     Después, lamentos, gritos… “¡¡¡Llamad a una ambulancia!!!”, “¡¡¡Franc, Franc. Dios mío, no contesta!!! Pero, ¿qué ha hecho ese hijo de puta?”. Hombres como castillos y lloraban como niños por la impotencia que causaba el espectáculo que se presentaba ante nuestros ojos. Íbamos detrás y presenciamos el accidente. “¡Lloraban, lloraban! “, “ ¿No dicen que los hombres no lloran?”
Llegó la ambulancia, la policía. Del coche sacaron a una mujer joven, callada, con cara de idiota. Allí mismo le hicieron las pruebas de alcohol y de drogas. ¡Dio positivo en ambos! A mi dueño, Alberto, y a sus amigos los metieron en la ambulancia. Escuché decir que rápido para el hospital. En el suelo quedaron unos cuerpos cubiertos con unas mantas; oí que habían muerto. A nosotras, las bicicletas, nos metieron en un camión-grúa y nos llevaron al depósito de la policía.
Pasados varios días, Alberto vino a recogerme. Estaba destrozado. Su amigo Franc había quedado en el asfalto. También otro compañero, pero Franc… Eran muchos años los que llevábamos saliendo juntos. Los ciclistas nos aman, nos cuidan, nos tienen siempre a punto. Nos hacen pasar muy buenos ratos. Son gente sana, a la que les gusta el contacto con la naturaleza.
Ese día habíamos salido temprano. Querían volver pronto, porque algunos tenían celebraciones de comunión. Los domingos es peligroso circular por las carreteras secundarias. No todo el mundo está concienciado todavía de que no debe coger el coche después de haber bebido.
Alberto y Franc iban charlando y bromeando. Vieron una venta y dijeron al grupo que ya era hora de tomar un café… Y de pronto: ¡zas!, el topetazo. Nosotros, Alberto y yo, su bici, íbamos en paralelo con Franc, que circulaba por la parte de fuera.
Alberto, sujetándome en el cuartel de la policía, comentaba entre sollozos con otros amigos que habían ido también a recoger las suyas, y con los policías, que aún no se creían lo que había pasado.
Uno de los policías que los escuchaba y se solidarizaba con su dolor les comentó: “¡Qué insensatez!  ¿Cómo se puede conducir, después de una noche en la que has estado bebiendo y consumiendo drogas? ¿No piensas que no eres dueño de tus reflejos?  ¿Que puedes quedarte dormido? ¿Podrás seguir viviendo, con la carga de haber provocado la muerte a unas personas que sólo estaban practicando deporte?”.
Días después escuché en las noticias —estábamos las bicicletas y nuestros dueños en una terraza— algo así como que la persona que nos había atropellado era reincidente y que sería acusada de homicidio involuntario. Alberto dio un puñetazo en la mesa y exclamó:
—¿Homicidio involuntario? ¿Los humanos somos tontos? ¿Cómo se puede  hablar de homicidio involuntario cuando una persona coge un coche habiendo bebido y consumido drogas?
—Eso es abiertamente para mí un A-SE-SI-NA-TO —dijo Moisés— y la persona que lo comete una ¡¡ ASESINA!! Hoy se tiene conocimiento suficiente para saber que no se puede conducir bajo los efectos del alcohol y las drogas.
—La Administración debería ser más dura con esas personas. Siegan la vida de seres que no tienen la culpa de su falta de responsabilidad y de su insensatez —dijo Elisa. 
Todos estuvieron de acuerdo en que debían hacerse oír para manifestar su disconformidad y su intolerancia hacia esos  ASESINOS DE LA CARRETERA.

MAITE GALLARDO

MARÍA

Siempre tuvo un propósito; bueno, más que nada era una obsesión, un total convencimiento.
Con sus 14 años, se revelaba y resistía a compartir el pensamiento de la época. Frases y teorías que le parecían terroríficas. Dichos como: “quien bien te quiere te hará llorar”, “la letra con sangre entra”,”quien mucho ríe luego llora”, formaban parte de su día a día.
Era obligado ser la mejor en todo, la más estudiosa, la más educada, la más cuidadosa. En resumen, había que ser perfecta o más aún. Ella se resistía, encontraba  más interesante y positivo ser menos perfecta y más feliz. Hacer más lo que le apetecía (siempre dentro de un orden) y no, lo que era convencionalmente correcto.
Inventó el juego de cambiar palabras y letras: 
“Quien bien te quiere te hará reír”.
“Las letras jugando entran”.
“Quien mucho ríe mejor lo pasa”.
Nunca le gustó la palabra competir. Un día se dio cuenta de que, cambiando “e” por “ar”, se convertía en compartir, que le gustaba mucho más; era como cambiar una cuenta de cristal por una perla. Pensaba que estar siempre compitiendo era cansado y aburrido. Mejor compartir, ayudar, colaborar;  era mucho más enriquecedor para todos.
Nunca le gustó la idea de que el mundo fuera un valle de lágrimas. Prefería pensar que era un camino que había que recorrer, donde había piedras con las que tropezarse, pero que también en sus bordes nacían flores de lindos colores. El secreto solo era esquivar o aceptar lo malo y coger siempre, siempre, lo bueno.
Era sencilla y natural. No entendía lo de guardar las apariencias y hacer las cosas por cumplir.
Prefería ser feliz a ser perfecta. Ser feliz con lo que tenía. Ser feliz esperando... Ser feliz demostrando a los demás que es más sencillo soñar que temer.
 A su corta edad, se había dado cuenta de que no todo el que habla dice ni todo el que mira ve.
Cuando hablaba de su propósito, había opiniones para todos los gustos. La tachaban de rara, de faltarle un tornillo y la opinión más benevolente era llamarla ilusa. Nunca le importó, estaba segura que los raros eran los otros. Los tristes, los perfectos, los miedosos, en definitiva, los convencionales convencidos.
 El tiempo ha pasado como de puntillas por sus fantasías. Ha cambiado por fuera pero en su interior sigue siendo la niña a la que le gustaba cambiar palabras. Su propósito es el mismo: huir de los típicos tópicos. Y su lema de vida es: fluir y correr como el agua cristalina de un río y cuando soplan malos vientos ser flexible como el junco.
ROSA ARJONA


LA DESPEDIDA

Tales fueron los gritos que oí, que mi cuerpo quedó totalmente paralizado por el terror. Su desgarro hacía estremecer todos los cimientos que a duras penas, a lo largo de mi vida, he podido afianzar.
Aunque acudimos lo antes posible al aviso de emergencia, era ya demasiado tarde. No podíamos acceder al interior, la puerta estaba bloqueada, quizás por un exceso de precaución. El fuego nos ganaba la partida, estaba devorando todo lo que se interponía a su paso. Las llamas se extendieron con una inusual rapidez por el piso, parecía que le urgía matar. De pronto, el humo negro nubló nuestra visión, era como si la tierra se hubiera tragado al resto de las víctimas. El silenció hizo acto de presencia, con su vertiginosa  premura por arrebatar lo que consideraba que era suyo.
Es terrible este trabajo. Sobre todo cuando imprevisibles circunstancias  impiden la posibilidad justa y honorable de  salvar vidas. Pero mucho más duro, cuando esas vidas significan tanto para uno mismo, como es tu propia familia. ¿Cómo se puede continuar ejerciendo tu profesión, cuando el piso en llamas es el tuyo y los gritos de socorro son los de tus hijos?
Broma del azar que estas llamas impertinentes  fueran el motivo por el cual nació en mí la pasión desmedida por mi profesión y sean ellas mismas  las que me arrebaten lo más valioso que he tenido. Chispeante y noble al mismo tiempo, el fuego me ha retado a lo largo de mi carrera profesional de forma juguetona y persistente, como si de una meta que había que vencer en cada intervención. Ahora sí... se ha cobrado con creces, en un solo instante, la deuda acumulada de años, dejándome a la deriva con una  incontrolada rabia.
Todo tiene un principio y un final. Y este nefasto suceso me enseñó a odiar. A odiar con toda la pasión que mi cuerpo pueda sentir. Era tal la aberración que me producía la felicidad ajena después de lo ocurrido, que sentía la inmediata necesidad de transgredir ese mismo dolor. Destino caprichoso que se conjuró para que un cúmulo de aterradoras casualidades me destrozara la vida en décimas de segundo.
En estas circunstancias, apareció ella. Una niña dulce, con mirada inocente y esa carita sonrosada, que me hacia recordar que el mundo sigue igual a pesar de mi fatal ventura. ¿Quién podría imaginar que esta pequeña niña me pudiera provocar la más despreciable de las debilidades humanas que una persona puede tener? La envidia. Tan pequeña y tan débil, expuesta a la peor de las aversiones.
Ella no sabe que la vigilo. Juega junto a mí sin percatarse de nada. Tampoco nota cómo mi respiración se agita en el momento en que  nuestras miradas se cruzan. Cuando se acerca lo suficiente para poder olerla, siento un placer difícil de contener. Presiento cómo me ruborizo imaginándome algún roce fortuito.
Ella es feliz y lo divulga a los cuatro vientos, sin importarle a quién esté hiriendo. No percibe todavía su fortuna,  no comprende el cambio de dirección que su subsistencia dará. Una nueva biografía llena de aniquilación.
            La veo jugando en el parque todas las mañanas. Junto a su padre, parece que nada malo pueda alcanzarla; incluso simula estar inmune a mí. Me doy cuenta de que ella no ha aprendido  la dolorosa enseñanza que provoca la soledad y la lección magistral que inculca la devastación de todo tu mundo.
No sabe apreciarlo, porque lo tienen todo. A mí, en cambio, no me queda nada. Ella se merece conocer lo irreparable que puede llegar a ser una casualidad. Una fatalidad que no tiene marcha atrás y, por eso, nunca volverá nada a ser igual.
 Anhelo de forma obsesiva poder causarle a ella parte del dolor que tengo en mi interior. Poder arrebatarle a su familia y que se quede tan sola como estoy yo. Entonces quizás consiga que la inocencia de su cuerpo pequeño y dulce  se despida para siempre, transformándose en odio.


RAFI ANGOSTO

lunes, 12 de junio de 2017

REMEMBRANZA

Me encuentro en un lugar privilegiado, tranquilo y hermoso. Tranquilo porque aquí las agujas del reloj no giran tan de prisa como sucede en otros lugares, y hermoso por lo que me rodea: el color de las hojas de los árboles; el revoloteo de los pájaros al amanecer y al atardecer o la belleza de ese cielo azul intenso, que no lo hay en ningún otro lugar, la suave brisa que me envuelve en primavera y la escarcha cristalina que me abraza en los  crudos días de invierno.
Desde este altozanillo veo pasar la vida y con ella los cambios que las sucesivas generaciones han traído consigo, con sus esperanzas y desilusiones, sus alegrías y sus tristezas.
He notado los cambios políticos que se han producido  a través de los años, con el beneplácito de unos y el rechazo de otros. Ha pasado la Monarquía, la República, el sufrimiento de la Guerra Civil, el fin de la Dictadura y la llegada de la Democracia con su explosión de ilusiones en el futuro.
He visto requiebros, desdenes, risas  y llantos, besos furtivos y llorosos silencios. Disfruto con las risas de los niños y me entristecen los pesares de la gente.
En las últimas décadas he notado que se han producido grandes cambios sociales. Las fronteras han desaparecido y personas de diferente nacionalidad y creencias conviven pacíficamente. Las desigualdades han disminuido aunque  ahora, según oigo a mi alrededor, se está viviendo una grave crisis económica, de la que, dicen, se tardará tiempo en salir.
Observo y me asombro al mismo tiempo de los derechos que han adquirido las mujeres en el  último siglo, algo que antes era impensable que ocurriese. Ya no son solamente esposas y madres; además llegan a ser médicos, arquitectos, abogados, etc., compitiendo en todo con los hombres y superándolos en infinidad de ocasiones.

Hace poco tiempo que me han restaurado, pues estaba muy deteriorada. Soy el elemento central  de una fuente aguadora y fui esculpida por Albert  Ernest  Carrier. 
Todos me conocéis, soy la Negrita.

PEPI PALOMO

UN DÍA INOLVIDABLE

        Siempre recordaré este día, en el que siento como si hubiese nacido de nuevo. Voy a contaros por qué.
        Me despertaron los primeros rayos de sol entrando por las rendijas de la puerta. A los pocos minutos abrió  la cuadra  mi amo, gritando mal encarado:
        —¡Arriba, Hocicón, a trabajar!
        Me levanté triste y salí al patio. Comí algo y bebí agua, mientras me colocaba encima unos serones enormes. Me agarró  por las cinchas.
        —Hoy toca coger fruta. ¡Arre, Hocicón!
        Llegué a la plantación de frutales con un dolor horrible en todo el cuerpo a causa de sus golpes y las orejas gachas de la pena por los insultos que profirió. Allí nos esperaba otro hombre. Entre los dos llenaron los serones con la fruta madura. Se despidieron y mi dueño me condujo, de la misma forma que antes, al cortijo. Por el camino un señor con traje y sombrero me miró con detenimiento y ternura. Llegué a la granja apesadumbrado y muy dolorido. Para mi alivio, varios miembros de la familia pusieron en sacos mi abultada carga.
        Pero no penséis que pude descansar, porque casi de inmediato subió mi amo sobre mis magullados lomos y nos dirigimos al arroyo. Se presentaba ante mí una tarea ardua y fatigosa en extremo. Me ató a una barra larga de metal  que empujé  alrededor de un eje. Fue un rato, pero me pareció un día entero.  Me tiró piedras y golpeó, hasta que se agotaron mis fuerzas. Entonces me desenganchó, se montó sobre mí y, empleando unas energías que no sé de dónde saqué, volvimos a la granja. Allí me derrumbé en una sombra.
        A mi lamentable estado físico se le unió en esos momentos una soledad semejante  a la de un cementerio de noche. Echaba de menos a Hocicona y a nuestro precioso retoño. La familia dio nuestro hijo a un hombre a cambio de unos billetes. Yo, desde entonces, no he hallado consuelo en nada. Ella, que se sentía como si le hubiesen extirpado las entrañas, perdió el apetito, la vitalidad, enflaqueció y al poco murió. Era la única compañera que he tenido.
        Comí algo antes de que me sobresaltasen las voces de mi dueño. Nunca me he acostumbrado a sus berridos. Había en el patio un remolque lleno hasta arriba de troncos. Lo enganchó a mi correaje y me agarró del bozal.
        —¡Arre, animal! ¡Al pueblo!
        Salimos al polvoriento y pedregoso carril, y nos dirigimos al grupo de casas bajas, de un color claro como el de las ovejas, que distaban unos cuantos quilómetros. Eché espuma por la boca y me faltó la respiración en las empinadas cuestas por el peso de la carga y el deterioro del carro.  Por fin, llegamos a una plaza pequeña  con una fuente que manaba vida. Necesitaba imperiosamente beber. Me dirigí hacia ella. Mi amo tiró de mí para impedirlo, pero yo insistí, forcejeé y llegué hasta la base donde hundí mi boca reseca en la fresca agua.
        —¡Todavía es pronto para que bebas, maldito animal! —chilló, pegándome en la espalda con su cayado. Dentro de mí ya no había lugar para más dolor, fatiga y pesadumbre. Pero aproveché esos instantes para quitarme de encima la acuciante sed.
         Dejamos la plaza y avanzamos por una calle empedrada. Me hizo parar frente a un portón de una casa enorme. Entramos. Me condujeron a un rincón donde varios hombres vaciaron la carga. Salimos e iniciamos el camino de regreso.
        —Buenas tardes, buen hombre. ¿Me permite hablar un momento con usted? — preguntó un caballero muy bien vestido, mientras se quitaba el sombrero.
        —Pues…, bueno. ¿Qué quiere?
      —Me he cruzado por los caminos de la zona con este noble animal mientras llevaba penosamente su carga. También lo he visto empujando en círculo una barra de metal hasta casi la extenuación. Creo que me he encariñado de él. Sí, ya no abrigo la menor duda, diría que me he enamorado de él.
        —Pues… no lo entiendo.
        —No importa eso. Se lo compro. ¿Aceptaría por él…?
        Los ojos del granjero brillaron cual ascuas al escuchar la suma. Yo presenciaba  perplejo  la conversación.
        —Hombre… ese dinero no me vendría mal. Bien, trato hecho.
        El caballero le entregó unos billetes que acababa de sacar del bolsillo.
        —Eso es todo, señor granjero. Encantado de haberle conocido. Buenas tardes y muchas gracias.
        —Lo mismo digo.
        Mi ya antiguo amo desenganchó el carro y se alejó, empujándolo muy satisfecho. Deseé desde las orejas hasta la cola no encontrarme nunca más con él.
        El hombre del traje me acarició despacio el cuello, la frente y el lomo.
        —Eres pequeño, peludo, muy suave —susurró en mi oído—. Muy blando, tan blando que recuerdas al algodón. Ahora eres uno más de la familia. ¡Vamos!
        Me echó el brazo por encima del cuello y me empujó con suavidad. El corazón se me aceleró de la emoción y la alegría.
        —¡Qué ojos tan negros! Negros como el azabache. Pero tan duros como dos escarabajos de cristal negro. Ya es hora de que nos presentemos. Yo me llamo Juan Ramón. Tú te vas a llamar… A ver… ¡Plateado! No. ¡Plateresco!, ¡eso! Tampoco. No me gusta del todo. No importa, ya encontraré un nombre digno de ti. Ahora vas a conocer tu nuevo hogar.
        Tal y como os imagináis, me hallo ahora en él. Y esta vez será para siempre.

                                                                                            MANUEL PEDRAZA



domingo, 11 de junio de 2017

PALITROQUE

Palitroque era viejo, muy viejo, pero tenía carita de niño. Se pasaba todo el tiempo allí, sentado en la antigua estantería, atado a los hilos que lo mantenían enganchado a una cruceta de madera. Sus ropas estaban gastadas y descoloridas y su rostro se veía inexpresivo. Sin embargo, cuando alguien le cogía, cobraba vida y parecía reír o llorar y saltaba alegre a veces, o se sentaba pensativo, o saludaba moviendo los brazos. Todo dependía de quien le moviera. Pero al verlo así, tan quieto, nadie podía adivinar lo que realmente sentía, nadie podía imaginar que en su interior bullía un alma joven con colores muy vivos. Palitroque siempre fue un poeta. En su pequeña cabecita de madera fraguaba poemas muy tiernos que recitaba en la oscuridad de la noche:

Quién pudiera
vivir en libertad,
sin cuerdas que le aten,
sin nadie que le mueva.
¿Llegará el día?
¿Llegará?
Quién pudiera
volar como un pájaro,
deslizarse entre las nubes,
cruzar el arco iris.
¿Llegará el día?
¿Llegará?

Hacía tiempo había oído hablar a alguien de la reencarnación y se preguntaba dónde iría su alma cuando él muriera. Soñaba con renacer como un niño y poder andar sin hilos que le sujetaran, o al menos ser un simple perrito que ladrara alegre mientras movía el rabo, o un ave viajera que dibujara su silueta sobre el cielo azul.

–¡Qué marioneta más fea! ¡Ya estoy harta de limpiarle el polvo! –oyó decir un día mientras le zarandeaban.
Notó un tirón que lo partió en pedazos y cayó sin vida en un cubo de basura.

 Algunos años después, una mañana de primavera, un niño jugaba en el parque con una ramita.
–¡Mamá, mamá! Mira lo que he encontrado: un pájaro de madera.
–Pero si es sólo un palitroque –respondió la madre.
–¿Palitroque? –dijo el niño pensativo–. ¡Qué bonito nombre tiene mi pajarillo! ¿No lo he oído yo antes? Llamándose así seguro que conseguirá volar.
El pequeño levantó la figura de palo en el aire y dio vueltas mirando hacia arriba para comprobar cómo parecía un ave planeando bajo el cielo azul.
–Mamá, algún día yo también quiero ser un pájaro para deslizarme entre las nubes y cruzar el arco iris.
Su madre lo escucha embelesada mientras piensa: “Mi niño en otra vida ha tenido que ser poeta”


MARÍA ROSARIO FERNÁNDEZ 

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